José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, agosto 10, 2026

«Franz», de Agnieszka Holland: una apuesta experimental para una biografía convencional

Idan Weiss debuta con éxito como actor principal en Franz.

            Es julio de 2010 y estoy en Salzburgo, invitado por Salzburg Global para participar en un seminario sobre la enseñanza del Holocausto y la prevención de genocidios. La ciudad es una postal viviente y Mozart el icono alrededor del que se mueve el turismo: recorridos callejeros, cafeterías, chocolaterías, tiendas de recuerdos, de discos, museos, etc. Un segmento de la economía del turismo gira alrededor de Mozart, aquel genio que, al final de su vida, no tenía dinero para mantener a su familia y que se ha transformado en la mercancía de la que una ciudad hace negocio. Me acordé de aquel destino al que parecen condenados los iconos culturales con la película Franz (2025), dirigida por Agnieszka Holland. En ella, las escenas que muestran al Kafka de hoy, convertido en icono de museo, objeto de estudio y mercancía turística, contrastan con el Franz discreto, que ya adulto siguió viviendo en la casa paterna y que, sobre todo, pidió que, a su muerte, su obra inédita fuera destruida.

            Franz presenta una biografía convencional sobre Kafka con una perspectiva que intenta alejarse de la condición kafkiana de la vida del escritor, aunque con poco éxito. La relación entre obra y escritor sobresale a través de varios textos. El absurdo esencial del trabajo en «El fogonero» (1913); «Cualquier severidad era poca contra un hombre como el fogonero…»[1]; la crueldad irracional del poder en «La colonia penitenciaria» (1919), que describe con detalle la máquina de ejecución que escribe la sentencia en la espalda del condenado: «Cada aguja larga tiene a su lado una corta. La larga escribe mientras la corta va echando agua para lavar la sangre y mantener siempre claro lo escrito» (139-140); así como el encierro de «Un artista del hambre» (1924) que encuentra en el ayuno extremo la realización plena de su arte, igual que K. en la escritura, porque no sirve para otra cosa y rechaza que lo admiren por ello: «Porque tengo que ayunar, no puedo evitarlo». (246)

             Los textos citados, además, le sirven a la directora para mostrar al escritor rechazado por el público, sobre todo el segundo, que es representado con escenas de horror sangriento y de una crueldad visual escalofriante. La representación teatral del hombre en el cubo, en el que luego se ve encerrado el propio K. es una imagen surrealista que nos remite a la jaula en la que expone su arte el personaje de «Un artista del hambre». Además, un sutil proceso parece llevarse a cabo en el filme: los personajes que, como en un falso documental, le hablan directamente a la cámara semejan testigos de cargo en un juicio en el que el procesado no sabe de qué se lo acusa. Como le dice el sacerdote a Joseph K., en su entrevista en la catedral: «Te consideran culpable. Tal vez tu proceso no salga nunca de un tribunal inferior. Por lo menos provisionalmente, tu culpa se considera probada […] La sentencia no se dicta de repente: el proceso se convierte poco a poco en sentencia»[2]. Para el procesado Franz K., la sola existencia es su delito.

            Y si bien la biografía puede ser convencional, no lo es la manera de contarla. La narración es fragmentada, cargada de analepsis que nos retrotraen de la adultez a la niñez de K. para explicar el origen de su conducta. Hay momentos oníricos y una narración caleidoscópica; existe, además, una inserción del personaje en el futuro, ya convertido en icono, a través de las escenas de los turistas en el museo de K. El filme interpela a los espectadores cuando los personajes, incluido K, dirigen la mirada hacia fuera de la pantalla, hacia nosotros.

El parecido de Idan Weiss con Kafka es asombroso y contribuye, en mucho, a su actuación convincente. Su caracterización de un Kafka introvertido, ensimismado, con destellos de humor y con incapacidad para el compromiso familiar, amoroso o laboral está lograda. Hermann, el tiránico padre (Peter Kurth), es un personaje plano que mantiene su hosquedad durante todo el filme, aunque paga las deudas del hijo, y solo se quiebra, en silencio, con la muerte de Franz. El momento en el que el padre aplasta con rabia a un insecto sobre la mesa, en medio de una comida familiar, es el golpe simbólico que nos recuerda La transformación (escrita en 1912 y publicada en 1915) y la Carta al padre (escrita en 1919 y publicada póstumamente en 1952). Max Brod (Sebastian Schwarz), el amigo y admirador de la obra de K., hacia el final del filme pone en peligro su propia vida, de tal forma que entendemos lo valioso que era para él la obra de su amigo y, también, el ascenso y la entronización del nazismo.

            Agnieszka Holland ha trabajado con esmero la incapacidad de K. para relacionarse con las mujeres: Felice (Carol Schuller), Grete, (Gesa Shermuly) y Milena (Jenovéfa Boková) son personajes desarrollados de tal forma que consiguen desnudar a K. y exponer su miedo al compromiso y su inconstancia afectiva. Ottla Kafka (Katharina Stark), la hermana de K., nos recuerda a Grete, la hermana menor de Gregorio Samsa en La transformación, y remarca la paradoja cruel de proteger y, finalmente, abandonar a su hermano, para disfrutar de su libertad: «[…] y pese a todas las desgracias que había hecho palidecer sus mejillas, Grete había florecido hasta convertirse en una muchacha hermosa y llena de vida»[3]. Al final, la penúltima escena nos regresa a la realidad de los Kafka: las hermanas murieron en los campos de concentración. Se sabe que Otla fue asesinada en la cámara de gas de Auschwitz el 7 de octubre de 1943, y que Milena Jesenská murió, debido a la dureza del cautiverio, el 17 de mayo de 1944 en el campo de concentración de Ravensbrück.

Franz, de Agnieszka Holland, es un filme que muestra un Kafka enredado en los avatares cotidianos, con una firme vocación por la escritura y un temor reverencial al juicio de los demás sobre su vida y su literatura. El Kafka de Franz, brillantemente protagonizado por Idan Weiss, es un héroe ensimismado al que hay que descifrar desde las miradas, los silencios y las dudas que se cuecen en su interior. Me imagino que, ante la escultura cinética de su cabeza (2014), frente al centro comercial Quadrio, en Praga, que el filme muestra como una atracción del negocio del turismo, Franz K. hubiese acelerado el paso con la cabeza gacha sin entender bien por qué se ha convertido en una monstruosa estructura de acero en movimiento y transformación permanentes, y dudando entre si es un homenaje o una burla.

 

La del estribo

 

Las desventuras del soltero

 

            Parece tan grave quedarse soltero, y, de viejo, guardando a duras penas la dignidad, pedir acogida cuando se quiere pasar una velada con gente, estar enfermo y, desde el rincón de la propia cama, contemplar semana tras semana la habitación vacía, despedirse siempre ante el portal de la casa, no subir nunca la escalera junto a la propia mujer, tener en la habitación tan solo puertas laterales que comunican con habitaciones ajenas, llevarse la cena a casa en una mano, tener que admirar hijos ajenos sin que a uno le permitan repetir una y otra vez: «Yo no tengo», componerse un aspecto y un comportamiento calcados sobre uno o dos solteros de nuestros recuerdos de juventud.

Y así será, solo que, en realidad, hoy y en adelante será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, y, por tanto, también una frente para golpeársela con la mano.


Kafka, «Las desventuras del soltero», en Ante la ley…, 57.
   


[1] Franz Kafka, «El fogonero», en Ante la ley. Escritos publicados en vida, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 113.

[2] Franz Kafka, El proceso, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 198.

[3] Franz Kafka, La transformación, prólogo y notas de Jordi Llovet, traducción de Juan José del Solar (Bogotá: Debolsillo, 2012), 100.

 

lunes, octubre 31, 2022

Oficio de solos

De mi archivo: esta reflexión sobre la soledad que acompaña al oficio de escribir apareció en noviembre de 2005, en la revista Soho.

 

(Foto: R. Vallejo, 2022)

            Walker Percy contó que en 1976 recibió la visita de una anciana que le pedía que leyera una novela escrita a principios de los 60 por su finado hijo. Percy, obviamente, quería eludir tamaña tarea pero la perseverancia de la señora fue tal que terminó aceptándola; la aceptó con la esperanza de que la novela fuera lo suficientemente mala como para leer algunas páginas y dar por cumplido el compromiso. Cuenta que a medida que leía, la novela lo fue ganando; había resultado excepcionalmente buena. La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, fue publicada en 1980. Thelma D. Toole, la anciana madre del escritor que se suicidó en 1969 pensando que era un escritor fracasado, abrumado por la soledad, recibió en nombre de su hijo el premio Pulitzer por una novela que hoy es indispensable en la literatura norteamericana.

            La soledad de cierto tipo de escritores es de orden existencial tal vez porque el oficio así lo exige y quizás por eso los encuentros de escritores sean un despropósito en el sentido de que se trata de una congregación de soledades. La soledad, en primer lugar, es un imperativo para escribir; esto que parece obvio implica una condición patológicamente antisocial del escritor y que puede empezar por el desafecto a la propia estructura familiar. Se puede, sin embargo, ser un hombre de intensa vida social como lo fue Truman Capote pero en ese ámbito el escritor se encuentra perdido aunque lo disfrute. Capote que tocó el cielo del éxito de público con A sangre fría en 1965 no volvió a escribir nada de la misma calidad literaria hasta su muerte en 1984, consumido por el alcohol y las drogas. Y es que el éxito lo llevó a ser parte de los ricos y famosos, y en ese conglomerado bullicioso mató el silencio y la soledad necesarios para la escritura.

En segundo lugar, la soledad es la consecuencia de cierto ensimismamiento de los escritores debido a un minucioso proceso de interiorización del mundo que los enfrenta al vertiginoso tiempo exterior. Arthur Rimbaud escribió toda su obra antes de cumplir los veinte años. Rimbaud, que decía «Yo soy otro», se dedicó a escupir al mundo y, al hacerlo, se escupía a sí mismo consumiéndose en la rabia del solo. Quizá sintió que el mundo que lo rodeaba era demasiado amargo como para seguir rumiándolo hacia adentro y abandonó la escritura; prefirió irse al África, dedicarse al tráfico de armas y morir en Marsella, en 1891, después de que su pierna derecha le fuera amputada.

Franz Kafka, que le pidió a su amigo y albacea Max Brod que quemara toda su obra literaria inédita, escribió «Un artista del hambre». En este cuento, Kafka desarrolla la metáfora por excelencia del artista solitario: incomprendido en su arte por el empresario del espectáculo a quien sólo le interesa ganar dinero, incomprendido por el público que sospecha que el artista hace trampa, y que muere olvidado y confundido entre la paja de la jaula en donde ha permanecido ayunando, solo, en la tarea de perfeccionar su arte hasta morir.