José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, enero 26, 2026

La ironía poética y la mercancía de afectos


«La pantera de Dante», de Vicente Robalino:

el ser humano y su cotidianidad

 

            La felicidad sin dolor y la complacencia, la felicidad de los anuncios publicitarios y la inconciencia sobre el mundo, nada tiene que ver con la poesía. La voz poética, sumida en la angustia del poema, interroga: «cómo hacen para vivir sin la poesía, / sin ese escozor que invade todo el cuerpo […] Sin ese querer decir atravesado en la garganta […] sin esa soledad adquirida y un poco contagiosa; / en fin, sin ese pavor al espacio en blanco».[1] La pantera de Dante, de Vicente Robalino, nos confronta, desde la vivencia cotidiana del ser humano, con la soledad del individuo en medio de la gente de todos los días, con un pesimismo consciente sobre el mundo y Dios, y con la incapacidad de la poesía para procurar el sosiego del poeta.

            Hay un hartazgo de la voz poética frente a la insensatez de la vida y aquel se traduce en la ira contenida de su decir hasta que revienta en unas palabras que ya no están dispuestas a ofrecer la otra mejilla: «Llega un momento en que esas mismas palabras / entran sigilosas a tu habitación / y te ordenan disparar a quemarropa» (23). Con un humor sardónico, el poeta hace mofa de la gloria literaria y sueña con un poema de imposibles, aunque, como en un último llamado de salvación, grita por un poema liberador del deseo reprimido: «En fin, un poema que diga, con todas sus palabras: / ¿Cuándo me entregaré a los deseos terrenales?» (29).

Robalino asume la queja antigua de los poetas enfrentados a la vida prosaica, esa que los condena a vivir como «el adorno intelectual de la familia» (33), esa que hace del poeta un ser que no se ajusta al funcionamiento del mundo: la poesía, que no es un oficio productivo, en pugna siempre con la obligación del trabajo por un salario. Lo peor ha sucedido: «Cambiar la poesía, escúcheme bien, LA POESÍA, / por un trabajo burocrático, / de esos que ustedes saben bien» (35). La rutina, el tedio del que ya nos hablaba Baudelaire, se encargará del resto en treinta o cuarenta años. Y es que, al final, el poeta reconoce la inutilidad del poema, la vanidad de la literatura y los límites muy concretos de nuestro decir: «Nos enorgullecemos de nuestras pobres palabras, / que se disuelven apenas la pronunciamos» (55). El poeta es un transeúnte solitario en un mundo para el que la poesía no tiene cabida porque carece de utilidad práctica.

En lo rutinario, el ser humano se consume. Así, el poeta interroga: «Tiene que haber algo más / que esta gripe que te visita / una o dos veces al año» (10). ¿Dónde está ese algo más? No en el mundo ni en su cotidianidad. Tal vez se encuentre en el anhelo, en la contemplación, en la búsqueda permanente de lo que no se habrá de encontrar. El poeta pasa revista al prójimo y devela su condición antiheroica («Las preguntas cotidianas», 20). Ahí está el hombre que camina y se desgasta en la vida a través de un símil de potente sarcasmo: «Tantos años acumulados, / como si fueran plusvalía» y una metáfora sobre el absurdo del trabajo que reemplaza a la vida: «o el puro silencio que camina enternado» (21). Ahí también, en la etapa final de la existencia, el hombre que termina consumido por la vida y un cierto desencanto que es una aceptación dolorosa de lo que no tiene remedio: primero, la condición material del individuo: «Porque, imagínese, con esta edad a cuestas / y la flacucha pensión de jubilado»; y, en seguida, la condición espiritual que rezuma tristeza al comprobar la condición de solos en la que existimos: «y esta soledad, que es como una casa vieja, / que se arregla el tumbado y se dañan las puertas» (28). Ahí lo irónico hasta el final del poemario: el poeta no da tregua al descreimiento y el pesimismo se convierte en una forma de resistencia ante la mentira del optimismo sin asidero: «Vivimos del puro cuento», nos plantea y concluye que para los demagogos de la felicidad: «Todo es cuestión de soplar y hacer botellas» (91).

En este poemario, la infancia y los recuerdos de un vecindario popular son lugares de la nostalgia y los afectos; el diálogo con Dios requiere de una cascada de imágenes («La furia de Dios o del tiempo», 66) y, en concreto, Dios es una necesidad para sabernos exentos de culpa («En el sillón de los arrepentidos», 55) o el ser iracundo que confiesa: «Tuve que podar las estrellas con guadaña» (50); y si bien la invocación es a Dante y su Comedia, mucho de sentimiento religioso hay en la oración contra la hipocresía y la traición a sí mismo que es el poema «Pedido a Dante» (34). En algunos poemas, con la intensidad narrativa de una balada, el poeta nos ofrece historias que son parábolas cargadas de humor y algo de nostalgia («Pongan atención, señores», 52; «Otras veces se pierde», 63; «Con un arrepentimiento infinito», 81; «El exorcista, 82; o «Dévora», 88). El tono sarcástico es un elemento constitutivo de una serie de poemas epigramáticos, entre los que se destaca esta joya envenenada: «Para qué las persigues por todos los rincones / y quieren exterminarlas en pleno vuelo. / Un día no podrás defenderte de ellas, / tú serás su inevitable plato fuerte» (62).

La pantera de Dante, de Vicente Robalino, es un poemario deslumbrante por la manera de abordar los asuntos cotidianos; de palabra precisa, cuidada, desafiante, cargada de fina ironía: el poeta, como Raskolnikov, es capaz de decirnos a sus lectores: «No soy yo el delincuente que cada uno espera / ni ustedes los lectores que yo creo merecer» (89). Una poesía que, sin impostura, se adentra, desde la mirada perspicaz sobre lo cotidiano, en las preocupaciones existenciales del ser humano.

 

 

Shannon Mahina Gorman y Brendan Fraser en Familia en renta (2025)

«Familia en renta»: una mercancía llamada afecto

 

Familia en renta (Rental Family), 109 min, 2025. Directora: Hikari. Guion: Hikari – Stephen Blahut. Reparto: Brandan Fraser, Takehiro Hira, Mari Yamamoto.

 

En la ignorancia sobre el mundo que uno tiene, el negocio de familias de alquiler en Japón era algo desconocido para mí. Investigando, que es como uno aprende, di con los datos de que el primer servicio se lanzó en 1991, que hay, actualmente, unas 300 agencias de familias de alquiler y que, en 2019, Werner Herzog dirigió Family Romance, LLC, sobre el mismo tema. He leído también que el negocio prospera porque existe una necesidad de afecto de personas solitarias que está normalizada en términos culturales. Resulta muy desesperanzador la comprobación de que en una sociedad de seres humanos solitarios el afecto se ha convertido en una mercancía sentimental para paliar la carencia. El amor del padre o la madre, el amor erótico de la pareja o el amor fraterno se pueden conseguir mediante el alquiler de un hermano, de una novia, de un padre, de una amante, etc. La sociedad que conlleva a la soledad cotidiana del ser humano genera su paliativo en el mercado: el alquiler de otros seres humanos para simular lazos familiares. La película muestra el daño de la mercantilización de los afectos, pero, aunque señala el impacto que causa el negocio en la siquis de los actores que representan a los pesonajes familiares, también romantiza su participación. Como resolución, Hikari, la directora, ha preferido el convencionalismo de que los espectadores salgamos conmovidos ante un actor norteamericano, el antihéroe de la película, que logra cierta humanización de la empresa de alquiler de familias, pero no indignados frente a un sistema que genera una mercancía llamada afecto.

 

La del estribo

 

Persepolis, de Marjane Satrapi, es una novela gráfica para estos días. Irán bajo al régimen autoritario y represivo del sha. El derrocamiento del sha y la revolución islámica (1979). Irán bajo el régimen autoritario y represivo de los fundamentalistas islámicos. En medio de todo, tenemos la historia de una niña inteligente, crítica, independiente y rebelde, en el seno de una familia liberal, laica y acomodada que se opone al sha y luego es perseguida por los fundamentalistas. La niña crece en medio de la guerra Irán-Irak (1980-1988) y se va a estudiar a Viena. Regresa a Irán, se casa y, por razones política, termina exiliada en Francia.

 

Es natural. Cuando tenemos miedo, perdemos toda capacidad de análisis y reflexión; nuestro miedo nos paraliza. Además, el miedo siempre ha sido el motor de la represión de todos los dictadores. Mostrar el pelo o maquillarse se convirtió lógicamente en actos de rebelión.

 

Marjane Satrapi, Persepolis (2000 – 2004)

 


[1] Vicente Robalino, La pantera de Dante (Quito: EdiPuce, 2025), 19.

 

lunes, enero 19, 2026

Alrededor de la memoria, la sobrevivencia y la perspectiva de una guerra nuclear

«Me llamo Claudia Cardinale», de María Paulina Briones: la vida de papel entre lo onírico y la realidad

 

            Escritura de retazos, fragmentos envueltos en la niebla del sueño y la realidad despejada. La narración de estas historias, cuyo lenguaje está cargado de lirismo, configura un lugar en donde confluyen lo onírico y la vivencia cotidiana. Me llamo Claudia Cardinale, de María Paulina Briones, es un texto narrativo que desarrolla pequeñas historias, enlazadas por la idea de un mundo en donde vivir es sobrevivir y que está signado por la violencia, la crueldad y el absurdo. El hilo narrativo salta de un lugar a otro, se detiene, da paso a nuevas historias, inserta dos monólogos de Claudia Cardinale, continúa. Hay pandemia, hay violencia, hay desazón, hay caídas. Cuando se trata de la realidad, la narración asume el lenguaje de la crónica; siempre hay una voz que, desde el interior profundo, se va desgranando, nos va desgarrando el alma, en un tiempo de horror cotidiano. El motivo de la caída atraviesa el libro y está expuesto desde el exergo tomado de Altazor. «Precipitación», el primer texto, se abre con una imagen de cine documental: los cuerpos que caen del tren de aterrizaje de un avión. En el texto «Los que se van», crónica de la violencia que inunda Guayaquil desde la voz de un yo azorado por su causa, nos da más información al respecto: «Los jóvenes que cayeron en el asfalto había nacido en una comunidad indígena de Cañar y el avió que quisieron tomar llegó de Perú, y descansó una noche en el aeropuerto. Ese vuelo luego iría a Nueva York»[1]. Más adelante, «Caída», con un lenguaje directo, periodístico, nos habla de un hecho brutal: los hinchas de un equipo de fútbol arrojaron un perro desde lo alto del estadio. Después, en «Despeñarse», parte de la caída de un cosmonauta al reingresar a la Tierra. Luego, en «La casa», otro motivo simbólico del libro, hay una reflexión en primera persona de lo que significa la caída mental, el estrellarse contra el mundo durante el desgaste afectivo que supone todo proceso de escritura: «Me pasa que cuando intento darle forma a mi propia historia se me aparecen estos retazos, de todos estos tiempos […]  Me escudo en la terapia como si fuera un paracaídas que me hace descender lentamente» (55). Como en «Carmilla», también hay caídas estrepitosas sobre la realidad que suceden al despertar del sueño, para terminar con una visión de la caída de la casa, la que será demolida para dar paso a «un parque con césped sintético y árboles artificiales. Un nuevo patio de comida. Una piscina con olas. Tal vez una rueda moscovita tropical con luces de neones o una estación de policías que estará siempre vacía» (77). Como en Rayuela, hay que saltar casillas, armar un rompecabezas de piezas narrativas revueltas, desordenadas como la realidad que relata, igual que sucede con la historia de la relación de Carmilla y Morelia y el desarrollo de los motivos de la casa y la caída; aunque a veces no se logra que los elementos de las piezas encajen y, por lo tanto, algunas historias se quedan desperdigadas como retazos sueltos. El libro en su conjunto puede ser leído como la narración de una caída en ciernes, avizorada desde la terraza de la casa que será derrumbada: «El universo se rompe en olas a mis pies y viene el abismo a recordarme que el salto se hace sin paracaídas […] el hervidero que es el centro de esta ciudad por la tarde se vuelve mudo, y no hay más que mi voz diciéndome: salta ya, cierra los ojos y salta» (14 y 15). La caída envuelve el recuerdo del hijo muerto y un conjunto de evocaciones de momentos históricos contribuye a una narración construida con fragmentos de sueños y una realidad que se resume en uno de los monólogos de Claudia Cardinale: «En esta casa de mujeres nadie tiene respuestas. Papel y lápiz. El camino se hace transitable; la caída menos estruendosa. Papel y lápiz, papel y lápiz, papel y lápiz. Papel, vida de papel» (66).

 

 

«Cuando el hombre se despierta», de Khédija Gadhoum: sobrevivir en los detalles cotidianos

 

Este poemario es un diálogo permanente con una variedad de textos y autores que parte de Un hombre que duerme (1974), dirigida por Bernard Queysanne y George Perec, autor de la novela homónima (1967). El aislamiento del personaje, su opción por la soledad, su ensimismamiento es el punto de partida del poemario. Así, Cuando el hombre se despierta, de Khédija Gadhoum (1959) —poeta tunecina-estadounidense que el año pasado volvió al Festival Internacional de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño—, está construido como una respuesta de la palabra poética frente al hombre solitario que necesita ser sacudido para salir de su letargo. La poeta bucea en la condición humana y confronta al hombre dormido: «¡despiértate, hombre! mira a tu alrededor / lo que ves no existe en ningún mapa / es tu selfie desdoblado entre cielos / arrasando con efímeros likes / y besos al aire»[2]. A pesar del llamado de la voz poética, el hombre se despierta para seguir en la misma soledad, rodeado de impostura. Pero ese despertar es contradictorio; por eso, el mundo también se manifiesta en toda su magnitud y este hombre despierto es capaz de vivir en medio de su propio jardín, ahí donde crecen los enanos, sabiendo que el presente cabe en una hora, decidido a ser más allá de la contemplación: «el hombre sin horas crece y deja / de lado la magia de visualizar el mundo. / resuelve descargar el columpio de sus aventuras / y caminar su propio camino» (47). Se ha sacudido de su ensimismamiento. El poema 40, en diálogo con la canción «Vincent», de Don McLean, tiene unos versos sobrecogedores que nos sugieren que la sobrevivencia en el mundo es posible gracias al arte: «la única estrella que el hombre anhelaba / al nacer después de haber nacido muerto / parpadeaba y parpadeaba en amarillo y no se resignaba a ningún otro color...» (54). En el poemario, el hombre también es un peregrino que «se extravía / llega y se va volando / tal un canto de golondrina […] con miedo a la ceguera / y a su propia condena» (29). El poema precede al hombre, es una palabra que le permite despertar y confrontar la existencia como el acto permanente de sobrevivir en medio del abusurdo cotidiano; el hombre vive resistiendo contra la violencia y la crueldad, consciente de las cenizas del mundo, deseando derrotar a la muerte convertido en luz. Están la contemplación, los placeres de los libros y una taza de té; la plenitude del silencio, la concentración del tiempo en la intensidad de la vida y, de pronto, la necesidad de la acción, ese despertar de la vida: «el hombre sin horas crece y deja / de lado la magia de visualizar el mundo. / resuelve descargar el columpio de sus aventuras / y caminar su propio camino…» (47). En ese camino del despertar del hombre, la poesía de Kédhija Gadhoum es el territorio del espíritu que se purifica en la sensualidad del agua ritual de Hamman Al-Andalus y que prefiere la piedra del jardín de la casa de la niñez a la piedra traída de la luna.

 

Mathew Broderick y Ally Sheedy en WarGames (1983)

«Juegos de guerra»: es mejor no empezar a jugar

 

Juegos de guerra (WarGames), 114 min, 1983. Director John Badham. Reparto: Mathew Broderick, Ally Sheedy, Dabney Coleman, John Wood. En Amazon Prime.

 

Mientras intenta piratear un nuevo juego para su computadora, un hacker adolescente se introduce por casualidad en una máquina del Departamento de Defensa de los EE.UU. que está programada para planificar y activar una respuesta inmediata en caso de un ataque nuclear, o para iniciarlo. Hace unos días, volví a ver Juegos de guerra, un thriller que mezcla ciencia ficción y comedia juvenil y que plantea un dilema actual: ¿quién ganaría una guerra nuclear? El juego de la guerra nuclear, en los ochenta, ocurre entre EE.UU. y la extinta URSS; hoy se desarrollaría entre el bloque de la OTAN y EE.UU. contra Rusia y China y sus respectivos aliados. El planteamiento de esta película, que mezcla la ciencia ficción y la guerra fría, no es de filosofía profunda, sino que se sostiene en la lógica de un juego simple: ¿quién gana un partida de “tres en raya”? Una vez que los contrincantes conocen la estrategia, no hay manera de que alguien gane. Así, en el juego de la guerra nuclear sucede algo parecido, pero más dramático: no solo que no hay quien gane, sino que todos pierden. Luego de barajar las mútiples posibilidades y calcular las pérdidas en cada jugada, la máquina que está diseñada para ganar cualquier juego, llega a la conclusión de que es mejor no empezar a jugar. Vale la pena ver Juegos de guerra —del mismo director de Saturday Night Fever (1977)—, una película entretenida e inteligente, que nos recuerda, nuevamente, el peligro que vive la humanidad con las políticas guerristas de los actuales líderes del mundo.

 

La del estribo

 

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.

 

Dicho por Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, de Umberto Eco.



[1] María Paulina Briones Layana, Me llamo Claudia Cardinale (Guayaquil: Cadáver Exquisito Ediciones, 2025), 57.

[2] Khédija Gadhoum, cuando el hombre se despierta (Guayaquil: El Quirófano Ediciones, 2025), 79.

 

lunes, enero 12, 2026

Dos poemarios: «Ánimas» y «Selección natural»; y un cortometraje: «Garúa»

 

«Ánimas», de María Leonor Baquerizo

            Según la doctrina católica, las ánimas son las almas del purgatorio; el ánima es también sinónimo de alma, entendida como un espíritu vital; y, en términos de Jung, que trabaja con la dicotomía ánima-ánimus, el ánima alude a las imágenes arquetípicas de lo femenino en el inconsciente de un hombre. En el poemario Ánimas, de María Leonor Baquerizo (Guayaquil, 1960), el título sugiere, sobre todo, el espíritu vital que habita en los motivos de las nubes y los sueños, de la madre y la casa, de la boca que rompe su mudez en la escritura. La voz poética conversa con las nubes de formas indefinidas, cambiantes, hasta fundirse en ellas: «soy una torcida nube de palabras / que grano a grano se alimenta de escondrijos»[1]. La imagen de la nube utilizada como interlocutora puede entenderse, en términos gráficos, como la representación de Dios: un ser presente y distante a la vez, una entidad de forma indefinida que, en la medida en que no se nombra, equivaldría a conversar con la nada desde la imposibilidad de hablar: «En mi mudez / recorro las nubes / y charlo con ellas» (13). Los sueños, a veces pesadillas en las que se multiplican hormigas o nace «una niña fea y con la piel arrugada», están concebidos como el lugar en donde cabe el mundo: «todo se encuentra / todo se signa / en la nauseabunda vida / de los sueños» (29), pero ese lugar tiene una existencia que apesta, que provoca náuseas: los sueños son una amenaza porque carecen de control. La casa, metáfora de la vida, es el motivo central de «Poética del espacio», un texto de resonancias inquietantes, en el que la casa-vida deviene “la casa de mis pesadillas” y la escritura es el lugar para que el hablar sea posible: así, a esa casa ¿inexistente? «la escribo yo / desde la sombra / de un diccionario». Las hormigas de la pesadilla son «letras que amontonan / en silencio / lo que yo / no supe escuchar», un orden en el trabajo, una repetición en la vida, letras que exponen la anulación del yo. El poemario está atravesado por el temor a hablar y la boca es un leitmotiv sobre la dificultad de decir. En este libro, la madre tiene una presencia sanadora: el vientre materno, la madre en el hogar, las lecciones de vida, la agonía en un hospital. La madre —ante la ausencia del padre, que apenas si es una sombra que se angustia— parece asumir todo el cuidado de la hija: es a la madre a quien la hija invoca cuando está sumida en el fango de un atormentado mundo interior (32). La condición de harapienta encuentra la piedad solo en la madre: ella es la única capaz de entender la estancia de la hija en un agujero indescifrable del que no se sabe si es el lugar en donde todo comienza o todo termina (21). La madre es el motivo inicial de «Papayas», una balada de emotiva factura que concluye así: «pasó la vida y mi color cambió / desde un verde amarillento / miro al hombre que está junto a mí / veo con claridad esa danza / no heredé la delicadeza de mi madre» (47). Este poema multiplica los sentidos de «Él toma su café», poema narrativo también, en el que un cuchillo tiene una presencia escalofriante y que concluye: «él acomoda su pantalón / sigue mirando / y se levanta en el preciso momento / en que la mujer se queda quieta / con su cara salpicada» (44). Al cierre del libro, nuevamente, las nubes y la escritura como una sobrevivencia del ser que va desapareciendo, igual que las nubes: «los abrazos de las nubes / empiezan a las 5:49 a.m. […] y escribo / y escribo / sin borrar las mentiras / escribo y escribo / porque me estoy quedando sin ojos / sin hijas / sin cejas / sin boca» (73). Y todo esto como una necesidad de liberación del alma: «no digas nada / solo rompe ese reloj / que marca la vida» (74.) Ánimas, de María Leonor Baquerizo, es un poemario que revela la búsqueda de la escritura, desde un silencio opresivo, como una instancia que posibilita el decir, el hablar, la palabra de una voz que ha permanecido callada en medio de sus pesadillas, pero sin lograr la plenitud: «Tengo miedo de que la palabra me muerda / sé que conoce el sabor de mi piel». El ánima sigue penando en la pesadilla de la duda sin remedio.

 

 

«Selección natural», de Rafael Méndez Meneses

 

Semanas atrás, en La Cueva Jazz Bar, en Las Peñas, durante el XVIII Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel, presenté la cuarta edición de Selección natural, de Rafael Méndez Meneses (Guayaquil, 1976). Esta antología personal es el muestrario de un poeta irreverente, capaz de ironizar acerca de mundo, empezando por sí mismo: «Esto ni siquiera rima / dice la musa / y se va decepcionada / patea las piedras y maldice / la hora en que me dio por escribir» (65).[2] Su escritura poética, que se maneja bien en el epigrama satírico, tiene una enorme carga de humor, lo que le permite desacralizarlo todo; así nos entrega una visión descreída y con cierta dosis de amargura sobre el amor, la vida, el mundillo literario y la propia poesía. Para Méndez, la cotidianidad en su expresión mínima es el albacea de lo poético, una revelación que subyace irrelevante, según definición del propio poeta: «Vaga entre las zarzas / los edificios ruinosos / y las calles hediondas / pende en la punta de la lengua / de algún mozalbete / un bandolero / se torna lágrima / sarcasmo / y se oculta finalmente / detrás de un árbol / debajo de una piedra / a acechar / con paciencia» (80). Hay remanso al hablar de la hija, al contemplar a la amada, a la distancia: «Avizoro de tu pecho / los temblores / a fuego de rueda amanezco / y te escribo a hielo lento / desde las tierras bajas / donde las luces muertes no se ven» (93). Rafael Méndez Meneses es un poeta irreverente, transeúnte de lo cotidiano, con una palabra muy propia que, como una piedra, rompe la vitrina de las vanidades del mundo y expone sus miserias. En esta antología de poemas, detrás del sarcasmo y el desparpajo, hay una iracundia contenida contra el mundo.

 

 

«Garúa»: un emotivo cortometraje sobre el duelo

 

Garúa, 19 min, 2025. Director: Javier Andrade. Guion: Javier Andrade y Catalina Kulczar. Reparto: Lydia Navas. En cartelera de Mz 14, Guayaquil: viernes 16 y 23 de enero de 2026. El cortometraje se proyecta junto con la película del mismo director Lo invisible (2021)

 

            El cortometraje Garúa, de Javier Andrade, es una bella y emotiva meditación sobre el duelo en la que se conjugan el aislamiento de la doliente en una comuna turística y la presencia del mar como metáfora de la eternidad. El lenguaje del corto nos ofrece una conmovedora experiencia visual sobre la pérdida que está viviendo la protagonista: la intensidad de su dolor se siente en la manera cómo la cámara nos comparte su mirada, su aislamiento en medio de la gente y sus caminatas. Tal vez, hay algo de exotismo en la presentación de la comuna de Puerto Rico, en Manabí, pero es difícil juzgar la vivencia del duelo. En el corto, no hay palabras ni son necesarias: la narrativa no verbal está construida con imágenes de una lograda poética de la contemplación. El mar y el islote, las cenizas desperdigadas por el viento marino que se funden con la arena, el agua y la piel de la protagonista y ella que entra al mar, en el plano final, bañándose de eternidad. Garúa, de Javier Andrade, es un corto de estremecedora poesía visual.    

 

 

La del estribo

 


La palabra del año 2025 en español, según la Fundéau/RAE, es arancel.
La puso de moda Donald Trump con su guerra de aranceles contra todo el mundo. Un día establece aranceles del 10%, otro día del 30%, no, mejor del 50%, o amenaza con aranceles del 100% a los productos de los países cuyos gobiernos son reticentes a cumplir sus mandatos imperiales. Mediante los aranceles aplicados e impuestos de forma arbitraria, Trump pretende controlar la economía del mundo y solucionar los problemas endémicos de la economía estadounidense.  



[1] María Leonor Baquerizo, Ánimas (Barcelona: Paso de Barca, 2025), 53.

[2] Rafael Méndez Meneses, Selección natural, 4ta ed. (Guayaquil: TibuEdiciones, 2025).

 

lunes, enero 05, 2026

El ataque de Trump a Venezuela: otra muestra de la política imperial y una nueva lápida para el derecho internacional

Imagen de Caracas durante el ataque norteamericano en la madrugada del 3 de enero de 2026 para capturar a Nicolás Maduro. Esta imagen ha circulado ampliamente en las redes sociales.
 
El País
, de España, en su editorial del 3 de enero de 2026 «La fuerza bruta en Venezuela» señaló que «Trump no actúa aquí como garante de la democracia, sino que sitúa la fuerza por encima del derecho. Otras potencias tomarán nota de las nuevas reglas cuando miran a Taiwán o a Ucrania. Señalarlo no es una defensa del régimen venezolano, sino una advertencia: la democracia no se exporta a golpe de misil ni se impone desde el aire». El ataque de Trump a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, mandatario carente de legitimidad, es una ratificación de la política imperial de los Estados Unidos, que tiene su antecedente en la Doctrina Monroe y una nueva lápida para la convivencia de las naciones bajo el derecho internacional.

Hasta donde existe información verificable, el gobierno de Maduro no dio muestras de la existencia de varios anillos de seguridad alrededor de su líder, ni ofreció un mínimo y coherente combate militar contra los invasores, ni ha demostrado capacidad de convocatoria para organizar la resistencia popular en caso de una nueva agresión. Al parecer, la descomposición del régimen de Maduro habría llegado al “sálvese quien pueda”, y la fácil captura de su líder solo se explicaría por negociaciones de la cúpula política y militar del propio régimen venezolano con el gobierno de Trump. Una vez capturado Maduro, en una operación militar más parecida al secuestro de guerra que a una captura legal, el presidente norteamericano declaró: «Administraremos el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa». También celebró la futura apropiación del petróleo venezolano por parte de las compañías norteamericanas y ha dicho que la vicepresidenta, Delcy Rodríguez —que, al parecer, es una ficha de transición para evitar el caos—, tiene que acatar las disposiciones de Marco Rubio. En síntesis, que la operación de Trump, con la cabeza de Maduro como trofeo, no tiene que ver con la libertad, sino con la geopolítica del petróleo. Habrá que estar atentos al desarrollo de esta especie de guerra de baja intensidad.

«El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente». Así tituló el Comité Editorial de The New York Times su reflexión del 3 de enero de 2026. El pretexto de la lucha contra el narcotráfico es endeble: «Mientras Trump ha estado atacando a las embarcaciones venezolanas, también indultó a Juan Orlando Hernández, quien dirigió una extensa operación de narcotráfico cuando fue presidente de Honduras de 2014 a 2022». Los líderes demócratas Bernie Sanders y Kamala Harris han manifestado lo ilegítimo e ilegal del ataque ordenado por Trump, desde la perspectiva de los intereses de los propios EE. UU. y hasta ellos señalan que se trata de una agresión por petróleo que debe ser condenada por el mundo democrático. Para nuestra América, esta agresión militar a un país que no ha realizado ningún acto de guerra contra EE. UU. es un capítulo más de la política imperialista de los EE. UU. ejecutada ya por los Demócratas, ya por los Republicanos. En América Latina, estas invasiones tienen un largo historial: Nicaragua (1912), Guatemala (1954), República Dominicana (1965), Granada (1983); no se diga en otras latitudes: Vietnam, Irak o Afganistán, para citar poquísimos ejemplos.

Sin ningún poder para evitar o sancionar una agresión militar de un país poderoso sobre otro, el secretario general de la ONU, António Guterres, señaló que el ataque militar estadounidense a Venezuela sienta un precedente peligroso e instó al diálogo. El 4 de enero, un comunicado conjunto de las Cancillerías de Brasil, Colombia, Mexico, Uruguay, España y Chile (el presidente saliente) condenó la agresión y expresó su preocupación «ante cualquier intento de control gubernamental, de administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos, lo que resulta incompatible con el derecho internacional y amenaza la estabilidad política, económica y social de la región». Pero Trump no solo que se pavonea por lo hecho, sino que no tuvo escrúpulos para amenazar al presidente de Colombia y a la presidenta de México. Esto, junto a la tibieza de las declaraciones de la OEA y de la Unión Europea sella una nueva lápida al derecho internacional y refrenda a EE. UU. como juez y policía del mundo. Después de todo, Trump invadió Venezuela para capturar a Maduro luego de celebrar, en Mar-a-Lago, el Año Nuevo con Netanyahu, quien sí tiene una orden de arresto expedida por la Corte Penal Internacional.

En síntesis, se confirma que lo que prevalece en la relación de las naciones es la ley del más fuerte que las potencias hegemónicas pueden aplicar en sus diferentes espacios de dominación. Así, Donald Trump, que es un megalómano, no tuvo reparos morales para jactarse de su poder imperial durante una entrevista telefónica para Fox News al día siguiente del ataque: «Lo increíble de anoche […] Tenemos que hacerlo de nuevo. Podemos hacerlo de nuevo. Nadie puede detenernos». Y, un día después de la incursión en Venezuela, Trump declaró: «Nosotros necesitamos Groenlandia, absolutamente, por seguridad nacional».

 

lunes, diciembre 29, 2025

La sentencia sobre la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas


El 22 de diciembre de este año, dieciséis militares fueron sentenciados por la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas, detenidos ilegalmente por una patrulla militar el 8 de diciembre de 2024. Los cuerpos de Josué e Ismael Arroyo Bustos, de 14 y 15 años, Nehemías Saúl Arboleda Portocarrero, de 15, y Steven Medina Lajones, de 11, fueron hallados calcinados y con signos de tortura en los alrededores de la Base de Taura, de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, FAE, el 24 de diciembre del año pasado. El lunes anterior, once militares recibieron condenas, en primera instancia, de treinta y cuatro años y ocho meses de prisión; cinco, de treinta meses por haber sido “cooperadores eficaces”, y uno fue absuelto al no encontrarse pruebas suficientes sobre su participación en el delito. A pesar de que todavía existen quienes pretenden justificar o disminuir la gravedad de este crimen atroz perpetrado por agentes del Estado, la sentencia sobre la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas, barrio periférico de Guayaquil, es un respiro de justicia y algo de verdad. Faltan todavía la reparación integral y el compromiso de no repetición.

El coronel retirado Lucio Gutiérrez, expresidente de la República, ha salido en defensa de los militares condenados por la desaparición forzada de los cuatro chicos de Las Malvinas. En su cuenta de X-Twitter, el pasado 23 de diciembre, Gutiérrez, que paradójicamente fue miembro de la Comisión de la Niñez en la anterior Asamblea, rechazó la sentencia contra los militares involucrados, sin mencionar siquiera a las víctimas: «Sancionan a un grupo de militares que, cumpliendo órdenes del presidente de la República, salieron a patrullar para defender al pueblo ecuatoriano y, por un error en el procedimiento, los sancionan con 35 años de cárcel, mientras que a los delincuentes, asesinos, sicarios, les dejan en libertad al día siguiente» [énfasis añadido]. ¿Error de procedimiento? En su alocución, el coronel Gutiérrez es incapaz de solidarizarse con el dolor de las familias de los cuatro chicos detenidos ilegalmente, desaparecidos, torturados, asesinados y calcinados. Gutiérrez, sin la más mínima empatía, defiende a los militares y reduce el crimen de los sentenciados a “un error de procedimiento”. La gravedad de lo dicho por este vocero es mayor aún ya que se trata no solo de un militar en retiro, sino también de un expresidente del Ecuador.

El año pasado se pretendió instalar una narrativa de criminalización de las víctimas. Así, algunos influencers, que por lo general actúan como propagandistas de la derecha política, acusaron a los chicos de ser delincuentes e instalaron, por unos días, la idea de que habían sido detenidos en delito flagrante. Todo lo dicho por estos calumniadores fue desmentido durante el juicio y, por el contrario, se demostró que los chicos asesinados eran deportistas, estudiantes queridos en la escuela e hijos bien educados. El problema con la narrativa de criminalizar a las víctimas, sin embargo, es que aun cuando los niños de Las Malvinas no hubiesen sido los chicos sanos que eran, el proceder de los militares sigue siendo criminal. Incluso el peor de los delincuentes merece un juicio justo, tal como el que tuvieron los diecisiete militares que desaparecieron y torturaron a los chicos de Las Malvinas, y no hay política de seguridad que justifique las detenciones ilegales, la desaparición forzada ni la tortura de los detenidos. Los influencers que desparramaron mensajes de odio y criminalización deberían responder judicialmente por sus mentiras.

Según el reportaje de CNN Latinoamérica, «Sentencian a prisión a 16 militares por la desaparición forzada de cuatro menores hallados muertos y calcinados en Ecuador», uno de los “cooperadores eficaces” confesó, durante el juicio, que uno de sus compañeros le dijo a los menores: «Hemos llegado al lugar donde van a morir». La Fiscalía reprodujo un video que mostraba a un militar, en la camioneta en donde llevaban detenidos a los menores, que le decía a uno de ellos: «agradece que no te pego un tiro»; y, otro video, ya en la base de Taura, cuando eran golpeados en el piso por los militares. La periodista Karol E. Noroña, que ha cubierto el caso y el juicio, resumió en su cuenta de X-Twitter, el 22 de diciembre de 2025, lo que el juez ponente Jovanny Suárez, del Tribunal de Garantías Penales de Guayaquil, señaló:

 

1. La patrulla Tango Charlie contravino protocolos y «evadió el deber ineludible de comunicar al ECU 9-1-1», al mando del oficial John Z.

2. No se entregó a los niños a la Policía Nacional para su respectiva judicialización, si así hubiese sido pertinente.

3. No se garantizó su integridad personal.

4. Hubo «encubrimiento y pacto de silencio». En el informe entregado por la coordinación de la patrulla omitió la privación de libertad de las víctimas.

5. Ninguno de los miembros militares «se disoció de la acción delictiva». Al contrario, su presencia numérica y su armamento fueron los medios intimidatorios que facilitaron su posterior desaparición con resultado de muerte.

6. Hubo coordinación para el traslado ilegal de los niños hacia un lugar desconocido, donde ellos, a través de «coacción absoluta», que debían mover un árbol caído antes de ser llevados al último lugar donde fueron vistos con vida (entre las 21h00 y 22h00 del 8 diciembre) donde fueron desaparecidos, un hecho que antecedió a su muerte.

 

  Además, según el citado reportaje de CNN Latinoamérica, el juez ponente estableció que: «se ha determinado el sufrimiento que hicieron padecer a las víctimas. Se confirmó el dominio total de la patrulla sobre la vida de los menores» y que hubo «abuso del poder estatal» así como afectación a las familias de las víctimas en su vida emocional: «Los golpearon, los desnudaron y los abandonaron a su suerte». El Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, CDH, de Guayaquil, organización no gubernamental que asumió la defensa de las familias de los cuatro chicos afrodescendientes de Las Malvinas, expresó en un comunicado público del 23 de diciembre:

 

Ante tan histórico dictamen judicial, el CDH resalta el énfasis que la sentencia hecha pública ayer sobre la reparación integral, que incluye, especialmente, dos obligaciones del Estado: la primera consiste en las disculpas públicas desde las Fuerzas Armadas y el Ministerio de Defensa. Las que deben ser publicadas, señalando la inocencia de los Niños de las Malvinas; y condenando todo mensaje estigmatizante contra las víctimas, lo que ha afectado a sus familias desde el mismo momento en que ocurrió el macabro hecho.

 

[…]

 

Este fallo resulta histórico frente a otros casos de graves violaciones a los derechos humanos ocurridos en el Ecuador, en los que la etapa de juicio ha tomado décadas hasta emitir una sentencia; y, además, la mayoría de los procesados permanecen prófugos.

 

La reparación integral implica el reconocimiento por parte del gobierno y los agentes estatales de sus responsabilidades políticas con las víctimas y la comunidad. Siguiendo el espíritu y la letra de la sentencia, para la reparación de la memoria de las víctimas, son fundamentales las disculpas públicas por parte del Ministerio de Defensa y el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, que permitirán acallar la campaña de criminalización en contra de los chicos. Las disculpas, así entendidas, deben ser claras en algo medular: los niños no estaban cometiendo delito alguno y es falso que estuvieran vinculados a alguna banda criminal. Además, en el marco de la sentencia, la FAE deberá realizar una ceremonia de desagravio y colocar una placa en memoria de las víctimas en la Base de Taura. Y, si se quiere evidenciar la voluntad gubernamental de no repetición, los funcionarios que intentaron criminalizar a los chicos, que amenazaron a jueces y quisieron boicotear el proceso judicial con leguleyadas, deberían pedir perdón, públicamente, a las víctimas y sus familiares, y renunciar.

            Respecto de la sentencia, el coronel Gutiérrez concluyó en el mismo video: «Este es un mensaje intimidatorio que la justicia está enviando a los militares para que no enfrenten, como lo deben hacer, a los grupos de delincuencia organizada». Así, el coronel pretende justificar, entre líneas, el que los militares actúen al margen de la ley. La sociedad, más allá de los prejuicios y la demagogia punitiva, debe entender que el combate al crimen organizado no es una patente de corso para violar los derechos humanos y que el mensaje de la justicia es claro: la vulneración de los derechos de las personas es un crimen. Y, finalmente, si bien esta sentencia condena a quienes desparecieron de manera forzada a los menores de Las Malvinas, aún falta concluir el proceso de investigación y el juicio que determine y castigue a sus asesinos: la memoria de Josué e Ismael, Nehemías Saúl y Steven, así lo exige.

lunes, diciembre 22, 2025

Rodrigo Borja Cevallos (1935-2025): el legado de su escritura

Rodrigo Borja Cevallos (Quito, 19 de junio de 1935 - 18 de diciembre de 2025). 
            Al referirse a la monumental Enciclopedia de la política (1997)[1], el escritor Jorgenrique Adoum dijo que aquella «… debía entrar en el Guinness Book of Records por ser el caso único de una enciclopedia escrita por una sola persona».[2] Leer la obra académica de Rodrigo Borja Cevallos (1935-2025) es un deleite intelectual por su escritura clara, pedagógica y profunda. Además, sus libros son un testimonio de la continua reflexión que Borja llevó a cabo sobre la teoría y praxis de la política, en el marco ideológico del socialismo democrático.

            En el prólogo de la Enciclopedia, Borja advierte que «escribir sobre temas e instituciones políticas es, inevitablemente, una tarea política, y no es posible hacerlo fuera de las convicciones ideológicas del autor. No obstante, he tratado de ser lo más objetivo posible en mis juicios. No sé si lo he logrado plenamente» (7). Borja describe académicamente los diferentes temas que aborda, enfrenta posiciones teóricas contradictorias, y cuando es necesario, él toma partido y así lo indica. Por ejemplo, cuando contradice las tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia y, por ende, el fin de las ideologías, Borja afirma: «Me temo que la propia afirmación de que las “ideologías han muerto” es, en sí misma, un acto ideológico muy claro. Es una aseveración que viene de la derecha […] Me parece que ocurre con ella lo mismo que con esa otra afirmación de que no hay izquierda ni derecha […] su sola aseveración es un síntoma de la posición derechista de su autor, interesado en descalificar la clasificación misma de las personas en función de su actitud frente al progreso social de los pueblos» (Tomo H-Z, 756).

Las entradas sobre la justicia social, la justicia social internacional —en la que comenta la innovadora pero fallida propuesta de la tasa Tobin—, o la izquierda nos dan una perspectiva amplia sobre su pensamiento y acción política que se conjugan en la consigna del partido que fundó: justicia social con libertad. Al analizar el tema de la democracia y electoralismo, Borja señala que «si no hay participación popular en la distribución de los bienes y servicios económicos no hay democracia o hay una democracia incompleta o restringida» (Tomo A-G, 316) y, al analizar históricamente el Estado de bienestar —frente al embate que sufre por parte de la derecha neoliberal y las izquierdas extremas— Borja concluye: «… durante la segunda mitad del siglo XX [el Estado de bienestar] cumplió una importantísima tarea económica y social en el ordenamiento de las colectividades más desarrolladas. Vertebró la convivencia social, impulsó el progreso económico y fomentó la equidad. Fue el instrumento de ejecución de los derechos económicos y sociales de la población, que de otra manera hubiera sido letra muerta» (Tomo A-G, 553).

Asimismo, ubica al socialismo democrático en el espectro de la nueva izquierda, de la que dice que persigue «eliminar o atenuar la marginación, las exclusiones sociales, la concentración del ingreso, los privilegios y las desigualdades, la aplicación de los prodigios de la ciencia en beneficio de minorías, el dogmatismo, el racismo, la xenofobia, la violencia y la injusticia social internacional» (Tomo H-Z, 823). Más adelante, encontramos las entradas socialdemocracia, socialismo y socialismo democrático que exponen, en términos académicos, su pensamiento político e ideológico, exposición que, en Borja, tiene el valor adicional de la acción política y el ejercicio del poder (Tomo H-Z, 1292-1299), que podríamos sintetizar en el siguiente enunciado: «El gran esfuerzo del socialismo democrático es conciliar —y en algunos lugares reconciliar— la libertad política con la seguridad económica y, en las sociedades rezagadas, la libertad política con el cambio social» (Tomo H-Z, 1296). La Enciclopedia de la política —disponible en línea en el enlace precedente—, es también un legado académico para profundizar el debate sobre el deber ser del socialismo democrático.

 

            Su libro Derecho político y constitucional (1971) es un texto de grandes virtudes pedagógicas que fue reeditado, en 1991, por el Fondo de Cultura Económica, de México.[3] En él, Borja expone la evolución histórica de la sociedad y analiza los diferentes conceptos sobre el Estado, su estructura, sus fines, características, los tipos de gobierno, la participación popular, etc. Mención aparte merece el capítulo XIII dedicado a las ideologías políticas por su claridad expositiva sobre los elementos propios y diferenciadores del liberalismo, el socialismo, el anarquismo y el fascismo. El título III sobre el Derecho que incluye una Teoría de la Constitución es un instrumento académico básico que debió ser consultado por tantos “opinólogos” que desbarraron durante el debate político a propósito de la Consulta del 16 de noviembre pasado. Pero lo que me interesa señalar es que, ya en este texto de comienzos de los años setenta, Borja planteaba lo que fue su marco ideológico político: «No planteamos la sustitución de los derechos sociales en lugar de los civiles y políticos, sino la suma de los derechos sociales a los políticos y civiles de las personas, de la misma manera que no creemos que la democracia socialista sea la sustitución de la democracia burguesa sino su superación […] Sustentar la libertad en la seguridad económica. De lo contrario, todo resulta ilusorio. Es, para muchos, la libertad de morirse de hambre» (346-347).

Rodrigo Borja también sabía contar historias. Las anécdotas autobiográficas de Recovecos de la historia (2003) tienen el ingrediente de lo interesante, pues asistimos al testimonio de un protagonista de nuestra historia que expone sus criterios de forma elegante y desenfadada, sin recurrir a un ghostwriter como tantos políticos y personajes famosos (Enciclopedia, Tomo A-G, 654-656). Resultan reveladores los episodios sobre el mural de Guayasamín en el Congreso y la llegada de Pinochet a Quito, el 18 de marzo de 1992. Un día antes de la posesión de Borja como presidente del Ecuador, el secretario de Estado, George Schultz, le pidió que interviniera para que Guayasamín modifique su mural. Borja le respondió que no podía hacer nada al respecto y Schultz le dijo que, entonces, no asistiría a la ceremonia, a lo que Borja ripostó: «¡Piénselo dos veces, señor Schultz, porque su ausencia hará famoso el mural en el mundo entero!» (320).

            Sobre la llegada de Pinochet, Borja cuenta que ni siquiera el entonces presidente de Chile, Patricio Aylwin, sabía del viaje del exdictador que, a la sazón, era comandante de las Fuerzas Armadas de Chile, pues Pinochet le había pedido vacaciones para viajar a Buenos Aires. Borja le dijo a Aylwin que no permitiría que el avión de Pinochet aterrizara en Ecuador, pero, Aylwin le pidió que no lo hiciera porque aquello pondría en peligro el naciente régimen democrático chileno. Cuenta Borja: «Fueron tan dramáticas sus invocaciones, que francamente me ablandaron. En ningún caso yo podría poner en riesgo la democracia de Chile, que tanta sangre y sufrimiento había costado recuperar a los demócratas chilenos […] Llamé a la prensa y declaré que este hombre “no era bienvenido” a nuestra tierra de libertad. Al fin y al cabo, también el Ecuador había visto desaparecer a siete de sus jóvenes en la sangrienta vorágine de la dictadura» (331).

En Recovecos, Borja cuenta que su primer libro, escrito hacia 1963, se llamó La isla ensangrentada y en él, con una amplia documentación y entrevistas que recopiló durante una estancia en la isla, analizaba la era de Trujillo, el megalómano dictador de República Dominicana. Borja llevaba los borradores para su transcripción en un maletín de cuero repujado que su padre le había regalado y los dejó en la camioneta que conducía ya que, antes de llegar a la oficina del mecanógrafo, decidió visitar a una muchacha a la que, en esos años, enamoraba. Al regresar, encontró rota la ventolera de la camioneta: «Por robarse el portafolio de cuero, los ladrones se llevaron mis papeles. ¡Dónde los habrían botado! Me senté en la acera. Se me fueron las lágrimas. No pude rehacer el libro porque no tenía copias de seguridad y las notas y recortes de periódicos que traje de la Dominicana, a medida que los iba utilizando, los echaba a la basura» (195).

Y, pese a su parco sentido del humor en público, en la entrada “graffiti” de su Enciclopedia, Borja cuenta lo siguiente: «Recuerdo que cuando se acercaba el fin de mi mandato presidencial en el Ecuador, en agosto de 1992, aparecieron las paredes de Quito pintadas con la siguiente leyenda: “Por cambio de oficio vendo uniforme de aviador, submarinista, tanquista, tractorista y tenista. Informes: Palacio de Gobierno». Era evidente una irónica alusión a las actividades que, como presidente de la República, realicé con frecuencia a bordo de naves supersónicas, submarinos o tanques, para conocer por dentro la vida militar y sus riesgos» (Tomo A-G, 681).

Entre un libro perdido a los veintiocho años y una obra monumental luego de su presidencia, la escritura de Rodrigo Borja, que fue miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, es un legado no solo de su cosmovisión política e ideológica, en la que se combinan su formación académica y su práctica política, sino también un testimonio en primera persona sobre su servicio al país.  



[1] Rodrigo Borja, Enciclopedia de la política, [1997], 2 tomos, A-G y H-Z, 3ra. ed. (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2002).

[2] Rodrigo Borja, Recovecos de la historia [2003], 5ta ed. (Quito: Dinediciones, 2016), 536-537.

[3] Rodrigo Borja, Derecho político y constitucional [1971], 2da. ed. (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1991).