José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

sábado, marzo 29, 2008

Respuesta a 11 preguntas de Xavier Oquendo

Portada de la primera edición de Madame Bovary, de Gustav Flaubert.
Si quiere ver la portada en tamaño natural, vaya a:
http://books.google.com.eg/books

1. ¿Cuáles son los tres títulos de la literatura universal a los que se acerca constantemente a releerlos?

Me gusta releer al azar de tanto en tanto algún capítulo de El Quijote, sobre todo de la segunda parte, y en cada ocasión el caballero de la triste figura se me reafirma como el símbolo del anhelo humano de vencer el cinismo de la realidad; otro libro es Cien años de soledad, con él descubro una escritura tan sentimental como los boleros, tan profunda como la filosofía, tan sostenida en la construcción de la frase como si la palabra emanara voluptuosidad; y con Madame Bovary asisto sin dejar de asombrarme a la exactitud matemática de la construcción del personaje y al drama de la gente común convertido en testimonio de la condición humana.
2. ¿Qué haría por obtener un ejemplar de la primera edición de algún libro famoso de la literatura y Cuál sería ese título?

No haría nada. Ningún libro, por famoso que sea, merece ser víctima del fanatismo religioso de los coleccionistas. Detesto la caza de reliquias de cualquier tipo. Pero si quiere una respuesta afirmativa le digo que buscaría en google y pegaría la carátula en mi blog!
3. ¿En qué libro ha encontrado su definición de “Vida”?

Como todo en la existencia, el concepto de “vida” que uno asume también varía. Cuando tenía 23 años, me identificaba con una frase de Truman Capote en el capítulo “Una hermosa criatura” de su libro Música para camaleones que dice: “¿Por qué la vida tiene que ser tan jodidamente podrida?”. No es que haya abandonado esa visión pesimista de la vida, pero ahora siento que la existencia es breve y por ello la vitalidad del instante se vuelve indispensable: en uno de sus famosos robaiyyat, Omar Jayyam escribe: “La esencia de esta vida y el ser del mundo son / un sueño, una quimera, un engaño, un instante” y en otro, concluye: “si todo en este mundo dejará de existir, / tú, supón que no existes; y ya que existes, goza.”
4. ¿Qué historia de amor de la literatura le hubiera gustado vivir?

En general las historias de amor de la literatura son tan dolorosas que las personas seríamos incapaces de vivirlas con todas sus consecuencias. Sin embargo, la relación amorosa de Pablo y Lulú, en Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, es una historia que me hubiera gustado vivir por la manera cómo la experiencia de la sexualidad llevada al límite, devela el poder del amor vivido en la plenitud de la libertad.
5. ¿Qué obra de la literatura le gustaría ver en el cine?

Rayuela, de Julio Cortázar, por el desafío que implica su traslación de sentidos y de su propuesta de lectura al lenguaje cinematográfico.
6. ¿Con qué autor de la literatura le hubiera gustado conversar y compartir en una velada bohemia?

Con Henry Miller, por su espíritu vitalista; con Henrich Böll, por su compromiso ético; con Julio Cortázar, por su inteligencia serena.
7. ¿A qué autor de la literatura universal considera injustamente olvidado?

En la historia literaria existen propuestas estéticas dominantes en cada periodo y por ello algunos autores pasan a segundo plano; después de cierto tiempo, esos mismos autores son retomados por una nueva generación de escritores y vuelven a convertirse en iconos del chismorreo del mundo literario. Considerando este marco fatal, siento que Dostoievski es un autor que no se está leyendo con la intensidad con la que merece ser leído por todas las generaciones, sin que importe cuál sea su propuesta estética.
8. ¿A qué autor de la literatura universal considera sobre valorado por la crítica y el tiempo?

No me atrevo a descalificar a nadie que haya sobrevivido al paso implacable del tiempo y de la crítica, pues mi descalificación únicamente sería expresión de la insolente soberbia del gusto.
9. ¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado que exista, efectivamente?

Ignatius Reilly, de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.
10. ¿En qué personaje de la literatura se ha visto reflejado en virtudes y defectos?

En Hans Schnier, el narrador protagonista de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll.
11. ¿Cuáles son las cinco palabras que utiliza con obsesión en su literatura?

Soledad, espíritu, profundo, efímero, vida.


(Entrevista inédita)

jueves, marzo 27, 2008

La palabra obliga

Autorretrato, dibujo de Felipe Guamán Poma de Ayala, en su Nueva corónica y buen gobierno (circa 1615). En el dibujo, Guamán Poma está escuchando las relaciones de los indios, que por sus tocados se nota que son de varias provincias y de varios rangos


Por Raúl Vallejo

Durante el tránsito del siglo XVI al XVII, el cronista Guaman Poma de Ayala estuvo empeñado en una tarea monumental que, en medio de su malhumor y angustia por las miserias que estaban viviendo él y toda la antigua nobleza yarovilca, habría de tomarle la vida entera. Desde la palabra, hizo una invención de sí mismo; se concibió a como Autor y Príncipe para dirigirse al Rey y denunciar ante Su Majestad las iniquidades del régimen colonial caracterizadas en el abuso de frailes y encomenderos, describir el pensamiento y el sentido de la cultura indígena cuya muestra paradigmática es la antología de poesía quechua que presenta en la crónica, y proponer las formas que debía adoptar el buen gobierno cuya filosofía residía en el nombramiento de los despojados nobles indígena como gobernadores en nombre del Rey; se construyó una identidad paradójica que lo mismo lo identificaba con los pobres de Jesucristo así como con la nobleza indígena ­–ambos, sin embargo, desplazados hacia el margen y despojados de una voz propia con presencia significativa en la sociedad colonial–; peregrinó llevando en su alforja el imaginario de dos culturas, y en esa errancia fue construyendo su palabra en una lengua que no era la suya pero de la que se apropió y a la que incorporó el decir de las lenguas vernáculas desde una nueva voz que dotó de la memoria de la palabra escrita a los saberes antiguos.

La crónica de Guaman Poma fracasó en el cometido que su autor perseguía; larga carta dirigida al Rey que no pudo llegar a su destinatario, naufragó durante cuatrocientos años hasta atracar ­–sin que aún se conozca por causa de qué intrigas de palacio, de qué enmarañamientos burocráticos­, de qué novelesca travesía– en la biblioteca Real de Dinamarca, desde donde fue dada a conocer al mundo por el empeño de los académicos ansiosos de incorporar la voz perdida de Guaman Poma al concierto de voces de la colonia temprana y construir una polifonía renovada de lo fue el discurso colonial.

El fracaso de la empresa de Guaman Poma en el siglo XVII, sin embargo, se ha convertido, cuatrocientos años después, en la representación metafórica de un triunfo de la palabra escrita que perpetúa en la memoria de los pueblos las voces que contribuyen a la construcción de una identidad propia que, en estos tiempos, deberá acudir al mercado global lo más fortalecida posible para evitar ser arrasada por el poder de las corporaciones transnacionales que anhelan convertir al mundo en una aldea plagada de locales de Blockbuster y Pizza Hut, y en donde el payaso Ronald McDonald es el icono sonriente del hartazgo prometido de la posmodernidad: consumo de fetiches –llámese conceptos como globalización, instituciones de burócratas dorados como el FMI, monedas como el dólar, o la sonrisa coqueta de Brad Pitt–; industria del entretenimiento destinada a banalizar el sentido de la vida; comida chatarra encargada de atrofiar el gusto y el estómago; y los concursos de la caja idiota tipo “el que piensa... ¡pierde!”.

Testigos del fin de una utopía que fuera destruida simbólicamente por quienes derrumbaron el Muro de Berlín –esas personas que tiempo después se congregaron para cantar el anhelo de romper los muros de la represión individual junto a Pink Floyd en el concierto de The Wall– y que fuera aniquilada como proyecto histórico por quienes instituyeron el autoritarismo burocrático en nombre del pueblo y la fe estalinista; testigos, al mismo tiempo, de la instauración de un único poder planetario llamado corporaciones transnacionales cuyo proyecto de dominación pretende reducir el arcoiris de lo diverso a la lúgubre uniformidad del espectáculo de neón, es decir, convertir al mundo en la tierra de Disney y pintar la tierra con los colores de Beneton. Testigos también de la rebeldía anoréxica de los y las modelos de Calvin Klein, de las humoradas de los hackers, esos terroristas juveniles del ciberespacio que marcan la Internet como el territorio propicio para la dulce anarquía contra el mundo del negocio electrónico, de la irreverencia política de los indios de Chiapas que arruinaron la fiesta de presentación de la quinceañera economía mexicana el 1 de enero de 1994 aupados por el pensamiento de sus voces ancestrales, el desenfado del rock y la poesía de la nueva trova, Snoopy y la filósofa argentina Mafalda; nosotros, escritoras y escritores del tránsito del siglo XX al XXI, sabemos que la palabra obliga aún más en el reino de la sociedad de tele-veedores, que el uso de la palabra compromete más todavía en el paraíso de plástico que pretende convertir a ciudadanas y ciudadanos en tarjetahabientes, que la toma de la palabra pública es una obligación ética para quienes somos artesanos solitarios de la palabra creativa y creadora.

Más allá de las tendencias estéticas construidas desde el proyecto y el gusto personales, de los demonios interiores de cada cual, exorcisados o no en el texto literario, y las quisquillosidades y veleidades con las que escritoras y escritores podemos amargar y amargarnos la vida, me parece que escribimos literatura porque todavía creemos que la palabra poética se inserta en el espíritu de las personas y las conmueve desde el vértigo que nace en las tripas hasta la monstruosa racionalidad instalada en el hipotálamo, enfrentándolas a su rastro desnudo, desmaquillado y fresco, a su experiencia de soledad, exaltada y doliente, a sus secretos abisales, instalados con la fuerza de la intensidad de la vida, al estremecido goce del lenguaje que desde Rimbaud no sólo permite dar color a las vocales sino sabores fuertes a sustantivos y verbos y fragancia sutil a los adjetivos; todavía creemos que la palabra poética indaga de manera compleja en la condición del ser humano y se vuelve fiesta, no en el sentido espectacular de la fácil felicidad y su sonrisa bobalicona, sino en el sentido profundo del éxtasis lúdico y su desbordamiento vital; escribimos literatura porque todavía creemos en el sentido irreverente de la palabra poética, en su vocación por la sospecha y tolerancia y en su enfrentamiento perenne contra todo tipo de autoritarismo, sea el político que el Estado y sus instituciones ideológicas ejercen, sea el académico en cuya red metalingüística nos puede hundir nuestra propia autosuficiencia y vanidad, o el cotidiano del que no podemos zafarnos sin dificultad en nuestro relación con el Otro.

La palabra obliga y obliga más a quien más la usa y a quienes, como escritores y escritoras, tenemos mayores posibilidades de que ésta se vuelva palabra pública. Es por ello que, al igual que Guaman Poma, y aunque intuyamos que en la empresa se nos puede ir la vida y la empresa misma terminar en fracaso, debemos comprometer nuestra palabra en la crítica al poder. Ese compromiso ya no puede ser asumido desde la pretensión de vanguardia de la sociedad, sino desde la modesta asunción de nuestros deberes de ciudadanía, incorporando nuestra voz a la polifonía del discurso crítico que construye la resistencia que desenmascara los intereses vinculados del poder y la propuesta distinta que señala siempre el margen desde donde se plantea, aunque en ocasiones el solo ejercicio de la resistencia se convierte por la naturaleza de sus conceptos en la formulación de la vía alternativa.

Ya no existen largas cartas al rey; existen ahora las infinitas posibilidades de comunicación del mundo virtual, están las potencialidades lúdicas de los multimedia, o la redefinición de las categorías de tiempo y espacio que configuran una humanidad que fluye entre simulacros virtuales y espíritus ancestrales que la acercan a la tierra. Sin embargo, por encima de los asuntos mágicos de la tecnología, el ser humano continúa interrogándose por su la identidad del ser, el sentido de la vida, o la irrupción la de la fiesta. Nosotros, escritoras y escritoras, somos tan sólo un bite de información en la autopista del espacio cibernético, pero somos también, un bite de generación explosiva y concatenada, fiesta multiplicada en los vericuetos exaltados del alma humana.

Cuenca, abril 28, 2000

martes, marzo 25, 2008

Un libro, un concierto

Sebastián Vallejo,
Aida Corral de Vallejo, en cuya memoria está escrito el poemario Missa solemnis,
y Raúl Vallejo en la Mitad del mundo.



Por Jorge Dávila Vázquez

El Mercurio, domingo 23 de marzo de 2008

De manera particularmente hermosa, el libro más reciente de Raúl Vallejo Corral, Missa Solemnis, se ha ligado a la música. En efecto, tanto en Quito, la noche del lunes 17 de marzo –en el marco maravilloso y barroco de la Iglesia de la Compañía de Jesús, con el fondo emotivo de “Las siete últimas palabras de Cristo” de Haydn-, como en Cuenca, su presentación se enmarcó en el Festival de Música Sacra, del que disfruta la capital desde hace años, y que en éste, por iniciativa de la Municipalidad cuencana, con el apoyo de la Fundación Teatro Nacional Sucre, lo ha disfrutado nuestra ciudad, aunque sea de modo parcial.


El libro de Vallejo es un conjunto de poemas de índole religiosa, que el autor dedica a la memoria de su madre. Lo he expresado en otra parte: cuando oímos hablar de poesía religiosa, sentimos cierta desconfianza, y nos preguntamos si no se tratará de un conjunto de versitos devotos y aun beatos. Pera la fuerza, la energía líricas, humanas, intensas, con que el autor ha concebido esta gran Missa, con su tono entre lo amargo y lo glorioso, nos apartan de todo pensamiento negativo sobre el tema. Este libro, de un escritor que nos ha dado cuentos de los mejores de su generación, novelas y dos tomos de lírica, muestra hondos valores religiosos, pero, al mismo tiempo, es un canto desgarrado del hombre frente a sus circunstancias vitales, su soledad, sus temores, su lucha con el dolor y la muerte, y, asimismo, su “resurrección”, más allá de todas las crucifixiones, para proclamar una fe inquebrantable.

Hay que leer esta obra, despaciosamente, disfrutando de sus valores de todo tipo, no solo literarios, sino culturales; como el gran conocimiento de la Biblia que exhibe Vallejo, su dominio de los textos cristianos, como el medieval de Jacopone da Todi, que habla de la presencia de María junto a la cruz, que dio origen a los innumerables “Stabat Mater” de la música occidental, o su familiaridad con los rituales católicos, y, naturalmente, su nueva visión de cuanto tiene que ver con la palabra de Cristo, tantas veces tergiversada a lo largo del tiempo.
Complemento de esta poesía magnífica fue la presentación, la noche del martes 18, en el Teatro Sucre de Cuenca del Ensamble Vocal Español “Albada”, que exhibió un precioso repertorio de obras, que iban desde el siglo XIII al XVII. Extraordinaria habilidad la de estos músicos, cantores y danzarines, que usando de instrumentos de época, hilvanaron para un público fascinado, la historia de Eneco, que sale en pos de su destino y recorre parte de la Edad Media y el Renacimiento.

Pocos elementos, una ambientación lograda a base de cirios encendidos, un vestuario apropiado, un gran sentido de lo teatral, y la música entrando en el corazón del público de un modo excepcional.

Creo que nadie olvidará esta experiencia, que combinó una poesía totalmente actual con unas melodías venidas de otros tiempos, de forma completamente armónica y ejemplar.