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| Sí, César Vallejo, porque soy César Raúl. |
No cuento nada nuevo al decir que el cuerpo humano es frágil; pero la constatación de esta verdad de Perogrullo en mí mismo motiva mi escritura. Un día, vas al médico para el examen anual de próstata y el examen de sangre te dice que el PSA (Prostatic Specific Antigen) se ha elevado a 9,7 cuando el máximo aceptable es 4. Suena la alarma y comienza una serie de exámenes que debes realizarte con paciencia y en seguidilla: eco transrectal, resonancia magnética, biopsia transrectal. Al final de este proceso, el diagnóstico es claro: dos carcinomas de centímetro y medio cada uno, grado seis en la escala Gleason. Joan Didion escribe en las primeras líneas de El año del pensamiento mágico, que narra el duelo por la repentina muerte de su esposo, John Gregory Dunne, también escritor, y que leí durante mi estancia en el hospital: «La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión»[2]. El paso siguiente: una prostatectomía radical abierta, que consiste en extraer la próstata y la membrana que la envuelve, las vesículas seminales y, si es necesario, los ganglios linfáticos. Lo que uno no ve: el cirujano retira la membrana prostática y conecta la uretra con la vejiga. El patólogo, luego de analizar la próstata completa, informa: «el tumor compromete aproximadamente el 80% del parénquima prostático, con infiltración difusa del tejido glandular. Grado diez en la escala Gleason»[3]. Lo que uno ve: una herida que va del pubis hasta el ombligo: fragilidad del cuerpo remendado. La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante.
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| "Y si un baobab no se coge a tiempo, ya no es posible librarse de él jamás". |
Estuve trece días hospitalizado y continúo mi convalecencia con una constante mejora. Aún no puedo manejar el carro familiar, no puedo cargar cosas pesadas (una maleta, por ejemplo), y me agoto con facilidad. Atrás quedaron los días de pintas de sangre y plasma, vías que se infiltraban, venas que se escondían (una pesadilla, para mí y las enfermeras, que me dejó los brazos amoratados), dren y sonda (con su respectiva bolsa para mi orina) que, a veces, se enredaban con las mangueras de antibióticos, antinflamatorios, analgésicos, etc. Mi urólogo cirujano y los médicos que participaron del proceso, las enfermeras y las ayudantes (90% mujeres), y el hospital en el que estuve internado me dieron una atención de calidad con calidez. Alina, mi esposa, ha estado conmigo, como siempre en nuestra vida, resolviendo asuntos prácticos y atendiéndome en todo momento. El cuidado amoroso indispensable para una recuperación satisfactoria. Pienso en las palabras que Alicia Ortega le dedica a su padre en su bellísimo libro Estancias: «El amor absoluto y pleno no necesita asimilar ni comprender nada. Solo sabe estar, cantar y crecer con el mismo garbo de una rosa en su tallo al florecer»[5]. Mi hija Daniela y mi hijo Sebastián, siempre. Y, claro, también están parientes, amigas y amigos, sinceramente preocupados y solidarios. Finalmente, no voy a entrar en las disquisiciones políticas sobre lo público y lo privado: soy jubilado y gozo del privilegio de contar con un seguro privado (en el que invierto un alto porcentaje de mi pensión), pero sigo soñando que el sistema de salud público de mi país ofrezca, al menos, lo mismo a lo que yo he tenido acceso y no la angustia en la que vive la mayor parte de la población con la escasez de medicamentos básicos y la inexistencia de una atención primaria de salud de calidad (no se diga de atención a enfermedades de tratamiento continuo o catastróficas). Es un anhelo innegociable de justicia social: salud, educación y vivienda.
El proceso de la prostatectomía radical ha terminado. Ahora empiezo un nuevo capítulo: el jueves de la semana pasada tuve mi primera cita con el oncólogo, pues aún hay que comprobar que el cáncer no haya hecho metástasis y vigilar, de aquí en adelante, que no reaparezca en otra parte. Por lo pronto, hay que revisar la última biopsia y hacer nuevos chequeos de PSA; pero la historia con el oncólogo ya pertenece a un nuevo momento de mi cuerpo frágil. Somos aprendices de la vida durante toda nuestra existencia.
[1] André Malraux, La condición humana, traducción de César A. Cornet (Barcelona: Planeta / Sudamericana, 1981), 35.
[2] Joan Didion, El año del pensamiento mágico [2005], traducción Javier Calvo Perales (España: Literatura Random House, 2015), 9.
[4] Antoine de Saint-Exupery, El principito. Le petit Prince, edición bilingüe, traducción de Joëlle Eyhéramonno (España: Enrique Sainz Editores, México, 1984), 43-44.
[5] Alicia Ortega, Estancias (Quito: Severo Editorial, 2022), 57.


Querido Raúl: Gracias por tu testimonio escrito con tanta calidad y calidez. Espero que te recuperes pronto y regreses a tus actividades habituales. Un abrazo con mi cariño y admiración, Diego Araujo Sánchez
ResponderEliminarMi querido Embajador, nunca antes tan bien contada y con tanto interés leída una crónica sobre una prostatectomía. Lo importante es el apabullante final: Que te encuentras bien y en camino de asegurar ese bienestar. Recibe desde Bogotá un estrecho abrazo de amistad de quien por esas ya paso, con resultado similar gracias a la prevención. Un especial saludo a Alina.
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