José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

martes, febrero 24, 2026

El Cervantes de Amenábar en Argel o el nacimiento de un fabulador

Julio Peña como Miguel de Cervantes en El cautivo (2025), de Alejandro Amenábar. La película está disponible en Netflix.

             En el capítulo décimo del tercero libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617) se cuenta la historia de dos mancebos que, frente a dos alcaldes, describen un lienzo en el que está pintada la ciudad de Argel, «puesto universal de corsarios y amparo y refugio de ladrones»[1], y también los castigos que sufrieron como cautivos. Uno de los alcaldes, que ha estado cinco años en Argel como esclavo, se da cuenta de que los falsos cautivos han estado «contándonos mentiras y embelecos» (307) y decide castigarlos mediante el escarnio de pasearlos por el pueblo encima de sendos burros. Los falsos cautivos son, en realidad, estudiantes de Salamanca que quieren enrolarse en la armada de España y necesitan dinero que recolectan contando historias. Al final, luego de sentidos argumentos sobre la justicia y la ley, el alcalde los perdona y los invita a su casa «donde les quiero dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí en adelante ninguno les coja en mal latín, en cuanto a su fingida historia» (310).

            En la obra de Miguel de Cervantes es constante la reflexión sobre el arte de contar historias. Así, en El Quijote (I, XLII), luego de escuchar la historia del cautivo contada por el capitán Ruy Pérez de Viedma, don Fernando dice: «Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y extrañeza del mismo caso: todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien lo oye; y es de tal manera el gusto que hemos recibido en escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mismo cuento, holgáramos que de nuevo comenzara». La figura de Cervantes como el fabulador, el contador de historias, «el más grande mentiroso», según Hasán Bajá, gobernador de Argel, que era también su carcelero y benefactor, es central en El cautivo (2025), la película dirigida por Alejandro Amenábar[2], que, además, maneja muy bien la mezcla de realidad, vida e imaginación e introduce, para la polémica, la ficción de un Cervantes que mantiene una relación homoerótica con Hasán Bajá.

            Ya desde el título, El cautivo, de Amenábar, nos plantea el entrecruce de realidad y ficción y el diálogo intertextual entre la trama de la película, la escritura de El Quijote y la vida del Manco de Lepanto. Cervantes estuvo preso, es decir cautivo, en Argel, de 1575 a 1580, y en El Quijote, la historia del cautivo se cuenta en los capítulos XXXIX a XLI de la primera parte. En la película, el cautivo es el mismo Cervantes. En El Quijote, Cervantes aparece ficcionalizado por Ruy Pérez de Viedma; este, al contar las crueldades de Hasán Bajá, a quien llama Azán Agá, dice que «cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél», también señala un hecho singular: «Sólo libró con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra…» (I, XL). Lo que lo salva, según la película, es su habilidad de contar historias —al igual que Sherezade, que las cuenta para salvar su vida— con las que entretenía no solo a los prisioneros, sino al propio Hasán Bajá, de tal forma que aseguraba para sí una consideración especial.

 

           

Alessandro Borghi como Hasán Bajá
 El motivo de las historias en la película es tratado de manera muy cervantina y Hasán se convierte en una suerte de crítico de la narrativa de Cervantes. Así, Hasán le hace señalamientos de verosimilitud («un cristiano no puede comprar un barco en Argel»), de crítica al lugar común de las novelas de caballerías (él no quiere oír historias de encantamientos ni hijos secretos), o de estrategias narrativas (él devela el truco: «endulzar las historias para que la gente se emocione»). El mismo Hasán se siente maravillado ante la historia de El lazarillo de Tormes, tanto por su realismo como por su humor. Asimismo, cuando Cervantes cuenta sus historias a los prisioneros, las deja en un momento crucial —igual que Sherezade— para continuarlas otro día, creando la expectativa de su audiencia y así se va ganando el afecto de su público.

            Justamente, la mención que hace el cautivo Ruy Pérez en El Quijote sobre el propio Cervantes es uno de los textos que da pie para intuir que la relación entre Hasán y el escritor pudo ser una relación homoerótica. Muchos biógrafos se cuestionan que, luego de intentar escapar cuatro veces, Cervantes no haya recibido el castigo —la muerte por empalamiento— que Hasán Bajá acostumbraba a dar a quienes pretendían burlarlo. Rosa Rossi, Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo, cervantistas reconocidos, señalaron, en los años noventa del siglo pasado, la posibilidad de que Cervantes se hubiera salvado por su relación homoerótica con Hasán. Sin embargo, hay quienes sostienen que el Bajá no empaló a Cervantes, simplemente, porque era un prisionero que valía ¡500 escudos!, que era una suma astronómica en la época[3]. El otro elemento que permitiría suponer la relación de Cervantes con Hasán es la acusación que hace el sacerdote dominico y comisario del Santo Oficio Juan Blanco de Paz. El dominico delató el cuarto intento de fuga de Cervantes y, además, lo acusó ante el Santo Oficio de haber cometido «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio.

Amenábar aprovecha estos indicios y nos entrega un Cervantes de su invención que, al pasear por Argel, frecuenta un ambiente homoerotizado y termina enamorado de su seductor carcelero. En el diálogo que se da entre el escritor y el gobernador, luego de yacer juntos en el hedónico ambiente de las piscinas del palacio, Hasán le cuenta con crudeza cómo unos moros asesinaron a su madre y proclama la inexistencia del amor. Cervantes pregunta, con algo de ingenuidad: «Y si no hay amor en el mundo, ¿qué nos queda?», a lo que Hasán responde: «Los placeres. Los pequeños placeres. La luz del sol por la mañana. Las estrellas por la noche. Un buen banquete. Tus historias… cuando son buenas. El placer de la cópula». Así, la película confronta el hedonismo erótico del Bajá con la represión sexual católica de Cervantes. Y, en otro plano, la crueldad del Bajá con sus prisioneros en similitud con la crueldad de la Inquisición, institución para la que la sodomía era castigada con la muerte.

 

Fernando Tejero es el comisario del Santo Oficio Juan Blanco de Paz que acusa a Cervantes de «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio. 

Juan Manuel Lucía Megías, experto cervantino y asesor de Amenábar para la película, ha dicho de forma dubitativa que «los documentos que acreditan su homosexualidad no tienen ninguna validez científica. Esto no significa que no pudiera tener relaciones homoeróticas, pero no hay pruebas concluyentes», y el mismo Megías ha señalado, en declaraciones a Newtral, que el rumor de que Cervantes huyó de Madrid por acusaciones de sodomía con su maestro López de Hoyos es un invento de Fernando Arrabal en su novela biográfica El esclavo Cervantes. El cervantista Daniel Eisenberg, que considera “repugnante” y una “chapuza” a la novela de Arrabal, concluye, un tanto indeciso, en «La supuesta homosexualidad de Cervantes», que este: «no es un defensor ni un partidario de la homosexualidad. Pero tampoco lo es de la heterosexualidad. No me parece un entusiasta de sexualidad alguna. El deseo sexual es una forma de locura; cuando se produce, hay que canalizarlo o encerrarlo con candados fuertes. Sí fue Cervantes un defensor del matrimonio, pero no es el matrimonio por amor, sino el destinado a la satisfacción sexual del varón y sobre todo a que los niños y sus madres tengan un apoyo económico». En cualquier caso, este elemento especulativo de la película, que Amenábar lo transforma en verdad de la ficción, es una provocación que es parte de la agenda personal del director. ¿Funciona en la película? Sí, a condición de entenderla como una invención particular, algo oportunista si se la quiere criticar, pero sin la perspectiva del discurso homofóbico.

El nacimiento del Cervantes fabulador en Argel, ese nuevo yo que emerge luego de cinco años de cautiverio, tiene un bautizo: el cambio del apellido materno Cortinas por el de Saavedra. Amenábar simplifica el cambio diciendo que Cervantes adopta el apelativo Saavedra por su significado de «brazo defectuoso» o «tullido», pero el asunto es un poco más complejo para los académicos. En «El tal Shaibedraa‘» (2013), Luce López-Baralt señala que la adopción del apellido Saavedra combina algunos elementos. En primer lugar, la existencia de un pariente lejano, Gonzalo Cervantes Saavedra, también soldado en Lepanto, al que Cervantes evoca como poeta en «El canto de Calíope», de La Galatea (1585):

 

Ciñe el verde laurel, la verde yedra,

y aun la robusta encina, aquella frente

de Gonzalo Cervantes Saavedra,

pues le deben ceñir tan justamente.

Por él la ciencia más de Apolo medra;

en él Marte nos muestra el brío ardiente

de su furor, con tal razón medido

que por él es amado y es temido.[4]

 

           

Miguel Rellán como Antonio Sosa, el narrador de la película.
  En segundo lugar, López Baralt propone que Cervantes adopta un apellido “fronterizo”, toda vez que él mismo es un transeúnte que se mueve en los márgenes de dos culturas, pero que, al mismo tiempo, es una garantía de su “sangre limpia”, pues Saavedra tiene origen gallego, asociado con la casta goda, con lo que Cervantes se ubica en la estirpe de los cristianos viejos: «El apellido Saavedra procede del topónimo Saavedra, población de la provincia gallega de Orense (Tibón, 1995, 215). Etimológicamente deriva del bajo latín sala vetera, que deriva en gallego en Saa (sala, solar, caseóo, quinta) vedra (antigua) (Tibón, 1995, 215; Faure et al., 2001, 667)» (198).[5]

            En tercer lugar, López Baralt señala lo complejo de la asunción del nuevo apellido. «Es que el apellido hispano Saavedra que adopta Cervantes consuena demasiado de cerca con el antiguo apellido argelino Sayb ag-gira' (también transliterado como Sazb al-d,ira '), pronunciado “Shaibedraa'” en árabe dialectal magrebí» (198). Ella concluye que en la adopción de su nuevo apellido también está presente el humor cervantino para trabajar los nombres de sus personajes y su manera de cristianizarlos: «Ahora vemos que el “grito de guerra” Shaibedraa', aun más que el simple Saavedra, conjuga en sí mismo todas estas experiencias identitarias encontradas. Por más, es nombre godo (por su origen gallego) y a la vez árabe (por su origen argelino): Cervantes, no cabe duda, se ha bautizado con un perfecto baciyelmo» (201).

            El cautivo, de Alejandro Amenábar, es una película entretenida como era el objetivo cervantino al contar una historia, trabaja con lucidez la relación de la realidad y la ficción en la construcción narrativa, y asume el riesgo de inventar una historia, con mucho de especulación y poco de documentación, sobre la estancia de cinco años de Cervantes en la prisión de Argel.

 

La del estribo 

 


Emmanuel Tornés Reyes (Manzanillo, 1948 – La Habana 2026). Un crítico lúcido y un estudioso riguroso de la literatura latinoamericana. Autor de numerosos libros de crítica literaria y antologías de narrativa latinoamericana. Emmanuel tenía la enorme vocación del maestro cuya enseñanza se esparce generosa y con cariño en cada clase. Un hombre sencillo y afectuoso que conocía el valor de la amistad. La foto es de octubre de 2010, en el Palacio de Carondelet, en Quito, cuando dio un curso de crítica latinoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. Una sentida necrología la encontramos en la edición digital de Granma, escrita por Madeleine Sautié: Adiós a Emmanuel Tornés, escritor y brillante maestro 


[1] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid: Real Academia Española, 2017), 304.

[2] El cautivo (2025), dirección, guion y música: Alejandro Amenábar; fotografía: Alex Catalán; vestuario: Nicoletta Taranta; elenco: Julio Peña (Miguel de Cervantes), Alessandro Borghi (Hasán Bajá), Miguel Rellán (Antonio de Sosa), Fernando Tejero (Juan Blanco de Paz), José Manuel Poga (Diego Castañeda), Luis Callejo (Dorador/Yusuf), Albert Salazar (Beltrán), César Sarachu (Fray Juan Gil), Roberto Álamo (Alonso/Abderramán), Luna Berroa (Zoraida). La película está disponible en Netflix.

[3] Según la IA de Google: «500 escudos de oro del siglo XVI (introducidos en 1535) representarían hoy una fortuna inmensa, difícil de calcular con precisión por la inflación histórica. Equivalían a gramos de oro puro (aprox. 1,7 kg de oro), con un valor en metal precioso superior a 120.000-130.000 euros actuales, sin contar su valor numismático».

[4] Miguel de Cervantes, La Galatea (Madrid: Real Academia Española, 2014), 381.

[5] Luce López-Baralt, «El tal Shaibedraa‘», en Varios autores, Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, coord. Leonardo Funes (Argentina: Asociación Internacional de Hispanistas, 2016): 193-204.

 

lunes, febrero 16, 2026

Bad Bunny: la ira de los conservadores y el valor de la lengua española en EE. UU.

Bad Bunny en el show de medio del Super Bowl XL mostró la bandera puertorriqueña con el triángulo azul claro, asociada al movimiento independentista de la isla, que fue prohibida por la Ley de la Mordaza de 1948, derogada en 1957.

             Donald Trump, que este año no asistió al Super Bowl XL (seguramente, para evitar una nueva rechifla), calificó, en su red social, la presentación de Bad Bunny, en el medio tiempo del evento, como «una de las peores de la historia», «una afrenta a la grandeza de Estados Unidos [que] no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia». Trump, el mismo amigote de Jeffrey Epstein, también señaló que «el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo». Randy Fine, representante republicano de la Florida, exigió sanciones federales por un supuesto uso de lenguaje obsceno; además, solicitó «“acciones drásticas”, incluidas multas y revisiones de licencias de transmisión contra la NFL y NBC», según USA Today. Por su parte, la Academia Puertorriqueña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, reconoció oficialmente la labor artística de Benito Antonio Martínez Ocasio, nombre civil de Bad Bunny, por su «aportación excepcional a la difusión global de la lengua española [que contribuye a] a la valoración y visibilidad de una lengua que cuenta con más de 600 millones de hablantes en el mundo».

            Al show de Bad Bunny hay que ubicarlo en las prácticas de la cultura latinoamericana en el seno de la sociedad norteamericana y entender que su valor reside en los desafíos que encarna bajo el marco de criminalización y persecución trumpista a los inmigrantes que hoy es política gubernamental. Obviamente, Bad Bunny no es un político revolucionario ni un artista marginal, sino una figura de la industria del espectáculo, pero el posicionamiento que hace de la cultura latinoamericana y la lengua española se ha convertido en un símbolo de la lucha por la diversidad cultural frente a un régimen excluyente no solo en términos culturales y lingüísticos, sino humanos. Bad Bunny acaba de ganar el Grammy por Debí tirar más fotos, que ha hecho historia por ser el primer disco totalmente en español que gana en la categoría Álbum del Año y del que Rolling Stone en español ha dicho que «muestra a un artista en su independencia creativa máxima». En su reconocimiento al artista, la Academia Puertorriqueña de la Lengua dijo: «en la evolución de su propuesta artística [existe] un compromiso creciente con valores fundamentales como el amor, la libertad, la justicia, la solidaridad y la autenticidad». Y si bien hay algo de lugar común en el eslogan del espectáculo, «Lo único más poderoso que el odio es el amor», por su misma sencillez y claridad, se convirtió en una consigna poderosa en medio de una política de odio contra los inmigrantes latinoamericanos.

            Los conservadores, con Trump a la cabeza, se rasgaron las vestiduras al mejor estilo de los fariseos. Les molesta lo que significa la migración y la carga simbólica de su identidad cultural en un país diverso al que están convirtiendo en un Estado excluyente; les molesta la identidad latinoamericana que se expresa en la resistencia cultural de Puerto Rico —un conflicto que en la historia del cine musical tuvo su ícono romantizado en West Side Story (1961)—; les molesta que la lengua española sea la segunda más hablada en Estados Unidos (aproximadamente 59 millones de personas, equivalente al 18% de la población) por la fuerza cultural que ello representa. Por todo esto, también les molestó la osadía de que el espectáculo de Bad Bunny haya sido en español, de que haya cantado temas sobre la migración, la cultura latinoamericana, de que haya desplegado una cantidad de símbolos culturales como el políticamente poderoso símbolo de la bandera puertorriqueña prohibida por la Gag Law (Ley de la Mordaza) entre 1948 y 1957, y que en la letra de «La Mudanza» dijera: «Aquí mataron gente por sacar la bandera / Por eso es que ahora yo la llevo dondequiera». Me imagino que los trumpistas ya estaban trompudos por cómo Bad Bunny comenzó su discurso de aceptación del Grammy: «ICE out» (se los dijo en inglés, para que no tuviesen dudas).

            Al final, Bad Bunny sí pronunció una frase en inglés: God bless America (Dios bendiga a América). Lo hizo para después enumerar todos los países del continente que son parte de América: desde Chile hasta Canadá. Con los límites que da el marco de la cultura del espectáculo gringa, en un ambiente políticamente hostil hacia la cultura latinoamericana y el español, el show de Bad Bunny es, por decir lo menos, un gesto político irreverente y una representación cultural disruptiva.

lunes, febrero 09, 2026

Jeffrey Epstein: asquerosamente rico

Virginia Roberts Giuffre, víctima de Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell, es una voz poderosa en el documental de Netflix Jeffrey Epstein: asquerosamente rico (2020). Giuffre se suicidó en abril de 2025 y su libro póstumo Nobody's Girl: A Memoir of Surviving Abuse and Fighting for Justice apareció en octubre del mismo año. La foto que Giuffre sostiene en sus manos es de cuando ella fue traficada por Epstein y Maxwell para el entonces príncipe Andres cuando ella tenía 17 años.

Han sido liberados, por ley Federal, más de tres millones de documentos relacionados con el caso criminal del delincuente sexual Jeffrey Epstein. La información sobre violación de menores, secuestro, tráfico y tortura de mujeres, orgías organizadas para complacencia de pervertidos, entre otros delitos sexuales, es abundante, caótica y asquerosa. Los delitos involucran a políticos, artistas, académicos y a la realeza europea: hombres blancos, hombres millonarios, hombres con poder económico y político. Pero Epstein no fue una anomalía del sistema, sino un síntoma de cuán enfermo es el sistema; Epstein fue el intermediario de una estructura de poder perverso que se sabe impune.

            En 2020, apareció en Netflix Jeffrey Epstein: Filthy Rich (Jeffrey Epstein: asquerosamente rico), dirigida por Lysa Bryant, basada en el libro homónimo de James Patterson. Para quien busque información de calidad sobre los orígenes de Epstein y quiera escuchar con atención la voz de las víctimas, esta miniserie documental de cuatro capítulos es un excelente comienzo. El documental es un testimonio perturbador sobre el esquema piramidal de explotación sexual que empezó a implementar Epstein luego de acumular riqueza y continuar reproduciéndola con prácticas financieras criminales. Asimismo, este documental vuelve protagónica la voz de las víctimas, evidencia la explotación sexual a la que fueron sometidas y destaca su valentía para denunciar a Epstein y someterlo a la justicia por sus crímenes sexuales. A la luz de los documentos liberados a fines del año pasado y a comienzos de este, Epstein no es solo es un pervertido sino una pieza del engranaje del poder de una oligarquía mundial que, de manera sistémica, se siente más allá de la ley y la moral.

Jeffrey Epstein, blanco, guapo y rico, es la representación de un sistema que celebra y premia con reconocimiento social y sin remordimiento el enriquecimiento basado en la mentira, la estafa, la especulación financiera y el robo, según se deduce de esta investigación de The New York Times «Estafas, robos y mentiras: así construyó Jeffrey Epstein su fortuna», publicada el 21 de diciembre de 2025. Es el sistema que, cuando se empezó a descubrir su condición de depredador y traficante sexual, procuró un blindaje para él y sus cómplices en detrimento de las víctimas. Así, el papel del fiscal Alex Acosta que, en 2008, le dio un trato favorable a Epstein al firmar, a espaldas de las víctimas, un acuerdo de no persecución penal que incluyó inmunidad amplia a sus cómplices, y que luego ocuparía la secretaría de Trabajo de la primera administración de Donald Trump, es un ejemplo de cuán estructural fue la conducta delictiva de Epstein y sus cómplices. Tanto el enriquecimiento del pederasta como el papel del fiscal Acosta están expuestos en la miniserie documental de Netflix. Dado que el documental es de 2020, en él no está expuesta la complicidad de J.P. Morgan Chase con Epstein y la forma en que este banco facilitó sus delitos al financiar sus actividades. En 2023, J.P. Morgan acordó con las víctimas del pederasta un pago global de 290 millones de dólares y, por su parte, el Deutsche Bank también acordó un pago de compensación con otras víctimas por 70 millones de dólares.  

Afiche del documental de Netflix (2020).
        Jeffrey Epstein: asquerosamente rico llega hasta el sospechoso suicidio de Epstein. El documental posibilita que la voz de las sobrevivientes sea escuchada de manera protagónica. Esa su virtud, esa su validez para que el público reciba información de calidad. Su límite es presentar el caso Epstein como una anomalía: un narcisista, amoral y pederasta que se convirtió en un millonario proxeneta de otros millonarios. Y es que Epstein es la representación de un poder amoral que funciona porque la sociedad del dinero, al igual que se hace de la vista gorda ante el lavado de activos, mira para otro lado cuando el pederasta es millonario. Un sistema que convierte a las personas en mercancías para satisfacer al poder de los que son asquerosamente ricos: las leyes son manipuladas a su antojo y el sistema judicial protege a los perpetradores, el dinero compra complicidades sociales y mediáticas, las infancias se vuelven cuerpos negociables y desechables. El sistema se blinda: selecciona sus chivos expiatorios y protege al resto.   

 Y si bien existen unos pocos ejemplos de sanción moral que han llevado a renuncias de cargos y despojo de honores, hasta el momento, ninguno de los hombres que pagaron por acceso carnal a menores de edad y que cometieron otros crímenes a través del engranaje delictivo de Jeffrey Epstein ha sido procesado judicialmente. De entre todos los participantes en esta trama de crímenes sexuales, hasta hoy, únicamente Ghislaine Maxwell, la cómplice de felonías de Epstein, fue juzgada y cumple su condena de veinte años por tráfico de menores en la prisión federal de Bryan, una cárcel de mínima seguridad a 120 km de Austin, Texas. Difícilmente habrá nuevos juicios en la medida en que los papeles liberados de Epstein, para la justicia norteamericana, constituyen indicios, pero no prueba plena y, por efecto del acuerdo de inmunidad de 2008, muchos de los sospechosos aún estarían penalmente protegidos. A las sobrevivientes, les queda la vía civil y esperar a que el mundo se indigne y sancione moralmente a los millonarios, poderosos y repugnantes perpetradores y al sistema que ha permitido hasta hoy su encubrimiento.

 

La del estribo

 

            The Guardian dijo: «No se equivoquen: este es un libro sobre el poder, la corrupción, el abuso sexual a escala industrial y cómo las instituciones se pusieron del lado del agresor en lugar de sus víctimas... Pero también es un libro sobre cómo una joven se convierte en heroína... Importante [y] valiente». El testimonio de Virginia Roberts Giuffre en Nobody's Girl: A Memoir of Surviving Abuse and Fighting for Justice (La chica de nadie: una memoria de sobrevivir al abuso y luchar por la justicia) apareció poco después de que Giuffre se suicidara en abril de 2025. Ella fue una víctima y sobreviviente clave para enjuiciar a Jeffrey Epstein y su cómplice Ghislaine Maxwell, así como para poner en evidencia al expríncipe Andrés. La voz de Virginia Roberts Giuffre es poderosa en el documental de Netflix y más aún en las páginas de su libro. Aquí, una cita de la introducción: «El trauma es un enemigo astuto. Quienes hemos sobrevivido a sus terrores a menudo nos maravillamos de lo rápido que puede retroceder, al menos al principio. Una vez que llegas a un lugar seguro, tus heridas visibles —tus cortes, tus moretones— sanan y se desvanecen. Tu psique también revive, como un hombre que se está ahogando y que, rescatado de las profundidades, de alguna manera escupe agua oscura y abre los ojos. Pero las víctimas en recuperación como yo sabemos muy bien cómo el trauma acecha en las sombras, siempre ahí. No importa cuántos años pasen ni cuántos terapeutas veas, puede resurgir, sin que nadie lo pida, aparentemente de la nada».

 

lunes, febrero 02, 2026

Hamnet, Hamlet: «el resto es silencio»

           

Al centro, Jessy Buckley que hace una interpretación extraordinaria de Agnes, la esposa de Shakespeare, en Hamnet (2025). La película está dirigida por Chloé Zhao, que escribió el guion con Maggie O'Farrell, autora de la novela homónima. Hamnet tiene ocho nominaciones al Oscar 2026: película, directora, actriz, guion adaptado, banda sonora, diseño de producción, vestuario y casting.

            Terminé de leer la novela Hamnet, de Maggie O’Farrell, e inmediatamente vi la película homónima de Chloé Zhao, en la que la escritora es coautora del guion. Tengo la sensación de haber asistido a la conjunción de dos artefactos de la creación artística que consigue que el espíritu humano transite por el camino del dolor y su liberación a través de la naturaleza y la escritura. La novela y su lograda adaptación al cine nos hablan, entre otros temas, del sentido de la naturaleza en la vida del ser humano, del duelo de una madre por la muerte del hijo y de la sanación que proviene del arte.

            No es una novela sobre Shakespeare ni sobre su obra. Aquí, Shakespeare es un pretexto. O’Farrel ni siquiera lo nombra en su novela[1], aunque sí en la película, en donde adquiere más relevancia la actividad teatral del padre de Hamnet. La novela y la película están protagonizadas por una mujer llamada Agnes[2]: ella representa la naturaleza y lo que esta significa para la preservación de la vida; ella da cuenta de la sabiduría ancestral que proviene del descubrimiento de las plantas, de todos los seres vivos; ella es una criatura en estado puro y, por tanto, un espíritu libre. «Dicen que es demasiado salvaje, que ningún hombre la desposaría. Su madre, Dios la tenga en su gloria, era gitana, o hechicera, o un espíritu del bosque: el preceptor ha oído contar muchas historias fantásticas de ella» (pos 492). En la novela y la película, Agnes simboliza la conexión primitiva del ser humano, y la mujer en particular, con la sabiduría que emerge del conocimiento de la naturaleza.

            Tanto en la novela como en la película la muerte de Hamnet marca las dos partes de la narración. Agnes, entonces, comienza su duelo: para ella, el mundo se ha detenido, pero para el padre de Hamnet, el mundo sigue andando y él tiene que regresar a Londres a trabajar, pues la compañía teatral lo está esperando. En la respuesta de Agnes se condensa la diferencia en la manera de vivir el duelo; para la madre, la muerte de Hamnet es la muerte del mundo: «¿Cómo puedes pensar en irte? […] Hamnet ha muerto» (pos 3641). Las razones prácticas del maestro de latines carecen de sentido para Agnes. Ella siente que ha fallado, que no leyó bien los signos, que no preparó las pócimas adecuadas y las palabras de consuelo de su marido no le sirven. Ella, que oye a los muertos, no alcanza a escuchar al suyo: el proceso interior por la pérdida del hijo es infinito: la asunción del duelo de la madre es lo que permite al alma del hijo transitar, finalmente, hacia el inframundo. Mientras tanto, ella lo sigue buscando, sabiendo que ya no está.    

            De pronto, la noticia. En Londres, la compañía de Shakespeare estrena Hamlet. ¿Cómo se ha atrevido el padre a ponerle el nombre del hijo a una de sus obras? Agnes decide confrontar a su marido y, con su hermano Bartholomew, va a Londres. Es el encuentro de la naturaleza con el arte. En la representación teatral, Agnes contempla el mundo en el que vive su marido y entiende cómo en el escenario aquel ha transformado el dolor por la pérdida del hijo de ambos en el duelo que se introduce en todos los asistentes al teatro. La función sanadora del arte nos muestra la manera de llevar el duelo en el silencioso proceso creativo que transforma el dolor real del autor en el dolor que se desprende de la tragedia y que comparte con la audiencia: la imagen de los espectadores queriendo tocar al Hamlet que acaba de morir sobre el escenario es la imagen de la catarsis del dolor y la vivencia del duelo personal de cada uno.

            Hamnet, la novela y la película, llenan con ficción los vacíos de la historia de Agnes, la esposa de Shakespeare, y la dibujan como una mujer conectada vitalmente con la naturaleza; desarrollan el tema del duelo por la muerte del hijo y muestran cómo se da la purificación, inmanente a la tragedia teatral de la que hablaba Aristóteles, mediante el temor y la compasión. Agnes sabe que después de la muerte, el resto es silencio, pero, asimismo, descubre en la obra teatral de su marido que —por la representación de la memoria que posibilita el teatro— su hijo vivirá para siempre.



La del estribo 


           «Este Hamlet del escenario es dos personas, el joven, vivo, y el padre muerto. Está vivo y muerto al mismo tiempo. Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía. Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que, al escribir esta obra, se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar. Ha convertido la muerte de su hijo en la suya propia. ¡Ah, qué horrible! ¡Qué horrible! ¡Qué horrible!, murmura su marido con una voz de ultratumba al recordar la agonía de su muerte. Agnes comprende que ha hecho lo que habría deseado hacer cualquier padre, sufrir él para que no sufriera su hijo, ponerse en su lugar, ofrecerse a sí mismo a cambio para que el niño pudiera vivir».

 

            Este texto que habla sobre cómo el arte posibilita llevar el duelo es hermoso y, al mismo tiempo, encierra una paradoja: Hamlet sobrevive al padre, pero no sobrevive a la intriga y la traición palaciega urdida por su tío Claudio. Hamlet muere y declara que, luego de la muerte, no hay nada: el resto es silencio.[1] Pero el arte traslada sentidos y el sufrimiento de Hamnet es la agonía del rey, y el duelo de Hamlet es el del padre de aquel.



[1] «The rest is silence», son las últimas palabras de Hamlet (Acto V, escena II)

  



[1] La novela se abre con una referencia histórica que marca la perspectiva narrativa y el tono la narración: «En la década de 1580, una pareja que vivía en Henley Street (Stratford) tuvo tres hijos: Susanna y Hamnet y Judith, que eran gemelos. Hamnet, el niño, murió en 1596 a los once años. Cuatro años más tarde su padre escribió una obra de teatro titulada Hamlet». Maggie O’Farrell, Hamnet [2020], traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, (Barcelona: Libros del Asteroide, 2021), pos 32.

[2] Es conocido que la esposa de Shakespeare se llamaba Anna Hathaway, pero su padre Richard Hathaway la llamó «Agnes» en su testamento.