(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, mayo 06, 2018

El valor de lo que se dice en los libros y la TV


    
Manuel Salvador Carmona (1734-1820)
«Lo que te digo es cierto porque lo leí en un libro», «Ayer descubrí un remedio milagroso en Internet», son expresiones cotidianas que dan cuenta de un hecho: la palabra publicada, ya sea impresa o digital, tiene un valor de verdad por sí misma, ante la mirada del público lector, que no depende, necesariamente, de lo que dice. Por el solo hecho de que lo escrito aparece publicado, se considera, antes que nada, que lo dicho es cierto. En este sentido, el valor intrínseco que tienen los libros en la generación de saberes para sus lectores los ha convertido en fuente de verdades.
Así lo entendió Cervantes cuando se dispuso a escribir su monumental diatriba, destinada «a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías». Los libros de caballerías ejercían una notable influencia en sus lectores, de tal manera que el tono paródico utilizado por Cervantes en el Quijote, tenía «la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros»: gigantes, monstruos, sabios encantadores, bálsamos para curarlo todo, etc.

La locura del Quijote representa, entre otros sentidos y llevada al extremo, la alienación popular generada por los libros de caballería en su tiempo.

Leo en la primera plana de Últimas noticias (9 de abril de 2018): «Arrastrada como Alfaro», en mayúsculas, utilizando tres de las cuatro columnas del tabloide. La noticia se refiere al hecho de que un conductor ebrio arrastró con su auto a una agente de tránsito. El titular es lamentable en términos de estética periodística, pero lo peor es que, en términos éticos, dicho titular ejerce nuevamente violencia, en este caso simbólica, sobre quien ya había sido víctima de la violencia física. El titular no culpabiliza al perpetrador, sino que se regodea en el sufrimiento de la víctima. La publicación de este tipo de crónica roja tiende a convertir en un asunto normal, a la violencia, tanto física como verbal.

Igual que los libros de caballería de antaño ejercían su poder de alienación en sus lectores, las narco-telenovelas de hoy presentan como cotidianos, y hasta deseables, patrones de conducta delincuenciales y se basan en la fórmula: chica pobre, guapa, tiene que convertirse en una muñeca del líder del microtráfico del barrio para salir de la pobreza; o, el líder del narcotráfico es un hombre con infancia infeliz que ama a sus hijos, por lo tanto tiene sentimientos, así ponga una bomba para que un avión explote en el aire, como sucedió con el vuelo 203 de Avianca, el 27 de noviembre de 1989. La esquizofrenia de la cultura del entretenimiento nos llena, en una misma estación de televisión, del noticiero condenando el narcotráfico, e, inmediatamente, de narco-telenovelas que convierten en héroe de película a cualquier Pablo Escobar y lo que este representa.
De ahí que el uso de la palabra implica responsabilidades que, en libros, en Internet o en la TV, radican en la verdad que se supone llevan en sí mismos, frente a su público lector o a su audiencia.

 Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 04.05.18

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