José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, septiembre 28, 2026

La cancelación de Ariana Harwicz

            Ariana Harwicz estuvo invitada al festival Cultur Alh de Granada para participar en la conversación «Oponerse al mundo», el pasado 26 de septiembre. La organización del festival canceló le canceló la invitación por negar que Israel esté cometiendo un genocidio en Gaza. La desprogramación de Harwicz se dio por pedido de la Red Universitaria por Palestina, de Granada. Algunas escritoras invitadas al festival apoyaron el pedido de los estudiantes y la medida de las organizadoras, pero el escritor irlandés John Banville, premio Princesa de Asturias de las Letras 2014, declinó su invitación al festival. No hay vueltas que darle, Ariana Harwicz, cuyas opiniones sobre el conflicto de palestino-israelí eran conocidas, fue invitada al festival de Granada por su obra literaria, pero luego fue censurada por sus opiniones políticas sobre el conflicto y, lamentablemente, no solo se perdió una oportunidad para entablar un debate democrático, sino que se desencadenó una andanada de mensajes de odio.

Las opiniones de Ariana Harwicz eran conocidas antes de su invitación al festival, por lo que quienes hicieron la curadoría sabían exactamente a quien estaban convocando. Desconozco si Harwicz iba a hablar sobre el conflicto o sobre su obra literaria que ella considera al margen de las corrientes hegemónicas. Yo no estoy de acuerdo con muchas de las posiciones de Harwicz, pero si ya la habían invitado, sabiendo lo que ella piensa sobre tal o cual asunto, entonces lo adecuado hubiera sido que mantuvieran la invitación. Por lo demás, le dieron la oportunidad de victimizarse con una falacia que Harwicz repite: ella está, supuestamente, a contracorriente de lo hegemónico, cuando, en realidad, su discurso político se alinea con lo que piensa el poder hegemónico, ese que deja sin trabajo, sanciona y apresa a quienes critican a Netanyahu. Era en el espacio del encuentro, justamente, donde se debió confrontar su discurso con argumentos y factos.

            Aparecieron en seguidilla dos cartas, una de apoyo a Harwicz otra a los organizadores del festival que generaron, en X-Twitter, muchos mensajes de odio sobre la posición de quienes las firmaron. Hubo quienes decían que los firmantes que respaldaron a Harwicz estaban a favor del genocidio del pueblo palestino, cuando la carta se limita al defender el derecho de opinar de Harwicz sin cohonestar sus ideas: «Este comunicado no exige compartir las opiniones de Ariana Harwicz. Exige algo anterior: que nadie sea apartado de la vida cultural por sostener ideas propias, y que ningún desacuerdo se convierta en una condena personal».[1] Contra los otros firmantes llovieron las acusaciones de antisemitismo y de apología al terrorismo, cuando la posición es clara: un grupo de autores se posiciona en contra de la violencia genocida que el Estado de Israel ejerce sobre el pueblo palestino: «Nos resistimos a que el debate quede reducido a un conflicto identitario y a que cualquier defensa a favor del pueblo palestino sea convertida automáticamente en antisemitismo. Estamos contra el genocidio, contra la violencia ejercida sobre Palestina y contra los discursos que la niegan, la minimizan, la justifican o la celebran».[2] Y, para rematar, no faltaron quienes, de lado y lado, se regocijaban de tener una lista para saber a quién no leer, a quién no invitar; en definitiva, a quién cancelar.

El reclamo principal de Harwicz frente a quienes defienden la causa palestina es que no se condena con firmeza a Hamas o Hezbollah que tienen entre sus objetivos el de la desaparición de Israel. Los crímenes de guerra que ha cometido Hamas, por más que se quiera justificarlos como parte de la lucha del pueblo palestino, deben ser condenados sin excusas. Lo sucedido el 7 de octubre de 2023 no es un episodio cualquiera, sino un ejemplo del horror que siempre hay que recordar: Hamas atacó a la población civil y asesinó a más de 1.200 personas, casi todos civiles, incluidos niños, y secuestró a 253 israelíes. De la misma manera, los crímenes de guerra de Benjamin Netanyahu cometidos en su guerra de destrucción de Gaza y el castigo colectivo que infringe a la población palestina han sido ampliamente documentados por diversos organismos y expertos en el tema. La sala correspondiente de la Corte Penal Internacional emitió por unanimidad, el 24 de noviembre de 2024, una orden de arresto contra Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad. En un tema complejo como el conflicto Israel-Palestina, hay espacio para sostener ambas posiciones. Por un lado, criticar la deshumanización de los palestinos por parte de Netanyahu y sus ministros, y condenar una guerra que tiene todas las características de un genocidio en marcha no me vuelve ni antisemita ni condescendiente con los terroristas de Hamas y Hezbollah; así como, condenar los ataques del 7 de octubre no significa avalar la política guerrista de Netanyahu.

Pero, bueno, parte de lo dicho aquí hubiera sido materia del debate que no se dio porque a Ariana Harwicz —una escritora que tiene todos los canales del poder hegemónico a su disposición para hablar[3]—, la vetaron en un encuentro en Granada. Quienes celebran su cancelación, no solo que perdieron una gran oportunidad para desmontar las posiciones de Harwicz con argumentos y factos, establecer posiciones y distanciamientos, entregar elementos que permitan al público pensar críticamente el problema, sino que sentaron un precedente nefasto para justificar su propia cancelación en próximos eventos. Al parecer, todavía nos cuesta aceptar que la realidad es mucho más que una mirada en blanco y negro. Por su parte, el irlandés John Banville, días después de declinar la invitación al festival de Granada, dijo: «Mi cancelación fue mi declaración».[4]

 
 

La del estribo

 

Milonga del moro judío

 

Letra, música e interpretración: Jorge Drexler

 

Por cada muro, un lamento
En Jerusalén, la dorada
Y mil vidas malgastadas
Por cada mandamiento

Yo soy polvo de tu viento
Y, aunque sangro de tu herida
Y cada piedra querida
Guarda mi amor más profundo

No hay una piedra en el mundo
Que valga lo que una vida

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

 

No hay muerto que no me duela
No hay un bando ganador
No hay nada más que dolor
Y otra vida que se vuela

La guerra es muy mala escuela
No importa el disfraz que viste
Perdonen que no me aliste
Bajo ninguna bandera

Vale más cualquier quimera
Que un trozo de tela triste

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

 

Y a nadie le di permiso
Para matar en mi nombre
Un hombre no es más que un hombre
Y, si hay Dios, así lo quiso

El mismo suelo que piso
Seguirá, yo me habré ido
Rumbo también del olvido
No hay doctrina que no vaya

Y no hay pueblo que no se haya
Creído el pueblo elegido

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos
No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

No sé qué Dios es el mío
Ni cuáles son mis hermanos

Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos




[1] «Más de 350 escritores muestran su apoyo a Ariana Harwicz y John Banville declina ir a Granada» (El País, 23 de septiembre de 2026). Se ha resaltado las firmas de Piedad Bonnett, María Negroni, Margo Glantz, Ana María Shua, Fernando Savater, Santiago Roncagliolo, Fernando Iwasaki y Saul Sosnowski.

[2] «Más de 500 autores defienden la exclusión de Ariana Harwicz del festival Cultur Alh de Granada» (El País, 25 de septiembre de 2026). Se ha resaltado las firmas de Cristina Rivera Garza, Camila Sosa Villada, Alejandro Zambra, Pilar Quintana, Juan Cárdenas, Mónica Ojeda, Alana S. Portero y Marta Sanz.

[3] Ariana Harwicz no es ni marginal ni disidente: su obra, mayormente, está editada por Anagrama, ha sido traducida al inglés, alemán, francés y hebreo, entre otras lenguas, la apoya y promociona Letras Libres, y la versión cinematográfica de su novela Matate, amor (Die, My Love, 2025) ha sido producida por Martin Scorsese y dirigida por Lynne Ramsay, y en ella actúan Jennifer Lawrence y Robert Pattinson.


 

lunes, marzo 13, 2023

«Tár»: entre la cultura de la cancelación y el ocaso de la genialidad impune

           

Cate Blanchett interpreta a la compositora y directora Lydia Tár.

Lydia Tár (Cate Blanchett), famosa compositora y directora de orquesta, conversa en una cafetería con su amigo Andris Davis (Julian Glover), un director retirado, acerca de la cultura de la cancelación en el mundo de la música a propósito de James Levine, exdirector de la ópera de New York[1]. Esta conversación y la clase en la Academia Julliard son dos indicios básicos en el guion de la película por cuanto la protagonista tiene una conducta similar a la de Levine, sobre la que no revela remordimiento alguno y no cree en las definiciones identitarias para la valoración del arte musical. ¿Lydia Tár es una víctima de la cultura de la cancelación? ¿Tár es una artista genial que abusa de su posición de poder para manipular a los demás? ¿Ella es culpable del suicidio de Krysta Taylor? ¿Merece el ostracismo? Tár (150’, EE.  UU., 2022), con dirección y guion de Todd Field, es no solo el retrato íntimo de una artista que se extravía en el laberinto del poder sino también una mirada crítica sobre la conflictiva relación del arte y la moral, con una actuación impecable de una Cate Blanchett que se apropia de todas las facetas de su personaje.

            Es conflictivo el punto de vista narrativo que Todd Field escogió para contar la historia. En la era del #MeToo la narrativa privilegia la mirada de las víctimas; en Tár, la historia está narrada desde la perspectiva de la perpetradora, quien domina casi todas las escenas de la película, y hay que estar muy atentos para que la compasión que uno siente por el personaje y su caída no nos haga olvidar que Lydia Tár es una mujer de poder que ha usado su posición privilegiada para sus conquistas sexuales. En el filme, Sharon Goodnow (Nina Hoss), la esposa de Tár, a quien engaña con frecuencia, es primer violín de la orquesta; se insinúa, más allá de la adoración que le profesa, que Francesca Lentini (Noémi Merlant), la asistente personal, ha tenido algún romance con Tár; cuando llega a la orquesta la chelista rusa Olga Metkina (Sophie Kauer, actriz y chelista anglo-alemana), una millennial de modales bastos, Tár lleva adelante una doble manipulación en función de seducirla: convence a la orquesta para que escoja el Concierto para violonchelo en mi menor, de Edward Elgar, como apertura del programa e incide en el proceso de audición para que el solo sea interpretado por Olga. La misma narrativa de la película obliga a repensar los conflictos personales de Tár y si su genialidad es suficiente para justificar sus abusos y su conducta amoral.

Todd Field también dirigió In the Bedroom (2001) y Little Children (2006)

Los rumores sobre la conducta sexualmente abusiva y acosadora de Tár revientan cuando Krysta Taylor, una de sus jóvenes conquistas, se suicida. De la suicida sabemos muy poco y Tár se encarga de hacerla aparecer como una muchacha desequilibrada que, al parecer, sufre una depresión severa y está obsesionada con ella. En realidad, Tár ha desplegado su influencia para que a Krysta se le cierren los espacios en el mundo de la música, no se sabe si por su baja calidad artística o por una relación que, básicamente, ha sido de tipo sexual y terminó mal. Tár, que no expresa ni el más leve remordimiento por lo ocurrido, no es inocente ante los sucesos, pues, al enterarse del suicidio de Krysta, le pide a Francesca que borre los mensajes de correo de aquella. El suicidio de la antigua discípula es objeto de una indagación judicial que pone a Lydia en jaque y que tiene como efecto el retiro del apoyo de algunas fundaciones a su programa de jóvenes talentos y el ocaso de su propia carrera. La historia de Krysta nos revela la conducta recurrente de Lydia Tár que es la de convertir en su protegida a una joven talentosa, envolverla sexualmente y luego abandonarla por una nueva joven talentosa.

Al suicidio de Krysta se suma la circulación en redes sociales de un video, evidentemente manipulado, de su clase en Julliard, lo que acelera su caída. La escena de la clase en Julliard, que dura algo más de diez minutos, es decidora en términos del desarrollo del personaje; asimismo, la escena tiene un brillante manejo de planos que contrapone los egos en conflicto de Tár y Max, el estudiante; y, finalmente, el parlamento de Lydia es un alegato inteligente en favor de la separación de la obra de arte y la conducta moral del artista. El conflicto de la película está concentrado en esta escena pues Tár no solo argumenta a favor del arte de Bach o Beethoven, independientemente de sus conductas morales, sino de ella misma y, al mismo tiempo, demuestra que es capaz de arrasarlo todo ya que humilla sin piedad al estudiante con tal de imponer su perspectiva.

Zethpham D. Smith Greist como Max, en la Academia Julliard.
Max, que devela ciertas limitaciones artísticas propias de un estudiante, pero desde un inamovible ego de superioridad moral, dice: «Honestamente, como una persona pangénero Bipoc [acrónimo de Black, Indigenous, People Of Color], la vida misógina de Bach hace que sea imposible para mí tomar su música seriamente». Más adelante, cuando Tár interpreta a Bach, sentados ambos en la misma banca del piano, Max agrega: «Tú tocas realmente bien, pero por ahora los compositores varones blancos cisgénero no son mi asunto». Tár reacciona con enojo creciente frente a los argumentos del estudiante y con una retórica virulenta, completamente antipedagógica, le demuestra que los mismos argumentos de una crítica basada en género, sexualidad, etnicidad o moralidad pueden ser utilizados contra él. Humillado, Max se retira insultándola y con ello su superioridad moral se deshace.

En el trasfondo de esta escena, el director Todd Field, que camina por la cornisa frente al consenso de la cultura de la cancelación, nos hace pensar que cada uno puede preferir a un artista u otro basado en sus principios morales o identitarios, pero que no se puede negar el valor del arte de un artista solo porque realizó acciones moralmente reprochables. Después de todo, la Iglesia Católica censuró miles de obras literarias juzgándolas por la moralidad del autor y el texto, y durante la llamada Revolución Cultural, de China, el maoísmo condenó el arte de origen burgués del pasado y con ello casi toda la historia de la música de Occidente. A fin de cuentas, los seres humanos no somos santos y es muy hipócrita pretender que solo aquellos a quienes consideramos moralmente buenos (basados en definiciones identitarias o patrones morales contemporáneos) merecen seguir existiendo en la historia del arte y la literatura. Lo dicho, sin embargo, no es una justificación para la conducta depredadora de Tár: hoy en día, el acoso y el abuso deben ser condenados sin cortapisas. La cuestión que sigue en debate es cómo separar la obra del artista en estos casos y si la condena justa debe ser, en todos los casos, esa suerte de muerte civil de quien es hallado culpable más que por tribunales de justicia por el linchamiento mediático de las redes sociales.

Noémi Merlant es Francesca Lentini, la asistente de Tár.
La actuación de Cate Blanchett es soberbia. Ella sabe cómo administrar su cuerpo, su gestualidad y su voz: está impecable en la entrevista inicial llevada por Adam Gopnik, escritor de The New Yorker, que hace el papel de sí mismo. Esa escena nos permite conocer las ideas del personaje sobre el arte musical y muestra a Tár como una compositora y directora inteligente que habla con claridad de ideas sobre su propio arte. Ya hablamos de la clase en Julliard, pero su faceta manipuladora la vemos, sobre todo, cuando convence a la orquesta de incluir en el programa el solo de Elgar, o cuando despide a Sebastian Brix (Allan Corduner), su director adjunto, y termina por sentirse ofendida. Una faceta vulnerable de Lydia es la angustia que le causa su hipersensibilidad auditiva que se expresa en la presencia de esos fantasmas provocados por los imperceptibles ruidos de la noche que, para ella, son los ruidos de sus pesadillas. Asimismo, la relación con su hija Petra demuestra la enorme sensibilidad que subyace en el interior de Lydia y la niña se convierte, al mismo tiempo, en un sostén emocional de la directora. Cate Blanchett responde con una actuación esplendorosa al ritmo, los diálogos inteligentes, los silencios medidos, las escenas oníricas y el miedo que le causan dos vecinas, madre e hija, que viven enfermas y abandonadas por su familia. Blanchett es capaz de llevar en sí, con brillantez y solvencia actoral, la diversidad de máscaras con las que Todd Field ha construido su personaje.

Sophie Kauer, actriz y chelista, es Olga Metkina
Todo esto nos lleva de regreso a aquella conversación con una admiradora, luego de la entrevista al inicio de la película. En la escena, la admiradora, le pregunta si alguna obra que haya dirigido le ha causado una emoción desbordada. Lydia le responde que siempre hay un ciclo de expectativa y recompensa que la hace anhelar llegar al punto de la satisfacción. Esta observación pertenece a mi admirada crítica mexicana Fernanda Solórzano, quien concluye su artículo así: «Es un trance, agrega, que la lleva a decir cosas que ella no recuerda —pero los demás sí—. A esta alegoría de la seducción y el cortejo, Lydia agrega una “confesión”. El sonido de disparos en La consagración de la primavera, de Ígor Stravinski, le revela que se puede ser víctima y perpetrador a la vez. “Fue hasta que la dirigí —remata— que me convencí de que todos somos capaces de asesinar”»[2].

La película se resuelve en el sentido de la compasión aristotélica. Lydia Tár es castigada con el ostracismo por la institucionalidad musical. Como una forma de purgación, ella regresa a la casa de su infancia en donde recuerda a Leonard Bernstein, su mentor, mientras mira un video antiguo en el que este habla sobre la música y enfatiza la manera cómo el lenguaje musical nos revela sentimientos para los que no encontramos palabras: «La música es lo que se siente cuando uno la escucha». En ese momento, Lydia, liberada del peso del poder y la fama, llora y su llanto es purificador. Después, en algún lugar del sudeste asiático, ella dirige una orquesta juvenil con la misma dignidad, profesionalismo y arte con los que dirigía la Filarmónica de Berlín, cuando ensayaba la Quinta sinfonía en do sostenido menor, de Gustav Malher. El concierto de grabación de la banda sonora de un videojuego, con un público de cosplayers, simboliza la purgación de la artista genial que, debe con sencillez, dirigir composiciones y músicos lejanos al glamur de la música académica. Este momento final nos remite a la primera escena cuando Francesca, se deduce, filma a Lydia dormida en el asiento de un avión y la expone en una conversación por WhatsApp, tal vez, con Krysta: la poderosa y genial directora es, en esa situación, una mujer frágil. El final está concebido como una moraleja sobre la necesidad del renacimiento de Lydia Tár cuando ha caído víctima de la cultura de la cancelación y de sus propios excesos; Todd Field propone, como cierre, la posibilidad de redención de la artista en el ejercicio de su propio arte.



[1] Levine fue separado en 2018, cuando ya estaba jubilado y era director musical emérito de la orquesta, por su conducta sexualmente abusiva y acosadora, durante sus cuarenta años de carrera, luego de los testimonios de más de setenta músicos varones. «Lo que ocultaba James Levine, director de la ópera de New York», Perfil, 13 de marzo de 2018, acceso 10 de marzo de 2023, https://www.perfil.com/noticias/internacional/lo-que-ocultaba-james-levine-director-de-la-opera-de-nueva-york.phtml

[2] Fernanda Solórzano, «Tár, el proyecto de ser dios», Letras Libres, 01 de febrero de 2023, acceso 10 de marzo de 2023, https://letraslibres.com/revista/tar-el-proyecto-de-ser-dios/