José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, mayo 18, 2026

«Cuerpo Down»: el aprendizaje de una maternidad diferente

           

La bella ilustración de la cubierta es de María José Rodríguez. (Foto: R. Vallejo, 2026)

El libro se abre con una confesión de lo que se convertirá en un desafío vital permanente: «No soy el prototipo de buena madre, mucho menos el de una madre de una niña con síndrome de Down»; y la constatación de una excepcionalidad con la que la madre y la familia tendrán que aprender a convivir: «El Cuerpo Down es una rareza para la mayoría de los paisajes de nuestra especie».[1] Cuerpo Down. Memoria de un diagnóstico, de Monse Arosemena (Guayaquil, 1985), es un texto de no ficción, autobiográfico, sobre la inesperada experiencia de ser madre de una niña con síndrome de Down, que, a través de una lúcida y poética escritura, mantiene equilibrio entre la racionalización de lo que significa tener una hija con un cromosoma adicional y la emoción de una nueva y diferente maternidad.

            Cuerpo Down está dividido en tres partes. La primera, «Diagnóstico», es la memoria de la resistencia frente a una revelación, del aferrarse al margen de error en la predicción, de la negativa a aceptar una realidad: «Estoy enorme y pienso en las posibilidades de que sea un Cuerpo Down el que flota dentro de mí. Pienso en lo que no quiero que nos pase, en que no quiero tener una hija con síndrome de Down» (23). La segunda, «Hospitales», es el diario del nacimiento y los primeros meses de María, la recién nacida, de la serie de condiciones médicas que esta padece; de las primeras intervenciones a las que debe someterse, a cargo de un grupo de médicos especialistas, y las reacciones del entorno familiar ante la condición de María; es también el aprendizaje del primer acercamiento de la madre con la hija por encima de los problemas médicos: «María. Contemplar a María. // Sentir su aliento. Respirar más cerca de ella. Mi mejilla contra la suya. La punta de mi nariz sobre su frente, reconozco por primera vez su olor a piel nueva, a crema de avena con un toque de vainilla. Es tan pequeña entre mis brazos» (81). La tercera, «Libertad», describe el proceso de aceptación de lo que implica criar, cuidar, amar a una hija con síndrome de Down y asumir una maternidad diferente: «La maternidad también es inteligente. La maternidad deja buenas prácticas, habilidades blandas para la vida. Tener a María es un trabajo a tiempo completo» (190).  

            Monse Arosemena no entrega su testimonio personal desde la dificultad emocional para aceptar una realidad compleja y la iluminación que se logra a través de la reflexión en la escritura: «Escribo porque encuentro allí la forma perfecta de procesar el dolor que me atraviesa. Al escribir, las emociones toman cuerpos concretos […] Escribo como instinto de supervivencia» (223). En su estrategia de escritura, la autora utiliza el distanciamiento narrativo con lucidez: así, cuando la situación que va a narrar puede estallar emocionalmente, la protagonista, que es ella misma, se transforma en una ella contemplada desde la omnisciencia narrativa: «Una mujer descansa en una camilla en la sala posoperatoria del área de maternidad del hospital. Esa tarde no hay nadie más en la sala de recuperación. Está sola, encerrada en sus pensamientos sobre la niña que nació con síndrome de Down, su hija […] La mujer esta adormilada. Sin tocar la realidad, sigue enajenada por una mezcla del efecto de la anestesia y el estado de su cerebro que batalla con la aceptación, la negación» (53).

La narrativa de la autora para explicar la complejidad de la situación médica se alimenta de una bitácora, un glosario y una parodia de las FAQ que ella llama FUQ: Frecuently Unasked Questions; esta última reúne preguntas difíciles respecto a tener una hija con síndrome de Down, que son respondidas con pedagogía y verdad afectiva, como aquella del sentimiento de no tener una niña típica: «Supongo que se vive de manera distinta según cada etapa. Probablemente, el impacto de la primera noticia es el que te deja sin aire […] Quizás los retos cotidianos hacen que nuestras energías y pensamientos se concentren en el presente […] El futuro viene después. El presente eclipsa los hipotéticos recuerdos futuros» (188). Asimismo, revela una decisión de estilo que más que un asunto de edición es un símbolo vital que utiliza para separar momentos dentro de un mismo capítulo: «María, Cuerpo Down. // Una decisión estilística. / Las tres flechas >>> La trisomía» (221).

 

Monse Arosemena en entrevista con la doctora Fernanda Hernández, comunicadora especialista en temas de salud, para Noticias Caracol, en la FILBO 2026.


            Finalmente, Monse Arosemena medita sobre las condiciones materiales de su realidad y las otras realidades. El nacimiento de una niña con síndrome de Down requiere médicos especialistas de varios tipos, atención hospitalaria onerosa y terapias diversas de por vida. «Me pregunto qué sería de María si no fuera mi hija, si hubiera nacido a unas pocas horas de aquí, en otra cuna, bajo un techo distinto. Me cuesta llamarlo privilegio sin que suene a algo sucio, como si lo estuviera ostentando. Pero eso es. Tener acceso a cuidados intensivos durante 29 días; tener un seguro médico; poder quedarme con ella en la habitación; escribir esto; pensarlo desde un lugar seguro» (192). Es una pregunta válida: ¿Cuándo nuestra sanidad pública estará preparada para atender las necesidades de un Cuerpo Down? Es también una demanda de justicia social.

Cuerpo Down, de Monse Arosemena, es una escritura amorosa y lúcida cargada de verdad y pedagogía; un libro conmovedor que nos educa en el entendimiento de los procesos de las familias que tienen niños o niñas con síndrome de Down. La escritura de este libro, que comparte una experiencia personal y familiar, es de una belleza dolorosa y esperanzadora a la vez.

 

La del estribo: un cincuentenario

 

            María Joaquina en la vida y en la muerte, de Jorge Dávila Vázquez, ganó el Premio Aurelio Espinosa Pólit de 1976. Novela de un exquisito neobarroquismo que moldea la materia histórica para diseccionar el poder dictatorial en medio del conflicto liberal-conservador en el Ecuador del siglo diecinueve. Envuelta en una atmósfera narrativa que combina elementos mágicos, el rumor de ultratumba y la realidad de la violencia política, la novela nos ha dejado un retrato literario, hecho con la libertad de la ficción, del dictador Ignacio de Veintemilla y su sobrina Marietta de Veintemilla en los personajes memorables de José Antonio de Santis y María Joaquina. La novela, atravesada por el gusto musical, es también la historia de una obsesión erótica que tiene su clímax durante la inauguración del gran teatro de la capital: Dávila Vázquez narra un episodio en el que confluyen la música sacra, lo erótico y el poder político en un magistral juego escénico: «Otra vea el sudor de su mano me humedece el corazón, la orquesta estalla, luego el coro, tiemblo, es como si la gran hecatombe verdiana del Requiem, explosionara al compás de este hombre, que desde hace una hora ha dejado de ser mi tío para convertirse en mi esposo, mi amante, el dueño de mi cuerpo, el déspota, más bien» (19). María Joaquina en la vida y en la muerte es una novela clave para conocer la profunda renovación de la narrativa ecuatoriana que se produjo en los años setenta.


Portada de la primera edición de María Joaquina en la vida y en la muerte (Quito: Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1976). (Foto: R. Vallejo, 2026)  



[1] Monse Arosemena, Cuerpo Down. Memoria de un diagnóstico (Bogotá: Editorial Planeta / Seix Barral, 2026), 9.

 

lunes, mayo 11, 2026

Del cuerpo frágil y mi prostatectomía radical

Sí, César Vallejo, porque soy César Raúl.
            Nada más difícil que hablar de mí mismo, pese a vivir en un tiempo en el que el pudor ha cedido ante el espectáculo y la auto-referencialidad sin tregua. Antes de empezar este texto, me pregunté si tiene sentido hablar sobre la condición médica que me ha tocado padecer. No estoy en una situación extrema para los casos que conozco, pero sí lo suficientemente dramática para mi propio padecimiento. Recuerdo la famosa frase de Kyo Gisors en La condición humana, de André Malraux: «Todo hombre se parece a su dolor»[1]. Lo que me lleva a escribir sobre la prostatectomía radical que me hicieron recientemente es, tal vez, la vivencia en carne propia sobre la fragilidad del cuerpo humano, el deseo de compartir la necesidad del cuidado de uno mismo y la constatación de que un sistema de salud de calidad y calidez, como un derecho, debe ser la aspiración de una sociedad democrática y justa. ¿Cuál es el dolor al que me parezco yo?

            No cuento nada nuevo al decir que el cuerpo humano es frágil; pero la constatación de esta verdad de Perogrullo en mí mismo motiva mi escritura. Un día, vas al médico para el examen anual de próstata y el examen de sangre te dice que el PSA (Prostatic Specific Antigen) se ha elevado a 9,7 cuando el máximo aceptable es 4. Suena la alarma y comienza una serie de exámenes que debes realizarte con paciencia y en seguidilla: eco transrectal, resonancia magnética, biopsia transrectal. Al final de este proceso, el diagnóstico es claro: dos carcinomas de centímetro y medio cada uno, grado seis en la escala Gleason. Joan Didion escribe en las primeras líneas de El año del pensamiento mágico, que narra el duelo por la repentina muerte de su esposo, John Gregory Dunne, también escritor, y que leí durante mi estancia en el hospital: «La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión»[2]. El paso siguiente: una prostatectomía radical abierta, que consiste en extraer la próstata y la membrana que la envuelve, las vesículas seminales y, si es necesario, los ganglios linfáticos. Lo que uno no ve: el cirujano retira la membrana prostática y conecta la uretra con la vejiga. El patólogo, luego de analizar la próstata completa, informa: «el tumor compromete aproximadamente el 80% del parénquima prostático, con infiltración difusa del tejido glandular. Grado diez en la escala Gleason»[3]. Lo que uno ve: una herida que va del pubis hasta el ombligo: fragilidad del cuerpo remendado. La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante.

           

"Y si un baobab no se coge a tiempo, ya no es posible librarse de él jamás". 
          Los hombres solemos bromear, malamente, con el examen de próstata. Una masculinidad deleznable ha convertido un rito de salud personal indispensable en un mal chiste. Lo peor es que, muchos hombres, procrastinan al momento de tener que realizarse el examen y lo posponen una y otra vez. Mi chequeo anual detectó los carcinomas de mi próstata a tiempo para que la cirugía sea posible. La masculinidad frágil que rehúsa el examen anual de próstata puede encontrarse, un día cualquiera, con una hiperplasia prostática (crecimiento desmedido de la próstata) que se manifiesta como una dolorosa imposibilidad de orinar o con un cáncer que ha hecho metástasis en pulmones y huesos. Como dice el narrador de El principito al referirse a los baobabs: «No me gusta mucho adoptar el tono de un moralista. Pero el peligro de los baobabs es tan poco conocido y los riesgos corridos por el que se extraviara en un asteroide son tan considerables, que, por una vez, salgo de mi reserva. Digo: “¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!”»[4]. Y yo parafraseo el consejo: «¡Hombres! ¡Cuidado con la próstata!».

            Estuve trece días hospitalizado y continúo mi convalecencia con una constante mejora. Aún no puedo manejar el carro familiar, no puedo cargar cosas pesadas (una maleta, por ejemplo), y me agoto con facilidad. Atrás quedaron los días de pintas de sangre y plasma, vías que se infiltraban, venas que se escondían (una pesadilla, para mí y las enfermeras, que me dejó los brazos amoratados), dren y sonda (con su respectiva bolsa para mi orina) que, a veces, se enredaban con las mangueras de antibióticos, antinflamatorios, analgésicos, etc. Mi urólogo cirujano y los médicos que participaron del proceso, las enfermeras y las ayudantes (90% mujeres), y el hospital en el que estuve internado me dieron una atención de calidad con calidez. Alina, mi esposa, ha estado conmigo, como siempre en nuestra vida, resolviendo asuntos prácticos y atendiéndome en todo momento. El cuidado amoroso indispensable para una recuperación satisfactoria. Pienso en las palabras que Alicia Ortega le dedica a su padre en su bellísimo libro Estancias: «El amor absoluto y pleno no necesita asimilar ni comprender nada. Solo sabe estar, cantar y crecer con el mismo garbo de una rosa en su tallo al florecer»[5]. Mi hija Daniela y mi hijo Sebastián, siempre. Y, claro, también están parientes, amigas y amigos, sinceramente preocupados y solidarios. Finalmente, no voy a entrar en las disquisiciones políticas sobre lo público y lo privado: soy jubilado y gozo del privilegio de contar con un seguro privado (en el que invierto un alto porcentaje de mi pensión), pero sigo soñando que el sistema de salud público de mi país ofrezca, al menos, lo mismo a lo que yo he tenido acceso y no la angustia en la que vive la mayor parte de la población con la escasez de medicamentos básicos y la inexistencia de una atención primaria de salud de calidad (no se diga de atención a enfermedades de tratamiento continuo o catastróficas). Es un anhelo innegociable de justicia social: salud, educación y vivienda.

            El proceso de la prostatectomía radical ha terminado. Ahora empiezo un nuevo capítulo: el jueves de la semana pasada tuve mi primera cita con el oncólogo, pues aún hay que comprobar que el cáncer no haya hecho metástasis y vigilar, de aquí en adelante, que no reaparezca en otra parte. Por lo pronto, hay que revisar la última biopsia y hacer nuevos chequeos de PSA; pero la historia con el oncólogo ya pertenece a un nuevo momento de mi cuerpo frágil. Somos aprendices de la vida durante toda nuestra existencia.



[1] André Malraux, La condición humana, traducción de César A. Cornet (Barcelona: Planeta / Sudamericana, 1981), 35.

[2] Joan Didion, El año del pensamiento mágico [2005], traducción Javier Calvo Perales (España: Literatura Random House, 2015), 9.

[4] Antoine de Saint-Exupery, El principito. Le petit Prince, edición bilingüe, traducción de Joëlle Eyhéramonno (España: Enrique Sainz Editores, México, 1984), 43-44.

[5] Alicia Ortega, Estancias (Quito: Severo Editorial, 2022), 57.

 

lunes, mayo 04, 2026

Los cuentos del millón de dólares

           

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ganó la primera edición del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado de un millón de dólares, con su libro de cuentos El buen mal.

Según su portal corporativo, la empresa estatal Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, AENA, gestiona 46 aeropuertos y 2 helipuertos en España, 18 en Reino Unido y Brasil, a través de su filial, y participa en la gestión de 14 aeropuertos en América. En 2023, movió 314,1 millones de pasajeros, por lo que es la operadora número uno del mundo; la sigue Aéroports de Paris, que movió 99,7 millones. Este año, la empresa estatal española decidió instituir el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, que reconoce al mejor libro de los publicados en el ámbito hispanohablante o en lenguas cooficiales y traducidos al español en 2025. Este premio entrega un millón de dólares al libro ganador y 30.000 a cada uno de los finalistas.

El solo anuncio del premio generó un intenso debate debido al monto, su origen y las condiciones de precariedad en la que viven la mayor parte de quienes se dedican a la escritura de literatura. En una nota de Infobae, Carmen Domingo, escritora y filóloga española, que critica el uso de dinero público de «forma tan… obscena», expresó que «por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración». El cuestionamiento de Domingo es válido: después de todo, uno se pregunta cómo se puede seleccionar cinco libros finalistas de entre todo lo que se publica en el ámbito hispanoamericano para un premio equiparable, en términos económicos, al Nobel o al Planeta, en el ámbito privado.

Las preguntas surgen de inmediato: ¿Llegará a ser finalista el libro publicado por una editorial independiente de una pequeña localidad de Hispanoamérica? ¿Cuánto gestionarán las editoriales y agentes literarios para la selección de las obras finalistas? ¿Cuán cerrado es el círculo de jurados y finalistas? ¿Es posible mantener un premio así desde una empresa estatal cuya administración cambia periódicamente y con ella las políticas de promoción de la empresa? ¿Cuál es el objetivo de una inversión de dinero público de esta naturaleza en un sistema cultural que demanda salir de la precariedad de autoras y autores? Por otro lado, nadie pone en cuestión que los torneos de tenis —solo para poner el ejemplo de los Gran Slam— entreguen premios de 3,5 millones de dólares al ganador, 1,1 millón a los semifinalistas (Australian Open) y así por el estilo. ¿Por qué hace tanto ruido el millón de dólares para un premio literario anual?

En lo personal, es muy bueno que exista un mecenas estatal que se haya decidido a otorgar un premio de esta naturaleza que hará que un escritor o escritora de Hispanoamérica, cada año, deje de preocuparse por la hipoteca de su casa y, si invierte bien, pueda tener un sueldo mensual para ocuparse completamente de su oficio: la escritura. Sin embargo, es lamentable que el premio responda más a una ocurrencia publicitaria de una empresa estatal que no tiene nada que ver con la literatura, antes que a la institucionalización de una política pública a nivel hispanoamericano en beneficio de quienes escribimos literatura. Juan Casamayor, responsable de la editorial Páginas de Espuma, consultado por Deutsche Welle, que ha promovido y publicado a Samanta Schweblin, sintetiza así el ruido por el premio: «No se puede culpar a las iniciativas que premian buenos libros, pero en un ecosistema donde muchos escritores viven en la precariedad, se genera un desequilibrio evidente».

            No conozco los libros finalistas[1], pero he leído El buen mal, de Samanta Schweblin, cuentario ganador de la primera edición del premio, al igual que he leído casi toda su obra. Por lo mismo, me alegra que una escritora como Schweblin —cuya narrativa he disfrutado por su maestría para lograr un intenso y sugerente entretejido entre lo real y lo fantástico— haya ganado el premio, aunque este libro sea la reiteración de una escritura que tiene grandes momentos como Pájaros en la boca (2009), que es una versión extendida de La furia de las pestes (Premio Casa de las América, 2008) y su novela corta Distancia de rescate (2014). Además, es una excelente noticia, para un género percibido como menor, que una colección de seis cuentos sea considerada como el mejor libro de narrativa que se publicó en 2025, en Hispanoamérica.

            El buen mal, oxímoron que, de entrada, nos introduce a esa zona de lo extraño, en la que se ha movido siempre la narrativa de Schweblin, cuando habla de las relaciones interpersonales y de cómo algunos sucesos escondidos en el tiempo son la base de un presente a ratos inexplicable, a ratos absurdo, a ratos siniestro; angustiante siempre. Como en toda su narrativa, la sensación de lo trágico ronda cada cuento y, en una atmósfera cargada de sugerencias, nos acercamos a los personajes con la sensación de la inevitable liberación o condena. En «Bienvenida a la comunidad»[2], narrado en primera persona, una madre se intenta suicidar sin éxito, y se ve envuelta nuevamente en una rutina depresiva y una sorprendente cercanía con un vecino que la confrontan nuevamente con la muerte. «Un animal fabuloso» nos interroga sobre los límites del perdón y la culpa en una relación de amistad atravesada por un terrible secreto ante la contundencia de la muerte de un hijo pequeño. «William en la ventana», inmerso en el mundo de la literatura, es un cuento fantástico que juega con la imaginación de dos escritoras que se encuentran en una residencia literaria en China: ambas, de mundos distintos, se hermanan a través de la cercanía de la muerte. «El ojo en la garganta» mezcla lo trágico inevitable con lo extraño y la persistencia de la culpa sin atenuantes: el hijo, ya mayor, que mantiene a los padres en el fango de la culpa sin atenuantes frente a su propia desgracia. «La mujer de la Antártida» recupera la memoria de la niñez de dos hermanas, lo que significa la invasión, entre perversa e inocente, de una casa y la transformación de una persona en una suerte de juguete de las dos niñas. La invasión del hogar, pero en tono siniestro, se repite en «El Superior hace una visita»: la violencia sobre una mujer que, de pronto, vive el terror de que su casa ha sido «tomada». El buen mal es un libro que no aporta sorpresas ni a los temas ni a su tratamiento literario en la narrativa de Schweblin, pero, al mismo tiempo, tiene una escritura depurada, exquisita y de profunda resonancia en la conflictiva intimidad de los seres humanos, signados, casi siempre, por la culpa secreta, los absurdos de la vida y la muerte, en escenarios donde lo extraño resulta de la escritura en los bordes de la difusa línea que separa lo real y lo fantástico.

            Estos son los cuentos del millón de dólares: los del premio, los del libro; los del íntimo deseo que el premio sea imitado en todas partes por todas las instituciones públicas que puedan hacerlo; los cuentos sobre la existencia de una política pública que trabaje en la remediación de la precariedad laboral del mundo de la literatura y la escritura como un oficio.



[1] Los cinco finalistas fueron anunciados el 18 de marzo: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, (Alfaguara); Marciano (Literatura Random House), de Nona Fernández; Los ilusionistas (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente; Canon de cámara oscura (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas; y El buen mal (Seix Barral), de Samanta Schweblin, que resultó el libro triunfador, anunciado el 23 de abril.

[2] El 30 de abril apareció la noticia de que la versión en inglés de «Bienvenida a la comunidad», «Welcome to the Club», traducción de Megan McDowell y publicado en The Yale Review, fue uno de los veinte relatos seleccionados para la edición 2026 del prestigioso premio norteamericano de cuento O. Henry. The Best Short Stories 2026: The O. Henry Prize Stories, edited by Tomy Orange (USA: Vintage Books, 2026).

 

lunes, abril 27, 2026

Trump y el uso político y militar de la religión

             La oración en un acto religioso en el Pentágono, el pasado 16 de abril, calcada de la parodia al versículo de Ezequiel 25:17 que escribió Tarantino para Pulp Fiction, sería un chiste si se tratara del ministro de unos de esos países de mierda, de los que habla Trump. Pero el orador era el secretario de Guerra, Pete Hegseth, del gobierno de los EE. UU.; un gobierno que tiene poder militar nuclear y cuyo presidente amenazó con exterminar en una noche a una civilización de más de 2.500 años. Pete Hegseth recitó el parlamento que el criminal Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) recita antes de dispararle a otro delincuente. El incidente no es menor porque eso demuestra que no les importa lo que dice la Biblia ni la interpretación teológica, sino el uso político y militar de la religión para justificar la guerra imperial que por sí y ante sí mismos declaran. Utilizar la parodia de la Biblia de un personaje criminal de Pulp Fiction para justificar las guerras de agresión en nombre de Dios no solo es un chiste malo sino también la puesta en evidencia del pensamiento criminal del neofascismo.

            Este incidente que mostró la ignorancia teológica del Pentágono estuvo precedido de un virulento ataque de Trump al papa León XIV en su red Truth Social. El papa León XIV criticó, en término evangélicos, la guerra de agresión contra Irán y más aún la amenaza de borrar del mapa a una civilización milenaria. Trump se destapó contra el papa y León XIV respondió: «No le tengo miedo a la Administración Trump, ni a proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí, para lo que la Iglesia está aquí». Inmediatamente, J. D. Vance, el vicepresidente norteamericano, que se convirtió al catolicismo hace seis años, amonestó al pontífice, advirtiéndole que tenía que ser «más cuidadoso al hablar de teología» y le recordó la doctrina católica de la guerra justa. La ironía sobre la torpeza de Vance fluye espontánea, pues la doctrina de la guerra justa fue formulada por San Agustín y el papa, sacerdote de la orden agustina, obtuvo su doctorado magna cum laude en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, en Roma. Es decir que, si alguien tiene credenciales académicas y religiosas para hablar de la guerra justa es, por sobre todas las opiniones legas, el papa León XIV.

San Agustín plantea que la guerra es una tragedia producto del pecado de los hombres y puede ser lícita si, principalmente, busca la paz, si es declarada por una autoridad investida legalmente para ello, y si respeta la vida de los enemigos, entre otras consideraciones. San Agustín escribe en La ciudad de Dios: «Si de los gobiernos quitamos la justicia, pregunta, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?». Al recordar que los reyes asirios desataron las primeras guerras imperialistas, san Agustín señala: «De todas maneras, al declarar la guerra a los pueblos limítrofes, el pasar luego de ahí a nuevas conquistas; el devastar y someter pueblos pacíficos por la sola pasión de dominio, ¿qué otro nombre se merece sino el de una gigantesca banda de ladrones?».

Claro que el debate, en estos tiempos de posverdad, seguramente se estiraría hasta la justificación del genocidio y la retórica guerrerista pretende justificarse con el intento de poner en entredicho la autoridad del papa en asuntos teológicos. La estrategia de Trump, Vance y Hegseth es desgastar la figura moral del papa León XIV e intoxicar las redes con mensajes que reducen las enseñanzas pastorales a opiniones de un “débil”, “cobarde e ignorante en política internacional”. Así, Trump y Cía. se apoderarían también del discurso teológico católico, como ya lo hacen todos los días en el campo evangélico y protestante de los EE. UU. con los pastores trumpistas liderados por la asesora espiritual de la Casa Blanca, la pastora tele-evangelista Paula White-Cain, más fanática que los Ayatolas iraníes.

 

“Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).” (Homilía del papa León XIV durante el Domingo de Ramos de 2026)

               El meme diseñado por inteligencia artificial en el que se muestra a Trump como Jesús atendiendo a un enfermo, y que el propio Trump subió a su red social, es un signo de que, con cada red flag, Trump arrastra a sus seguidores a que se revuelquen en el fango de sus delirios. Cobarde como todo bully, frente a la censura mundial, Trump se justificó diciendo que se veía a sí mismo como un médico, aunque terminó borrándolo de su red social. Al igual que Enrique VIII fundó la iglesia anglicana, no sería nada raro que Trump pretenda, en medio de una baja de popularidad o para justificar otra guerra imperial, fundar la iglesia católica norteamericana, cuyo papa sería nombrado por el presidente de los EE. UU. La religión así utilizada por el poder, para legitimar su propia violencia y rapacidad, es el verdadero opio del pueblo. 

 

La del estribo

 

            El 20 de abril de este año, un sargento de policía asesinó a su esposa, la abogada Solange Arellano, en la mitad del tramo del Puente de la Unidad Nacional que enlaza La Puntilla con Durán. Luego de cometer el feminicidio, se suicidó. Por enésima vez: no existe el “crimen pasional”. Hablar de “crimen pasional” es un eufemismo que encubre la violencia estructural de una sociedad patriarcal. Lo que sí existe es el feminicidio: es decir, el crimen que, por machismo, comete un hombre contra una mujer, generalmente, su pareja. Cuando frente a un feminicio, la prensa utiliza un titular como el de Super, está evidenciando esa misoginia normaliza que desprecia a la mujer víctima y la re-victimiza: ¿qué evoca en los lectores el mensaje de que una mujer asesinada por su marido haya sido «cazada en el puente»? ¿De verdad considera un diario, que se llama a sí mismo «diario familiar», que este titular protege a la familia? Definitivamente, en este titular la víctima ha sido deshumanizada.

 

 

lunes, abril 20, 2026

«La Grazia»: Paolo Sorrentino nos ofrece una elegante meditación ética, política y jurídica


Toni Servillo ganó la Copa Volpi al Mejor Actor en el 82 Festival de Venecia 2025.

La Grazia: La belleza de la duda
(La Grazia, Italia, 2025), 133 min. Dirección y guion: Paolo Sorrentino. Fotografía: Daria D’Antonio. Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Milvia Marigliano, Massimo Venturiello, Orlando Cinque.

            Mariano de Santis, interpretado con exquisitez por Toni Servillo, es un presidente de Italia a punto de terminar su mandato. Además, es un hombre viejo, próximo a jubilarse de la escena política. De Santis es también un jurista y la sobriedad con la que encarna su cargo resulta de por sí un poderoso contraste, cultural y políticamente simbólico, con la sociopatía y el histrionismo de algunos presidentes del tipo Trump o Milei. De Santis es un político conservador, católico, honesto, algo atormentado por antiguos celos y la nostalgia amorosa, que debe decidir si sancionar o negar la legalización de la eutanasia y otorgar o no sendos indultos a una mujer que asesinó a su marido abusador y a un hombre que mató a su esposa con Alzheimer. La cuestión ética, moral y política se debate en la mirada, en los gestos y el andar de Toni Servillo, porque los diálogos, un tanto parcos en su argumentación, están lejos de la brillantez de la cinematografía, aunque la idea de que la gracia es la belleza de la duda resuena muy poderosa y tiene un aire sublime. La hermosura contemplativa de la fotografía (a cargo de Daria D’Antonio, que trabajó con Sorrentino en Parthenope, 2024 y La mano de Dios, 2021) contribuye al tono intimista y profundo que el director logra con su personaje. La soledad del poder está representada con hondura en esos planos con De Santis en la casa de gobierno, en los diálogos con su hija Dorotea (Anna Ferzetti), que es también su consejera, en la intimidad del despacho o una cena, y con su edecán (Orlando Cinque), que es una suerte de confidente, en la terraza de la casa mientras contempla una Roma, que no es la de los turistas, con los ojos de introspección. La idea de la duda, como una estancia moral, me recuerda la frase de Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco: «El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda». En el filme de Sorrentino, Toni Servillo encarna la duda como la estancia en un intenso estado de gracia. «Quién es dueño de nuestros días», se pregunta Dorotea, que está a favor de la eutanasia, y la pregunta queda en la consciencia del público con sus resonancias políticas, jurídicas y éticas. La grazia: la belleza de la duda, de Paolo Sorrentino, es una película para meditar y disfrutar mientras celebramos el milagro de la lentitud elegante y la calma misteriosa en estos tiempos de la indigesta comida rápida y los estúpidos ultimátums nucleares. 

 

La del estribo

 

No. Don Quijote nunca dice esta frase ni nada parecido. Quienes la divulgan en sus estados de WhatsApp o en las redes sociales para echarse encima una pátina literaria solo demuestran que nunca han leído el Quijote y que lo mencionan solo como postureo. Lo que sí le dice don Quijote a Sancho, al aconsejarle sencillez antes de que asumiera el gobierno de la ínsula Barataria, es: «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno podrá correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio» (II, 42). Y, más adelante, lo aconseja así: «Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera afectada que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala» (II, 43).

lunes, abril 13, 2026

Celebremos el Día del Magisterio ecuatoriano a pesar de las dificultades de la profesión

(Fotografía: sitio web de Unesco)

Ser maestra siempre ha sido difícil. Ser maestro siempre ha sido una vocación de las dificultades. Por lo general, a pesar de las declaraciones de los organismos internacionales y ciertos esfuerzos gubernamentales, el reconocimiento económico del magisterio está por debajo de las responsabilidades de la profesión. Hoy, la valoración social del magisterio es baja y la precariedad laboral ha aumentado. Un informe de la UNESCO señala que para cumplir las metas de universalización de educación básica y bachillerato para el 2030, «en América Latina y el Caribe, se necesitan al menos un millón de docentes calificados en educación primaria y 2,2 millones en secundaria»[1] y en el mundo 44 millones de docentes adicionales. La profesión docente en el mundo enfrenta enormes desafíos que tienen relación con las condiciones laborales y las nuevas condiciones sociales de la enseñanza.

            En agosto 28 y 29 del año pasado se desarrolló en Santiago de Chile la primera Cumbre Mundial sobre Docentes, organizada por la UNESCO y el gobierno chileno. En dicha reunión se adoptó el Consenso de Santiago, que, entre otros acuerdos para «reinventar y apoyar la profesión docente», enfatiza los siguientes compromisos:

 

  Elaborar políticas inclusivas y condiciones de empleo justas que respalden al personal docente a lo largo de su trayectoria profesional —incluidas la contratación, la mentoría, la asignación, el desarrollo profesional, las condiciones de trabajo y las trayectorias de carrera—;

  Mejorar el diálogo social y la participación del profesorado en la toma de decisiones y la formulación de políticas;

  Movilizar recursos nacionales e internacionales, incluidos mecanismos innovadores de financiación como los canjes de deuda por educación;

  Priorizar la igualdad de género, la inclusión y la diversidad del personal docente para elevar el estatus social de la profesión.

  La Cumbre también brindó la oportunidad de subrayar la necesidad de apoyar al personal docente en el uso de las tecnologías digitales en la educación, que están transformando inevitablemente la profesión. En los dos últimos años, la UNESCO ha publicado dos guías para ayudar al profesorado a desarrollar sus competencias en este ámbito.[2]

           

(Fotografía: sitio web de Unesco)
             

            En nuestro país, la docencia, debido a la violencia delictiva que azota sobre todo a los sectores más vulnerables, se ha vuelto una profesión de riesgo, por decir lo menos. En la entrada del 1 de septiembre de 2025, al abordar las dificultades estructurales para prevenir la presencia de los GDO en las escuelas, señalé que «la escuela, en tanto institución, se ha vuelto un territorio en disputa y, si bien es importante la presencia policial y/o militar, no es menos cierto que para prevenir la injerencia de los GDO es imprescindible un abordaje estructural de calidad desde el Estado». Por lo que, solo cuando exista una aproximación intersectorial y de largo plazo al problema en los territorios signados por la violencia podremos desterrar la presencia de los GDO en la escuela.

            Menos peligroso para la vida, pero muy grave para los procesos pedagógicos es la brecha tecnológica como resultado de una brecha social y el uso, cada vez más indiscriminado, de la IA generativa para la escritura de las tareas escolares. Esto último sucede, lamentablemente, con el beneplácito de quienes no entienden que los algoritmos LLM (Modelos de lenguaje de gran tamaño) ejercen una piratería sin control del saber humano. La IA no es una ayuda similar a la de la calculadora, es el reemplazo del usuario en las tareas del lenguaje, que es el sistema operativo del ser humano. Quienes son docentes hoy tienen que lidiar con una tecnología que parecería ubicar en la obsolescencia la escritura y la lectura como herramientas básicas del aprendizaje.

            Yo he tenido la fortuna de ejercer mi vocación docente en todos los niveles del sistema educativo, como profesor y en funciones administrativas, excepto como profesor de aula de la antigua primaria. Me hubiera encantado ser maestro de primer grado, ese año cuando la niña y el niño descubren la maravilla de la lectura, la magia de la escritura. En este 13 de abril, Día del Magisterio, en medio de mis disquisiciones sobre las dificultades de esta profesión que amo, recuerdo con cariño al maestro Alejo Andrade, mi profesor de primer grado, aquel que, con paciencia y calidez, nos dio, a unos niños inquietos, las herramientas de la lectoescritura para descubrir el prodigio del mundo y de la vida.

 

La del estribo

 

             El 13 abril fue instituido como Día del Maestro Ecuatoriano por el presidente Alfredo Baquerizo Moreno el 29 de mayo de 1920. La fecha de la celebración fue escogida como un homenaje a Juan Montalvo, que nació en aquel día de 1832. En la octava Catilinaria (1881), al disertar sobre la educación en Europa y Sur-América y las desigualdades sociales por falta de aquella, Juan Montalvo concluye en una parte del ensayo así: «Esto de que todo lo sepan unos y nada otros, es fuente de tantos males como eso de que todo lo poseen unos y nada otros: el hambre del espíritu, la desnudez de la inteligencia, son desdichas tan grandes por lo menos como el hambre y la desnudez del cuerpo. Que todos sepan leer y escribir y alabar a Dios, es tan necesario como el que todos tengan un plato de comida y un trapo con que cubrirse. Esta, esta igualdad es la que deseamos, y la que hará la felicidad de los hombres, algún día».

 

Foto: Juan Montalvo, c. 1875-1880. Fondo fotográfico Dr. Miguel Díaz Cueva, Instituto Nacional de Patrimonio Cultural.