(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, octubre 14, 2018

Literatura sumergida en la historia, historia imbricada en la literatura


            En la mañana del viernes 24 de noviembre de 2000, llegué al mítico departamento de la calle Bulnes 2009 y Santa Fe. Desde la boca del metro contemplé el edificio esquinero de siete pisos y arquitectura afrancesada a lo Haussman y, luego de respirar profundamente para calmar mi ansiedad, crucé la calle, llegué a la entrada y toqué el timbre. Fue el momento en que empecé a imaginar vida y amores signados por la política de cuarenta años del país. Con El perpetuo exiliado, he escrito una novela sumergida en la historia, tras un proceso de investigación, de tal forma que la consciencia del personaje y el espíritu de su época se sostienen en el sentido de lo histórico que está imbricado en la literatura.
La primera tarea a la que uno se enfrenta al abordar una novela con personajes históricos tiene que ver con el proceso de investigación. Es curioso, pero en la academia se valoran los artículos en revistas indexadas que exponen los resultados de una investigación. Hasta ahora, no se ha posicionado la idea de que la investigación en artes desemboca en un producto artístico. Y, sin embargo, la investigación de quien escribe debe ser tan rigurosa como la de un historiador. Para el novelista, además de documentar los hechos de la vida de su personaje, es fundamental recolectar información acerca de la vida cotidiana de la época en la que su novela transcurre.
En la medida en que la literatura construye personajes en conflicto, la novela habitada por personajes históricos debe proponer puntos de vista diferentes a los que abordaría, por ejemplo, un texto de ciencias sociales. En mi caso, al trabajar la figura de Velasco Ibarra, decidí que me enfocaría en la historia de amor entre aquél y Corina, su mujer, y en novelar los momentos de derrota que lo llevaron a vivir más años en el exilio que en su país, durante el transcurso de su vida política. Hay que hurgar en el adentro del personaje: sentir sus anhelos, triunfos, derrotas, y también sus miedos.

            Asimismo, una novela cargada de historia implica también una visión histórica y política sobre el personaje y el período novelado. En Ecuador, las novelas escritas sobre Velasco Ibarra son, por lo general, antivelasquistas. La tarea que me autoimpuse fue la de escribir una novela que mostrara el sentido humano, es decir, el lado privado, de un personaje público, y que se ubicara desde un punto de vista testimonial evitando juicios políticos personales. Me parece que quien escribe debe querer a su personaje —lo que no implica estar de acuerdo con él—, y quererlo significa, entre otras cosas, mostrarlo con piedad desde su intimidad y consciencia.    
            Somos frágiles cuando nos llega el amor, de ahí que, la historia de un romance permite abordar las luces y sombras del alma de un personaje. Por eso resulta tan estremecedora la frase de Velasco Ibarra, cuando regresa a Quito, junto al cadáver de doña Corina: «yo solo he venido a meditar y a morir». Esa frase fue la iluminación que yo necesitaba para cerrar mi novela.


Publicado en Cartón Piedra, suplemento cultural de El Telégrafo, el 12.10.18
Las fotos del edificio donde vivía Velasco Ibarra las tomé en noviembre de 2000.