(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

jueves, julio 20, 2017

Las voces que caben en la poesía


Con Hussein Habasch, Zoë Skoulding, Laura Valente y Daniel Quintero, en la Universidad Politécnica Salesiana.

           “No conoció amor hecho para tan frío invierno. // Ella pinta una habitación y en ella se refugia. / Escucha la música extendiendo dolor / como telas de araña por sus piernas”, comienza el poema traducido del chino de Ming Di, que leyó en su lengua materna durante la inauguración del X Festival de Poesía de Guayaquil “Ileana Espinel Cedeño”, cuyo director es el poeta Augusto Rodríguez. Ming Di, nom de plume de Mindy Zhang, que iba desenredando cinta de seda, abriendo abanicos, dejando caer sus versos como lluvia de papel de arroz, concluye: “Me veo a mí misma en esa habitación, luchando. Le pido / que pinte una ventana, una ventana que conduzca al cielo. / Que pinte el firmamento.”
            Declarado Festival Emblemático del Ecuador por el Ministerio de Cultura y Patrimonio, el “Ileana Espinel Cedeño” reunió a cerca de 70 poetas de diversas partes del mundo: China, Japón, Kurdistán, Gales, Francia, España, Estados Unidos, México, Cuba, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina y Ecuador; y tuvo lugar del 10 al 14 de julio de 2017.
            Fui invitado al Festival y participé durante toda la semana en las lecturas de poemas que tuvieron lugar en diversos escenarios; en la inauguración, en el teatro “Pipo Martínez Queirolo”; en la Alianza Francesa, en el Centro Ecuatoriano Norteamericano, en el Aula Magna y el Salón Azul de la Universidad Politécnica Salesiana, y, finalmente, durante la clausura, en el Centro Cultural “Simón Bolívar”, MAAC.
María Auxiliadora Álvarez
            El Festival fue una muestra de la diversidad de voces que caben en la poesía. El verso maduro de Fernando Cazón Vera (Quito, 1935): “Hemos caído en la trampa, / como niños caímos en la trama, / […] no tuvimos alguna escapatoria, / la suerte estaba echada de antemano, / acaso lo sabíamos // ah, pero nos hicimos ilusiones.” La poesía desnuda que interroga y se pregunta siempre, susurrante, íntima, de María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956): “Quizá en el silencio haya luz / un resquicio de iluminación necesaria / una aquiescencia […] uno / el eterno aprendiz / el dedo contable / enhebrando hilos invisibles / para trenzar el desconocimiento.” O la voz alegórica, cargada de peces y joven contemplación de la vida hacia adentro, de Fadir Delgado (Barranquilla, 1982): “¿Y quién eres? / El último gesto del pez / Una sílaba que nadie usa / Las sobras de un abrazo […] Un pez que llegó a morir lejos del mar / ¿Y tú quién eres? / El mar que vino a ver cómo mueren sus peces.”
Marta Sanz (Foto El Telégrafo)
            Mujeres de todas partes y lenguas. Marta Sanz (Madrid, 1967) y la fuerza feminista de su verso que evoca múltiples sentidos en su juego de voces: “Y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine / que era una perra, una perra mentirosa. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente / dotada de una fuerza sobrenatural… / La voz, tan cursi y comprensiva, del doblaje de Joan Fontaine / soñaba sueños extraños. / Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino / avanzaba más y más… // Y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine / que era una perra, una perra mentirosa.”
Lucila Lema
Ada Mondès
Lucila Lema (Peguche, 1974) y la voz que ora desde la tradición ancestral: “Madre luna / Madre agua / Madre tierra / Madre humana; / que como mariposa blanca / has venido / haz que suceda el aliento / y el camino / para refugiarnos en el sitio sagrado, / donde guardamos la canción / a la lluvia.” Sáyaka Osaki (Kanagawa, 1982) y la delicadeza de su mirada sobre el mundo: “Es una habitación tranquila. / No tiene puertas y hay una ventana. / Todos entran por ella. / Todos salen por ella. […] La habitación todavía no está desesperada. / Un día podrá marcharse / pues tiene una ventana apropiada. // Es una ventana grande. / Es una ventana tranquila.” Ada Mondès (Hyères, 1990) y la radicalidad de sus planteamientos: “Por la calle, a menudo, caminan con el pecho inflado o con la pelvis relativamente prominente – una zancada por delante, solo para tener el placer masculino de arrastrar tras de sí a su mujercita a la que le aprietan los tacones recién comprados / el cuero a costa de la sonrisa.”
            Una poesía urgente que expone esos espectros de la realidad que envuelven al poeta y cuya palabra transciende la coyuntura en la que escribe, de Daniel Quintero (Buenos Aires, 1959): “Yo no habito tu medio país, / mi medio país es otro, / aunque las dos mitades / sean todo este país / y mi mitad y la tuya / ocupen el mismo espacio / simultáneamente / como venciendo / una ley física / como si fuera una cuarta dimensión / próxima / palpable / pero ineludiblemente irreconciliable […] Mi medio país / se mide con memoria / es el olor de la sangre / que arrastra el viento / tiñe el cielo / hace bandera / dedos en V […] mi medio país es un triunfo de la historia / al país de mierda que armaste / y nosotros tenemos que sobrevivir.”
Una poesía que mira las cosas y la cotidianidad desde la nostalgia, de Daniel Calabrese (Dolores, 1962): “Ella sabe de barcos, / a mí me ahoga el rumor de la lluvia. // Ella encuentra misterios, llaves / de bronce, palabras, silencio, / porque las húmedas ciudades son baúles / y ella sabe de barcos. // Yo siempre he buscado tesoros / atento al mensaje, al olor de madera / que traen los vientos. / No sé por qué mi cuerpo lleno / de sangre es una copa / o un timón que gira. // Ella sabe de barcos, / a mí me ahoga el rumor de la lluvia.” Una poesía que invoca a la tierra y los seres que la habitan, de Carlos J. Aldazábal (Salta, 1974): “Parición en el monte. // Abre las piernas a la sombra del árbol / y la cría resbala de la vida a la vida. // Pegoteada, pringosa. // La boca de la madre en la placenta / y los ojos lavados. // Así se llega al mundo. // Para correr. // Para que el tigre juegue.”
Ketty Blanco y Yirama Castaño.
            Yirama Castaño (Socorro, 1964) nos enseña la limpidez del verso y sus resonancias: “A lo lejos, / un pájaro canta / en honor del dios de los árboles. / Nadie, entre aquellos que conversan, / se ha dado cuenta de la mudez.” Siomara España (Paján, 1976) convoca a los poetas a soñar en la infinitas posibilidades de la realidad: “Cuando sufras el poema / cuando cada línea te sangre a borbotones su tinta de rabia / de dolor o esquizofrenia / cuando sufras línea a línea / verso a verso / será la hora del poeta.”
Karo Castro.
Karo Castro (Santiago de Chile, 1982) convierte en poesía un hórrido episodio, su palabra perturba y libera, la mujer gallina nos estremece: “Me dicen desde que llegué a este gallinero sin plumas / El silencio deshace las palabras de cantos / Mis labios imitan naturaleza de pájaro […] En mi cabeza está el canto del chercán / Canto / lo que los pájaros me anuncian / Canto / lo que no se dice / Canto / a mi cuerpo de gallina en llamas.” Ketty Blanco (Camagüey, 1984) teje su filigrana con palabras exactas y convierte lo sórdido en belleza: “Cuando la geisha camina por el bulevar, / el tenue parpadeo eleva de sus ojos gotas de vapor. / Los hombres le brindan cerveza, le imploran / deliciosamente abrirse. / Al andar ella tuerce un pie hacia adentro.”
            Pintores, músicos, gente de la calle de todos los días, viajeros, poetas: todos caben en los poemas en prosa de Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963) igual que cabe Dante: “Sospechar que en la armonía de los astros no está ella, y que en su luz se despedaza el resplandor del Paraíso. Y pensar esto es el origen de una condena porque, de súbito, me hallo en la primera página de otro viaje que mi mano escribe. Veo la loba, el león, la pantera, y en la encrucijada de sus acechos leo la inscripción que me lanza a la bruma. En el momento indicado digo: ¡Maestro!  Pero Virgilio no está.  Levanto la cabeza y lo veo, ajeno a mí, bordeando los abismos. Lo llamo y  no oye. Corro pero cada paso que doy es uno dado por él. La distancia es atroz y permanente.  Entonces, un nuevo Infierno, el verdadero, empieza para mí. Sin guía y con la certeza de que no hay nadie a quien seguir. Beatriz, grito, y a mi eco se une el coro de los condenados.”
Con Farid Delgado y Pablo Montoya.
 Desde Reino Unido, vino Zoë Skoulding (Bradford, 1967) nos trajo una mirada íntima sobre la tensión entre la naturaleza y la urbe que emerge en ella: “Entre los edificios / los árboles se extienden hacia abajo / los lenguajes / de la tierra y las lombrices, / las hojas glosan la jerga del cristal y el acero; / los bosques yacen sobre los pisos / para rebotar / cada palabra, cada palabras / que dices / con el largo / eco de tus pasos que descienden en el lodo […] Mira, / ahora puedes ver en las ruinas cómo / los edificios se agarraron y se te subieron / por los huesos, los escombros, las paredes de tierra, / este enredo de tubos inútiles.”
Y, nacido en Shaij al- Hadid, una aldea al norte de Siria, Hussein Habash (1970) escribe en Kurdo, su lengua natal, y en árabe, “Pongo la cabeza sobre la roca del olvido / repitiendo, cual una estrofa de canción triste, lo siguiente: / Qué importa si muero pobre o más pobre de todos los pobres del mundo / mis niños comen manzana y mastican granos de granada. / Y esto es lo que importa. […] Qué importa si muera mientras voy diciendo barbaridades o remando hacia la locura / O quizás como Cioran, mi amigo, voy tocando las noches y dejando mi destino en manos del frío y la majadería. / Mis niños sonríen en la cama, y sueñan en aves y mariposas. / Y esto es lo que importa. // Qué importa si muera o no. / Es igual / Mientras la muerte es la iluminación del alma. / Y yo lo perdí hace tiempo en los bosques del olvido. / Qué importa entonces. / Qué importa.”
            Por razones de espacio debo parar aquí. Consideración aparte merecerían las voces jóvenes del país que participaron durante los recitales. Voces talentosas, prometedoras, ávidas de mundo y poesía. El Festival “Ileana Espinel Cedeño”, en lo personal, ha sido una experiencia poética que, en medio del ruido de la urbe, convirtió por unos días a Guayaquil en un espacio urbano para escuchar voces diversas, que me permitió mirarme para adentro, interrogarme siempre, interrogar al mundo, y sentir en cada verso cómo se restituía el valor de la palabra en nuestras vidas.

martes, julio 04, 2017

Yo antes de ti: transformar al otro, a uno mismo



No me gustan las películas de personajes con enfermedades catastróficas o terminales, en general, así que me he negado sistemáticamente a ver La escafandra y la mariposa, que ganara un Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa, o Wit, con la extraordinaria Emma Thompson… y eso que se trata de una profesora de literatura. Aclaro, antes de continuar, que no tiene nada que ver con la calidad de filme o, peor, con alguna consideración negativa sobre la validez de un tema, sino con una cuestión personal frente al sufrimiento y la muerte.
            No obstante, si bien me he negado a ver la película hasta el día de hoy, decidí leer Yo antes de ti (2012), novela de Jojo Moyes (Londres, 1969), lo que ha sido para mí una lectura de saneamiento y reconciliación frente al dolor y el sufrimiento; y frente a la confrontación entre la pulsión de vida y el anhelo de muerte. Lectura de un texto sentimental, sin pretensiones, que, sin embargo, cuenta una historia de manera diáfana, construye personajes con verdad afectiva, y trasciende en su planteamiento ético.
            Yo antes de ti es una historia de amor con los ingredientes que se necesitan para llorar. A medida que avanzamos en su lectura, la novela nos va involucrando en las transformaciones que por mutua influencia sufren los personajes, en los dilemas éticos que deben afrontar, y en la desesperada necesidad de encontrar un camino propio en la vida. “Hay horas normales y hay horas yermas, en las que el tiempo se estanca y se desliza, donde la vida (la vida real) solo existe en otro lugar”, piensa Louisa. La historia, sin que lo sintamos, se convierte en un alegato sobre el buen vivir, atravesado por las repercusiones personales, familiares y legales de la eutanasia.
            Louisa Clark es una muchacha de 26 años que pertenece a una familia de clase media. Ella trabaja de mesera en una pequeña cafetería, su padre en una fábrica que amenaza con cerrar, su madre se dedica a las tareas de casa, y su hermana, madre soltera, es la única de la familia que va a la universidad. “Soy baja, morena y, según mi padre, tengo cara de elfo. Y no se refiera la «belleza élfica». No soy fea, pero que nadie me va a llamar nunca guapa.” Su novio Patrick, un entrenador personal, es “el tipo de rostro que se vuelve invisible en la multitud.” Al cerrar la cafetería, ella se encuentra, de pronto y sin estudios de enfermería, trabajando como asistente de cuidados diarios de un millonario tetrapléjico.
            Él tiene 35 años, un carácter cínico y agresivo, y respira una profunda amargura por la forma en que tiene que vivir como tetrapléjico C5/C6; se trata de Will Traynor, que ha pasado sus dos últimos años en una silla de ruedas luego de un accidente de tránsito. Traynor, hasta antes del accidente, era un hombre con fortuna, un triunfador en los negocios y un ser pletórico de vida. A él lo atiende un enfermero llamado Nathan, quien le revela a Lou la real situación: “No va a volver a caminar, Louisa. Eso solo ocurre en las películas de Hollywood. Lo único que hacemos es evitarle el dolor y conservar el poco movimiento que tiene.”
            Los elementos para el drama amoroso están dados. Diferente clase social y, por tanto, niveles distintos de educación y visión del mundo. Obviamente, la actitud que ambos tienen frente a la condición médica de Traynor es radicalmente opuesta. La relación que desarrollan Will y Lou es una mezcla del conflicto de Love Story, de Erich Segal, y le recreación del mito de Pigmalion, en la obra de George Bernard Shaw.
            Will, desde su acritud, es conmovido por la sencillez, inteligencia y vivacidad de Lou. Ella, que se da cuenta de su propia transformación espiritual, siente que su misión es provocar un destello de felicidad en medio de la vida miserable en la que se siente envuelto Will. El surgimiento de la sensualidad se da en una escena cotidiana, cuando Lou decide afeitar a Will, quien se había negado sistemáticamente a tener un mejor aspecto. “Fue un momento de una extraña intimidad, este afeitado. Comprendí que había dado por supuesto que su silla de ruedas sería una barrera, que su discapacidad impediría toda sensualidad.”
            Los personajes crecen en la medida en que van confrontando situaciones complejas en términos que los obligan a tomar definiciones éticas, desde lo cotidiano. No estamos ante un discurso filosófico sino ante la puesta en juego de principios vitales en medio de una historia de amor protagonizada por una extraña pareja. Al final de un concierto al que asisten ambos, las palabras de Will, “Solo… quiero ser  un hombre que ha ido a un concierto con una chica vestida de rojo”, se complementa con las de Lou: “Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el asiento, y nos quedamos ahí sentados, juntos, durante un tiempo, dos personas que se dejaban llevar por una música recordada, medio ocultos a la sombra de un castillo en lo alto de una colina iluminada por la luna.”

Pauline Sara Jo Moyes (Londres, Reino Unido, 1969)
             La voz de Louisa, la primera persona narrativa, fluye convincente, natural y con ella los afectos que son compartidos con los lectores. Ah, también están los diálogos: cómo muestran a los personajes y cómo los enriquecen con cada frase que dicen. Y la historia: Jojo Moyes sabe cómo contar e ir desgranando los sucesos hasta un final inevitable que, al igual que Louisa, en un principio, nos negamos a aceptar hasta que comprendemos las razones de Will. Entonces la tristeza se mezcla con el regocijo por liberación que se produce con la muerte. La situación emocional de los personajes durante el encuentro final, en Suiza, entre Lou y Will, podría ser resumido en estas líneas dichas por ella:

“Comprendí que tenía miedo de vivir sin él. ¿Cómo es que tienes el derecho a destrozarme la vida, quise preguntarle, pero yo no tengo ningún poder sobre la tuya?
Pero se lo había prometido.
Así que lo abracé. Will Traynor, experto exnegociador en Londres, exsubmarinista temerario, deportista, viajero, amante. Lo abracé con fuerza y no dije nada, sin dejar de decirle en silencio que era amado. Oh, pero cómo era amado.”

Yo antes de ti, de Jojo Moyes, es una novela de amor narrada con fluidez y verdad, que tiene los ingredientes necesarios para provocar un llanto profundo y liberador; tal vez no sea una novela que engrose el canon literario de la academia, pero sí es una novela en cuya historia dos personajes disímiles, social y vivencialmente, aprenden a escucharse y en ese proceso transforman al otro y se transforman a sí mismos.