José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

sábado, marzo 21, 2015

Oficio de la poesía


           En 1999, durante su trigésimo periodo de sesiones, la UNESCO declaró el 21 de marzo como el Día Mundial de la Poesía. Con motivo de esta celebración —que coincide con el Equinoccio de Primavera, en el hemisferio norte—, Irina Bokova, directora general, ha dicho: «Cada poema, aunque único, refleja lo universal de la experiencia humana, el anhelo de creatividad que trasciende todos los límites y las fronteras, tanto del tiempo como del espacio, en la afirmación constante de que la humanidad forma una única y sola familia».
En este día, comparto con ustedes algunos poemas o fragmentos que, de alguna manera, hablan sobre la poesía.


XXI

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
En mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Gustavo Adolfo Bécquer,
de Rimas, 1871.


XLVI

[…]

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!

José Martí,
de Versos sencillos, 1891.


Ars
 
El verso es un vaso santo; ¡poned en él tan solo,
            un pensamiento puro,
en cuyo fondo bullan hirvientes imágenes,
¡como burbujas de oro de un viejo vino oscuro!

[…]

José Asunción Silva,
de Sitios, 1895.




El poema, 1

¡No le toques ya más,
que así es la rosa!

Juan Ramón Jiménez,
de Piedra y cielo, 1917 – 1918.


Arte poética

[…]

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema;

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.

El poeta es un pequeño Dios.

Vicente Huidobro,
de El Espejo de agua, 1916.


La poesía es un arma cargada de futuro

[…]

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

[…]

Gabriel Celaya,
de Cantos íberos, 1955.  


Arte poética

[…]

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
Un triste oro, tal es la poesía
Que es inmortal y pobre. La poesía
Vuelve como la aurora y el ocaso.

[…]

Jorge Luis Borges
de El Hacedor, 1960.


Poema

Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.

Alejandra Pizarnik,
de Los trabajos y las noches, 1965.


Qué es poesía

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
Varias decenas de pinchos en la carne.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Que cualquier cosa sea posible, eso es poesía.

Roberto Fernández Retamar,
de Buena suerte viviendo, 1962 – 1965.




El combate poético

Tú me darás el arma, Poesía
para vencer al enemigo oculto,
para arrasar las fortalezas fatuas,
para escalar las torres de lo bello,
para extirpar las sierpes del planeta
instaurando el reinado del rocío.

[…]

Jorge Carrera Andrade,
de Vocación terrena, 1972.



Duro con ella

[…]

Duro con ella hasta que aprenda
hasta que nunca más se ponga entre mayúsculas
duro con ella duro muy duro hasta molerla
que reviente la puerca la maldita la increíble
que explote la tremenda la copulante la insidiosa
Duro con ella hasta encontrarla ausente y descreída
duro con ella con esta absurda torpe y loca poesía

Fernando Nieto Cadena,
de De buenas a primeras, 1976.


Anónimo del siglo XX
 
ustedes presabían (como todo) camaradas
que iba a ser un espécimen de intelectual podrido
porque escribo en lugar de componer-el-mundo
            entre dos tintos
ahora me hago la autocrítica bisiesta
pretendí ser la palabra que cortan en las frase
            de los otros
esa que censuran cada día en el texto de los casitodos

[…]

Jorgenrique Adoum,
de Prepoemas en postespañol, 1979.


Artificios

Ocurre que cada día mudamos de entusiasmo,
y al borde de los versos uno olvida
la ropa, los recibos, los mandados,
porque el poema atormenta las horas,
el minuto feliz, ese frágil momento
en que se nos escapa el milagro
o inventamos la magia, y el secreto florece.

Entonces la noche se enciende tajante
y esas dulces lucecillas de bengala
regalan esplendor a las más viejas ruinas.

José Luis Díaz-Granados,
de Sala de operaciones, 2006.


             
            Pablo Neruda, en su célebre texto “Sobre una poesía sin pureza” (Revista Caballo verde para la poesía, Madrid, # 1, 1935) señaló: “Es muy convenientes, en ciertas horas del día o de la noches, observar profundamente los objetos en descanso […] de ellos se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico”; y, más adelante le dio cuerpo a la definición de esa poesía sin pureza que propugnaba: “Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos”.



lunes, marzo 16, 2015

Miguel Donoso Pareja: In Memoriam


En enero de 2007, Miguel Donoso Pareja recibió el Premio Nacional Eugenio Espejo, en Literatura, máximo galardón que otorga el Estado ecuatoriano a un escritor. Acompañamos a Miguel, que está sentado: Isabel Huerta, su esposa; Miguel Donoso Gutiérrez, su hijo; e Iti Vera, su nuera.

            En las sesiones del taller literario que, en los 80, coordinaba Miguel Donoso Pareja (Guayaquil, 13 de julio de 1931 – 16 de marzo de 2015) solía bromear acerca de su literatura; él decía que aquella era la escritura de un sádico para lectores masoquistas; frase que se explica dado que él es uno de los representantes de la literatura experimental más radical, en nuestra América, de finales de los 60.
Sus novelas Henry Black (1969) y Día tras día (1976) son ejemplo de lo dicho. Textos que enfrentan al lector, desde la experimentación de los puntos de vista narrativos, a ese laberinto de espejos que es la existencia del ser humano. En la segunda novela, la experiencia erótica transita la angustia existencial que implica la búsqueda, el encuentro y la pérdida de Gudrum, la mujer simbólica. La preocupación por el drama existencial del ser humano atraviesa toda la obra de Miguel así como las vicisitudes del exiliado y su retorno a la patria, como lo desarrolla en Nunca más el mar (1981).
Uno de los textos más jóvenes, si por juventud se entiende los novedoso, de nuestra literatura de finales del silgo veinte, sigue siendo Hoy empiezo a acordarme (1994), como ya lo he escrito antes. Y es que en esta novela, Miguel construye una manera diferente de narrar la historia novelesca y, al mismo tiempo, nos muestra un sujeto que narra envuelto en una relación compleja de realidad, ficción y verosimilitud. Como si se comunicara con Día tras día, la experiencia erótica en Hoy empiezo a acordarme, se vuelve metáfora de la existencia humana.
Los cuentos de Miguel son una suerte de laboratorio de experimentación escrituraria. Pero, sobre todo, son una disección constante, minuciosa, de pinceladas profundas en el lienzo de la condición humana atravesada, como si fuera un hilo conductor del espíritu, por la experiencia erótica marcada por lo efímero y la soledad. En el cuento “La Maga en Medellín” (Lo mismo que el olvido, 1986) existe el juego intertextual con la novela de Cortázar, la reflexión filosófica del narrador desde la experiencia vital que vive en la historia narrada y, por supuesto, la enunciación desde los personajes de lo que será la constante en el amor. Ella dice al comienzo del relato: “Hacer el amor es para mí una forma de conocimiento, porque los cuerpos son en sí mismos, una sabiduría particular…”; al final, ella se despide: “Todo conocimiento no es más que olvido —le dijo, y comenzó a recoger su ropa, desperdigada por el cuarto”.
            Miguel fue un maestro tan generoso como implacable. En los talleres enseñaba toda aquella “cocina literaria” que un escritor construye con la experiencia de la propia escritura. La mostraba de manera pertinente cuando hacía las observaciones del caso a los textos de nosotros, sus alumnos; enseñaba toda su práctica de la escritura para ahorrarnos el largo camino de aprendizaje que a él le había tomado. Pero jamás hacía concesiones con sus alumnos: su crítica literaria era implacable frente a un texto que no funcionaba. Me acuerdo haber tenido listo, en 1980, un libro de cuentos titulado Toda temblor, toda ilusión: su criterio meticulosamente razonado me ahorró las críticas que, de todas maneras, hubiesen caído sobre aquel y retiré el libro de la imprenta.
La vocación de maestro tal vez le venía de sus años de titiritero. En la década del 50, Miguel —junto a su esposa de entonces, la pintora Judith Gutiérrez y al poeta Nani Cazón Vera— recorría las calles de Guayaquil con su teatrín “Los títeres de la carreta”. Llegó el día en que cada vez que los niños lo veían pasar, le gritaban: “¡títere! ¡títere!”. Implacables, sus gritos se convirtieron en el leit motiv que palpitó en “Títere”, cuento de Krelko (1962); historia de un hombre triste que se siente feliz en medio de los niños que lo llaman así, “hasta que pisoteó a sus muñecos y lloró sobre sus pequeños cadáveres” y, al final, “murió como sus muñecos, pisoteado por su propia tristeza”. De niño, mi hijo Sebastián, que lo veía cada año cuando íbamos a pasar navidades en Guayaquil, le decía “Miguelcito”, pero nunca le pidió ¡títere!
Los textos de Miguel hablan de la imposibilidad del amor y del precario equilibrio al momento de su realización. De hecho, la experiencia amorosa en los textos de Miguel es intensa, compleja, profunda. Tanto el narrador de sus novelas y cuentos como el hablante lírico de su poesía, siempre andan en la búsqueda de Gudrum, esa mujer que es todas las mujeres y, por tanto, inexistente. Mas, estoy seguro de que, en lo personal, Miguel encontró, en las últimas tres décadas de su vida, a esa Gudrum que no es tal, sino que se llama Isabel Huerta, su compañera vital, la que dio un vuelco a esa imposibilidad literaria para comprobar que el amor es posible y su existencia es compacta como el tronco anudado del matapalo.
Para mí, haber sido alumno del taller literario de nuestro querido Miguel Donoso Pareja, y haber compartido el afecto fraternal que nos unió, fueron privilegios singulares que la vida me concedió.

domingo, marzo 08, 2015

Elogio de la belleza de la mujer colombiana



Desnudo femenino sobre la hierba, de Fernando Botero



Me pregunta un amigo de Quito,
si es guapa la mujer colombiana.
Yo le respondo que, como Florentino Ariza,
llevo una herida de amor no correspondido
por causa de Margarita Rosa de Francisco.

Él sonríe y dice que eso ya lo sabía.
Le cuento, entonces, de las muchachas
que andan con un libro por la Séptima
que toman sol en Bocagrande
que bailan y trabajan duro en Quibdó
que pescan pirañas en el Amazonas
que celebran la desmesura del carnaval de Barranquilla
que cantan las tonadas tristonas de los Andes
que platican con sabiduría en Pereira; de las que sufren
más con la mala racha del América antes que por amores.
Le hablo de la querencia de las paisas de palabra cantarina,
de la fuerza comunera de las bumanguesas, del vendaval
en su paso transfronterizo de las cucuteñas, de las que protegen
a sus hijos en los territorios del conflicto armado.
Todas ellas, ojos de perro azul, herederas
del coraje y la patria de Policarpa Salavarrieta.

Pregunta mi amigo Ramiro, si son guapas las colombianas.
Aquí, le digo,
alucino con los volúmenes desnudos de Botero
son guapas hasta las feas.