José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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domingo, septiembre 16, 2018

¿Es posible escribir sin ser machista?


           
La pastora Marcela, durante el entierro de Grisóstomo, del sevillano Manuel García, conocido como Hispaleto, 1862.
«Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos». Estas palabras de la pastora Marcela, del Quijote (I, 14), definen el carácter de un personaje que defiende su libertad vital, el derecho a su belleza y a su vida solitaria; todo ello, al margen del requerimiento de los hombres. Cervantes ratifica la independencia de Marcela al sostenerla en la libertad económica y logró un personaje femenino, más allá de que pudiese estar anclado a una utopía pastoril, que, aún hoy, confronta los usos de la sociedad patriarcal.
            Pero hay que entender que la literatura da cuenta del espíritu vital de su tiempo y, los prejuicios de la sociedad patriarcal suelen estar en ella; por tanto, el machismo de ciertos personajes responde a su condición cultural y no, necesariamente, a una intencionada representación del poder patriarcal por parte del autor. El cuento «Al subir el aguaje», de Joaquín Gallegos Lara, enfrenta al Cuchucho y la Manflor, en un desafío signado por el deseo sexual y la defensa del cuerpo. La Manflor gana el duelo a machete y el Cuchucho se retira respetando su palabra. Cuchucho representa la violencia y el ansia sexual machistas; y la Manflor es una disidencia, no solo porque vive alejada de la comuna sino porque es lesbiana. A pesar del mundo en que se mueve el cuento, Gallegos Lara logra, mediante la narración sustantiva, que sea la persona que lee, y no el autor, quien emita una valoración moral respecto del suceso.
            Macondo, de Cien años de soledad, es una sociedad patriarcal. Sin embargo, García Márquez se dio modos para construir, en medio de personajes femeninos de variada gama, dos personajes fuertes, que hacen que las cosas sucedan, aunque representen opuestos: Úrsula Iguarán, la institucionalidad; y Pilar Ternera, la marginalidad. Úrsula pone sensatez en las desmesuras de José Arcadio y la decadencia de la casa de los Buendía es evidente cuando ella ya no puede gobernarla. Pilar Ternera, que conoce el secreto de las barajas y espanta con su risa a las palomas, logra que los Buendía ejerzan la libertad sexual que está reprimida en su hogar. El ejercicio de la prostitución es la expresión de la complejidad de su espíritu libre y su muerte, a los 145 años, es otro de los signos de la decadencia de Macondo.
La literatura es una expresión del ser y el mundo de quien escribe. No se puede escribir ni de lo que no se conoce, ni de lo que no se es. Todavía vivimos en una sociedad patriarcal, clasista, sexista, homofóbica y, frente a ella, quienes escribimos literatura debemos ser conscientes y ejercer la crítica y la autocrítica, sobre tales prejuicios, en la escritura de nuestras ficciones. Lo más importante, en todo caso, no es escribir sin ser machista; sino perseverar para evitar el ser machista, aunque no se escriba nada.

Publicado en Cartón Piedra, suplemento cultural de El Telégrafo, el 14.09.18