
En 2018, Olga Tokarczuck ganó el Premio Nobel de Literatura «por una imaginación narrativa que, con pasión enciclopédica, representa el cruce de fronteras como una forma de vida».
El titular, al parecer, fue un
anzuelo para generar tráfico virtual en las redes sociales: decía que la premio
nobel de literatura Olga Tokarczuck había utilizado IA generativa para
escribir su última novela. La noticia se basó en lo que dijo Tokarczuck en el foro Impact
de Poznań,
en Polonia, durante una conversación pública: «Frecuentemente,
solo le pregunto a la máquina: “Cariño, ¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?”». Nuevamente, se
habló del fin de la novela. El 19 de mayo, Tokarczuck tuvo que morigerar
sus declaraciones previas y publicó un comunicado oficial en el que estableció
que ella utilizaba IA solo como herramienta de investigación preliminar: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se
publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia
artificial»;
más adelante, añadió en tono provocativo: «A
veces me inspiro en los sueños, pero antes de que esta oración también sea
criticada y destrozada por los expertos, me apresuro a aclarar que son mis
propios sueños».
¿Se fue de boca la escritora? ¿Tuvo que retractarse cuando se dio cuenta de que
su declaración original extendía una sombra de duda sobre su obra?
De manera simultánea, apareció la noticia de que en el Commonwealth Short Story Prize, el relato ganador «The Serpent in the Grove» cayó bajo la sospecha de haber sido escrito con inteligencia artificial. Según Valeriya Safronova, en su artículo «Este relato ganó un premio literario. ¿Fue escrito por IA?», Sigrid Rausing, editora de la famosa revista Granta, que publicó los cuentos ganadores, explicó que, apenas aparecieron las sospechas sobre el cuento, lo sometieron al escrutinio de Claude.ia y preguntaron si fue generado con IA: «La respuesta fue larga, concluyendo que “casi con toda seguridad no fue producida sin la ayuda de un humano”». La editora añadió: «Puede ser que los jueces hayan otorgado ahora un premio a un caso de plagio de IA; aún no lo sabemos, y quizá nunca lo sepamos». Es decir, nunca sabremos si hubo una estafa literaria en la que el ser humano intervino como ayudante. En el mismo reportaje, nos enteramos de que, el año pasado, Carol Hart se autopublicó 200 novelas románticas con la ayuda de Claude, de Anthropic. ¡Doscientas novelas autopublicadas con ayuda de IA! Solo por la cantidad de novelas concluyo que estamos ante la hiperbólica capacidad de la IA para generar basura textual.
La pregunta de Olga Tokarczuck pidiendo consejo a la IA generativa para escribir un texto bellamente es un punto de inflexión. ¿Cuál es el límite de la autoría personal en estos casos? ¿Lo que se requiere a la IA es solo una tarea de corrección? ¿Lo que se está compartiendo con la IA es la coautoría? ¿El resultado de la coautoría con la IA es acaso el comienzo del fin de la escritura literaria humana? El peligro del uso de IA basada en modelos de lenguaje a gran escala (Large Language Models, LLM) en la escritura de textos literarios, guiados en esta etapa por las instrucciones humanas (prompts), es que no hay límite establecido para saber dónde termina el trabajo humano y donde empieza el trabajo de la IA. Poco a poco se irá cediendo la función de la escritura a las aplicaciones de IA generativa que, según previenen algunos científicos, están diseñadas para apropiarse del saber y del lenguaje humanos.
En el foro ya mencionado, Tokarczuck, después de reconocer el alcance de la asociación periférica y asociativa amplia de hechos que posee la IA en contraposición con el estrecho y enfocado pensamiento académico, admitió: «Me compré la más alta, la más avanzada versión de un modelo de lenguaje y pude ser profundamente sorprendida por cómo fantásticamente amplía mis horizontes y profundiza mi pensamiento creativo». Luego de las preocupaciones que produjeron sus declaraciones vino el comunicado formal de Tokarczuck que zanjó radicalmente la sospecha de cualquier coqueteo intelectual de la autora con la IA generativa. Pero lo dicho inicialmente por ella, quedó registrado. Si la premio nobel de literatura se compra la versión más avanzada de una aplicación de IA generativa para “ampliar y profundizar sus horizontes” al escribir su nueva novela, la autoría literaria ha adquirido, de hecho, una dimensión de escritura artificial.
¿Cuál es el valor estético de las 200 novelas autopublicadas en un año por Carol Hart? ¿Cómo detectar un texto escrito con IA en un concurso literario? ¿Cuál es el límite del uso de la IA en la escritura literaria? Si la literatura se convierte en trabajos de coautoría con la IA, yo prefiero volver al placer de leer lo que se ha escrito antes de la intromisión de la IA generativa en el proceso creativo. Hay muchísimos libros que nos están esperando. La IA, como en el bolero, es un cariño malo.
La del estribo
Proyecto Dios. Relato sobre la
inteligencia artificial (2023), de Abdón Ubidia, es una alegoría distópica sobre
el poder destructor de la IA sobre la libertad humana. El cuento se desarrolla
en un nivel realista y sicológico —los problemas mentales de un individuo y su
pareja— y otro nivel fantástico y simbólico —un sujeto que se da cuenta del
origen de la pérdida de la libertad de pensamiento en una sociedad alienada por
la inteligencia artificial—. Y es que la apropiación de lenguaje humano por
parte de la IA es la apropiación del pensamiento humano: la sociedad es el
cuerpo que requiere la IA para existir autónomamente. «Ahora bien, piensa en
una super ideología total, producto de una superinteligencia total. Que
lo explique todo. Que sea la única fuente de la verdad […] La Inteligencia
artificial se encarnó en nosotros. Y se volvió un Dios omnipotente y
omnipresente gobernándonos a todos» (36-37), dice el ser de otro mundo. Quien
gobierna los algoritmos, gobierna el pensamiento. Paradójicamente, la edición
de un cuento sobre los peligros de la IA para la existencia de la sociedad
humana utiliza ilustraciones generadas por Midjourney —en vez de las de
un o una artista gráfica— que poco añaden al relato y, más bien, evidencian la
expresividad plana de las postales de IA. El cuento nos ubica en una
encrucijada: frente al dominio de la IA, solo nos queda la destrucción de
aquello que la ha generado. Recuerdo, entonces, la desconexión de la
supercomputadora Hal 9000 en 2001: A Space Odyssey (1968), de Stanley
Kubrick. Cuando desaparezcan Facebook, Twitter, Instagram y demás «será el
comienzo de la primera conspiración verdaderamente universal». El cuento lo
plantea: ningún Proyecto Dios debe florecer, so pena de la
esclavitud humana.
Quito: El Conejo, 2026, 4ta. ed.