José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, abril 20, 2026

«La Grazia»: Paolo Sorrentino nos ofrece una elegante meditación ética, política y jurídica


Toni Servillo ganó la Copa Volpi al Mejor Actor en el 82 Festival de Venecia 2025.

La Grazia: La belleza de la duda
(La Grazia, Italia, 2025), 133 min. Dirección y guion: Paolo Sorrentino. Fotografía: Daria D’Antonio. Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Milvia Marigliano, Massimo Venturiello, Orlando Cinque.

            Mariano de Santis, interpretado con exquisitez por Toni Servillo, es un presidente de Italia a punto de terminar su mandato. Además, es un hombre viejo, próximo a jubilarse de la escena política. De Santis es también un jurista y la sobriedad con la que encarna su cargo resulta de por sí un poderoso contraste, cultural y políticamente simbólico, con la sociopatía y el histrionismo de algunos presidentes del tipo Trump o Milei. De Santis es un político conservador, católico, honesto, algo atormentado por antiguos celos y la nostalgia amorosa, que debe decidir si sancionar o negar la legalización de la eutanasia y otorgar o no sendos indultos a una mujer que asesinó a su marido abusador y a un hombre que mató a su esposa con Alzheimer. La cuestión ética, moral y política se debate en la mirada, en los gestos y el andar de Toni Servillo, porque los diálogos, un tanto parcos en su argumentación, están lejos de la brillantez de la cinematografía, aunque la idea de que la gracia es la belleza de la duda resuena muy poderosa y tiene un aire sublime. La hermosura contemplativa de la fotografía (a cargo de Daria D’Antonio, que trabajó con Sorrentino en Parthenope, 2024 y La mano de Dios, 2021) contribuye al tono intimista y profundo que el director logra con su personaje. La soledad del poder está representada con hondura en esos planos con De Santis en la casa de gobierno, en los diálogos con su hija Dorotea (Anna Ferzetti), que es también su consejera, en la intimidad del despacho o una cena, y con su edecán (Orlando Cinque), que es una suerte de confidente, en la terraza de la casa mientras contempla una Roma, que no es la de los turistas, con los ojos de introspección. La idea de la duda, como una estancia moral, me recuerda la frase de Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco: «El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda». En el filme de Sorrentino, Toni Servillo encarna la duda como la estancia en un intenso estado de gracia. «Quién es dueño de nuestros días», se pregunta Dorotea, que está a favor de la eutanasia, y la pregunta queda en la consciencia del público con sus resonancias políticas, jurídicas y éticas. La grazia: la belleza de la duda, de Paolo Sorrentino, es una película para meditar y disfrutar mientras celebramos el milagro de la lentitud elegante y la calma misteriosa en estos tiempos de la indigesta comida rápida y los estúpidos ultimátums nucleares. 

 

La del estribo

 

No. Don Quijote nunca dice esta frase ni nada parecido. Quienes la divulgan en sus estados de WhatsApp o en las redes sociales para echarse encima una pátina literaria solo demuestran que nunca han leído el Quijote y que lo mencionan solo como postureo. Lo que sí le dice don Quijote a Sancho, al aconsejarle sencillez antes de que asumiera el gobierno de la ínsula Barataria, es: «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno podrá correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio» (II, 42). Y, más adelante, lo aconseja así: «Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera afectada que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala» (II, 43).

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