José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, abril 06, 2026

A propósito del impasse sobre la feria del libro de Quito: un nuevo y viejo debate

FIL Quito 2025: 54.700 asistentes en cinco días; 105 editoriales y librerías que superaron los 300.000 USD$ en ventas. Datos oficiales de Quito informa. (Fotografía: página oficial de Quito Informa)

¿Quién debe organizar una feria del libro? ¿El gobierno central, el gobierno local, la empresa privada o la Casa de la Cultura? ¿Se debe replicar el modelo de la feria de Guayaquil, de Bogotá o de Medellín? En la entrada de este blog «
Tareas para la promoción del libro y la lectura más allá de las ferias», del 14 de febrero de 2020, desarrollé la idea de que dichas tareas deben ir más allá de la organización de una feria del libro y que el objetivo de la creación de un público lector «se logrará a través del fortalecimiento de la red de bibliotecas, del apoyo y fomento al sector editorial, y de la actualización de docentes de Lengua y Literatura». A propósito del reciente impasse por la organización de la Feria Internacional del Libro de Quito, habría que pensar un modelo de feria del libro basado en experiencias exitosas, que agrupe instituciones públicas y privadas, y que se expanda a todas las capitales provinciales del país.

            En términos prácticos, la organización de una feria del libro debería ser una sumatoria de esfuerzos institucionales. En Guayaquil, el modelo, que funciona desde 2015, combina muy bien la gestión privada y el financiamiento del municipio de la ciudad y su programa lo diseña un comité de contenidos.[1] En Bogotá, que funciona desde 1988, la feria es coordinada por la Cámara Colombiana del Libro en alianza con Corferias; tiene el apoyo financiero del Ministerio de Culturas y la Alcaldía de Bogotá, y tiene un directorio que trabaja contenidos con un equipo de curadores.[2] En ambos casos, las editoriales organizan la presentación de sus publicaciones recientes y hay espacios para las pequeñas editoriales independientes. Otro modelo es el de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, organizada por la alcaldía de la ciudad desde 2007 como parte de su política pública que articula el plan lector y el trabajo de las bibliotecas.[3]

            Los problemas de gestión para los GAD en lo relativo a la realización de eventos culturales, derivados de las últimas reformas del COOTAD, constituyen un escenario que requiere el concurso de varias instituciones para la organización de un circuito de ferias del libro en el país. En este nuevo escenario, la presencia de la Cámara Ecuatoriana del Libro y la Asociación de Editores Independientes del Ecuador como coordinadores de las ferias es indispensable. La mayor parte del financiamiento —como parte de una política pública, articulada a la red de bibliotecas y a la formación de docentes de Lengua y Literatura— debería estar a cargo del gobierno central y de cada gobierno local. Asimismo, hay que considerar que la Casa de la Cultura Benjamín Carrión es una institución que tiene presencia en todo el país por lo que sería un aliado fundamental.

Tal vez es soñar demasiado, pero las alianzas institucionales son indispensables para el desarrollo de una feria del libro, que debería ser entendida como un evento en el marco de una política pública sobre el libro y la lectura; asimismo, estas alianzas permitirán la continuidad de las ferias en el largo plazo al margen de los avatares políticos de la coyuntura. 

 

 

Sonia Manzano en inglés

 

La presentación está a cargo de Marcelo Báez Meza.
             Last Return to Eden and Other Poems (2026) es un libro bilingüe publicado por Dialogos Books, de New Orleans, que recoge una selección de poemas de Sonia Manzano publicados en Último y no definitivo regreso a Edén (2005) y El vino de mi sombra (2024) y traducidos por Alexis Levitin. La selección recoge varios textos de Sonia que son imprescindibles: aquel poema de largo aliento y sostenido verso que le da nombre al libro de 2005, cargado de imágenes surrealistas y de tono desenfadado que escarban en lo profundo de yo y la escritura: «Soy una poeta en extinción / y sin embargo me persiguen / para arrancarme los colmillos» (22). O «Hembrus erectus», que es un manifiesto vital y poético en el que la voz poética declara: «Soy un animal de combustión lenta» (52). De El vino de mi sombra tenemos «Tiempo, me has vencido», poema que no solo dialoga con César Dávila Andrade, sino que, de manera antenta al mundo de hoy, da cuenta de aquellos ocho minutos de agonía de George Floyd, y la angustia del poeta en el momento de la escritura (84-97). Asimismo, encontramos esa bellísima postal de juventud que es «Lágrimas de mango» a partir de la evocación de una fruta que se convierte en una poderosa imagen de la nostalgia familiar: «¡para que vuelva otra vez hasta mis ojos / el recuerdo más dulce de mi vida / hecho lágrima purísima de mango!» (102). Por supuesto, también está el vitalísimo y jazzeado poema que da nombre al libro y «Escribo», esa poética de imágenes asombrosas: «Escribo / guardando el equilibrio / en una sola pierna / acostada en la tapa / de un gran piano de cola / mientras un gato lame / las teclas insonoras de mi cuerpo» (130-132). Según Peter Thompson, la traducción de Alexis Levitin «es correcta; nítida y clara como sus imágenes crudas y concretas, la esencia de su “violín fosilizado del deseo”. Al igual que el original, esta traducción devela un lento triunfo de la voluntad: la letra “sigue sonando”».

 

La del estribo

 

¡La novia! (The Bride), 126 min, Estados Unidos, 2026. Dirección y guion: Maggie Gyllenhaal. Reparto: Jessie Buckley, Christian Bale, Penélope Cruz, Annette Bening, Peter Sarsgaard.


             Es una película arriesgada desde el momento en que retoma, por enésima vez en la historia del cine, al personaje de la criatura creada por el doctor Frankenstein, a su novia y a la propia autora del clásico literario, Mary Shelley. Jessy Buckley está muy bien en su doble papel: el de una Mary Shelley que medita sobre su escritura y se introduce en el cuerpo de Ida, y, en el de Ida, la amante de un gánster de Chicago, en los años treinta, que se rebela contra el poder patriarcal. Ida es asesinada y resucitada, al igual que la criatura, por la doctora Euphronius (Annete Bening). Luego se convierte en la novia de la criatura (Christian Bale). Penélope Cruz y Peter Sarsgaard interpretan con el alma del cine negro a una pareja de detectives que investigan los crímenes de este par de monstruos que semeja a Bonnie y Clyde, en clave gótica. Homenaje a las películas de horror gore, al thriller, al musical, ¡La novia! es también un alegato feminista sobre la creación artística: Mary Shelley, la doctora Euphronius y Maggie Gyllenhaal se toman, con audacia, toda la libertad creativa que necesitan en este filme que sorprende en cada momento.

  


[1] La X Feria Internacional del Libro de Guayaquil 2025 recibió 28.000 visitantes en cinco días, en 6.000 metros cuadrados de exposición.

[2] La Feria Internacional del Libro de Bogotá 2025 recibió 570.830 visitantes en diecisiete días, contó con 500 invitados provenientes de treinta países. Tuvo 23 pabellones comerciales en 60.000 metros cuadrados. La programación contó con 2.300 actividades a las que asistieron 256.856 personas, de entre el total de visitantes.

[3] La XIX Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín 2025 recibió más de 550.000 visitantes, en diez días, con 166 expositores y 3.600 actividades, en el Jardín Botánico de la ciudad.

 

lunes, marzo 02, 2026

El eros y el tiempo en la poesía de Efraín Jara Idrovo (1926-2018)


Efraín Jara Idrovo en su estudio, c. 1992. Foto: Gustavo Landívar. Ilustración de portada del tomo II de su obra reunida, Ensayos, discursos y correspondencia, publicada por el GAD de Cuenca y UCuenca Press.

En 2018, cuando se cumplieron cuarenta años de sollozo por pedro jara publiqué una entrada en este blog sobre dicho poema; un texto que siempre nos conmoverá por la hondura de su expresión poética y porque da cuenta de nuestra propia finitud. El comentario fue a propósito de la bella edición bilingüe del poema, traducido al inglés por la académica Cecilia Mafla-Bustamante, publicada por el GAD de Cuenca. El año pasado, comenté la aparición de la obra reunida de Efraín Jara Idrovo (1926-2018) en tres tomos, un homenaje transcendental a un poeta esencial, publicada también por el GAD de Cuenca y UCuenca Press, editorial de la Universidad de Cuenca y que está disponible en línea. Este año, el 26 de febrero pasado, se conmemoró el centenario del natalicio de Efraín Jara Idrovo, lo que me ha motivado a revisar su poesía erótica concentrada, sobre todo, en
 «Añoranza y acto de amor» (fechado en 1971 y publicado en 2 poemas, en 1973, junto con «Balada de la hija y las profundas evidencias») y Los rostros de Eros (1997).

El Eros está presente a lo largo de la obra de Jara Idrovo con una mirada sexualizada y gozosa, desde la que el deseo exacerbado se expresa con lascivia y el cuerpo es un espacio para la materialización de aquel deseo, acompañado siempre por la invocación de su belleza. Simultáneamente, el Eros se consume en el instante, el gozo es fugaz, y la pasión no resiste su confrontación con el tiempo, de cara a la muerte.

           «Añoranza y acto de amor» es un poema erótico en el que la sexualidad está verbalizada de forma explícita, es un canto desinhibido de sexo desnudo. En él, el amor es entendido como el gozo de los cuerpos. El anhelo por la mujer amada se revela en el recuerdo de su desnudez: «amasada con relámpago y piedras preciosas tu desnudez / desnudez de espejo suspendido en el vacío / veta de pórfido alucinada por la luna» (228)[1]. Anhelo que se manifiesta como un canto al sexo de la amada:

 

tu sexo de cráter de volcán

de fondo sin fondo del vértigo

sexoacceso

sexobseso

sexoexceso

grieta de la eternidad o cicatriz del rayo

tu sexo fascinante y voraz como las anémonas marinas

tu sexo que huele a madriguera de leopardo (230)

 

Ese canto a la sexualidad explícita ya estuvo presente en el tono bíblico de «Elegía por el sexo de Thamar» (1946), que canta a la pérdida de la virginidad y el triunfo deseo palpitante de la joven Thamar, viuda de los hermanos Er y Onán, que seduce a Judá, su suegro, disfrazada de ramera (ver Génesis 38): «En vano tu heliotropo / tu joven sexo oloroso a panal, / fricción de astro y vinagre enardecido / estaba vigilado por un ángel» (129-130).

Las características arriba enunciadas también están en los sonetos de Los rostros de Eros, en donde el tratamiento de la belleza de la mujer amada y la lascivia son dos motivos recurrentes del poemario. En la primera parte, «Preciosa, el tiempo y el amor» —de título que evoca a García Lora—, la belleza es un atributo que deslumbra, pero es efímero y perdura cuando ya no está: «Nunca en sí se sustenta la belleza. / Lo mismo que la muerte, su existencia / la columbramos en la inexistencia: / se nos revela como una nostalgia» (376), y esa evocación de la pérdida conlleva a la contemplación de una abstracción, de una idea; en este sentido, la hermosura de la desnudez es un concepto en los ojos del amador: «Desnuda eres irreal, de tan perfecta, / ¡no veo el cuerpo, miro tu hermosura!» (377). La tercera parte, «Sonetos de una libertina» nos presenta la pasión desbordada, orgiástica: «Apenas unos brazos te ceñían / o una boca reptaba por tu cuello, / cercana a lo animal, languidecías / en un tenue reguero de gemidos. // ¡Gemidos de placer y de tortura!» (399). A lo largo del poemario hay desnudez, deseo, exaltación de la belleza del cuerpo: el Eros expuesto en la palabra.

            El poeta ha elegido la forma rígida del soneto para contener tanta exaltación, pero su mirada va más allá del placer y confronta al Eros con el tiempo y la muerte. En la segunda parte, «Tríptico», el soneto inicial concentra el pensamiento del poeta sobre la condición efímera del placer y de todo: «¡Nada presuma duración, si empieza! […] ¡El tiempo no transige! Flor inestable, / lazo en trenza del aire, mariposa, / y el hombre han de finar, porque comienzan» (393). El poeta, con pesadumbre, reconoce que el tiempo, que consume la belleza y la pasión, encarna su condición inevitable, y aunque declara hiperbólico: «Sólo sé que, sin ti, no habría mundo» (383), sabe que todo pasa en el transcurrir de la existencia: «Mas del amor ¿quién sabe los designios? / ¡Viento es su duración! Posa la planta, / y no hay huella de amor, sino de olvido…» (384).

Es muy placentero leer la poesía erótica de Efraín Jara Idrovo que nos asoma hacia la turbulencia del deseo exacerbado, la carnalidad y la desnudez, que recorre la evocación de la belleza desde la mirada del amante y se deleita en gozo orgiástico con el recorrido del cuerpo amado. Ese placer tiene su límite en la aceptación del tiempo, que todo lo consume. Al final, las cosas del mundo se acaban, menos la expresión poética, consuelo estético de quienes poetizan la vida: «¡Nada escapa a la muerte!: amor, belleza, / poder. Y, sin embargo, prevalece / lo más frágil del hombre: ¡la palabra!»  (394). El placer de la palabra escrita, el placer de su lectura.



[1] Todas las citas han sido tomadas de Efraín Jara Idrovo, El mundo de las evidencias. Obra poética, 1945-1998, edición de María Augusta Vintimilla (Quito: Libresa / Universidad Andina simón Bolívar, 1998). El estudio de María Augusta Vintimilla, miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, silla B, es una de las lecturas más profundas y acabadas de la obra de Efraín Jara Idrovo.

 

lunes, enero 26, 2026

La ironía poética y la mercancía de afectos


«La pantera de Dante», de Vicente Robalino:

el ser humano y su cotidianidad

 

            La felicidad sin dolor y la complacencia, la felicidad de los anuncios publicitarios y la inconciencia sobre el mundo, nada tiene que ver con la poesía. La voz poética, sumida en la angustia del poema, interroga: «cómo hacen para vivir sin la poesía, / sin ese escozor que invade todo el cuerpo […] Sin ese querer decir atravesado en la garganta […] sin esa soledad adquirida y un poco contagiosa; / en fin, sin ese pavor al espacio en blanco».[1] La pantera de Dante, de Vicente Robalino, nos confronta, desde la vivencia cotidiana del ser humano, con la soledad del individuo en medio de la gente de todos los días, con un pesimismo consciente sobre el mundo y Dios, y con la incapacidad de la poesía para procurar el sosiego del poeta.

            Hay un hartazgo de la voz poética frente a la insensatez de la vida y aquel se traduce en la ira contenida de su decir hasta que revienta en unas palabras que ya no están dispuestas a ofrecer la otra mejilla: «Llega un momento en que esas mismas palabras / entran sigilosas a tu habitación / y te ordenan disparar a quemarropa» (23). Con un humor sardónico, el poeta hace mofa de la gloria literaria y sueña con un poema de imposibles, aunque, como en un último llamado de salvación, grita por un poema liberador del deseo reprimido: «En fin, un poema que diga, con todas sus palabras: / ¿Cuándo me entregaré a los deseos terrenales?» (29).

Robalino asume la queja antigua de los poetas enfrentados a la vida prosaica, esa que los condena a vivir como «el adorno intelectual de la familia» (33), esa que hace del poeta un ser que no se ajusta al funcionamiento del mundo: la poesía, que no es un oficio productivo, en pugna siempre con la obligación del trabajo por un salario. Lo peor ha sucedido: «Cambiar la poesía, escúcheme bien, LA POESÍA, / por un trabajo burocrático, / de esos que ustedes saben bien» (35). La rutina, el tedio del que ya nos hablaba Baudelaire, se encargará del resto en treinta o cuarenta años. Y es que, al final, el poeta reconoce la inutilidad del poema, la vanidad de la literatura y los límites muy concretos de nuestro decir: «Nos enorgullecemos de nuestras pobres palabras, / que se disuelven apenas la pronunciamos» (55). El poeta es un transeúnte solitario en un mundo para el que la poesía no tiene cabida porque carece de utilidad práctica.

En lo rutinario, el ser humano se consume. Así, el poeta interroga: «Tiene que haber algo más / que esta gripe que te visita / una o dos veces al año» (10). ¿Dónde está ese algo más? No en el mundo ni en su cotidianidad. Tal vez se encuentre en el anhelo, en la contemplación, en la búsqueda permanente de lo que no se habrá de encontrar. El poeta pasa revista al prójimo y devela su condición antiheroica («Las preguntas cotidianas», 20). Ahí está el hombre que camina y se desgasta en la vida a través de un símil de potente sarcasmo: «Tantos años acumulados, / como si fueran plusvalía» y una metáfora sobre el absurdo del trabajo que reemplaza a la vida: «o el puro silencio que camina enternado» (21). Ahí también, en la etapa final de la existencia, el hombre que termina consumido por la vida y un cierto desencanto que es una aceptación dolorosa de lo que no tiene remedio: primero, la condición material del individuo: «Porque, imagínese, con esta edad a cuestas / y la flacucha pensión de jubilado»; y, en seguida, la condición espiritual que rezuma tristeza al comprobar la condición de solos en la que existimos: «y esta soledad, que es como una casa vieja, / que se arregla el tumbado y se dañan las puertas» (28). Ahí lo irónico hasta el final del poemario: el poeta no da tregua al descreimiento y el pesimismo se convierte en una forma de resistencia ante la mentira del optimismo sin asidero: «Vivimos del puro cuento», nos plantea y concluye que para los demagogos de la felicidad: «Todo es cuestión de soplar y hacer botellas» (91).

En este poemario, la infancia y los recuerdos de un vecindario popular son lugares de la nostalgia y los afectos; el diálogo con Dios requiere de una cascada de imágenes («La furia de Dios o del tiempo», 66) y, en concreto, Dios es una necesidad para sabernos exentos de culpa («En el sillón de los arrepentidos», 55) o el ser iracundo que confiesa: «Tuve que podar las estrellas con guadaña» (50); y si bien la invocación es a Dante y su Comedia, mucho de sentimiento religioso hay en la oración contra la hipocresía y la traición a sí mismo que es el poema «Pedido a Dante» (34). En algunos poemas, con la intensidad narrativa de una balada, el poeta nos ofrece historias que son parábolas cargadas de humor y algo de nostalgia («Pongan atención, señores», 52; «Otras veces se pierde», 63; «Con un arrepentimiento infinito», 81; «El exorcista, 82; o «Dévora», 88). El tono sarcástico es un elemento constitutivo de una serie de poemas epigramáticos, entre los que se destaca esta joya envenenada: «Para qué las persigues por todos los rincones / y quieren exterminarlas en pleno vuelo. / Un día no podrás defenderte de ellas, / tú serás su inevitable plato fuerte» (62).

La pantera de Dante, de Vicente Robalino, es un poemario deslumbrante por la manera de abordar los asuntos cotidianos; de palabra precisa, cuidada, desafiante, cargada de fina ironía: el poeta, como Raskolnikov, es capaz de decirnos a sus lectores: «No soy yo el delincuente que cada uno espera / ni ustedes los lectores que yo creo merecer» (89). Una poesía que, sin impostura, se adentra, desde la mirada perspicaz sobre lo cotidiano, en las preocupaciones existenciales del ser humano.

 

 

Shannon Mahina Gorman y Brendan Fraser en Familia en renta (2025)

«Familia en renta»: una mercancía llamada afecto

 

Familia en renta (Rental Family), 109 min, 2025. Directora: Hikari. Guion: Hikari – Stephen Blahut. Reparto: Brandan Fraser, Takehiro Hira, Mari Yamamoto.

 

En la ignorancia sobre el mundo que uno tiene, el negocio de familias de alquiler en Japón era algo desconocido para mí. Investigando, que es como uno aprende, di con los datos de que el primer servicio se lanzó en 1991, que hay, actualmente, unas 300 agencias de familias de alquiler y que, en 2019, Werner Herzog dirigió Family Romance, LLC, sobre el mismo tema. He leído también que el negocio prospera porque existe una necesidad de afecto de personas solitarias que está normalizada en términos culturales. Resulta muy desesperanzador la comprobación de que en una sociedad de seres humanos solitarios el afecto se ha convertido en una mercancía sentimental para paliar la carencia. El amor del padre o la madre, el amor erótico de la pareja o el amor fraterno se pueden conseguir mediante el alquiler de un hermano, de una novia, de un padre, de una amante, etc. La sociedad que conlleva a la soledad cotidiana del ser humano genera su paliativo en el mercado: el alquiler de otros seres humanos para simular lazos familiares. La película muestra el daño de la mercantilización de los afectos, pero, aunque señala el impacto que causa el negocio en la siquis de los actores que representan a los pesonajes familiares, también romantiza su participación. Como resolución, Hikari, la directora, ha preferido el convencionalismo de que los espectadores salgamos conmovidos ante un actor norteamericano, el antihéroe de la película, que logra cierta humanización de la empresa de alquiler de familias, pero no indignados frente a un sistema que genera una mercancía llamada afecto.

 

La del estribo

 

Persepolis, de Marjane Satrapi, es una novela gráfica para estos días. Irán bajo al régimen autoritario y represivo del sha. El derrocamiento del sha y la revolución islámica (1979). Irán bajo el régimen autoritario y represivo de los fundamentalistas islámicos. En medio de todo, tenemos la historia de una niña inteligente, crítica, independiente y rebelde, en el seno de una familia liberal, laica y acomodada que se opone al sha y luego es perseguida por los fundamentalistas. La niña crece en medio de la guerra Irán-Irak (1980-1988) y se va a estudiar a Viena. Regresa a Irán, se casa y, por razones política, termina exiliada en Francia.

 

Es natural. Cuando tenemos miedo, perdemos toda capacidad de análisis y reflexión; nuestro miedo nos paraliza. Además, el miedo siempre ha sido el motor de la represión de todos los dictadores. Mostrar el pelo o maquillarse se convirtió lógicamente en actos de rebelión.

 

Marjane Satrapi, Persepolis (2000 – 2004)

 


[1] Vicente Robalino, La pantera de Dante (Quito: EdiPuce, 2025), 19.

 

lunes, enero 12, 2026

Dos poemarios: «Ánimas» y «Selección natural»; y un cortometraje: «Garúa»

 

«Ánimas», de María Leonor Baquerizo

            Según la doctrina católica, las ánimas son las almas del purgatorio; el ánima es también sinónimo de alma, entendida como un espíritu vital; y, en términos de Jung, que trabaja con la dicotomía ánima-ánimus, el ánima alude a las imágenes arquetípicas de lo femenino en el inconsciente de un hombre. En el poemario Ánimas, de María Leonor Baquerizo (Guayaquil, 1960), el título sugiere, sobre todo, el espíritu vital que habita en los motivos de las nubes y los sueños, de la madre y la casa, de la boca que rompe su mudez en la escritura. La voz poética conversa con las nubes de formas indefinidas, cambiantes, hasta fundirse en ellas: «soy una torcida nube de palabras / que grano a grano se alimenta de escondrijos»[1]. La imagen de la nube utilizada como interlocutora puede entenderse, en términos gráficos, como la representación de Dios: un ser presente y distante a la vez, una entidad de forma indefinida que, en la medida en que no se nombra, equivaldría a conversar con la nada desde la imposibilidad de hablar: «En mi mudez / recorro las nubes / y charlo con ellas» (13). Los sueños, a veces pesadillas en las que se multiplican hormigas o nace «una niña fea y con la piel arrugada», están concebidos como el lugar en donde cabe el mundo: «todo se encuentra / todo se signa / en la nauseabunda vida / de los sueños» (29), pero ese lugar tiene una existencia que apesta, que provoca náuseas: los sueños son una amenaza porque carecen de control. La casa, metáfora de la vida, es el motivo central de «Poética del espacio», un texto de resonancias inquietantes, en el que la casa-vida deviene “la casa de mis pesadillas” y la escritura es el lugar para que el hablar sea posible: así, a esa casa ¿inexistente? «la escribo yo / desde la sombra / de un diccionario». Las hormigas de la pesadilla son «letras que amontonan / en silencio / lo que yo / no supe escuchar», un orden en el trabajo, una repetición en la vida, letras que exponen la anulación del yo. El poemario está atravesado por el temor a hablar y la boca es un leitmotiv sobre la dificultad de decir. En este libro, la madre tiene una presencia sanadora: el vientre materno, la madre en el hogar, las lecciones de vida, la agonía en un hospital. La madre —ante la ausencia del padre, que apenas si es una sombra que se angustia— parece asumir todo el cuidado de la hija: es a la madre a quien la hija invoca cuando está sumida en el fango de un atormentado mundo interior (32). La condición de harapienta encuentra la piedad solo en la madre: ella es la única capaz de entender la estancia de la hija en un agujero indescifrable del que no se sabe si es el lugar en donde todo comienza o todo termina (21). La madre es el motivo inicial de «Papayas», una balada de emotiva factura que concluye así: «pasó la vida y mi color cambió / desde un verde amarillento / miro al hombre que está junto a mí / veo con claridad esa danza / no heredé la delicadeza de mi madre» (47). Este poema multiplica los sentidos de «Él toma su café», poema narrativo también, en el que un cuchillo tiene una presencia escalofriante y que concluye: «él acomoda su pantalón / sigue mirando / y se levanta en el preciso momento / en que la mujer se queda quieta / con su cara salpicada» (44). Al cierre del libro, nuevamente, las nubes y la escritura como una sobrevivencia del ser que va desapareciendo, igual que las nubes: «los abrazos de las nubes / empiezan a las 5:49 a.m. […] y escribo / y escribo / sin borrar las mentiras / escribo y escribo / porque me estoy quedando sin ojos / sin hijas / sin cejas / sin boca» (73). Y todo esto como una necesidad de liberación del alma: «no digas nada / solo rompe ese reloj / que marca la vida» (74.) Ánimas, de María Leonor Baquerizo, es un poemario que revela la búsqueda de la escritura, desde un silencio opresivo, como una instancia que posibilita el decir, el hablar, la palabra de una voz que ha permanecido callada en medio de sus pesadillas, pero sin lograr la plenitud: «Tengo miedo de que la palabra me muerda / sé que conoce el sabor de mi piel». El ánima sigue penando en la pesadilla de la duda sin remedio.

 

 

«Selección natural», de Rafael Méndez Meneses

 

Semanas atrás, en La Cueva Jazz Bar, en Las Peñas, durante el XVIII Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel, presenté la cuarta edición de Selección natural, de Rafael Méndez Meneses (Guayaquil, 1976). Esta antología personal es el muestrario de un poeta irreverente, capaz de ironizar acerca de mundo, empezando por sí mismo: «Esto ni siquiera rima / dice la musa / y se va decepcionada / patea las piedras y maldice / la hora en que me dio por escribir» (65).[2] Su escritura poética, que se maneja bien en el epigrama satírico, tiene una enorme carga de humor, lo que le permite desacralizarlo todo; así nos entrega una visión descreída y con cierta dosis de amargura sobre el amor, la vida, el mundillo literario y la propia poesía. Para Méndez, la cotidianidad en su expresión mínima es el albacea de lo poético, una revelación que subyace irrelevante, según definición del propio poeta: «Vaga entre las zarzas / los edificios ruinosos / y las calles hediondas / pende en la punta de la lengua / de algún mozalbete / un bandolero / se torna lágrima / sarcasmo / y se oculta finalmente / detrás de un árbol / debajo de una piedra / a acechar / con paciencia» (80). Hay remanso al hablar de la hija, al contemplar a la amada, a la distancia: «Avizoro de tu pecho / los temblores / a fuego de rueda amanezco / y te escribo a hielo lento / desde las tierras bajas / donde las luces muertes no se ven» (93). Rafael Méndez Meneses es un poeta irreverente, transeúnte de lo cotidiano, con una palabra muy propia que, como una piedra, rompe la vitrina de las vanidades del mundo y expone sus miserias. En esta antología de poemas, detrás del sarcasmo y el desparpajo, hay una iracundia contenida contra el mundo.

 

 

«Garúa»: un emotivo cortometraje sobre el duelo

 

Garúa, 19 min, 2025. Director: Javier Andrade. Guion: Javier Andrade y Catalina Kulczar. Reparto: Lydia Navas. En cartelera de Mz 14, Guayaquil: viernes 16 y 23 de enero de 2026. El cortometraje se proyecta junto con la película del mismo director Lo invisible (2021)

 

            El cortometraje Garúa, de Javier Andrade, es una bella y emotiva meditación sobre el duelo en la que se conjugan el aislamiento de la doliente en una comuna turística y la presencia del mar como metáfora de la eternidad. El lenguaje del corto nos ofrece una conmovedora experiencia visual sobre la pérdida que está viviendo la protagonista: la intensidad de su dolor se siente en la manera cómo la cámara nos comparte su mirada, su aislamiento en medio de la gente y sus caminatas. Tal vez, hay algo de exotismo en la presentación de la comuna de Puerto Rico, en Manabí, pero es difícil juzgar la vivencia del duelo. En el corto, no hay palabras ni son necesarias: la narrativa no verbal está construida con imágenes de una lograda poética de la contemplación. El mar y el islote, las cenizas desperdigadas por el viento marino que se funden con la arena, el agua y la piel de la protagonista y ella que entra al mar, en el plano final, bañándose de eternidad. Garúa, de Javier Andrade, es un corto de estremecedora poesía visual.    

 

 

La del estribo

 


La palabra del año 2025 en español, según la Fundéau/RAE, es arancel.
La puso de moda Donald Trump con su guerra de aranceles contra todo el mundo. Un día establece aranceles del 10%, otro día del 30%, no, mejor del 50%, o amenaza con aranceles del 100% a los productos de los países cuyos gobiernos son reticentes a cumplir sus mandatos imperiales. Mediante los aranceles aplicados e impuestos de forma arbitraria, Trump pretende controlar la economía del mundo y solucionar los problemas endémicos de la economía estadounidense.  



[1] María Leonor Baquerizo, Ánimas (Barcelona: Paso de Barca, 2025), 53.

[2] Rafael Méndez Meneses, Selección natural, 4ta ed. (Guayaquil: TibuEdiciones, 2025).

 

lunes, noviembre 24, 2025

«Pánica alegría», el cóctel en homenaje a Ileana Espinel Cedeño


El destello de la sabiduría nos toma por sorpresa, sucede en el poema y se establece en el verso con un sentido del humor cargado de cierta sorna: «Que una mosca divina se ha bebido / el secreto final de las arterias».[1] Hay en la voz poética un anhelo por la permanencia de la belleza inasible en medio de la crueldad del mundo: «La Poesía —su vuelo, sus raíces— / y el universo del Amor que crea […] Infinidad de cosas que adoro —que adorables / mido en silencio—  como / leer un libro puro —puro de fiel belleza— […]».[2] Quiero brindar con Ileana Espinel Cedeño —acompañados los dos por la sabiduría irreverente y dolorosa de sus versos, llenos de nostalgia, de amor y de anhelo de justicia social— con este cóctel creado en su memoria y su poesía.

El pasado miércoles 12 de noviembre, presenté este cóctel con sabor de caña y almendras, perfumado de naranja, en la barra de La Cueva Jazz Bar, en la calle Numa Pompilio Llona # 174 del barrio de Las Peñas, de Guayaquil. La presentación se dio en el marco del XVIII Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño. Un homenaje a la autenticidad de una poeta que dejó sentado, con la fuerza irónica de la libertad romántica, su desdén por las ventajas del matrimonio por conveniencia y prefería la ilusión de la pasión amorosa: «De la raíz más honda del practicismo, brota: / “Ileana, un comerciante… ¡Un comerciante, Ileana!” // Pero Ileana, / la tonta, / la lírica, / la loca / se casa / —si se casa— / con un poeta pobre».[3]

El nombre nació durante un café de mediodía con Siomara España, Marcelo Báez y Karen y Karina Nogales y surgió dándole vueltas al texto de «Valium 10», ese soneto estremecedor de Ileana Espinel que conjuga la dependencia de los fármacos y el canto a los efectos sedantes de la pastilla contra la ansiedad crónica de la poeta. Luego de leer: «Con una Valium 10 tu ser podría / fusionar al ángel de la angustia / y convertir esa sonrisa mustia / en cascabel de pánica alegría»[4], Marcelo recitó en voz alta este último verso, que corresponde al segundo cuarteto, y, como si se tratara de una epifanía, repitió las dos últimas palabras.

 

Cóctel «Pánica alegría»

 

Ingredientes:

1 ½ oz de ron añejo

½ oz de vermut rojo

½ oz de vermut seco

½ oz de amaretto

Un golpe de amargo de Angostura

 

Preparación:

Mezclar todos los ingredientes en coctelera con hielo.

Torcer la tira de cáscara de naranja sobre la copa.

 

Presentación:

Servir en copa de cóctel.

Adornar con una espiral de cáscara de naranja al filo de la copa.

 

            Este cóctel, que vivifica la fiesta caribeña del ron añejo con la reminiscencia entre dulzona y amarga de la almendra, y busca la calma mediante la combinación equilibrada del vermut rojo y del seco, evoca la permanencia de Ileana en la verdad apasionada de la poesía.

Y recuerda que Ileana rememoraba a García Lorca y su poesía que sobreviven a su muerte criminal a manos de los fascistas: «Mientras la luna sea / flor de sueño y de llanto, / serás eterno tú… […] En todo lo que canta y lo que gime, / serás eterno tú…».[5] Y saborea la rebeldía del verso de Ileana a partir de la imagen de las sandalias del Tío Ho: «Canto tu corazón anochecido / en el suplicio del Vietnam libérrimo. / ¡Y escribo por el triunfo de tu Pueblo!».[6] Y comparte con Ileana su amor de memoria inmarcesible por el poeta David Ledesma: «Se llamaba David. ¿Mejor no fuera / llamarlo dulce eternidad que llora? […] Y era su lira como salto de agua / que en la cima purísima se fragua. / Se llamaba David. ¡Se llama Orfeo!»[7]

El cóctel «Pánica alegría» nos invita a la contemplación serena de la felicidad del instante para disipar la angustia de lo prosaico de todos los días, aunque, paradójicamente, nos envuelva en la melancólica fiesta de la poesía de Ileana: «Mi carcajada: / harapo rojo de la nostalgia».[8]



[1] Los versos citados en esta entrada fueron tomados de: Ileana Espinel, Poemas escogidos, Colección Letras del Ecuador No. 77 (Guayaquil: Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, 1978). A continuación, citaré únicamente el título del poema y la página de esta edición, así: «Sabiduría», 62.  

[2] «Un balance de cosas adorables», 49.

[3] «El practicismo», 33.

[4] «Valium 10», 99.

[5] «Canción para el gitano eterno», 14 y 15.

[6] «Las sandalias de “Tío Ho”», 112.

[7] «Soneto que interroga», 69.

[8] «Tránsito», 61.