José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, julio 13, 2026

Cincuentenarios de nuestra narrativa corta: «La Linares», «Historia de un intruso» y «Micaela y otros cuentos»


            1976 fue un año que nos entregó tres libros indispensables de nuestra narrativa corta. En 1975, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador convocó por primera vez el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit que ganó La Linares, de Iván Egüez. Asimismo, en 1976, con motivo del sesquicentenario de la Universidad Central del Ecuador, se convocó un concurso literario que, en la categoría de cuento, ganó Micaela y otros cuentos, de Raúl Pérez Torres. Historia de un intruso, de Marco Antonio Rodríguez ganó, en 1977, el premio al Mejor Libro en Castellano, en la Feria Internacional del Libro, en Leipzig.

            Desde su memorable comienzo: «Usted pasará a inmortal al menos entre los cuatro gatos que hemos terminado merodeando y memorando su vida, María Linares, fácil platico de lecha a vista y paciencia de las malas lenguas…» (11) La Linares, de Iván Egüez,[1] se nos presenta como un texto pródigo de humor, con una tendencia al neo-barroquismo basado en lo exótico y la acumulación de objetos, una crítica corrosiva a la sociedad quiteña del siglo veinte y sus hipocresías que se sostiene, justamente, por la caricatura en la que tanto María Linares como el narrador convierten a esa oligarquía gobernante. La novelina La Linares, además, logra reconstruir una conocida leyenda quiteña en un asunto literario original sin caer en el costumbrismo y haciendo gala de una narración cuidada, fresca y cargada de magia. La novelina tiene escenas hilarantes, como la teatralización radial de la Guerra de los mundos, de H.G. Wells, (19-36) o el intento del canónigo Moscoso de entrar al dormitorio de la Linares (126-129), u otros de maestría narrativa como el del terremoto de las Flores (70-73). La Linares se sigue conservando fresca en su tono narrativo, mágica en su lenguaje neobarroco y su humor pervive como una crítica mordaz a la hipocresía social de un Quito oligárquico y conventual.

A continuación, no hablaré del cuentario, sino del relato extenso que le da nombre al libro Historia de un intruso, de Marco Antonio Rodríguez.[2] El cuento es una diatriba feroz y dolorida contra el mundo. Un relato estremecedor en el que rondan los demonios de Dostoievski enraizados en una ciudad andina y la soledad del Meursault sin mucha contemplación y con bastante rabia. Rodríguez utilizada una curiosa estrategia narrativa cuya intriga se resuelve al final: Antero se nos presenta como una suerte de alter ego del narrador que lo acompaña en su periplo vital, solo que, para sorpresa nuestra, durante el desarrollo de la historia existe una escisión del yo que se transforma en rebeldía contra sí mismo, como una forma de liberación. El narrador dispara todo su furor contra un mundo en el que triunfan el dinero y el poder, y en donde la publicidad convierte a los individuos en receptáculos de la estulticia social. Apenas existe un remanso en el amor de Gabriela, pero hasta eso el narrador-protagonista se lo niega a sí mismo: «Te amé, Gabriela. Te amé mucho. Acaso porque jamás exististe»; pero Gabriela existe en el deseo, en la palabra y en la imaginación. El narrador quiere salvarse a través de la escritura, que resulta un espacio terapéutico; sin embargo, no hay tregua posible y para él es imposible deshacerse de Antero, expulsarlo de su vida: «De nada me servirá. Antero —lo he descubierto— soy yo mismo». (68) «Historia de un intruso» es un relato desgarrador, que no da respiro desde su fuerza narrativa y una descarga sin cortapisas contra un mundo desquiciadamente cruel.

De Micaela y otros cuentos, de Raúl Pérez Torres[3], quiero destacar tres cuentos. «Cuando me gustaba el fútbol» es un texto nostálgico, contado con cierto lirismo y que se alimenta de la vida barrial. Tres elementos confluyen en el cuento: La pobreza como situación social, la dignidad como recurso de sobrevivencia de los personajes, el fútbol como un momento de celebración. «La expatriada» es también una visión nostálgica, pero sin concesiones, sobre el exilio: el lirismo del lenguaje aminora la dureza de la historia como sucede en la narrativa de Pérez Torres. Toda la crueldad política del exilio y el machismo de una generación progresista se concentran en los conflictos vitales de la expatriada. La fusión de los motivos de ambos cuentos, el fútbol y la soledad de una mujer que no pertenece al lugar en donde vive, parecerían la semilla de un cuento antológico con el que Pérez Torres ganó el premio Juan Rulfo, de Radio Francia Internacional en 1994: «Solo cenizas hallarás». Finalmente, «Micaela» es un relato extenso, narrado desde la perspectiva de un criminal de barrio que está en la cárcel: un borracho, maltratador y violento. El narrador no tiene ninguna posibilidad de redención: en el amor no es posible porque a pesar de recordar todo el tiempo a Micaela, su pareja, siempre habla del maltrato al que la sometió; en la amistad, tampoco, porque su amigo el Muro lo alienta hacia el crimen. Como en los cuentos de Rubem Fonseca, el mal se ha entronizado dentro de los personajes marginales, populares, y su única posibilidad de sobrevivencia es triunfar en la confrontación violenta. Pérez Torres es descarnado: no hay salida cuando se vive en el espacio violento de la pobreza. Un cuento cuya dureza, nuevamente, se suaviza solo con cierta evocación lírica y el tono nostálgico, que son parte del tono narrativo de sus cuentos.

La novelina La Linares, de Iván Egüez, y los dos cuentarios: Historia de un intruso, de Marco Antonio Rodríguez, y Micaela y otros cuentos, de Raúl Pérez Torres, más allá de sus reconocimientos, se han constituido en referentes obligados de la narrativa corta de los setenta y, para mí, ha sido un placer releerlos y comentarlos.



[1] Iván Egüez, La Linares (Quito: Centro de Publicaciones PUCE, 1976).

[2] Marco Antonio Rodríguez, Historia de un intruso (Quito: Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1976)

[3] Raúl Pérez Torres, Micaela y otros cuentos (Quito: Editorial Universitaria de la Universidad Central del Ecuador, 1976)

 

lunes, noviembre 13, 2023

«Trajiste contigo el viento»: novela prodigiosa e inquietante de ecos bíblicos

(Foto: R. Vallejo, 2023)

            Nueve personajes nos cuentan la historia de un pueblo andino condenado por una maldición; ellos entretejen los recuerdos de unos habitantes que buscan expiar su culpa original y sobrevivir al exterminio. Ezequiel tiene claro lo que quiere: «Así lo sentí, así lo escuché: Eso era lo que debía hacer: acabar con Cocuán y el corazón podrido de rata que latía en su centro». (46) Hermosina sabe que «un corazón duro como la piedra no se quema». (138) Carmen dice que «un bosque es la quietud de Dios, el lugar donde las flores trepan y caen, un viento que contiene muchos vientos, una trampa donde los muertos se quedan colgados como liebres aullando y chillando». (80-81) Trajiste contigo el viento (2022), de Natalia García Freire (Cuenca, 1991)[1], es una novela prodigiosa e inquietante que se sostiene en un lenguaje poético deslumbrante y despiadado, y que nos envuelve en una atmósfera asfixiante de pasajes oníricos y resonancias bíblicas, en medio de un escenario de terror que es el pueblo de Cocuán, cuyos habitantes están signados por una maldición que guía su éxodo hacia la muerte.

            Así le habla el padre: «Mildred, escucha, Mildred. Cuando naciste, tu ma dijo que trajiste contigo el viento. Era un viento tibio. Ese viento no teme […] Trajiste contigo el viento que se llevaba las cipselas de los dientes de león a recorrer el mundo, Mildred. El viento que calma al ganado. Ese viento no teme». (14) Cuando la madre muere, el padre se va y Mildred queda abandonada y con el cuerpo llagado en una casa de la que es desalojada por el pueblo, encabezado por el párroco Santamaría. Mildred maldice al pueblo y es encerrada en el monasterio. Años después, el cura Santamaría se ahorca en el cuarto donde Mildred permanecía. Cuando llega el cura Manzi se enfrenta al horror: «Entonces vi el cuerpo de Mildred, ese cuerpo que brillaba en el fondo oscuro del monasterio, un cuerpo muerto lleno de luz y calor; no era posible». (73) Mildred es mitificada como una Diosmadre por Filatelio, considerado el tonto del pueblo, que, en el monólogo final, nos descubre lo siniestro, pero también un mito fundacional como un relato bíblico: «Diosmadre no se levanta, no ha resucitado, su cuerpo muerto ha permanecido caliente por una eternidad». Mildred es la voz profética del apocalipsis de Cocuán. No obstante, Mildred es un personaje que queda esbozado al comienzo de la novela —de manera muy bella en su relación con la naturaleza a través de los cerdos que conviven con ella—, pero que luego se desvanece sin que alcance a ser desarrollado a plenitud, con la fuerza que uno esperaría toda vez que cumple una función simbólica central en la trama de la novela.

            La novela tiene una escritura cargada de poesía que no hace concesiones: carece de piedad y sus personajes están condenados al padecimiento y la muerte. Los nueve capítulos les dan voz a sendos personajes: en ellos, la cruel realidad y lo onírico, lo bello y lo perverso, se entrecruzan en la frontera sutil de la vida y la muerte. Ezequiel es cruel por el placer de lo monstruoso, «mis ojos eran el averno, la entrada al submundo» (32); el cura Manzi se corta las orejas, «no hubo dolor, solo el eco de ese aullido que se alejaba» (76); Víctor se clava una estaca en el pecho y encuentra a su padre, porque «la muerte era un sufrimiento lleno de futuro» (111); Hermosina se consume en sus pesadillas blasfemas: «Yo soy el fuego de Dios que quita el frío del mundo» (142); Agustina saca las orejas del párroco Manzi y se las acerca a sus propias orejas, entonces aúlla y aúllan Manzi y Filatelio: «porque yo estaba oscura por dentro. Como todos nosotros. Con la noche dentro, porque Cocuán es solo noche». (58) La historia de Cocuán y su gente es una pesadilla irresuelta que deslumbra, por efectos del lenguaje, y llena de angustia, por el desarrollo de la trama, a quienes se adentran en ella. En el relato de Filatelio se consuma la orfandad de quienes han sobrevivido al éxodo del pueblo: «Detrás está Diosmadre […] Aquí nacieron los hombres que habrían de matarla. Aquí las mujeres que le olieron el sexo […] En Cocuán han matado a la hija de Dios. Pero Dios no lo sabe. Nadie se lo ha dicho» (152-153).

«Un pueblo es una cadena hecha de pesadillas». (26) Así es Cocuán[2], un pueblo hostil, habitado por la crueldad y el desamor, donde la idea de Dios implica su abandono: «…donde vivimos tan cerca del espacio vacío y su materia oscura, que el sol es como un padre, te parte la cabeza o te deja apolillarte, lejos, muy lejos de las entrañas abrigadas de la tierra». (49) Es un pueblo cuyos habitantes no encuentran su redención más que en la muerte: hacia ella escapan de la violencia de su prójimo, en ella se encuentran desnudos, dispuestos a purgar una maldición que los redima de la culpa original: la violencia contra una niña huérfana, abandonada y enferma que es el símbolo de la violencia contra la propia tierra indefensa. El pueblo andino de Cocuán es un espacio de terror gótico, una escenografía asfixiante porque asfixiante es el desasosiego de sus habitantes. Un pueblo donde la muerte lo envuelve todo y la resurrección no es posible una vez que se ha cumplido la maldición: «Le devolvemos al agua los hijos malparidos que Dios le ha robado. Aquí yace el pueblo de Diosmadre que desapareció una noche. Por los siglos de los siglos». (156) Asistimos al apocalipsis de un pueblo maldito; apenas existen atisbos de un renacimiento, aunque el tono de la narración es más bien desesperanzador: «Una estela de luz que va hundiéndose hasta que no queda nada, solo el murmullo de los tontos y un canto animal que nadie escucha en la tierra» (156). Es tal vez este tono apocalíptico, sin redención, el que nos deja una sensación de angustia y desolación atravesada en la garganta.

 

Natalia García Freire (Foto: María Fernanda García Freire)
            Natalia Freire García es una narradora singular y profunda, de escritura impecable y bella, que experimenta con lo onírico, la locura, la sexualidad, el sentido vital de la naturaleza y la condición mítica de los orígenes. Y Trajiste contigo al viento es una novela fascinante que nos enfrenta, sin concesiones, al terror de la maldad y la desesperanza de un pueblo andino, pero que, al mismo tiempo, nos atrapa con la belleza despiadada de su poesía, tan cruel como en los míticos relatos bíblicos.



[1] Natalia García Freire, Trajiste contigo el viento (Buenos Aires: Tusquets Editores, 2022). El número junto a la cita indica la página en esta edición.

[2] Coquan es el nombre comercial del clonazepam, un ansiolítico que se utiliza para las crisis de ausencia y ausencias atípicas, así como para desórdenes de ansiedad. La autora ha dicho que el libro fue escrito en medio de un estado de ánimo eufórico, «muy pegado al tema pesadillas, pero también las otras investigaciones personales sobre la locura, sobre el lenguaje, esta inquietud de cómo el lenguaje puede ser un camino de ida y vuelta a la locura», en Perfil, 14 de diciembre de 2022, https://www.perfil.com/noticias/cultura/trajiste-contigo-el-viento-nacida-de-los-efectos-del-clonazepam-una-novela-que-narra-la-violencia-en-tono-biblico.phtml


domingo, marzo 17, 2019

Un sacudón de las buenas conciencias sin ilusión posible


Alejandro Fajardo y Verónica Garcés, en la versión para microteatro de "Subasta", durante la presentación de Pelea de gallos en Guayaquil. El lanzamiento del libro tuvo lugar en "El Cubo", ubicado en el pabellón Humberto Salgado de la Universidad de las Artes, el 6 de septiembre de 1918.
            Pelea de gallos, de María Fernanda Ampuero, es un cuentario de escritura incisiva, que no da respiro ni cede ante las ilusiones de la bondad humana; escritura exacta en sus relatos memorables, aunque a ratos truculenta y esquemática; por sus historias transitan un mismo padre violento y abusador, hombres que son estereotipos machistas, y también inolvidables personajes femeninos que nos estremecen debido a su determinación y valentía para sobrevivir en esta sociedad patriarcal.

            “Subasta”, “Nam” y “Griselda” son tres relatos memorables por el manejo de la intriga y la tensión, por sus personajes llevados a situaciones extremas, y por su escritura sustantiva e impecable. En “Subasta”, duro y sin concesiones, está el mundo en el que se concentra el libro: la violencia de los hombres, adultos pederastas, el horror y la crueldad del ámbito delincuencial, la indefensión del ser humano, y la resistencia de una mujer que ha tenido que enfrentarse a la violencia masculina desde niña. En “Nam”, cuento de lucidez tremebunda, además, nos topamos con la crueldad de la guerra en la cotidianidad de las personas: un padre tullido, una hija caída en combate, la búsqueda de afectos durante la adolescencia, y el descubrimiento del horror del mundo. En “Griselda” (cuando lo seleccioné para una muestra de cuentistas ecuatorianos que hice para Hispamérica, # 125, de agosto de 2013, se llamaba “Las tortas de la señora Griselda”), la mirada infantil, que narra la soledad y el desamor desde lo cotidiano, intensifica la liberación de la suicida. Pérdida de la inocencia y brutal descubrimiento de la muerte.
En todos ellos, una misma voz de mujer, en primera persona, cuenta la historia: lo escatológico es manejado, sin tapujos, como parte del horror. Esa voz transita de la inocencia de la niñez a la confrontación con la muerte que conlleva la adultez. Cuentos de un realismo sucio, como el de Rubem Fonseca; cuentos que, además, recuerdan a ese otro realismo de nuestra tradición: el de Los que se van, pero en clave urbana y con voz de mujer.
Los cuentos de este libro tienen una constante para el personaje del padre: ausente, violento, pederasta. Por ejemplo, el padre que abusa de la empleada doméstica, que es una niña, en “Monstruos”, o el que aterroriza a su hija con su sola presencia en “Alí”; los hombres son egoístas, violentos y, casi todos, acosadores; incluido el de “Luto”, cuento ingenioso cuya truculencia lo vuelve evidente al utilizar la referencia evangélica —la resurrección de Lázaro— para forzar una historia de violencia. El libro está cargado de intencionalidad política: el combate contra el patriarcado; y ese, como todo combate por una causa en el ámbito de la escritura, va salpicado de obviedades y estereotipos junto a situaciones de dolorosa verdad humana y literaria.
Pelea de gallos, de María Fernanda Ampuero, es un libro necesario, descarnado, militante, que sacude las buenas conciencias y que, con su dosis de tremendismo, aniquila toda esperanza de redención.

Solange Rodríguez y María Fernanda Ampuero (al fondo), en diálogo, durante la presentación de Pelea de gallos, organizada por la Escuela de Literatura de la Universidad de las Artes, en Guayaquil, el 6 de septiembre de 1918.
 
Publicado en Cartón Piedra, suplemente cultural de El Telégrafo, 15.03.19