«Quizá debamos regresar a
los básico, a la época de la máquina de escribir […]» (87) (Foto: R. Vallejo, 2026)
No sé si se acuerdan, pero,
recientemente, en mayo de este año, se armó un breve escándalo a escala mundial
cuando la premio nobel de literatura Olga Tokarczuck declaró que había
utilizado inteligencia artificial generativa, IAG, para escribir su novela Świata
jest za dużo (Hay demasiado mundo), cuyo lanzamiento está previsto
para este octubre. Durante un evento en su Polonia natal, Tokarczuck comentó: «Frecuentemente, solo le pregunto a la máquina: “Cariño,
¿cómo podríamos desarrollar esto bellamente?”». Ante la avalancha de críticas, finalmente,
Tokarczuck distribuyó un comunicado de prensa en el que, básicamente, se
retractó: «Ninguno de mis textos, incluida la novela que se
publicará en polaco este otoño, ha sido escrito con la ayuda de la inteligencia
artificial».
Sin embargo, el daño de la sospecha sobre cuánto de IA hay en su novela de
próxima aparición está hecho y su confirmación ha quedado pendiente pues,
seguramente, será sometida a detectores de presencia de IAG en su escritura.
En el otro extremo, Jorge Carrión, en su charla magistral del 16 de septiembre en la FIL Guayaquil 2026, nos comentaba sobre su experimento titulado Los campos electromagnéticos (2023), cuya autoría está compartida por él, el Taller Estampa y ChatGPT 2 y 3[1]. El título se inscribe en la tradición del surrealismo y el experimento de André Breton y Philippe Soupault sobre la escritura automática que produjo Los campos magnéticos (1920). El experimento es el de la co-escritura humana con aplicaciones de IA. Al final, el propio Carrión, a pesar de un prólogo entusiasta sobre esta colaboración del humano con la IA, reconoce que «Todavía no son capaces de escribir artificialmente literatura: su estilo nos parece pobre, inconexo, surrealista». Leonel Cescut, en una reseña sobre Los campos electromagnéticos, concluye que «La IA, al menos en el campo de la escritura, se encuentra en construcción. No podemos hablar de un «aprendizaje automágico» pero sí de una convivencia».
Por su lado, Marcelo Báez Meza, atento siempre al debate contemporáneo, ha publicado Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026). No hay la insinuación de la premio nobel sobre el uso de la IA para su escritura ni el experimento colaborativo con la IA de Carrión y los técnicos. Hay un radical punto de partida: en la escritura de este libro el autor expone, con la libertad natural del ser humano, una escritura propia sin intervención de la IA, lo que le permite procesar información sobre el tema, analizar posturas al respecto y construir propuestas sobre el uso de la IAG en la escritura literaria. En palabras de su autor, este libro «es una reflexión del impacto de la IAG en la literatura a partir de la mirada de quienes leen y escriben literatura».[2] De lo que se trata es de mantenernos humanos, a pesar de la IAG. Más adelante dice: «Un territorio deshumanizado sería el conformado por escritores que son ingenieros de prompts, dadores de instrucciones, editores de textos de la IAG o usuarios que eligen alternativas». (24)
Báez señala, como base de lo que será su planteamiento, algo que debemos tener claro todos: «El chabot (llámese ChatGPT o Claude) plagia, roba, capta, remezcla y recontextualiza todo lo que encuentra en línea. Es una nueva forma de apropiación» (14). Yo diría, directamente, que es una nueva forma de piratería. Todos los LLM (Large Language Model o modelo de lenguaje grande) han sido entrenados con miles de millones de textos sin reconocer un centavo de derechos de autor a nadie: se han apropiado del saber de la humanidad para usufructo de una corporación privada. Báez expone que la absorción de información ha adquirido un cariz siniestro muy parecido al planteamiento de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y ejemplifica con el caso de la compra de millones de libros de segunda mano, por Anthropic para entrenar a su IA Claude, a los que guillotinó el lomo, digitalizó y luego destruyó. Ante las demandas que fueron planteadas, la justicia determinó, en medio de un vacío legal, que no era ilegal destruir libros comprados para ser digitalizados. Sin embargo, Anthropic, avaluada en 965.000 millones de dólares, llegó a un acuerdo para indemnizar por 1.500 millones a unas 500 mil obras elegibles, dado el plagio de su información.[3]
Si por principio la IAG es un agente pirata que se ha apropiado del saber de la humanidad, que está privatizando la memoria humana para entrenar a sus Modelos de Lenguaje Grande, aquello de co-escribir un texto literario con la IAG resultaría una normalización del plagio. Equivale a contribuir a lavar los actos de piratería intelectual de la IAG: es como si compartiésemos un taller literario con algún nieto o nieta de Vito Corleone quien, olvidado de cómo se inició la fortuna familiar y ya sin los apremios económicos de quien tiene que trabajar por un salario mensual, se dedica a la poesía.
Es un gran acierto, para entender la magnitud del problema actual, la citael que Báez nos presente como ejemplo de anticipación The Great Automatic Grammatizador (1961, «El gran gramatizador automático»), de Roald Dahl (1916-1990). Cuenta la historia de Adolf Knipe, un ingeniero que quiere ser escritor e inventa una máquina con dos componentes: la memoria de las palabras y la memoria argumental. De lo que se trata es de sobresaturar el mercado y hacerse rico y famosos. Báez concluye: «La sobresaturación de catálogos con textos producidos en serie, las demandas de autores contra empresas que entrenaron sus modelos de lenguaje sin autorización, y la pregunta que Dahl deja abierta sobre si un lector puede distinguir (o si le importa o no) las diferencias entre un texto escrito por inteligencia natural y uno redactado por IA». (47)
¿Cuál es el valor para la literatura la producción de una entidad que trabaja bajo el nombre de Carol Hart y autopublica 200 novelas al año? ¿O el valor periodístico del libro de entrevistas de la mexicana Yuriria Sierra, Charlas imposibles (y urgentes) en el siglo XXI, publicado por Editorial Aguilar, del grupo Penguin Random House, en el que, básicamente, entrevista a personajes histórico y la IA le responde como si fuera cada uno de ellos? En ambos casos, estamos, sin eufemimos, ante fraudes de escritura. No obstante, Báez ejemplifica con El día en que un ordenador escribe una novela (2016), de Hitoshi Mutsubara, y 1 the Road (2018), de Ross Goodwin, ambas escrituras de IAG a partir de proyectos experimentales. Leí unas pocas páginas de la segunda y me ha bastado para saber que prefiero leer con una visión madura On the Road (1957), de Jack Kerouak, antes que las 200 páginas de lo que recoge una cámara conectada a un automóvil sobre el paisaje, los pueblos, fragmentos de conversaciones, etc.
En lo personal, no estoy interesado, más que con el interés natural sobre una novedad tecnológica de actualidad, en leer literatura producida por o con ayuda de la IAG como tampoco me interesa escuchar la música generada por la IAG y mucho menos participar de las tendencias mundiales como las aparentemente inocentes caricaturas que resultan de entregarle información sobre nuestro rostro, nuestros gustos, nuestras enfermedades o entorno familiar a las IAG.
En esta era de la IA, Báez propone para quienes escriben un Nuevo Borges «quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos». Mediante un juego creativo, Báez habla del escritor cyborgiano como un gran curador de información, un Borges 4.0 que escriba como lo haría una máquina —aunque sea, justamente, lo que un escritor no debería hacer—; un Borges Recargado, que supere el mito romántico de la originalidad y que utilice la IAG como «un espejo aumentado de su propia mente» (84). Báez concluye que la colaboración en el acto creativo puede ser productiva solo si «la IAG se mantiene al servicio de la visión artística y no como un reemplazo de la creatividad humana». (86).
Báez cita «La sensación de poder» de Isaac Asimov, que cuenta la historia de un individuo experto en cálculo mental, en una época en que la mínima operación matemática se hace por computadora, que posibilita la invencion de la ciencia Grafítica. Así, se construyen de naves espaciales más livianas por cuanto ya no cargarán con pesadas computadoras sino con individuos que harán las operaciones con cálculo mental. Esto lo lleva a Báez a olvidarse del cyborges, por un momento, y plantea volver a lo básico: «Los escritores deberíamos hacer lo mismo: volver al lápiz y al papel, volviendo a confiar en la mente; regresar a la letra manuscrita, al diario, a las notitas, al cuaderno de anotaciones, a las ensoñaciones, al acto de escribir mentalmente nuestros relatos antes de escribirlos en la computadora». (88)
En el último fragmento del libro, Báez plantea que hay necesidad de redefinir la relación del ser humano con la tecnología: «Esto implica establecer límites, desarrollar marcos éticos y legales que protejan el trabajo de los creadores, y sobre todo, reafirmar la importancia del escritor como figura central en la producción cultural» (92) Quedan abiertas las preguntas para una conversación que demanda continuidad: ¿Quiénes deben desarrollar los marcos éticos y legales? ¿Hay voluntad institucional, es decir, política, para que el desarrollo de la IAG dé prioridad al bien colectivo antes que al afán de lucro de las corporaciones tecnológicas? ¿Cuáles serían las normas básicas para tales marcos?
Y si ya no se va a escribir de manera natural, sino solo con IAG porque así lo exigirá el mercado editorial, aún tengo, como en un reducto de resistencia cultural, una biblioteca de más de dos mil libros escritos por seres humanos apasionados por el lenguaje que aguardan lecturas y relecturas.
Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (2026), de Marcelo Báez Meza (Guayaquil, 1969), escrito con la fluidez de la prosa pedagógica, es una reflexión informada, acuciosa y profunda sobre el carácter de la escritura creativa y el grado de intervención de la inteligencia artificial que estaríamos dispuestos a permitir en aquella. Con claridad argumentativa, Báez nos interroga sobre la necesidad de señalar los límites y diseñar el marco ético para el uso de la IA, y la urgencia de volver a poner a quien escribe en el centro del proceso creativo.
La del estribo
Borges concibió la Biblioteca de Babel como un universo compuesto por hexágonos infinitos donde se albergan todos los libros posibles. Esa biblioteca ya estaba disponible en Internet y ahora es parte del acervo de las diversas plataformas de IAG. Propongo la creación de un Nuevo Borges quien debe poseer la habilidad para discernir, seleccionar y encontrar patrones en medio del caos de los algoritmos. El escritor cyborgiano (la IA es incapaz de crear un neologismo así) debe utilizar los sistemas de inteligencia artificial como extensiones cognitivas para procesar volúmenes de información que ningún cerebro humano podría abarcar por sí solo. Es el Gran Curador. (81)
La clave para preservar la creatividad humana es mantener el control sobre la herramienta. Hay que desarmarla, como lo dice León XIV en su encíclica, pidiendo que custodiemos lo humano contra el paradigma tecnocrático que hace «parecer justa y normal una visión antihumana». La IAG no debe tomar decisiones creativas por sí sola ni definir una obra sin la intervención de un artista. La colaboración entre humanos y máquinas puede ser productiva, pero solo si la IAG se mantiene al servicio de la visión artística, y no como un reemplazo de la creatividad humana. (86)
Mariella Manrique, Marcelo Báez y Raúl Vallejo, en la FIL Guayaquil, el viernes 18 de septiembre de 2026, después de la presentación de Este libro no fue hecho con inteligencia artificial.
[1] GPT, acrónimo de Generative Pre-trained Transformer (Transformador Generativo Pre-entrenado).
[2] Marcelo Báez Meza, Este libro no fue hecho con inteligencia artificial (Quito: Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2026), 11.
[3] Renzo González, «¿Por qué Anthropic destruyó millones de libros para entrenar su inteligencia artificial?», en Infobae, 01 de septiembre de 2026, acceso 17 de septiembre de 2026.

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