(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

lunes, abril 15, 2019

La imposibilidad del silencio reflexivo en tuiter

Fotografía: Marcela Sánchez (Mara) 2015.

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía», plantea Albert Camus al inicio de El mito de Sísifo. Existen muchas teorías acerca del suicido: desde la sociológica de Durkheim (1897), las sicoanalíticas de Freud (1910), Jung (1959), o Menninger (1972); y las biológico-genéticas que lo asocian con la depresión. Así que, juzgar el suicidio de una persona, bajo los efectos de la exaltación fundamentalista de tuiter, no solo es irresponsable, sino que denota falta de empatía y carencia de sentido autocrítico.
            Hace un par de semanas se desató una violenta discusión en tuiter: un músico mexicano de más de sesenta años se suicidó luego de ser acusado, en esta red social, por una mujer no identificada, de haber abusado sexualmente de ella cuando era menor de edad. La cuenta desde donde nació la acusación dice en su descripción: «Manda un DM con tu denuncia anónima y publicamos el nombre del agresor». Según esta cuenta, el anuncio del músico acerca de su suicidio «fue chantaje mediático».
Una tuitera comentó: «No estoy defendiendo a nadie, sólo me pregunto si el músico era inocente... ¿Por qué se suicidó, en un lugar de demostrar su inocencia?» Tal vez, por razones que tienen que ver con los abusos y la violencia de los hombres en sociedades patriarcales, hemos llegado al absurdo, no solo jurídico sino filosófico, de que los acusados «demuestren su inocencia», y hemos olvidado el principio de que «la carga de la prueba», es decir, de la demostración, es de quien acusa. Además, estamos pretendiendo que toda mujer que acusa a un hombre de abuso dice la verdad por el solo hecho de ser mujer y que el hombre es culpable por el solo hecho de ser hombre.
Por otra parte, hay quienes sostienen que «si la denuncia es anónima es porque las mujeres tenemos miedo de que el agresor tome represalias», así como el hecho de que los procesos judiciales, en estos casos, vuelven a victimizar a la víctima. Por lo general, los oficiales de la policía y el sistema judicial suelen buscar la culpabilidad del abuso y la violencia en las actitudes de la propia víctima: Qué hizo para provocar el ataque, cómo andaba vestida, por qué estaba en el lugar de los hechos, etc. Y —es sustancia para la reflexión—, existen muchos casos en los que la víctima termina suicidándose porque no encuentra quien le haga justicia o, al menos, quien le crea.
La pena de muerte está reservada para delitos atroces y su sentencia implica un proceso en el que el acusado tiene garantías y, salvo confesión, la presunción de inocencia. Una lapidación virtual conduce a una muerte civil mediante un proceso expedito en el que el acusado queda en indefensión. Elena Poniatowska lanzó un trino llamando a la reflexión: «La acusación de acoso sexual a tontas y a locas puede lastimar el buen nombre de un hombre perfectamente honesto», pero el silencio reflexivo parece un imposible en tuiter.

Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, 12.04.19