(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, abril 01, 2018

Mi encuentro con la edición príncipe del Quijote


Enero de 1605: Miguel de Cervantes, finalmente, acarició un ejemplar impreso por Juan de la Cuesta, de su novela El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha. Según el cervantista Francisco Rico, el tiraje estuvo entre 1.500 y 1.750 ejemplares. Uno de esos se encuentra en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. y, hace una semana, yo pude hojearlo con la avidez y la emoción de un heredero menor del oficio de Cervantes. Ojear el libro, pasar sus páginas con mis propios dedos; leer en voz alta las líneas del prólogo, del dialago entre Babieca y Rozinante, y el párrafo inicial del primer capítulo, ha sido para mí una inédita experiencia de mística laica; un momento memorable en el que viví el profundo sentido de lo sublime kantiano.           
El éxito del Quijote fue tal que, a mediados del año, apareció la primera reimpresión. En el mismo 1605, ya estaba circulando en Lisboa la inaugural edición pirata del Quijote, impreso con licencia del Santo Oficio por Jorge Rodríguez, que también pude ojear y hojear. Esta edición tiene la particularidad de presentar la primigenia imagen del Quijote y Sancho en la viñeta de portada. Sancho responde más a la descripción de cuando se lo llama Sancho Zancas: “Y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas”, y no al Sancho regordete y paticorto creado por Gustavo Doré a mediados del siglo XIX, cuya imagen es la que ha prevalecido hasta hoy.
Del 1575 a 1580, Cervantes padeció su cautiverio heroico en Argel, hasta que el fraile trinitario Juan Gil pagó los 500 escudos exigidos por su rescate. La primera edición del Quijote tuvo el precio de venta de 290,50 maravedíes. El ducado, creado en 1497, equivalía a 375 maravedíes, aunque desde Carlos V se había convertido en moneda de cuenta. Para la época del rescate el escudo ya había sustituido al ducado en el uso. Por tanto, manteniendo al ducado como unidad de cambio, el rescate fue de 187.500 maravedíes, igual al precio de 645 ejemplares del Quijote, o de 1.476 gallinas de la época.

Leyendo el primer capítulo del Quijote en la edición de 1605.

 Padeció cárcel en 1592 y 1597, suerte de cautiverio infamante, por irregularidades burocráticas, en Castro del Río y Sevilla. Se dice que a esta última prisión de tres meses es a la que se refiere Cervantes cuando en el prólogo de la primera parte dice: “Y, así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?”
A finales del siglo XVII ya habían aparecido 53 ediciones (23 en otras lenguas) del Quijote. Rico sostiene que el editor de la edición príncipe tuvo mucho trabajo con la ortografía y la puntuación de don Miguel, que firmaba Cerbantes. Yo solo puedo dar testimonio de que mi encuentro cercano con la edición príncipe de la primera parte del Quijote fue exacerbado por el mismo amor quijotesco hacia Dulcinea, dado por la mucha hermosura y la buena fama, que es como decir basado en la buena fama de la novela y lo hermoso de su escritura.

Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 30.03.18

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