(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, julio 15, 2018

El padre y el hijo, la poesía y la muerte


            Versos memorables por el distanciamiento estético que logra el poeta frente al desgarrador hecho vital que poetiza y, al mismo tiempo, por el estremecimiento humano al que nos convoca en medio de estructuras matemáticas. Versos construidos con una singular sapiencia lingüística, y la eterna sensibilidad de lo poético arraigado en la vida y transformado en arte. El comienzo es celebratorio de la continuidad de la estirpe, y nos ubica en medio de una naturaleza, situada en las Galápagos, que da cuenta del tiempo de lo eterno: «el radiograma decía / “tu hijo nació. Cómo hemos de llamarlo” / yo andaba entonces por las islas / dispersa procesión del basalto / coágulos del estupor / secos ganglios de la eternidad / eslabones de piedra en la palma del océano / rostros esculpidos por el fuego sin edad».
            Han pasado cuarenta años desde que Efraín Jara Idrovo publicara su sollozo por pedro jara (estructuras para una elegía), un poema extenso que confronta a un padre —que festeja el advenimiento de su progenie y que, años después, debe llevar el duelo por la pérdida— con la descarnada contundencia que tiene la muerte del hijo. El texto es, también, una de las más atrevidas experiencias poéticas de la lírica de nuestra América, en la que el autor nos plantea una estructura, con precisión matemática, que, al mismo tiempo, posibilita una amplia gama interpretativa a los sentidos simbólicos de sus versos.
La edición de 1978 nos entregó el poema en una sola hoja que se desplegaba como un plano arquitectónico y en la que uno podía contemplar de una vista las 363 líneas versales del texto, articuladas en cinco series, cada una de las cuales desarrolla tres versiones de un mismo asunto. El poema puede ser leído convencionalmente, es decir del primero al último verso, o de manera aleatoria, como una composición armada por el propio lector. En las instrucciones para su lectura, Jara Idrovo pidió que se considere el texto como una estructura de estructuras, e invocó la música serial de Stockhausen, o Boulez, para explicar el sentido programático de esta experimentación poética.
Cuando llegamos a la cuarta serie nos enfrentamos a los desgarradores versos que hablan del hallazgo del cadáver del hijo por el padre: «en verdad / ¿fue verdad?, / ¿eras tú el que pendía de la cadena del higiénico / como seco mechón de sauce sobre el río? / ser ido / ser herido / sal diluida / suicida». Y la constatación del hecho definitivo de que el cuerpo colgado, ya no es el ser humano que fue: «¿eras tú en verdad? / ¿eso de helada indolencia de témpano? / ¿eso de pavesas que la desesperación insta a soplar? / ¿eso que se desmorona en las tinieblas para siempre?». Y, sin embargo, late la vida en la poesía.
El poema sollozo por pedro jara continuará conmoviéndonos porque tiene en su verso la permanencia de la poesía, y porque nos confronta con nuestra propia finitud. Los versos finales no son solo la invocación para el hijo que ya no es, sino para todos nosotros: «¡hijo mío! / somos fervor de espuma de un piélago insondable».

Efraín Jara Idrovo (1926 - 2018). (Fernando Machado / El Telégrafo)
 
Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 13.07.18

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