José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

domingo, julio 21, 2019

Roberto Fernández Retamar, paradigma de lucidez y poesía en nuestra América



Roberto Fernández Retamar (La Habana, 9 de junio de 1930 – 20 de julio de 2019), con su típica boina, el 21 de enero de 2019, durante la instalación del jurado de la 60 edición del Premio Casa de las Américas.

            Eran los tiempos en que intelectuales y artistas formaban brigadas para ser parte del trabajo voluntario en la Cuba que anunciaba la utopía, siempre inconclusa, de la justicia y plenitud del ser humano. El poeta se conmueve ante esa realidad social que hay que transformar; la realidad de esa clase social a la que no pertenece porque no es parte de su historia de opresión, pero frente a la que su palabra se transforma, se vuelve solidaria y hace del verso una ética de vida, con la vergüenza de no cargar los mismos dolores de aquel pueblo del que forma parte, pero aún desconoce: «Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela. / Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo, / pero los hombres y los muchachos que en sus harapos esperaban / todavía me dijeron señor». Al final del poema, el poeta reafirma el recuerdo de su amada en medio del trabajo voluntario, en medio de ese aprendizaje de la solidaridad: «No hay momento/ en que no piense en ti. / Hoy quizás más, / y mientras ayude a construir esta escuela / con las mismas manos de acariciarte».
Roberto Fernández Retamar (1930 – 2019) es un corazón generoso que albergó una lucidez, heredera y estudiosa del pensamiento martiano, que divulgó la obra de Martí; la misma lucidez que nos replanteó el sentido de la imagen de Calibán en la antinomia civilización y barbarie, e iluminó la mirada de la literatura de nuestra América desde la construcción de la palabra crítica propia. Al mismo tiempo, Retamar es un espíritu de la poesía que emerge desde la contemplación de lo cotidiano y que reivindica el “deber y derecho de escribir sobre todo”: «Para ti, para este instante, para este poema / que se escribe gracias al aliento exhalado por Miranda o por Jenofonte, / con un trozo sobrante de Casiopea.»
La vigencia de la Casa de las Américas, como centro de pensamiento y creación artística y literaria, es el testimonio de la tarea cultural que Fernández Retamar lideró durante gran parte de su vida, confiando siempre en la juventud y llenando la Casa de la frescura de nuevas propuestas creativas, al tiempo que mantuvo y trabajó en la memoria y la tradición de una literatura continental. Y, no digo más, porque sé que estas palabras mías hubiesen abrumado al poeta, que nos legó algunos versos para su epitafio: «Se equivocó más de una vez, y quiso sinceramente hacerlo mejor. / Acertó, y vio que acertar tampoco era gran cosa. / De todas maneras, llegado al final, declaró que volvería a empezar si lo dejaran».
Nos enseñó la ética de la vergüenza del poeta, aquella que enfrenta la inutilidad de la poesía para las tareas prácticas, esas tareas que algunos escriben con mayúsculas. Y, sin embargo, también nos enseñó que el poeta persiste en su escritura por esa necesidad de que la poesía exista por sí misma, sin justificaciones, que la poesía exista para sobrevivir al horror del mundo y para vivir en la belleza del mundo. «Nosotros, los sobrevivientes, / ¿a quiénes debemos la
sobrevida? / ¿quién se murió por mí en la ergástula, / quién recibió la bala mía, / la para mí,
en su corazón?».

Con el poeta, en Casa de las Américas, el 10 de febrero de 2017.
 Envío: a Roberto Fernández Retamar, cuyo espíritu es parte de mis calles habaneras y sus cenizas yacen en el cielo de aguas profundas del Caribe. «Es lo mismo de siempre: / ¡Así que este hombre está muerto! / ¡Así que esta voz / delgada como el viento, hambrienta y huracanada / como el viento, / es la voz de nadie!». Pero yo no estoy escuchando un disco de Benny Moré como tú, sino escuchando otro disco, ese en el que los poemas hablan con tu propia voz, que ya es la voz de nadie, pero también es la voz de la permanencia de ti en tu poesía, que, en medio de la diversidad, pervive «…toda temblor, toda ilusión».

lunes, julio 08, 2019

Jorge Enrique Adoum, lenguaje y memoria de la patriecita de las letras

Retrato de Jorgenrique Adoum, pintado por Oswaldo Guayasamín


«o sea que las cosas no han sido todavía sino que van a ser, no pasaron así sino que van a suceder ahora, en estas páginas», como sucedieron en las páginas de Entre Marx y una mujer desnuda (1976), ese texto con personajes en el que Adoum (29 de junio de 1926 – 3 de julio de 2009) expone el proceso de escritura, introduce la reflexión literaria dentro de la literatura, convierte la experiencia privada de la escritura en la escritura de la experiencia de lo público, es decir, de lo político; y disecciona, con implacable mirada, el fracaso de una utopía enarbolada por una izquierda incapaz de leer la realidad que quiso transformar. Y con la humanidad de la poesía, dice de Joaquín Gallegos Lara: «Lo conocí cuando estaba descuartizado entre su disciplina de militantes y su vocación por la verdad».
«El polvo, el tiempo, áspera / y difícil soledad, desolado / mantel seco: aquí no hubo / nunca el caserío, la planta, / los dedos de la lluvia: / tierra rota / hasta la harina, paisaje ciego / que el viento cambia de lugar». Son los versos iniciales de “Lamento y madrigal sobre Palmira”, antológico poema de Ecuador amargo (1949). En su poemario inaugural, encontramos el país que nace desde el desierto andino; ese páramo que es en sí mismo una metáfora de la nada y, al mismo tiempo, el origen del paisito, de su existencia cotidiana. La voz poética que, deslumbrada por una naturaleza y la historia, se apropia de ambas para convertirlas en texto profético: «La patria es una fiesta larga que interrumpen / el azar, la diaria cacería, la ceniza: de pronto / cómo no amar a tus muertos y su vestido verde».
Los cuadernos de la tierra (1952 – 1962), es una obra monumental de nuestra lírica en línea similar a la del Canto general, (1950) de Pablo Neruda; una poesía que recuerda los tonos de contraste melancólico del Guayasamín de Huacayñán. En Dios trajo la sombra, (1960), uno de los cuadernos, premio Casa de las Américas en su primera convocatoria, la historia es poesía, desgarramiento y permanencia de los vencidos: «En las nocturnas acomodaciones del dolor / qué lámparas buscarás, qué estrella / puedes encender soplando, / qué rescoldo?».
En el hermoso Las ocupaciones nocturnas (1962), la voz poética recupera en “El alba”, la presencia de Espejo en el nacimiento de la patria: «Yo te saludo, lechuza / bolchevique, propagandista de una luz / exótica. Como si toda la claridad / no fuera compatriota, como si la sombra / no hubiese sido la traída extranjera / madrastra duradera». Y continúa su decir, hermanándose con Vallejo, y siendo una voz propia, nutrida de una tradición en la que, arracimados, cantan también Whitman y Eliot, como en “El ahogado”: “El cuerpo que entregó el mar a la playa / me era moralmente conocido. / Ha venido cadáver hace tiempo, / quiero decir viviendo, desde otro / apellido / […] (La campana, cuando anuncia su llegada, / golpea con un pez triste de óxido)».
Y, claro, «madrúgame mañana para reamarnos / y rehacernos emparejado el cuerpo / antes de que el día nos desdoble», llegaron en los Prepoemas en posespañol (1979) las palabras despedazadas y vueltas a armar en un lenguaje nuevo, un lenguaje en donde el asombro se hace verbo y la sola sustancia es ya una acción en sí misma: «te número te teléfono aburrido / te direcciono (callo caso y escalero) / y habitacionada ya te lámparo te suelo / […] / nos rehacemos te desformo me conformo / miltuplicada tú yo mildividido».
Jorgenrique Adoum hizo de la escritura su militancia y en ella trabajó una palabra impregnada de esa amalgama que funde ética y estética en el signo precioso del arte. «Ustedes presabían (como todo) camaradas / que iba a ser un espécimen de intelectual podrido / por que escribo en lugar de componer-el-mundo entre dos tintos.»
o sea, que después de diez años de tu muerte, jorgenrique, yo continúo recordando nuestras pláticas vespertinas, el vodka tonic cebado con la sapiencial sencillez de tu palabra iluminada, y tú continúas viviendo en aquello que has sido: las páginas que, en su momento, se fueron sucediendo para convertirse en el lenguaje de tu literatura: conciencia crítica de un paisito acostumbrado al olvido, combate permanente con el lenguaje, mirada poética y crítica desde el asombro por la vida y el mundo.

Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, 05.07.19

domingo, junio 23, 2019

Un arcoíris que cobija al género humano y las veleidades de su corazón

Safo y Erinna en una jardín de Mytilene, 1864, Simeon Solomon (1840 - 1905)

            Anacreonte (c. 570 – 485 a.C.) es un poeta clásico griego cuya poesía se caracteriza por su culto hedonista. Para Anacreonte, el amor está signado por la fugacidad y la experiencia intensa de lo sensual. Entre sus poemas homoeróticos es conocido un texto dedicado a Cleóbulo: «Oh joven de la mirada virginal, / tengo ansias de ti y no me entiendes; / y no sabes que, de mi corazón, / tú sostienes las riendas».
Safo de Lesbos (fallecida alrededor de 580 a. C.) escribió sobre el amor entre mujeres. Antológico es su poema de despedida a Atthi, cuya familia la obligó a casarse con un hombre: «Atthi no ha regresado. En verdad, me gustaría estar muerta. / Al abandonarme, ella lloraba. / “¡Ah Safo! Mi dolor es inmenso. / Me voy a pesar de ti……” / Y yo le respondí, / “Ve feliz, recuérdame. / ¡Ah ¡Tú sabes bien cuánto te quiero!”».
            La representación del amor entre parejas del mismo sexo tiene una antigua tradición en la literatura y el arte, así como también una historia de horror sobre la represión a la homosexualidad. En el campo literario, basta recordar los dos años de prisión a los que fue sentenciado Oscar Wilde, en 1895, por “sodomita”. O, peor, el asesinato de Federico García Lorca, en 1936, que fue fusilado por una mezcla de confrontación política y homofobia.

Oscar Wilde y Alfred Douglas, amantes, c. 1895
             Frente al matrimonio igualitario, recientemente legalizado, existen prejuicios religiosos, sexuales y culturales. El prejuicio religioso argumenta desde la Biblia y parece no darse cuenta de que el Estado ecuatoriano es laico. No solo olvida el sentido metafórico y simbólico de la creación relatada en el Génesis, sino también el mensaje evangélico de amor al prójimo, que sería la base de la tolerancia y el respeto, y de la aceptación de la diferencia y la diversidad. El prejuicio sexual, por su lado, parte de la falsa creencia de que la homosexualidad es una “enfermedad”, o de que todos los homosexuales son “perversos” y “abusadores en potencia”. Este prejuicio es la base para oponerse a la adopción de niños por parejas del mismo sexo. El prejuicio cultural es más amplio y se asienta en las prácticas cotidianas de la discriminación homofóbicas: desde los chistes más inocentes y la caricaturización mediática de la homosexualidad, pasando por el lenguaje soez y machista de las barras bravas del fútbol, alentadas cada domingo en los estadios, hasta el rechazo irracional y cargado de odio y desprecio en contra de miembros de la comunidad LGBT.
Lo terrorífico de los prejuicios contra la comunidad LGBT es que estos contribuyen a la justificación que los violentos invocan para su odio transfóbico y homofóbico. Según el “Informe hemerográfico correlacionado a los cambios legales por Orientación Sexual e Identidad de Género, de 1990 a 2013”, realizado por el BID, de 82 asesinatos en total, el 80 % fueron por identidad de género (79% a transfemeninas, y 1% a transmasculinos), y el 20 % por orientación sexual. Asimismo, de acuerdo al informe “Runa Sipiy”, de la Asociación Silueta X, en 2014 hubo 9 asesinatos, de los que 8 fueron a transfemeninas, y 1 a homosexual; en 2015 – 2016, 8 asesinatos, de los que 6 fueron a transfemeninas y 2 a homosexuales; en 2017, hubo 15, de los que 10, fueron a transfemeninas, 1 a transmasculinos, 2 a gays, 1 a lesbiana, y 1 a género no confirmado.

En 2009, apareció Niña errante, que recopila 250 cartas que testimonian el amor entre Gabriela Mistral y su asistente Doris Dana. El 22 de abril de 1949, Mistral le escribía: «Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí». Historia de amor sufrido y clandestino que hubiera sido otra de no mediar una sociedad homofóbica.
En 1997, fue declarado inconstitucional el primer inciso del artículo 516 del Código Penal, que reprimía la homosexualidad con reclusión mayor de 4 a 8 años. Hoy, la legalización del llamado matrimonio civil igualitario constituye un paso más para construir una ciudadanía sin prejuicios homofóbicos, que acepte la diversidad. Como escribí en otro lugar:
«Todos somos LGBTI diseminados en el deseo que carece de sexo, que es un arcoíris cobijando al género humano y las veleidades de su corazón».

Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, 21.06.19