José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, junio 01, 2026

«Magnifica humanitas»: la doctrina social de la iglesia (I)


La encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV es un documento teológico y doctrinario que desde su aparición se ha convertido en una guía moral y ética, de profundas resonancias políticas, sobre las consecuencias de la inteligencia artificial en la vida de las personas y en los riesgos que conlleva para la humanidad. «El poder tecnológico [tiene] un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello [es] aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común» (párr. 5). He dividido mi reflexión sobre esta encíclica en tres entradas: 1) la doctrina social de la Iglesia; 2) el ser humano y las promesas de la IA; y 3) el cuidado de la humanidad y la Casa común. Además, me parece necesario establecer que el mensaje de toda encíclica se asienta en las enseñanzas bíblicas y, si bien tiene resonancias universales, está sustentado, más allá de las citas del pensamiento laico, en la teología católica. Es su límite filosófico, pero también su claridad conceptual.

Magnifica humanitas asume la continuidad de la encíclica Rerum novarum (De las cosas nuevas), de León XIII, expedida en 1891, y también de la doctrina social de la Iglesia —expresión utilizada por primera vez por Pío XII, en 1950— desde entonces hasta hoy. Es en este marco que la encíclica de León XIV reflexiona sobre las diferentes aristas y consecuencias de la revolución digital y la inteligencia artificial en la vida de nuestra magnífica humanidad. León XIV nos recuerda que, si bien la situación histórica en la que surgió la Rerum novarum ha cambiado, dos de sus principios permanecen: «la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas y a las familias más expuestas a la explotación, y el vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo» (párr. 30). Por ello, el valor del ser humano está por encima del capital y el bien común, entendido como el cuidado y la conservación de nuestra Casa común, más allá del afán de lucro privado. De ahí que: «para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social» (párr. 46).

La encíclica parte de dos poderosas imágenes bíblicas: «La Magnífica Humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (párr. 1). La construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9), según la encíclica, nos da una lección sobre los límites de la pretensión humana de la autosuficiencia y la aspiración de alcanzar el cielo sin la bendición de Dios. Por otra parte, la reconstrucción de los muros de Jerusalén, dirigida por Nehemías (Ne 1-2) en conjunto con el pueblo de Israel nos enseña el valor del trabajo comunitario: «El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes» (párr. 8). La conclusión es que hay que escoger el camino de Nehemías para hacer de la ciudad de todos reconstruida el reconocimiento de la pluridad de voces y evitar la deshumanización que deriva del “síndrome de Babel”, que excluye a Dios y reduce al Otro a un medio. Es decir, la encíclia nos pide evitar: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párr. 10).

La encíclica desarrolla ampliamente el concepto de justicia social desde la mirada evangélica que habla de la buena nueva a los pobres (Lc 4,18) y la identificación de Jesús con los pequeños, los enfermos, los presos y los extranjeros (Mt 25,31-46): «La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás» (párr. 77). La idea de la justicia social se complementa con el concepto de desarrollo humano integral que promulgó Pablo VI en su encíclica Populorum progressio (El desarrollo de los pueblos, 1967) y que León XIV sintetiza así: «El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos […] El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir» (párr. 83).

En síntesis, la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, parte de una recorrido que sintetiza las enseñanzas básicas de la doctrina social de la Iglesia desde la revolución industrial, del siglo diecinueve, hasta la revolución digital de hoy, basada en la justicia social y el desarrollo humano integral a la luz del Evangelio. En ese marco doctrinal es en el que debemos ubicar las enseñanzas sobre la inteligencia artificial de la encíclica, que expondré en la entrada de la próxima semana.

 

La del estribo

 

            «Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos» (párr. 80)

 

«La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras. De ahí se sigue que no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros». (párr. 84)