(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

jueves, marzo 27, 2008

La palabra obliga

Autorretrato, dibujo de Felipe Guamán Poma de Ayala, en su Nueva corónica y buen gobierno (circa 1615). En el dibujo, Guamán Poma está escuchando las relaciones de los indios, que por sus tocados se nota que son de varias provincias y de varios rangos


Por Raúl Vallejo

Durante el tránsito del siglo XVI al XVII, el cronista Guaman Poma de Ayala estuvo empeñado en una tarea monumental que, en medio de su malhumor y angustia por las miserias que estaban viviendo él y toda la antigua nobleza yarovilca, habría de tomarle la vida entera. Desde la palabra, hizo una invención de sí mismo; se concibió a como Autor y Príncipe para dirigirse al Rey y denunciar ante Su Majestad las iniquidades del régimen colonial caracterizadas en el abuso de frailes y encomenderos, describir el pensamiento y el sentido de la cultura indígena cuya muestra paradigmática es la antología de poesía quechua que presenta en la crónica, y proponer las formas que debía adoptar el buen gobierno cuya filosofía residía en el nombramiento de los despojados nobles indígena como gobernadores en nombre del Rey; se construyó una identidad paradójica que lo mismo lo identificaba con los pobres de Jesucristo así como con la nobleza indígena ­–ambos, sin embargo, desplazados hacia el margen y despojados de una voz propia con presencia significativa en la sociedad colonial–; peregrinó llevando en su alforja el imaginario de dos culturas, y en esa errancia fue construyendo su palabra en una lengua que no era la suya pero de la que se apropió y a la que incorporó el decir de las lenguas vernáculas desde una nueva voz que dotó de la memoria de la palabra escrita a los saberes antiguos.

La crónica de Guaman Poma fracasó en el cometido que su autor perseguía; larga carta dirigida al Rey que no pudo llegar a su destinatario, naufragó durante cuatrocientos años hasta atracar ­–sin que aún se conozca por causa de qué intrigas de palacio, de qué enmarañamientos burocráticos­, de qué novelesca travesía– en la biblioteca Real de Dinamarca, desde donde fue dada a conocer al mundo por el empeño de los académicos ansiosos de incorporar la voz perdida de Guaman Poma al concierto de voces de la colonia temprana y construir una polifonía renovada de lo fue el discurso colonial.

El fracaso de la empresa de Guaman Poma en el siglo XVII, sin embargo, se ha convertido, cuatrocientos años después, en la representación metafórica de un triunfo de la palabra escrita que perpetúa en la memoria de los pueblos las voces que contribuyen a la construcción de una identidad propia que, en estos tiempos, deberá acudir al mercado global lo más fortalecida posible para evitar ser arrasada por el poder de las corporaciones transnacionales que anhelan convertir al mundo en una aldea plagada de locales de Blockbuster y Pizza Hut, y en donde el payaso Ronald McDonald es el icono sonriente del hartazgo prometido de la posmodernidad: consumo de fetiches –llámese conceptos como globalización, instituciones de burócratas dorados como el FMI, monedas como el dólar, o la sonrisa coqueta de Brad Pitt–; industria del entretenimiento destinada a banalizar el sentido de la vida; comida chatarra encargada de atrofiar el gusto y el estómago; y los concursos de la caja idiota tipo “el que piensa... ¡pierde!”.

Testigos del fin de una utopía que fuera destruida simbólicamente por quienes derrumbaron el Muro de Berlín –esas personas que tiempo después se congregaron para cantar el anhelo de romper los muros de la represión individual junto a Pink Floyd en el concierto de The Wall– y que fuera aniquilada como proyecto histórico por quienes instituyeron el autoritarismo burocrático en nombre del pueblo y la fe estalinista; testigos, al mismo tiempo, de la instauración de un único poder planetario llamado corporaciones transnacionales cuyo proyecto de dominación pretende reducir el arcoiris de lo diverso a la lúgubre uniformidad del espectáculo de neón, es decir, convertir al mundo en la tierra de Disney y pintar la tierra con los colores de Beneton. Testigos también de la rebeldía anoréxica de los y las modelos de Calvin Klein, de las humoradas de los hackers, esos terroristas juveniles del ciberespacio que marcan la Internet como el territorio propicio para la dulce anarquía contra el mundo del negocio electrónico, de la irreverencia política de los indios de Chiapas que arruinaron la fiesta de presentación de la quinceañera economía mexicana el 1 de enero de 1994 aupados por el pensamiento de sus voces ancestrales, el desenfado del rock y la poesía de la nueva trova, Snoopy y la filósofa argentina Mafalda; nosotros, escritoras y escritores del tránsito del siglo XX al XXI, sabemos que la palabra obliga aún más en el reino de la sociedad de tele-veedores, que el uso de la palabra compromete más todavía en el paraíso de plástico que pretende convertir a ciudadanas y ciudadanos en tarjetahabientes, que la toma de la palabra pública es una obligación ética para quienes somos artesanos solitarios de la palabra creativa y creadora.

Más allá de las tendencias estéticas construidas desde el proyecto y el gusto personales, de los demonios interiores de cada cual, exorcisados o no en el texto literario, y las quisquillosidades y veleidades con las que escritoras y escritores podemos amargar y amargarnos la vida, me parece que escribimos literatura porque todavía creemos que la palabra poética se inserta en el espíritu de las personas y las conmueve desde el vértigo que nace en las tripas hasta la monstruosa racionalidad instalada en el hipotálamo, enfrentándolas a su rastro desnudo, desmaquillado y fresco, a su experiencia de soledad, exaltada y doliente, a sus secretos abisales, instalados con la fuerza de la intensidad de la vida, al estremecido goce del lenguaje que desde Rimbaud no sólo permite dar color a las vocales sino sabores fuertes a sustantivos y verbos y fragancia sutil a los adjetivos; todavía creemos que la palabra poética indaga de manera compleja en la condición del ser humano y se vuelve fiesta, no en el sentido espectacular de la fácil felicidad y su sonrisa bobalicona, sino en el sentido profundo del éxtasis lúdico y su desbordamiento vital; escribimos literatura porque todavía creemos en el sentido irreverente de la palabra poética, en su vocación por la sospecha y tolerancia y en su enfrentamiento perenne contra todo tipo de autoritarismo, sea el político que el Estado y sus instituciones ideológicas ejercen, sea el académico en cuya red metalingüística nos puede hundir nuestra propia autosuficiencia y vanidad, o el cotidiano del que no podemos zafarnos sin dificultad en nuestro relación con el Otro.

La palabra obliga y obliga más a quien más la usa y a quienes, como escritores y escritoras, tenemos mayores posibilidades de que ésta se vuelva palabra pública. Es por ello que, al igual que Guaman Poma, y aunque intuyamos que en la empresa se nos puede ir la vida y la empresa misma terminar en fracaso, debemos comprometer nuestra palabra en la crítica al poder. Ese compromiso ya no puede ser asumido desde la pretensión de vanguardia de la sociedad, sino desde la modesta asunción de nuestros deberes de ciudadanía, incorporando nuestra voz a la polifonía del discurso crítico que construye la resistencia que desenmascara los intereses vinculados del poder y la propuesta distinta que señala siempre el margen desde donde se plantea, aunque en ocasiones el solo ejercicio de la resistencia se convierte por la naturaleza de sus conceptos en la formulación de la vía alternativa.

Ya no existen largas cartas al rey; existen ahora las infinitas posibilidades de comunicación del mundo virtual, están las potencialidades lúdicas de los multimedia, o la redefinición de las categorías de tiempo y espacio que configuran una humanidad que fluye entre simulacros virtuales y espíritus ancestrales que la acercan a la tierra. Sin embargo, por encima de los asuntos mágicos de la tecnología, el ser humano continúa interrogándose por su la identidad del ser, el sentido de la vida, o la irrupción la de la fiesta. Nosotros, escritoras y escritoras, somos tan sólo un bite de información en la autopista del espacio cibernético, pero somos también, un bite de generación explosiva y concatenada, fiesta multiplicada en los vericuetos exaltados del alma humana.

Cuenca, abril 28, 2000

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