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Victoria Vaccaro García ganó el premio internacional de
poesía escrita por mujeres «Ana María Iza» 2022. |
Una edad de tránsitos, un tiempo de transiciones
personales, una comunitaria transición de época. Todos somos LGBTI en el deseo,
que carece de sexo, que es un arcoíris bajo cuya luminosidad diversa se cobijan
el género humano, la lucha por la libertad sin alambradas del cuerpo y el
regocijo por las veleidades de su corazón.
Breve mitología del cuerpo
original, de Victoria Vaccaro García (Guayaquil, 1998), es poesía de la
transición de un cuerpo y de la génesis de la otra que lo habita, escritura que
evoca la naturaleza para volverla compañera de los diversos estadios del
espíritu, textualidad ceremonial de un tránsito que es, al mismo tiempo,
corporal y del espíritu.
En el poemario, la naturaleza se vuelve presencia
sensorial que anda junto al hablante lírico en su transición, desde el primer
verso: «Esta luna que me acompaña desde la noche de mi nacimiento, imposible
blancura […] Desde mi origen, ya traía lirios enterrados en la boca […] Y tú
seguías inmóvil en lo alto de los cielos, impasible, con un espeso velo de
gasas y serafines cubriéndote los senos, la desnudez». La voz poética revela su
rechazo, espiritual y físico, a su origen biológico: «Desde el vientre oculté
mi sexo, / mi primitiva vergüenza»; y, así, nos va mostrando
el mundo de su infancia familiar rodeado de mujeres; un mundo en donde la madre
no solo es la dadora de la existencia sino también la maestra primigenia de la
vida: «De ella aprendí a manejar el oculto movimiento de las lenguas. Con ella
descifré la invención de mundos, a modo de los dioses».
El tono confesional de la violencia inicial en el sexo
es un testimonio desgarrador en la paradoja del deseo satisfecho: el yo se
asume un nuevo yo, feminizada la escritura, enfrentado a un animal siniestro
—pantera, tigre de montaña o monstruo de ébano— cuyo asalto es un instante en
el que el yo es una presa atrapada y al final: «Me descubrí abierta sobre aquel
/ nuevo mar de profundas camelias. / Dos espíritus de vírgenes tendían / sobre
mí sus fúnebre santuarios». La voz lírica, ya realizada
su transición, se asume voz de mujer y el tono bíblico se une al ritual del
martirio de Cristo: el cuerpo del martirio es amortajado amorosamente por el
cuidado funerario de las mujeres, pero, a contramano de la revelación, la
resurrección todavía es espera.
La naturaleza nocturna, entonces, es el refugio
ceremonial del nuevo cuerpo en la bellísima purificación que emerge de la
poesía y se encuentra con el amor: «La noche cubrió el huerto, / súbitamente.
Los laureles ardían. / Frente a ellos desnudé espalda, / cintura; me cubrí de
las fragantes / cenizas que arrastraba el viento, de / las primeras brasas.
Clamaba, de / rodillas y absorta, clamaba». Y en esa naturaleza
esplendente es en donde tiene lugar la hora del nuevo yo; el cuerpo es
componente de un jardín florecido en el que se funde tanto para renacer como
para constatar los límites que duelen en un proceso de transición que deberá
enfrentarse no solo a la fatalidad biológica sino también al mundo desde el
anhelo de la libertad imposible y la búsqueda de los días gloriosos que se
vislumbran, que aún no llegan, pero que están presentes en la realidad del
ensueño. «Hundo florecillas en mi vulva ausente, lloro, no pasa nada. Estoy
colmada de salvias fragantes, de rubios pistilos», reconoce la voz poética e
invoca, enseguida, su necesidad de tránsito en el tránsito de su angustiosa
limitación: «Dos atormentados duraznos, mis / senos no concebidos […] ¿Con qué
amamantaré a hijos / amantes, a las reencarnaciones de / mi madre. ¿Quiénes
serán testigos / de las deliciosas profanaciones».

El cuerpo de la heroína rebelde del poemario, en una contemporánea
actitud del combate romántico del yo, es un cuerpo en transición que se adueña
de un nuevo ser confrontando las convenciones heteronormativas y binarias; la
confesión de lo que se anhela y la subversión de lo establecido a través de la
escritura de belleza libre en persecución de la epifanía, que es el sueño de la
realización del deseo en libertad: «Nuestros cuerpo estaban / en punto,
bullían, rebrillaban, se / agudizaban, rompiendo las ataduras / de otra vida. /
Vamos al gran día, sí. / Vamos a los días de la eternidad»
.
El año pasado, al recibir el premio internacional de
poesía escrita por mujeres «Ana María Iza», en su primera edición, por Breve
mitología del cuerpo original, Victoria Vaccaro escribió en su cuenta en
Instagram: «Me siento orgullosa porque hace algunos años era impensable que una
mujer trans tuviese distinción alguna, o peor, ser la primera en ganar un
premio de poesía escrita por mujeres. El camino es largo aún, pero la esperanza
nos hace avanzar a pasos agigantados. Y estoy feliz de que en mi persona y en
mi palabra se haya reconocido una lucha: nuestra lucha». La poesía de Victoria
Vaccaro García evoca la infancia a través de la visualización de un jardín florecido
y fragante y describe tales recuerdos con un lirismo delicado aún en el
desgarramiento; Breve mitología del cuerpo original es un poemario que
se adentra, desde la memoria familiar del cuerpo, en el tránsito personal de la
voz lírica con imágenes que, al tiempo que nos estremecen con dolor, nos conmueven
con la alegría de vivir una nueva naturaleza.