(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

lunes, noviembre 16, 2015

Que viva la música: desadaptación fallida e inspiración desangelada




           El director de Que viva la música, Carlos Moreno, ha hablado de ‘desadaptación’, de ser ‘irrespetuoso’ en la medida en que la novela es ‘irrespetuosa’, y también de que la película no está ‘basada’ sino ‘inspirada’ en la novela homónima de Andrés Caicedo. Por tanto, uno espera que el filme, en sí mismo, sea un hito cinematográfico que nos haga olvidar la novela. Pero la película está demasiado anclada a la novela y ni rompe con ella, ni se defiende por sí sola.
En la traslación de sentidos intertextuales, que son las artes y la literatura contemporáneas, diversos diálogos son posibles, pero no todo lo que es posible termina convertido en un nuevo producto artístico. Y, cuando se trata de la versión cinematográfica de una novela, la presencia del referente literario siempre será determinante por más personal que sea la lectura del director del filme. Así que no basta con decir que la obra no está “basada” sino “inspirada” en el texto literario: la sola apropiación del título de la novela por parte de la película ya convierte a esta última en subsidiaria de la primera y, por tanto, se ancla en la polisemia del texto literario.
            Lo primero que decepciona es Paulina Dávila quien, pese a su frescura y desinhibición, no encarna ni de lejos a María del Carmen Huerta, la protagonista de la novela. Su actuación de maniquí es inexpresiva y sin matices: mirada sin profundidad de sentimientos, sonrisa talla única, voz monótona, y, por si fuera poco, baila mal la salsa. Lo peor es la lectura de los textos de la novela: si bien puede ser asumida como una lectura muy personal, la ausencia de la furia que tiene el personaje de la novela contra el mundo, convierte a párrafos muy poderosos de la novela en monólogos aburridos. La actriz no tomó en cuenta que María del Carmen está rompiendo ética, estética y socialmente con su propio mundo; que no es una muchacha que anda de rumba en rumba, sino un ser atormentado que huye de la muerte; que al comienzo es una niña bien y al final se convierte en una mujer transgresora. Y para interpretar a un personaje así se requieren fuerza en la mirada, convicción en la voz, y la libertad que tiene el cuerpo cuando ya no quiere ser bello sino auténtico.
            La segunda gran decepción en Que viva la música, es, justamente, la música, que en la película cumple una función apenas decorativa. Ni la confrontación de clase que deriva de la música, ni la presencia de la salsa como expresión vitalista de una ciudad y su papel en la transformación del personaje, ni la irrupción de aquella como expresión cultural auténtica y novedosa: nada de eso existe en la película. Es más, bastaba con recrear aquel listado que Rosario Wurlitzer detalla al final de la novela para entender culturalmente el papel de la música en una época, que no perteneció solo de Cali sino a Latinoamérica. Una película que lleva ese título tenía que haber hecho de la música un elemento protagónico por sí solo y no únicamente un pretexto para el hedonismo facilón de los rumberos.
            La indefinición de la época más parece un fallo de la película antes que una propuesta de anacronismo libérrimo. El tiempo es siempre tiempo social e histórico, por tanto, mezclar los tiempos de una ciudad es banalizar el conflicto de los personajes que la habitan. Ni los setentas ni las primeras décadas del siglo veintiuno significan lo mismo: esa indefinición hace de la propuesta una mentira sobre la atemporalidad de los conflictos personales y culturales de una sociedad. Incluso, la ausencia de radicalidad en la propuesta de anacronismo hace de la representación iconográfica de Cali, una confusa superposición de imaginerías de la ciudad.
           
Pero la más grande decepción tiene que ver con toda la angustia existencial, con la huida del ser hacia el absurdo de la vida, con la confrontación de la muerte personal y la de una clase social, que atraviesan la novela y que la película es incapaz de situar históricamente en medio del consumo de drogas, de la búsqueda amoral del sexo, y de una violencia que es también expresión de la confrontación de clases. En el filme, la trilogía de sexo, drogas y violencia es una fórmula estereotipada que termina por aburrir porque ha desterrado el conflicto personal y social que de estos temas existe en la novela: una suerte de vicios para escandalizar a los puritanos pero sin la autenticidad que exige el conflicto existencial y la transgresión. Y esto último ya no tiene que ver con la interpretación de la novela sino con la concepción superficial y estereotipada del mal que se muestra a lo largo de la película.
            Estamos, en síntesis, ante una película que no pudo convertirse en homenaje ni ser irreverente ante la novela en la que se “inspira”: la actriz protagónica tiene una actuación plana y carece de la fuerza transgresora que tiene el personaje principal de la novela; la música está muy lejos de lo que debió ser su función simbólica; el guion se quedó anclado en la reiteración facilona de la trilogía ‘sexo, drogas y violencia’; el retrato de la ciudad Cali es anacrónico y vaciado de conflicto histórico; y los textos de la novela, al ser recitados con una débil interpretación, aparecen impostados en la narrativa del filme. Que viva la música es una fallida “desadaptación”, no solo porque desdibuja la novela de Andrés Caicedo, sino porque, en sí misma, es una película desangelada.

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