(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, enero 12, 2020

Espíritus de la escritura en memoriosas casas de escritores


Recreación de alcoba de mujeres y niños en la casa natal de Cervantes.

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            No tenía título universitario, pero ejercía de zurujano, por lo tanto, no era cirujano de academia, sino cirujano de cuota. Rodrigo de Cervantes se estableció en Alcalá de Henares, donde, en 1547, nacería su hijo Miguel. La competencia entre los cirujanos de todo tipo era inclemente y, en general, la mayoría de estos padecía pobrezas. En 1614, en El coloquio de los perros, Berganza le cuenta a Cipión que un estudiante de Alcalá de Henares había dicho: «Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían Medicina», de lo que se infería: «o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre».

           
Botica de Rodrígo de Cervantes.
La casa natal de Miguel de Cervantes, en Alcalá de Henares, donde vivió hasta 1552, cuando la familia se trasladó a Valladolid, fue abierta al público como casa-museo en 1956. La casa-museo consigue la ilusión, propia de la literatura, de convertir en verdad lo que es una mentira: los objetos son los de una familia acomodada de los siglos XVI y XVII, pero nosotros imaginamos que, en la Botica, están los instrumentos de trabajo del zurujano Rodrigo, y que, en medio de aquellos especieros, alambiques y la silla de barbero, el niño Miguel daba sus primeros pasos.
En las afueras de la casa, don Quijote y Sancho sentados en un poyo de cemento, invitan a los turistas a tomarse la fotografía que subirán a su Instagram. ¿Cuántos habrán leído El Quijote? Los dos personajes protagónicos de El Quijote son tan conocidos que los turistas hacen de cuenta que, con solo nombrarlos y recordar unos molinos de viento, la lectura de la obra queda exonerada y lo que importa es la foto.

2

El patio del limonero y la fuente de la casa natal de Antonio Machado, en Sevilla.
             De 1919 a 1931, Antonio Machado vivió en Segovia. Llegó de cuarenta y cuatro años, viudo, algo derrotado y enfermo, para desempeñarse como profesor de francés. Apenas se instaló en la ciudad participó en la fundación de la Universidad Popular Segoviana, actual Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. La casa donde se alojó era una muy modesta pensión regentada por doña María Luisa Torrego y conserva el mobiliario original que usó poeta, incluida la estufa que le regaló su hermano Manuel. La guía cuenta que Machado solía dormir con la ventana abierta y que, alguna mañana, doña María Luisa le preguntó por qué lo hacía: «Para que salga el frío, señora», le respondió el poeta.
Habitación de Machado, en la pensión de Segovia.
           Muy conocidos son los versos de Machado: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero». Ese patio y ese huerto están situados en el Palacio de las Dueñas, en Sevilla, que hoy pertenece a la Casa de Alba. En 1875, el padre del poeta, el folclorista Antonio Machado y Álvarez, se mudó al palacio en calidad de administrador. Ese año, el 26 de julio, nació el poeta. Machado nos lo recuerda en “Esta luz de Sevilla”: Esta luz de Sevilla... Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente. / Mi padre, en su despacho. —La alta frente, / la breve mosca, y el bigote lacio—». Uno pasea por el patio, escucha el rumor de fuente, la fragancia de azahares, limoneros y naranjos, todo lo inunda. Y la niñez del poeta emerge de entre toda aquella memoria de azulejos y flores.

3

Estatua de Platero con niños, en Moguer, frente a la iglesia de Nuestra Serñora de la Granada.
            «Cuando yo era el niñodiós / era Moguer, este pueblo, / una blanca maravilla, / la luz con el tiempo dentro», escribió Juan Ramón Jiménez en un poema de 1953. Y cuando uno visita Moguer se siente abrumado de tanta luminosidad y blancura. Juan Ramón y Zenobia Camprubí viven en todo Moguer. De hecho, la calle donde queda la casa natal de Juan Ramón lleva el nombre de Zenobia y la calle de la casa donde vivió la pareja recibe el nombre del poeta. Y sendas estatuas de Zenobia y Juan Ramón están en dos plazas principales de este pueblo engalanado de blanco luminoso.
Platero transita frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Granada; un niño camina junto a él, y una niña abre los brazos libres sobre su lomo. Aquella iglesia y su torre fueron perennizadas en “Retorno”, el capítulo XXII de Platero y yo: «Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental. Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos, y mi nostalgia de ciudades, aguarda como la primavera, encontrar en ella un consuelo melancólico».
En la casa-museo están reproducidos el estudio de Juan Ramón en Madrid y el propio de esta casa. Los objetos son testimonio de la vida de aquel que dedicara su obra A la inmensa minoría. Ahí están libros, revistas, cartas, apuntes, borradores de poemas, y el alma impregnada en cada pieza exhibida. Un silencio memorioso habita la casa y es como si el espíritu del poeta se aferrase a las cosas para permanecer en la forma de tales cosas; ser único, yo transparente, en la eternidad de la palabra poética.

El estudio madrileño de Juan Ramón Jiménez reproducido en la casa museo de Moguer.


Todas las fotos fueron tomadas por Raúl Vallejo en noviembre de 2019.
Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, 03.01.2020