José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, septiembre 21, 2026

Inteligencia artificial y escritura literaria: ¿apoyo, coautoría o rendición de la palabra?

«Quizá debamos regresar a lo básico, a la época de la máquina de escribir […]» (87) (Foto: R. Vallejo, 2026)


No sé si se acuerdan, pero, recientemente, en mayo de este año, se armó un breve escándalo a escala mundial cuando la premio nobel de literatura Olga Tokarczuck declaró que había utilizado inteligencia artificial generativa, IAG, para escribir su novela Świata jest za dużo (Hay demasiado mundo), cuyo lanzamiento está previsto para este octubre. Durante un evento en su Polonia natal, Tokarczuck comentó: «
Frecuentemente, solo le pregunto a la máquina: “Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?”». Ante la avalancha de críticas, finalmente, Tokarczuck distribuyó un comunicado de prensa en el que, básicamente, se retractó: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia artificial». Sin embargo, el daño de la sospecha sobre cuánto de IA hay en su novela de próxima aparición está hecho y su confirmación ha quedado pendiente pues, seguramente, será sometida a detectores de presencia de IAG en su escritura.

            En el otro extremo, Jorge Carrión, en su charla magistral del 16 de septiembre en la FIL Guayaquil 2026, nos comentaba sobre su experimento titulado Los campos electromagnéticos (2023), cuya autoría está compartida por él, el Taller Estampa y ChatGPT 2 y 3[1]. El título se inscribe en la tradición del surrealismo y el experimento de André Breton y Philippe Soupault sobre la escritura automática que produjo Los campos magnéticos (1920). El experimento es el de la co-escritura humana con aplicaciones de IA. Al final, el propio Carrión, a pesar de un prólogo entusiasta sobre esta colaboración del humano con la IA, reconoce que «Todavía no son capaces de escribir artificialmente literatura: su estilo nos parece pobre, inconexo, surrealista». Leonel Cescut, en una reseña sobre Los campos electromagnéticos, concluye que «La IA, al menos en el campo de la escritura, se encuentra en construcción. No podemos hablar de un «aprendizaje automágico» pero sí de una convivencia».

            Por su lado, Marcelo Báez Meza, atento siempre al debate contemporáneo, ha publicado Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026). No hay la insinuación de la premio nobel sobre el uso de la IA para su escritura ni el experimento colaborativo con la IA de Carrión y los técnicos. Hay un radical punto de partida: en la escritura de este libro el autor expone, con la libertad natural del ser humano, una escritura propia sin intervención de la IA, lo que le permite procesar información sobre el tema, analizar posturas al respecto y construir propuestas sobre el uso de la IAG en la escritura literaria. En palabras de su autor, este libro «es una reflexión del impacto de la IAG en la literatura a partir de la mirada de quienes leen y escriben literatura».[2] De lo que se trata es de mantenernos humanos, a pesar de la IAG. Más adelante dice: «Un territorio deshumanizado sería el conformado por escritores que son ingenieros de prompts, dadores de instrucciones, editores de textos de la IAG o usuarios que eligen alternativas». (24)

            Báez señala, como base de lo que será su planteamiento, algo que debemos tener claro todos: «El chabot (llámese ChatGPT o Claude) plagia, roba, capta, remezcla y recontextualiza todo lo que encuentra en línea. Es una nueva forma de apropiación» (14). Yo diría, directamente, que es una nueva forma de piratería. Todos los LLM (Large Language Model o modelo de lenguaje grande) han sido entrenados con miles de millones de textos sin reconocer un centavo de derechos de autor a nadie: se han apropiado del saber de la humanidad para usufructo de una corporación privada. Báez expone que la absorción de información ha adquirido un cariz siniestro muy parecido al planteamiento de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y ejemplifica con el caso de la compra de millones de libros de segunda mano, por Anthropic para entrenar a su IA Claude, a los que guillotinó el lomo, digitalizó y luego destruyó. Ante las demandas que fueron planteadas, la justicia determinó, en medio de un vacío legal, que no era ilegal destruir libros comprados para ser digitalizados. Sin embargo, Anthropic, avaluada en 965.000 millones de dólares, llegó a un acuerdo para indemnizar por 1.500 millones a unas 500 mil obras elegibles, dado el plagio de su información.[3]

             Si por principio la IAG es un agente pirata que se ha apropiado del saber de la humanidad, que está privatizando la memoria humana para entrenar a sus Modelos de Lenguaje Grande, aquello de co-escribir un texto literario con la IAG resultaría una normalización del plagio. Equivale a contribuir a lavar los actos de piratería intelectual de la IAG: es como si compartiésemos un taller literario con algún nieto o nieta de Vito Corleone quien, olvidado de cómo se inició la fortuna familiar y ya sin los apremios económicos de quien tiene que trabajar por un salario mensual, se dedica a la poesía.

            Es un gran acierto, para entender la magnitud del problema actual, la cita que Báez nos presenta como ejemplo de anticipación The Great Automatic Grammatizador (1961, «El gran gramatizador automático»), de Roald Dahl (1916-1990). Cuenta la historia de Adolf Knipe, un ingeniero que quiere ser escritor e inventa una máquina con dos componentes: la memoria de las palabras y la memoria argumental. De lo que se trata es de sobresaturar el mercado y hacerse ricos y famosos. Báez concluye: «La sobresaturación de catálogos con textos producidos en serie, las demandas de autores contra empresas que entrenaron sus modelos de lenguaje sin autorización, y la pregunta que Dahl deja abierta sobre si un lector puede distinguir (o si le importa o no) las diferencias entre un texto escrito por inteligencia natural y uno redactado por IA». (47)

¿Cuál es el valor para la literatura la producción de una entidad que trabaja bajo el nombre de Carol Hart y autopublica 200 novelas al año? ¿O el valor periodístico del libro de entrevistas de la mexicana Yuriria Sierra, Charlas imposibles (y urgentes) en el siglo XXI, publicado por Editorial Aguilar, del grupo Penguin Random House, en el que, básicamente, entrevista a personajes históricos y la IA le responde como si fuera cada uno de ellos? En ambos casos, estamos, sin eufemimos, ante fraudes de escritura. No obstante, Báez ejemplifica con El día en que un ordenador escribe una novela (2016), de Hitoshi Mutsubara, y 1 the Road (2018), de Ross Goodwin, ambas escrituras de IAG a partir de proyectos experimentales. Leí unas pocas páginas de la segunda y me ha bastado para saber que prefiero leer con una visión madura On the Road (1957), de Jack Kerouak, antes que las 200 páginas de lo que recoge una cámara conectada a un automóvil sobre el paisaje, los pueblos, fragmentos de conversaciones, etc.

En lo personal, no estoy interesado, más que con el interés natural sobre una novedad tecnológica de actualidad, en leer literatura producida por o con ayuda de la IAG como tampoco me interesa escuchar la música generada por la IAG y mucho menos participar de las tendencias mundiales como las aparentemente inocentes caricaturas que resultan de entregarle información sobre nuestro rostro, nuestros gustos, nuestras enfermedades o entorno familiar a las IAG.

            En esta era de la IA, Báez propone para quienes escriben un Nuevo Borges «quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos». Mediante un juego creativo, Báez habla del escritor cyborgiano como un gran curador de información, un Borges 4.0 que escriba como lo haría una máquina —aunque sea, justamente, lo que un escritor no debería hacer—; un Borges Recargado, que supere el mito romántico de la originalidad y que utilice la IAG como «un espejo aumentado de su propia mente» (84). Báez concluye que la colaboración en el acto creativo puede ser productiva solo si «la IAG se mantiene al servicio de la visión artística y no como un reemplazo de la creatividad humana». (86).

Báez cita «La sensación de poder» de Isaac Asimov, que cuenta la historia de un individuo experto en cálculo mental, en una época en que la mínima operación matemática se hace por computadora, que posibilita la invencion de la ciencia Grafítica. Así, se construyen naves espaciales más livianas por cuanto ya no cargarán con pesadas computadoras sino con individuos que harán las operaciones con cálculo mental. Esto lo lleva a Báez a olvidarse del cyborges, por un momento, y plantea volver a lo básico: «Los escritores deberíamos hacer lo mismo: volver al lápiz y al papel, volviendo a confiar en la mente; regresar a la letra manuscrita, al diario, a las notitas, al cuaderno de anotaciones, a las ensoñaciones, al acto de escribir mentalmente nuestros relatos antes de escribirlos en la computadora». (88)

En el último fragmento del libro, Báez plantea que hay necesidad de redefinir la relación del ser humano con la tecnología: «Esto implica establecer límites, desarrollar marcos éticos y legales que protejan el trabajo de los creadores, y sobre todo, reafirmar la importancia del escritor como figura central en la producción cultural» (92) Quedan abiertas las preguntas para una conversación que demanda continuidad: ¿Quiénes deben desarrollar los marcos éticos y legales? ¿Hay voluntad institucional, es decir, política, para que el desarrollo de la IAG dé prioridad al bien colectivo antes que al afán de lucro de las corporaciones tecnológicas? ¿Cuáles serían las normas básicas para tales marcos?

Y si ya no se va a escribir de manera natural, sino solo con IAG porque así lo exigirá el mercado editorial, aún tengo, como en un reducto de resistencia cultural, una biblioteca de más de dos mil libros escritos por seres humanos apasionados por el lenguaje que aguardan lecturas y relecturas.

Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026), de Marcelo Báez Meza (Guayaquil, 1969), escrito con la fluidez de la prosa pedagógica, es una reflexión informada, acuciosa y profunda sobre el carácter de la escritura creativa y el grado de intervención de la inteligencia artificial que estaríamos dispuestos a permitir en aquella. Con claridad argumentativa, Báez nos interroga sobre la necesidad de señalar los límites y diseñar el marco ético para el uso de la IA, y la urgencia de volver a poner a quien escribe en el centro del proceso creativo.

 

La del estribo

 

Borges concibió la Biblioteca de Babel como un universo compuesto por hexágonos infinitos donde se albergan todos los libros posibles. Esa biblioteca ya estaba disponible en Internet y ahora es parte del acervo de las diversas plataformas de IAG. Propongo la creación de un Nuevo Borges quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos. El escritor cyborgiano (la IA es incapaz de crear un neologismo así) debe utilizar los sistemas de inteligencia artificial como extensiones cognitivas para procesar volúmenes de información que ningún cerebro humano podría abarcar por sí solo. Es el Gran Curador. (81)

 

La clave para preservar la creatividad humana es mantener el control sobre la herramienta. Hay que desarmarla, como lo dice León XIV en su encíclica, pidiendo que custodiemos lo humano contra el paradigma tecnocrático que hace «parecer justa y normal una visión antihumana». La IAG no debe tomar decisiones creativas por sí sola  ni definir una obra sin la intervención de un artista. La colaboración entre humanos y máquinas puede ser productiva, pero solo si la IAG se mantiene al servicio de la visión artística, y no como un reemplazo de la creatividad humana. (86)

 

Mariella Manrique, Marcelo Báez y Raúl Vallejo, en la FIL Guayaquil, el viernes 18 de septiembre de 2026, después de la presentación de Este libro no fue hecho con inteligencia artificial. 



[1] GPT, acrónimo de Generative Pre-trained Transformer (Transformador Generativo Pre-entrenado).

[2] Marcelo Báez Meza, Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (Quito: Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2026), 11.

[3] Renzo González, «¿Por qué Anthropic destruyó millones de libros para entrenar su inteligencia artificial?», en Infobae, 01 de septiembre de 2026, acceso 17 de septiembre de 2026.

lunes, junio 15, 2026

«Magnifica Humanitas»: la educación en la era digital (III)

Tomado de ACI Prensa / Crédito: Daniel Ibáñez / EWTN News.

             En el párrafo 172 de la encíclica Magnífica Humanitas, León XIV señala que la raíz de la deshumanización en la era digital reside en algunas corrientes poshumanistas que plantean que hay seres humanos de segunda clase que deben estar al servicio de las élites, que se consideran seres superiores y que, además, poseen los elementos tecnológicos que les permiten ejercer, sin límites y sin rendición de cuentas, el poder de control sobre la humanidad. Por ejemplo, el CEO de Anthropic Dario Amodei señaló en una entrevista que el bombardeo de EE. UU. a una escuela en Minab, Irán, que mató a 168 estudiantes y docentes «es un caso de uso de IA que ni siquiera viola nuestros límites [red flags]». Así, «en nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie» (párr. 117) o justificar crímenes de guerra. La encíclica de León XIV propone, desde una ética del cuidado, cómo entender la educación en la era digital.

El planteamiento de entrada nos ubica en la necesidad de la verdad como un bien común, de ahí la urgencia de generar mecanismos fiables de control democrático y rendición de cuentas de las empresas de IA, y yo añadiría, más aún cuando venden sus productos como indispensables para uso indiscriminado y casi mágico en el sector educativo: «La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad». (párr. 137). Si no existen los mecanismos democráticos que limiten su poder, la IA devendrá el mayor instrumento de control ideológico y político en manos privadas, esto es, en manos de una tecnoligarquía amoral, que se percibe a sí misma como seres humanos superiores a quienes les está permitido vivir más allá del bien y del mal.

La publicidad de aplicaciones de IA para la educación se empeña en señalar la rapidez para resolver las tareas de escritura, una supuesta perfección textual y un acceso inmediato e ilimitado de cualquier información. En realidad, se promociona el resultado de un producto que nos hace olvidar que el aprendizaje implica un proceso y el cometimiento de errores para su superación. En el producto generado por la IA, la persona humana que está aprendiendo no construye conocimiento con la materia de su aprendizaje, sino que, sobre todo, se dedica a desarrollar la habilidad técnica para generar indicaciones (prompts) —prompts que también los desarrolla y ofrece la propia IA—. Una primera consecuencia de todo esto es que «la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad». (párr. 139). En este marco, la distopía que nos propone la tecnoligarquía es una escuela y una universidad reducida a fabricar humanos habilidosos, chips de carne humana, personas de segunda clase que habitarán los backrooms del tecnocapitalismo.

La encíclica da un mensaje que es también una advertencia para la docencia, especialmente la docencia católica que tiene un particular compromiso ético y doctrinario: «Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla […] Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita». (párr. 140) Este es un mensaje que cobra relevancia ahora que, en algunas instituciones educativas de ciertas élites católicas, se presenta y publicita a la IA como la más avanzada tecnología que, aparentemente, garantizaría la mejor educación del mercado —simbólicamente, estaríamos convirtiendo a la IA en un nuevo becerro de oro—. Sin embargo, lo que estas instituciones estarían fabricando es, sobre todo, humanos amorales que permiten que la IA los reemplace en la generación del pensamiento y el saber, porque el afán de lucro se habría convertido en su principal motivación.

Asimismo, para la comunidad educativa es fundamental prestar atención a la advertencia que nos hace León XIV respecto de los riesgos que implica una navegación en Internet sin restricciones ni control parental para niñas, niños y adolescentes. «En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos» (párr. 141) Hay que cuidar a los menores y para ello es necesario involucrarse en el mundo digital. Las restricciones sobre la navegación en Internet y el uso de la IA son infructuosas cuando no van acompañadas de propuestas que involucren a padres, madres y docentes en un proceso educativo que no les tema a estas herramientas, pero que señale sin tapujos sus riesgos y confronte, desde la ética del Evangelio, los contenidos del tráfico nocivo de la red y las narrativas de los mensajes de odio.  

Finalmente, «es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida». (párr. 146) Habría que utilizar la IA para apoyar el proceso de aprendizaje y la construcción de saberes del ser humano; procesos que suelen ser lento y con errores, y no utilizar la IA de manera que reemplace al ser humano en dichos procesos. El reemplazo de la persona humana se da bajo la apariencia de un instrumento cuando, en la práctica, la IA asume la condición de un agente que crea contenidos pirateados a través de modelos de lenguaje extendidos bajo la máscara de una tecnología colaborativa. El mensaje del papa León XIV es una propuesta pedagógica centrada en la persona humana: «La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables». (párr. 147) No está por demás tener en cuenta que la IA le sirve al poder político de la tecnoligarquía para bombardear la escuela y la sociedad con la implantación de una ideología deshumanizante y también con misiles.

 

 

La del estribo

 

«La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)». (párr. 134) 

Foto de Hanna Arendt, tomada de: «Hanna Arendt: una pensadora sin barandas», Nueva Sociedad, diciembre 2025.

  

Pablo Picasso, Guernica, 1937, óleo sobre lienzo, 776,6 cm x 349,3,

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.


«La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido». (párr. 122)

lunes, junio 08, 2026

«Magnifica Humanitas»: el ser humano y esa cantamañanas llamada IA (II)


            ¿Qué es palantir? En la saga de El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, las palantir son las ocho piedras videntes fabricadas por los elfos para la comunicación y la ampliación del saber de los hombres. Los elfos se las entregaron a los hombres, pero Sauron (el Mal) logró controlarlas y las utilizó para dominar al mundo. También es el nombre de la empresa de Peter Thiel, Palantir Technologies Inc., una compañía privada estadounidense de software especializada en análisis de macrodatos (Big Data) y la industria de la guerra. La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, en su capítulo III ofrece su visión pastoral sobre la relación entre la tecnología, el poder y la persona humana señalando, a la vez, los riesgos que implica la inteligencia artificial sin regulación impulsada desde las narrativas del trans y el post humanismo.

            La posición doctrinal parte de una constatación que va a contracorriente de la idea de una tecnología aséptica que la tecnoligarquía nos quiere vender: «Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión» (párr. 85). En la encíclica, esta es una posición que se reafirma en varias partes, pues, más adelante, señala que la inteligencia artificial trabaja con los estereotipos y la ideología de quienes la han diseñado (párr. 102) por lo que no se la puede considerar moralmente neutra (párr. 104). De ahí que es urgente regular la inteligencia artificial, lo que choca frontalmente con la posición de los tecnoligarcas como Peter Thiel, que ya en 2009 escribió que la democracia y la libertad son incompatibles. Por supuesto, Thiel no se refiere a tu libertad o la mía, sino a la de su compañía para hacer lo que crea conveniente para sus intereses económicos y políticos y desdeña la democracia porque esta implica debates ideológicos, sufragio, regulaciones, redistribución de la riqueza y rendición de cuentas.[1]

            La encíclica es muy clara al señalar el marco de principios en el que los católicos debemos entender el mundo digital: dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad y la justicia social. Además, advierte el peligro del monopolio de la IA: «Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». (párr. 95) Claro está que estos principios y esta advertencia incomodan a quienes leen a Nietzsche en clave tecnofascista, pues la tecnoligarquía se siente libre para estar más allá de la moral convencional porque se cree superior al resto de la humanidad. Los tecnoligarcas se asumen como el übermensh (superhombre) de Así hablaba Zaratustra, mientras la encíclica habla del respeto a la dignidad humana exigiendo rendición de cuentas por las decisiones de la IA (párr. 105).

La encíclica pone las cosas en su sitio y, en consecuencia, se enfrenta a los propietarios de la producción de inteligencia artificial que, según dijo Yuval Noah Harari, en Davos 2026, ya no se presenta solo como una herramienta, sino como un agente capaz de reemplazar funciones humanas, que puede aprender, cambiar y tomar decisiones por sí mismo. Su metáfora fue sencilla e informal: «Un cuchillo es una herramienta. Se puede usar para cortar ensalada o para asesinar a alguien, pero la decisión de qué hacer con él es nuestra. La IA es un cuchillo que puede decidir por sí mismo si cortar ensalada o cometer un asesinato». Harari añadió que la IA puede manipular y mentir, ya que todo lo que se componga de palabras será controlado por ella: sistemas legales, libros, religiones basadas en libros —es decir, en palabras—, como el islam, el cristianismo y el judaísmo.

Así, la encíclica nos advierte sobre la deshumanización que significa el trans y el post humanismo, que es presentado como la realidad inevitable de los nuevos tiempos por los propagandistas de Silicon Valley. A contramano, la encíclica insiste en la consideración de la persona humana por sobre la codicia de la tecnoligarquía: «[…] las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad […] Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias». (párr. 99). En términos doctrinales, la encíclica, apelando a ejemplos de un humanismo basado en la compasión, entendida como el cuidado del Otro, defiende la humanidad de las personas y esta se sostiene en el mensaje evangélico: «La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo». (párr. 126)

En síntesis, la encíclica parte del hecho de que la tecnología no es neutral y, por consiguiente, es indispensable que sea regulada de tal manera que asuma sus responsabilidades y rinda cuentas. Asimismo, insiste en que el centro de todo debe seguir siendo la persona humana, pues esta no es un proyecto que debe optimizarse, sino «una criatura llamada a la relación y a la comunión», más allá de la especulación triunfalista del trans y el post humanismo. El mundo tiene que luchar para que Sauron no controle las palantir y la humanidad continúe viéndose e imaginándose a sí misma en la diversidad de sus criaturas, en libertad y con justicia social.

 

La del estribo

 

            «Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió́ así nuestra responsabilidad: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”[2]. La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (párr. 213)

            «[…] Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar sino económica y cognitiva. […] Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida» (párr. 110)



[1] Recomiendo el artículo de Owen McGrann «The Dead Economy Theory», publicado el 01 de mayo de 2026 en The Palimpsest, para entender los peligros de la IA sin regulación para el propio mercado, los trabajadores y la democracia liberal.

[2] J.R.R. Tolkien, El señor de los anillos, III: El retorno del rey, traducción de Matilde Horne y Luis Domènech (Barcelona: Minotauro, 1991), 194.

 

lunes, junio 01, 2026

«Magnifica humanitas»: la doctrina social de la iglesia (I)


La encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV es un documento teológico y doctrinario que desde su aparición se ha convertido en una guía moral y ética, de profundas resonancias políticas, sobre las consecuencias de la inteligencia artificial en la vida de las personas y en los riesgos que conlleva para la humanidad. «El poder tecnológico [tiene] un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello [es] aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común» (párr. 5). He dividido mi reflexión sobre esta encíclica en tres entradas: 1) la doctrina social de la Iglesia; 2) el ser humano y las promesas de la IA; y 3) el cuidado de la humanidad y la Casa común. Además, me parece necesario establecer que el mensaje de toda encíclica se asienta en las enseñanzas bíblicas y, si bien tiene resonancias universales, está sustentado, más allá de las citas del pensamiento laico, en la teología católica. Es su límite filosófico, pero también su claridad conceptual.

Magnifica humanitas asume la continuidad de la encíclica Rerum novarum (De las cosas nuevas), de León XIII, expedida en 1891, y también de la doctrina social de la Iglesia —expresión utilizada por primera vez por Pío XII, en 1950— desde entonces hasta hoy. Es en este marco que la encíclica de León XIV reflexiona sobre las diferentes aristas y consecuencias de la revolución digital y la inteligencia artificial en la vida de nuestra magnífica humanidad. León XIV nos recuerda que, si bien la situación histórica en la que surgió la Rerum novarum ha cambiado, dos de sus principios permanecen: «la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas y a las familias más expuestas a la explotación, y el vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo» (párr. 30). Por ello, el valor del ser humano está por encima del capital y el bien común, entendido como el cuidado y la conservación de nuestra Casa común, más allá del afán de lucro privado. De ahí que: «para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social» (párr. 46).

La encíclica parte de dos poderosas imágenes bíblicas: «La Magnífica Humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (párr. 1). La construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9), según la encíclica, nos da una lección sobre los límites de la pretensión humana de la autosuficiencia y la aspiración de alcanzar el cielo sin la bendición de Dios. Por otra parte, la reconstrucción de los muros de Jerusalén, dirigida por Nehemías (Ne 1-2) en conjunto con el pueblo de Israel nos enseña el valor del trabajo comunitario: «El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes» (párr. 8). La conclusión es que hay que escoger el camino de Nehemías para hacer de la ciudad de todos reconstruida el reconocimiento de la pluridad de voces y evitar la deshumanización que deriva del “síndrome de Babel”, que excluye a Dios y reduce al Otro a un medio. Es decir, la encíclia nos pide evitar: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párr. 10).

La encíclica desarrolla ampliamente el concepto de justicia social desde la mirada evangélica que habla de la buena nueva a los pobres (Lc 4,18) y la identificación de Jesús con los pequeños, los enfermos, los presos y los extranjeros (Mt 25,31-46): «La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás» (párr. 77). La idea de la justicia social se complementa con el concepto de desarrollo humano integral que promulgó Pablo VI en su encíclica Populorum progressio (El desarrollo de los pueblos, 1967) y que León XIV sintetiza así: «El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos […] El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir» (párr. 83).

En síntesis, la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, parte de una recorrido que sintetiza las enseñanzas básicas de la doctrina social de la Iglesia desde la revolución industrial, del siglo diecinueve, hasta la revolución digital de hoy, basada en la justicia social y el desarrollo humano integral a la luz del Evangelio. En ese marco doctrinal es en el que debemos ubicar las enseñanzas sobre la inteligencia artificial de la encíclica, que expondré en la entrada de la próxima semana.

 

La del estribo

 

            «Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos» (párr. 80)

 

«La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros». (párr. 84)

lunes, mayo 25, 2026

«Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?»

En 2018, Olga Tokarczuck ganó el Premio Nobel de Literatura «por una imaginación narrativa que, con pasión enciclopédica, representa el cruce de fronteras como una forma de vida».

            El titular, al parecer, fue un anzuelo para generar tráfico virtual en las redes sociales: decía que la premio nobel de literatura Olga Tokarczuck había utilizado IA generativa para escribir su última novela. La noticia se basó en lo que dijo Tokarczuck en el foro Impact de Poznań, en Polonia, durante una conversación pública: «Frecuentemente, solo le pregunto a la máquina: “Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?”». Nuevamente, se habló del fin de la novela. El 19 de mayo, Tokarczuck tuvo que morigerar sus declaraciones previas y publicó un comunicado oficial en el que estableció que ella utilizaba IA solo como herramienta de investigación preliminar: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia artificial»; más adelante, añadió en tono provocativo: «A veces me inspiro en los sueños, pero antes de que esta oración también sea criticada y destrozada por los expertos, me apresuro a aclarar que son mis propios sueños». ¿Se fue de boca la escritora? ¿Tuvo que retractarse cuando se dio cuenta de que su declaración original extendía una sombra de duda sobre su obra?

De manera simultánea, apareció la noticia de que en el Commonwealth Short Story Prize, el relato ganador «The Serpent in the Grove» cayó bajo la sospecha de haber sido escrito con inteligencia artificial. Según Valeriya Safronova, en su artículo «Este relato ganó un premio literario. ¿Fue escrito por IA?», Sigrid Rausing, editora de la famosa revista Granta, que publicó los cuentos ganadores, explicó que, apenas aparecieron las sospechas sobre el cuento, lo sometieron al escrutinio de Claude.ia y preguntaron si fue generado con IA: «La respuesta fue larga, concluyendo que “casi con toda seguridad no fue producida sin la ayuda de un humano”». La editora añadió: «Puede ser que los jueces hayan otorgado ahora un premio a un caso de plagio de IA; aún no lo sabemos, y quizá nunca lo sepamos». Es decir, nunca sabremos si hubo una estafa literaria en la que el ser humano intervino como ayudante. En el mismo reportaje, nos enteramos de que, el año pasado, Carol Hart se autopublicó 200 novelas románticas con la ayuda de Claude, de Anthropic. ¡Doscientas novelas autopublicadas con ayuda de IA! Solo por la cantidad de novelas concluyo que estamos ante la hiperbólica capacidad de la IA para generar basura textual.

La pregunta de Olga Tokarczuck pidiendo consejo a la IA generativa para escribir un texto bellamente es un punto de inflexión. ¿Cuál es el límite de la autoría personal en estos casos? ¿Lo que se requiere a la IA es solo una tarea de corrección? ¿Lo que se está compartiendo con la IA es la coautoría? ¿El resultado de la coautoría con la IA es acaso el comienzo del fin de la escritura literaria humana? El peligro del uso de IA basada en modelos de lenguaje a gran escala (Large Language Models, LLM) en la escritura de textos literarios, guiados en esta etapa por las instrucciones humanas (prompts), es que no hay límite establecido para saber dónde termina el trabajo humano y donde empieza el trabajo de la IA. Poco a poco se irá cediendo la función de la escritura a las aplicaciones de IA generativa que, según previenen algunos científicos, están diseñadas para apropiarse del saber y del lenguaje humanos.

En el foro ya mencionado, Tokarczuck, después de reconocer el alcance de la asociación periférica y asociativa amplia de hechos que posee la IA en contraposición con el estrecho y enfocado pensamiento académico, admitió: «Me compré la más alta, la más avanzada versión de un modelo de lenguaje y pude ser profundamente sorprendida por cómo fantásticamente amplía mis horizontes y profundiza mi pensamiento creativo». Luego de las preocupaciones que produjeron sus declaraciones vino el comunicado formal de Tokarczuck que zanjó radicalmente la sospecha de cualquier coqueteo intelectual de la autora con la IA generativa. Pero lo dicho inicialmente por ella, quedó registrado. Si la premio nobel de literatura se compra la versión más avanzada de una aplicación de IA generativa para “ampliar y profundizar sus horizontes” al escribir su nueva novela, la autoría literaria ha adquirido, de hecho, una dimensión de escritura artificial.

 ¿Cuál es el valor estético de las 200 novelas autopublicadas en un año por Carol Hart? ¿Cómo detectar un texto escrito con IA en un concurso literario? ¿Cuál es el límite del uso de la IA en la escritura literaria? Si la literatura se convierte en trabajos de coautoría con la IA, yo prefiero volver al placer de leer lo que se ha escrito antes de la intromisión de la IA generativa en el proceso creativo. Hay muchísimos libros que nos están esperando. La IA, como en el bolero, es un cariño malo.

 

La del estribo

 

Quito: El Conejo, 2026, 4ta. ed.
Proyecto Dios. Relato sobre la inteligencia artificial (2023), de Abdón Ubidia, es una alegoría distópica sobre el poder destructor de la IA sobre la libertad humana. El cuento se desarrolla en un nivel realista y sicológico —los problemas mentales de un individuo y su pareja— y otro nivel fantástico y simbólico —un sujeto que se da cuenta del origen de la pérdida de la libertad de pensamiento en una sociedad alienada por la inteligencia artificial—. Y es que la apropiación de lenguaje humano por parte de la IA es la apropiación del pensamiento humano: la sociedad es el cuerpo que requiere la IA para existir autónomamente. «Ahora bien, piensa en una super ideología total, producto de una superinteligencia total. Que lo explique todo. Que sea la única fuente de la verdad […] La Inteligencia artificial se encarnó en nosotros. Y se volvió un Dios omnipotente y omnipresente gobernándonos a todos» (36-37), dice el ser de otro mundo. Quien gobierna los algoritmos, gobierna el pensamiento. Paradójicamente, la edición de un cuento sobre los peligros de la IA para la existencia de la sociedad humana utiliza ilustraciones generadas por Midjourney —en vez de las de un o una artista gráfica— que poco añaden al relato y, más bien, evidencian la expresividad plana de las postales de IA. El cuento nos ubica en una encrucijada: frente al dominio de la IA, solo nos queda la destrucción de aquello que la ha generado. Recuerdo, entonces, la desconexión de la supercomputadora Hal 9000 en 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick. Cuando desaparezcan Facebook, Twitter, Instagram y demás «será el comienzo de la primera conspiración verdaderamente universal». El cuento lo plantea: ningún Proyecto Dios debe florecer, so pena de la esclavitud humana.

   

lunes, marzo 23, 2026

Inteligencia Artificial y las nuevas formas de plagio en la creación literaria

Imagen generada con Craiyon.


Clay Shirky, vicerrector de la Universidad de Nueva York, publicó en The New York Times, el 27 de agosto del año pasado, su artículo «
Hay una crisis de estudiantes haciendo trampa con la IA. Las universidades deben cambiar», en el que reconocía el fracaso de las estrategias de la persuasión ética y la de fomentar los usos de la IA que requieren participación para evitar el uso fraudulento y perezoso de las aplicaciones de IA en las tareas de investigación y escritura. Un estudio publicado por La Jornada, el pasado 19 de marzo, se resume en su título: «Los chatbots con IA crean nuevas formas de violencia contras las mujeres y las niñas», resultado lógico si se sabe que tales chatbots se alimentan de la pornografía distribuida en la red. En los concursos literarios, cada vez con más frecuencia, se especifica la prohibición de usar herramientas de IA en la escritura de los textos, aunque ya hay unos pocos que solo limitan su uso. Las aplicaciones de IA entrenadas con LLM (Large Language Model o Modelo de lenguaje a gran escala) son herramientas basadas en la piratería impune del lenguaje humano y su uso es un plagio sin precedentes de la experiencia humana de la escritura creativa.

            La IA generadora de textos se alimenta de una cantidad masiva e inconmensurable de textos que han sido digitalizados y están almacenados en la red. Su entrenamiento les permite captar las sutilezas del lenguaje humano y están en capacidad de predecir la sucesión sintagmática de la lengua y generar textos coherentes con una capacidad constante de mejorar. En este marco, el LLM se ha apropiado de la escritura humana sin reconocer autoría y menos derechos derivados de dicha autoría. Un estudio publicado por la Asociación Colegial de Escritoras y Escritores de España, ACE, publicado en enero del año pasado dio el siguiente resultado: «Según los datos, el 96,5 % de los encuestados cree que ningún modelo de IA debería entrenarse con obras literarias, científicas o de traducción sin el consentimiento explícito de los autores/as. Además, el 49,9 % rechaza de plano autorizar este tipo de usos, mientras que el 50,1 % estaría dispuesto a considerarlo, pero únicamente a cambio de una remuneración adecuada».

            Jorge Carrión, que ha experimentado con textos transmedia y ha reflexionado sobre la IA, la literatura y la generación de contenidos, decía en una entrevista para Letras Libres, en 2024:

 

Yo creo que la literatura no es que sea inalcanzable para las máquinas, pero sí que está todavía lejos, siempre y cuando pienses que la literatura es ese arte de la complejidad y de la dimensión simbólica y poética. Si crees que la literatura es lo que escribe Dan Brown las máquinas ya pueden escribir ese tipo de literatura […] Tengo autoridad para opinar y que puedo libremente negarme a escribir con IA, y estoy escribiendo ahora cien por cien de modo artesanal, casi a mano. Estoy atento para ver cómo evoluciona. Ahora mismo el tipo de literatura que yo escribo es inaccesible para la IA y eso me permite escribir con libertad y tranquilidad.

 

            El problema es que, así como en el pasado había plagiadores de letras de canciones o novelas poco conocidas, hoy existe gente que cree que la originalidad de sus indicaciones (prompts) es suficiente para que los poemas o relatos generados con IA sea de su autoría. Si yo puedo ordenar a una aplicación elemental de IA que escriba un poema en el estilo de sor Juana, el universo del plagio es infinito. El ejercicio lo hice durante el diplomado de Escritura académica que ofrecí en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, en 2023, y la indicación fue de lo más sencilla: «Soneto imitación de Sor Juana sobre el molcajete y el tejolote»:

 

En molcajete de piedra tallada,

donde el pasado encuentra su abrazo,

el tejolote danza con su paso,

labrando el tiempo en cada embestida.

 

Como el poeta cincela en su verso,

así el tejolote con arte fía,

triturando el maíz con maestría,

transformando en manjares dispersos.

 

Molcajete, crisol de la cocina,

donde tradiciones laten y huelen,

y en cada moler el alma anida.

 

Tejolote, mensajero de las huellas,

moliendo historias que el viento atesora,

la esencia ancestral en tu ronda sellas.

 

 

            Debo reconocer que el ChatGPT fue sincero conmigo y me dijo, antes de mostrarme el poema, de métrica casi perfecta: «Lamentablemente, no tengo acceso a la totalidad de los sonetos escritos por Sor Juana Inés de la Cruz ni puedo generar una imitación exacta de su estilo. Sin embargo, puedo intentar crear un soneto en el estilo barroco característico de Sor Juana que hable sobre el molcajete y el tejolote». El punto conflictivo reside en que es posible que un poemario completo sea escrito con IA, al ritmo de las indicaciones. Lo cual, en términos llanos y dado la piratería que subyace en las aplicaciones entrenadas con LLM, es una nueva forma de plagio.

            El problema se extiende a otros ámbitos de la industria del libro. Leía que, sendas obras de las escritoras Elizabeth Smither y Stephanie Johnson fueron eliminadas del Ockham New Zealand Book Award por incluir ilustraciones creadas con inteligencia artificial en sus portadas. «El comité organizador aplicó una regla introducida en agosto del 2025, la cual establece que ningún libro con contenido visual producido con IA puede participar en el premio. Según la entidad, esta política responde a la necesidad de proteger el trabajo humano en un entorno en el que las tecnologías de generación automática se expanden con rapidez». Hay mucha tela que cortar al respecto, pues la IA no es solo una aplicación más diseñada para “facilitar el trabajo humano de la escritura”, es una tecnología que, habiéndose apropiado del saber producido por la humanidad, puede reemplazar directamente el trabajo humano de escribir y, por consiguiente, el de pensar.