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La
exposición Disyunciones, homenaje a la obra de Oswaldo Muñoz Mariño, en el centenario de su natalacio, en el Centro Cultural de la PUCE, en Quito, estará abierta hasta
marzo de este año. |
«Amo la acuarela por ser limpia y transparente, porque
es capaz de captar la precisión de la luz. Esta técnica es todo un reto porque
no se puede corregir»
. Estas palabras de Oswaldo
Muñoz Mariño (Riobamba, 24 de diciembre de 1922 – Quito, 20 de febrero de 2016)
fueron leídas por Cristina Chequer, su esposa, en diciembre de 2014, cuando el
artista recibió la Orden Mexicana del Águila Azteca, «por su aporte a México y
su contribución al acercamiento entre ambas naciones». Muñoz Mariño hizo su
primera exposición de acuarelas en el Colegio de Arquitectos de México, en 1951;
se graduó de arquitecto en la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1952;
y, en 1965, obtuvo el Primer Premio del Salón Nacional de la Acuarela, de México.
En Ecuador es considerado el mayor acuarelista del siglo veinte y recibió, en
1999, el Premio Nacional Eugenio Espejo.
Desde diciembre del año pasado, en el Centro Cultural
de la PUCE, en Quito, se exhibe la retrospectiva Disyunciones que
celebra el centenario del natalicio de Muñoz Mariño. La retrospectiva está
armada con fotografías, planos, acuarelas, dibujos, bitácoras y documentos de variada
índole que son el testimonio de una vida dedicada al arte y la arquitectura,
dos realidades que, como alternancia y sucesión de una obra creativa en dos
esferas, independientes y complementarias a la vez, constituyeron el trabajo
del artista arquitecto. La exhibición tiene un conjunto de elementos que
permite apreciar la obra de un artista que, como arquitecto, pensó el diseño arquitectónico
público en términos monumentales y el privado como espacios íntimos en donde la
cotidianidad doméstica habita de manera acogedora. Un arquitecto que, como
artista, hizo del dibujo y la acuarela una magistral crónica, sobre todo, de las
casas y edificios del mundo; espacios arquitectónicos en donde los seres
humanos están ausentes como una provocación para que estos los contemplen, mediten
y se imaginen habitando aquellos espacios y llenando esa ausencia que es, también
un desafío existencial.
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«Huayracanta:
Homenaje al hombre de América» debió construirse en el Cerro de la Estrella,
en Ciudad de México, en 1974; lastimosamente, las autoridades suspendieron el proyecto. |
«Para él, discípulo
de la escuela mexicana de arquitectura moderna, la arquitectura es moderna
porque resuelve la configuración del espacio en función de la sinceridad
programática y de la idea de beneficio social. Por lo tanto, la arquitectura es
un lugar de crítica y de resistencia»,
indica Shayarina Monard, curadora del material
arquitectónico. En la muestra encontramos, entre otros proyectos no realizados,
el diseño del Palacio Municipal de Quito, con el que ganó el concurso de
anteproyectos de 1961 y que no se construyó por cuanto el espíritu conservador
de la época lo vio como una agresión a la tradición colonial del Centro Histórico,
cuando el proyecto de Muñoz Mariño proponía que la imagen tradicional quedara
imbricada en la ruptura propuesta por la construcción moderna. Asimismo, «Huayracanta:
Homenaje al hombre de América», que debió construirse en el Cerro de la Estrella,
en Ciudad de México, en 1974, y en el que participaron él, como arquitecto, y
Guayasamín, como encargado de curar la exposición permanente de artistas
latinoamericanos; finalmente, el proyecto no se realizó por algunas declaraciones
inoportunas de Guayasamín que crearon descontento de los artistas mexicanos con
las autoridades de su país y estas decidieron suspenderlo para evitarse problemas
políticos.
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El paisaje mexicano está presente en su etapa de descubrimiento (1946-1960)
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«Muñoz
Mariño pinta casi exclusivamente espacios exteriores, arquitecturas de todos
los tiempos que narran el crecimiento de las ciudades, las ruinas como huellas
del paso del tiempo, paisajes casi sin lo presencia de seres humanos, luces y
sombras, nubes, árboles techos y portones como zonas liminales entre el
exterior y lo interior, entre lo público y lo privado», señala Giada Lusardi,
curadora del material pictórico. Un gran acierto de la muestra es el diálogo
que entablan las acuarelas del paisaje de México y las del Ecuador, así como algunos
ejemplos de la crónica, narrada a través de acuarelas y dibujos, de Quito y del
mundo, que el artista hizo a lo largo de su vida.
En 1976, Muñoz Mariño exhibió —como
ya lo había hecho, años atrás, en la misma Ciudad de México— en el Museo Nacional
de San Carlos, entre otras, sus acuarelas sobre Quito. Elena Poniatowska escribió
en Novedades: «Un puro amor a su ciudad Quito, a sus montañas violetas,
a sus casas apeñuscadas como cabras, sus árboles y sus techos de tejas rojas.
Yo no conozco Ecuador, pero me gustaría visitarlo después de ver los cuadros de
Oswaldo Muñoz Mariño».
Disyunciones tiene también un novedoso e
importante material documental del artista: muestras de la bitácora hecha de
dibujos y reflexiones en la que documentó sus viajes —bitácora formada por más
de 30 cuadernos—, a la que Muñoz Mariño llamaba «la biblia»; cartas, fotografías,
recortes de prensa, etc. Los documentos hablan de un creador que, desde muy
temprano, concibió su profesión y su arte como un todo artístico. Esta obra también
está en la bella casa Museo Muñoz Mariño, MMM, ubicada en la calle Junín E2-27,
en el tradicional barrio de San Marcos, en el Centro Histórico de Quito, cuyo
proyecto de restauración lo hizo el propio artista. El MMM, a pesar de tener un
convenio de comodato por cincuenta años con el Municipio de Quito, no recibe
los fondos correspondientes desde 2015, por lo que el museo corre el riesgo de
cerrar. Ojalá, la nueva administración municipal, solucione los inconvenientes administrativos
y presupuestarios que impiden un adecuado financiamiento de este centro cultural.
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Disyunciones es una estupenda exposición
que merece ser visitada por cuanto es una construcción,
concebida con profundidad conceptual por parte de sus curadoras, de la memoria
de un artista que, con una maestría singular en la acuarela y el dibujo de
paisajes urbanos, fue el cronista visual de Quito y el mundo, y que, desde la
arquitectura, siempre pensó el hábitat humano como un espacio estético y
acogedor.