La oración en un acto religioso en el Pentágono, el pasado 16 de abril, calcada de la parodia al versículo de Ezequiel 25:17 que escribió Tarantino para Pulp Fiction, sería un chiste si se tratara del ministro de unos de esos países de mierda, de los que habla Trump. Pero el orador era el secretario de Guerra, Pete Hegseth, del gobierno de los EE. UU.; un gobierno que tiene poder militar nuclear y cuyo presidente amenazó con exterminar en una noche a una civilización de más de 2.500 años. Pete Hegseth recitó el parlamento que el criminal Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) recita antes de dispararle a otro delincuente. El incidente no es menor porque eso demuestra que no les importa lo que dice la Biblia ni la interpretación teológica, sino el uso político y militar de la religión para justificar la guerra imperial que por sí y ante sí mismos declaran. Utilizar la parodia de la Biblia de un personaje criminal de Pulp Fiction para justificar las guerras de agresión en nombre de Dios no solo es un chiste malo sino también la puesta en evidencia del pensamiento criminal del neofascismo.
Este incidente que mostró la ignorancia teológica del Pentágono estuvo precedido de un virulento ataque de Trump al papa León XIV en su red Truth Social. El papa León XIV criticó, en término evangélicos, la guerra de agresión contra Irán y más aún la amenaza de borrar del mapa a una civilización milenaria. Trump se destapó contra el papa y León XIV respondió: «No le tengo miedo a la Administración Trump, ni a proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí, para lo que la Iglesia está aquí». Inmediatamente, J. D. Vance, el vicepresidente norteamericano, que se convirtió al catolicismo hace seis años, amonestó al pontífice, advirtiéndole que tenía que ser «más cuidadoso al hablar de teología» y le recordó la doctrina católica de la guerra justa. La ironía sobre la torpeza de Vance fluye espontánea, pues la doctrina de la guerra justa fue formulada por San Agustín y el papa, sacerdote de la orden agustina, obtuvo su doctorado magna cum laude en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, en Roma. Es decir que, si alguien tiene credenciales académicas y religiosas para hablar de la guerra justa es, por sobre todas las opiniones legas, el papa León XIV.
San Agustín plantea que la guerra es una tragedia producto del pecado de los hombres y puede ser lícita si, principalmente, busca la paz, si es declarada por una autoridad investida legalmente para ello, y si respeta la vida de los enemigos, entre otras consideraciones. San Agustín escribe en La ciudad de Dios: «Si de los gobiernos quitamos la justicia, pregunta, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?». Al recordar que los reyes asirios desataron las primeras guerras imperialistas, san Agustín señala: «De todas maneras, al declarar la guerra a los pueblos limítrofes, el pasar luego de ahí a nuevas conquistas; el devastar y someter pueblos pacíficos por la sola pasión de dominio, ¿qué otro nombre se merece sino el de una gigantesca banda de ladrones?».
Claro que el debate, en estos tiempos de posverdad, seguramente se estiraría hasta la justificación del genocidio y la retórica guerrerista pretende justificarse con el intento de poner en entredicho la autoridad del papa en asuntos teológicos. La estrategia de Trump, Vance y Hegseth es desgastar la figura moral del papa León XIV e intoxicar las redes con mensajes que reducen las enseñanzas pastorales a opiniones de un “débil”, “cobarde e ignorante en política internacional”. Así, Trump y Cía. se apoderarían también del discurso teológico católico, como ya lo hacen todos los días en el campo evangélico y protestante de los EE. UU. con los pastores trumpistas liderados por la asesora espiritual de la Casa Blanca, la pastora tele-evangelista Paula White-Cain, más fanática que los Ayatolas iraníes.
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| “Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).” (Homilía del papa León XIV durante el Domingo de Ramos de 2026) |
El meme diseñado por inteligencia artificial en el que se muestra a Trump como Jesús atendiendo a un enfermo, y que el propio Trump subió a su red social, es un signo de que, con cada red flag, Trump arrastra a sus seguidores a que se revuelquen en el fango de sus delirios. Cobarde como todo bully, frente a la censura mundial, Trump se justificó diciendo que se veía a sí mismo como un médico, aunque terminó borrándolo de su red social. Al igual que Enrique VIII fundó la iglesia anglicana, no sería nada raro que Trump pretenda, en medio de una baja de popularidad o para justificar otra guerra imperial, fundar la iglesia católica norteamericana, cuyo papa sería nombrado por el presidente de los EE. UU. La religión así utilizada por el poder, para legitimar su propia violencia y rapacidad, es el verdadero opio del pueblo.
La del estribo
El 20 de abril de este año, un sargento de policía asesinó a su esposa, la abogada Solange Arellano, en la mitad del tramo del Puente de la Unidad Nacional que enlaza La Puntilla con Durán. Luego de cometer el feminicidio, se suicidó. Por enésima vez: no existe el “crimen pasional”. Hablar de “crimen pasional” es un eufemismo que encubre la violencia estructural de una sociedad patriarcal. Lo que sí existe es el feminicidio: es decir, el crimen que, por machismo, comete un hombre contra una mujer, generalmente, su pareja. Cuando frente a un feminicio, la prensa utiliza un titular como el de Super, está evidenciando esa misoginia normaliza que desprecia a la mujer víctima y la re-victimiza: ¿qué evoca en los lectores el mensaje de que una mujer asesinada por su marido haya sido «cazada en el puente»? ¿De verdad considera un diario, que se llama a sí mismo «diario familiar», que este titular protege a la familia? Definitivamente, en este titular la víctima ha sido deshumanizada.



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