(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

sábado, marzo 12, 2016

La ludopolítica cortazariana


          

En enero de 1975, se reunió en Bruselas el Tribunal Russell II del que Julio Cortázar fue uno de sus miembros y García Márquez uno de sus vicepresidentes. El objetivo del Tribunal fue investigar las violaciones a los derechos humanos individuales y colectivos en América Latina cometidos por las diferentes dictaduras que entonces asolaban al continente. A propósito de las deliberaciones del Tribunal, Cortázar utiliza al personaje de Fantomas, la amenaza elegante, para escribir un texto lúdico en el que los niveles de ficción y realidad, como en toda su obra, se trasladan de un campo a otro movidos por la reflexión política. 
La revista de Fantomas escogida para este juego literario transgenérico es La inteligencia en llamas[1], que había circulado un mes después de la reunión del Tribunal. En esta aventura, Fantomas se enfrenta a una secta que ha decido quemar los libros y las bibliotecas del mundo por considerar que no hay libros buenos y que son una invención del diablo. En su investigación para dar con los fanáticos, Fantomas habla con algunos escritores: Susan Sontag, que ha sufrido un atentado por condenar esa “ola de terror cultural”; Alberto Moravia, amenazado de muerte; Octavio Paz, a cuya casa han intentado incendiar; y llama también a Julio Cortázar, a quien la secta le ha dicho que si escribe una novela más, lo degüellan. 
El relato de Cortázar se titula Fantomas contra los vampiros multinacionales y la portada nos muestra a Fantomas en acción, saltando sobre una hoguera de libros; tiene un llamado, como si fuera la portada del comic, que dice: “Una utopía realizable narrada por Julio Cortázar”. El relato comienza con el regreso del narrador de Bruselas a Paris, luego de una semana de trabajo en las escuchas de testigos y deliberaciones del Tribunal Russell II; en el puesto de revistas de la estación del tren, el narrador compra la revista de Fantomas y comienza a leerla durante el viaje. Desde el comienzo, la narración nunca mantiene un humorístico tono que desacraliza a cada instante la posible solemnidad del discurso político, dado el tema que atraviesa el relato:


…parecía casi idiota abrir una revistita llena de colorinches en cuya tapa un gentleman de capa violeta y máscara blanca se lanzaba de cabeza hacia el lector como para reprocharle tan insensata compra, sin hablar de que en el ángulo inferior derecho había un avisito de la Pepsi-Cola. […] Pero las revisas de tiras cómicas tienen eso, uno las desprecia y demás pero al mismo tiempo empieza a mirarlas y en una de esas, fotonovela o Charlie Brown o Mafalda, se te van ganando y entonces FANTOMAS, La amenaza elegante, presenta,

LA INTELIGENCIA EN LLAMAS
           
—Boletos —dijo el guardia.

Un episodio excepcional… arde la cultura del mundo… ¡Vea a
FANTOMAS en apuros, entrevistándose con los más grandes escritores contemporáneos!
           
“¿Quiénes serán?”, pensó el narrador, ya captado como sardina en la red de nailon pero decidido a aceptar la ley del juego y leer figurita por figurita sin apurarse como manda la experiencia del placer que todo zorro viejo conoce y acata, un poco a la fuerza es cosa de decirlo.[2]

Cortázar es la voz narrativa en primera persona del texto. Mientras lee la revista de Fantomas, descubre que él es uno de los “grandes escritores contemporáneos”, a los que se refiere el editor del texto que introduce las notas al pie de página frente a los parlamentos de Fantomas. Cortázar, mediante la descripción y reproducción de algunas páginas del comic, va leyendo la revista junto al lector de su texto y, al mismo tiempo, comparte con este sus reflexiones sobre el trabajo realizado en el Tribunal. Haciendo de la hibridez una forma de narrar, Cortázar —asumido plenamente como el narrador de la historia— cuenta lo que sucede en el vagón con los otros pasajeros, los hechos del comic que está leyendo y cómo él mismo ve el efecto práctico del trabajo del Tribunal, cuestión que, con el pesimismo crítico que caracteriza a Cortázar, le provoca cierta desazón:

…qué difícil escapar al calambre de la culpabilidad, de no hacer lo suficiente, ocho días de trabajo para qué, para una condena sobre el papel que ninguna fuerza inmediata pondría en ejecución; el Tribunal Russell no tenía un brazo secular, ni siquiera un puñado de Cascos Azules para interponerse entre el balde de mierda y la cabeza del prisionero, entre Víctor Jara y sus verdugos.[3]

            Entonces viene la sorprendente fusión de los niveles de realidad, en una típica vuelta de tuerca cortazariana. El narrador, ya en su departamento de París, recibe una llamada de Susan Sontag, llamada que fusiona los planos de los diferentes niveles de la realidad literaria: Sontag, personaje de la ficción de Fantomas, se encarna como persona de otra ficción: la que está escribiendo Cortázar y, entonces, ocurre la mezcla de lo fantástico y lo real, aunque ambos discursos pertenezcan al campo de la literatura, es decir, al de la ficción. No obstante, la narración de Cortázar está anclada a un hecho real: las sesiones del Tribunal Russell y sus deliberaciones que, en forma de apéndice, forman parte del texto de Cortázar que estamos leyendo:

—Estás enterado, claro —dijo Susan.
—¿De qué? ¿De dónde me hablas? ¿Por qué tengo la impresión de que te pasa algo malo y eso que no soy telépata ni vidente?
—Lo mío no interesa —dijo Susan—, pero después que me rompieron las piernas tuve tiempo para pensar que…
¿Las piernas?
—Ah, entonces no estás enterado. ¿Pero cómo puedes no estar enterado si Fantomas te llamó por teléfono antes que a mí?[4]

            Cortázar continúa con la lectura del comic que dejó inconclusa durante el viaje. Lectura del comic y realidad de la ficción que está escribiendo son todo y uno al momento de la lectura que estamos haciendo. A partir de este momento, los niveles de la realidad se mezclarán completamente. Cuando Cortázar termina de leer la revista, aparece Fantomas como personaje de la historia de la que el mismo Cortázar es narrador y, entonces, la aventura contra la secta que quemaba libros se convierte en la aventura contra “los vampiros multinacionales", que sostienen a las dictaduras latinoamericanas.
            Así, junto a Cortázar y Fantomas,—debido a un recorte que Osvaldo Soriano ha enviado a Fantomas dese Buenos Aires— nos enteramos de la existencia de una empresa privada que, en Estados Unidos, vende equipos para asesinar y que se los ofreció a un agente del Departamento de Justicia; también asistimos al develamiento del mapa de golpes de Estado organizados por la CIA en todo el mundo y del apoyo de las multinacionales, particularmente, al golpe en Chile que derrocó al presidente Salvador Allende. De la ITT aparece el facsímil de una carta, personal y confidencial, fechada el 17 de septiembre de 1970, que al hablar de Chile dice: “Por ejemplo, una solución constitucional podría nacer de desórdenes internos masivos, huelgas, y guerrilla urbana y rural. Esto justificaría moralmente una intervención de las fuerzas armadas por un período indefinido”[5]. El narrador le completa el panorama a Fantomas y le muestra una carta de la Química Hoechst, filial de Chile, que escribe a su central en Alemania, el 2 de octubre de 1973: “…una acción preparada hasta el último detalle y realizada brillantemente… El gobierno de Allende ha encontrado el final que merecía… Chile será en el futuro un mercado cada vez más interesante para los productos Hoechst”[6]. Información que hace que Fantomas, que ya había hinchado el pecho hasta casi reventar la camiseta cuando leyó el oficio de la ITT, interviniera así: “—Que las aspirinas se les queden atravesadas en el culo —dijo amablemente Fantomas”[7]. La amenaza elegante, entonces, decide emprender su acción de héroe solitario contra las multinacionales que, como es de esperarse, está llena de pequeños éxitos individuales y un gran fracaso en términos colectivos. Al final de la aventura, Fantomas vuelve a reunirse con Cortázar, a quien le admite: “—Me pregunto si no tenían razón, intelectuales de mierda, —dijo Fantomas—, días y días de acción internacional y no parece que las cosas cambien demasiado”[8].
Fantomas contra los vampiros multinacionales —cuyas regalías fueron donadas por el autor al Tribunal Russell II—, es un texto transgenérico, un espacio lúdico en el que los lectores asisten a un juego literario donde los niveles de ficción y realidad están amalgamados con la política. Este texto es un singular ejemplo del compromiso político de Cortázar y, al mismo tiempo, de su búsqueda estética en los productos de la cultura popular y la permanencia de esa perspectiva desacralizadora que caracteriza a su obra literaria.


Un cronopio solidario y pequeño burgués

           
Ernesto Cardenal, Eduardo Galeano y Julio Cortázar; Managua, 1984
            En enero de 1984, Julio Cortázar estuvo en Nicaragua. En esa oportunidad, el poeta y ministro de Cultura, Ernesto Cardenal, su amigo con quien había ingresado clandestinamente a Solentiname, en 1976, le impuso la Orden de Independencia Cultural “Rubén Darío”. El año anterior, Cortázar había publicado Nicaragua, tan violentamente dulce, un libro políticamente solidario con el proceso revolucionario sandinista[9]. En este libro, Cortázar recoge una serie de textos que poetizan, narran, reflexionan, analizan, dialogan sobre la situación política en la Nicaragua sandinista amenazada por la administración Reagan y la CIA que apoyaba a la “contra”. La actitud que animó a Cortázar para escribir este libro puede ser resumida en una carta a su madre, del 17 de enero de 1982, en donde le cuenta su activismo político a favor de la revolución sandinista y reitera su dilema ético entre el tiempo dedicado a la literatura y el tiempo entregado a la acción política:

…dedico muchos esfuerzos a Nicaragua, que tan admirablemente lucha por mantener su soberanía frente a los Estados Unidos que quisieran aplastarla. Supongo que los diarios que leés te dan una idea completamente opuesta a lo que te digo, pero aquí sabemos que luchar por Nicaragua y sobre todo por El Salvador es en estos momentos luchar por el destino de la humanidad entera. Como te imaginás, esto supone continuas ocupaciones, desplazamientos, reuniones… No me queda mucho tiempo para escribir, pero siento que a veces llega el momento en que alguien como yo tiene que escribir con actos más que con palabras.[10]

            Al recibir el premio Rubén Darío, y con todo el testimonio ético de su práctica política solidaria, Cortázar insiste en la libertad del arte y del artista. En “Apuntes al margen de una relectura de 1984”, uno de los textos del libro sobre Nicaragua, Cortázar vuelve a ser crítico del “caso Padilla”, al tiempo que enmarca sus posiciones en la ratificación de su compromiso por el socialismo. Cortázar siempre bregó por la libertad de creación artística, al mismo tiempo que expresó su militancia política sin peros de ninguna especie. En el discurso de recepción del premio, un mes antes de morir de leucemia, Cortázar expone una bella metáfora sobre aquel asunto, largamente tratado en su obra:

La cultura revolucionaria se me aparece como una bandada de pájaros volando a cielo abierto; la bandada es siempre la misma, pero a cada instante su dibujo, el orden de sus componentes, el ritmo del vuelo van cambiando, la bandada asciende y desciende, traza sus curvas en el espacio, inventa de continuo un maravilloso dibujo, lo borra y empieza otro nuevo, y es siempre la misma bandada y en esa bandada están los mismos pájaros, y eso a su manera es la cultura de los pájaros, su júbilo de libertad en la creación, su fiesta continua.[11]

            Cortázar nunca dejó a un lado la función lúdica de la literatura y menos en el terreno de la política, como ya lo vimos. Por eso, el subversivo sentido del humor de sus collages está expuesto en la contratapa de Último round. En la esquina inferior derecha, un pequeño anuncio actúa con la fuerza simbólica de la ironía: el título es “Las grandes biografías de nuestro tiempo” y el texto firmado por Ramiro de Casasbellas, aparecido en Primera plana, en junio de 1969, dice: “…el escritor Julio Cortázar, un pequeño-burgués con veleidades castristas”. Una nota entre paréntesis[12] nos llevará al artículo “Acerca de la situación del intelectual latinoamericano”, ya comentado. Y, por esa recurrencia de lo cíclico que utiliza Cortázar en su obra, regreso a la entrevista para LIFE en la que en su párrafo final —develando, con el sentido de anticipación que encontramos en su obra y en su vida, la perversidad militante de Plinio Apuleyo Mendoza—, reafirma Julio Cortázar su visión política de la literatura: “El verbo sólo será realmente nuestro el día en que también lo sean nuestras tierras y nuestros pueblos”[13].

PD: Esta es la última de las cuatro entregas en las que dividí el artículo "Cortázar: revolu-cronopio-nario", Casa de las América (La Habana) # 278 (enero - marzo 2015): 10-26. 


[1] Fantomas, la amenaza elegante, La inteligencia en llamas, argumento de Gonzalo Martré y dibujos de Víctor Cruz, (México, editorial Novaro) No. 201 (18 de febrero de 1975).
[2] Julio Cortázar, Fantomas contra los vampiros multinacionales, México DF, Excélsior, 1975, pp. 13 y 14.
[3] Ibídem, p. 21.
[4] Ibídem, p. 25.
[5] Ibídem, p. 49.
[6] Ibídem, p. 50.
[7] Ibídem.
[8] Ibídem, p. 64 y 65.
[9] En 1984, aparece una nueva edición que incluye, entre otros textos, el discurso de recepción de la condecoración que el dio el gobierno sandinista.
[10] Aurora Bernárdez y Carles Álvarez, editores, Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico, Bogotá, Alfaguara, 2014, p. 193.
[11] Julio Cortázar, “Discurso de recepción de la orden Rubén Darío”, en Nicaragua, tan violentamente dulce, Buenos Aires, Muchnik Editores, 1984, p. 51.
[12] (Para más detalles, véase p. 265 ss., tomo 2)
[13] “Un escritor y su soledad”, p. 55.

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