José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, enero 05, 2026

El ataque de Trump a Venezuela: otra muestra de la política imperial y una nueva lápida para el derecho internacional

Imagen de Caracas durante el ataque norteamericano en la madrugada del 3 de enero de 2026 para capturar a Nicolás Maduro. Esta imagen ha circulado ampliamente en las redes sociales.
 
El País
, de España, en su editorial del 3 de enero de 2026 «La fuerza bruta en Venezuela» señaló que «Trump no actúa aquí como garante de la democracia, sino que sitúa la fuerza por encima del derecho. Otras potencias tomarán nota de las nuevas reglas cuando miran a Taiwán o a Ucrania. Señalarlo no es una defensa del régimen venezolano, sino una advertencia: la democracia no se exporta a golpe de misil ni se impone desde el aire». El ataque de Trump a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, mandatario carente de legitimidad, es una ratificación de la política imperial de los Estados Unidos, que tiene su antecedente en la Doctrina Monroe y una nueva lápida para la convivencia de las naciones bajo el derecho internacional.

Hasta donde existe información verificable, el gobierno de Maduro no dio muestras de la existencia de varios anillos de seguridad alrededor de su líder, ni ofreció un mínimo y coherente combate militar contra los invasores, ni ha demostrado capacidad de convocatoria para organizar la resistencia popular en caso de una nueva agresión. Al parecer, la descomposición del régimen de Maduro habría llegado al “sálvese quien pueda”, y la fácil captura de su líder solo se explicaría por negociaciones de la cúpula política y militar del propio régimen venezolano con el gobierno de Trump. Una vez capturado Maduro, en una operación militar más parecida al secuestro de guerra que a una captura legal, el presidente norteamericano declaró: «Administraremos el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa». También celebró la futura apropiación del petróleo venezolano por parte de las compañías norteamericanas y ha dicho que la vicepresidenta, Delcy Rodríguez —que, al parecer, es una ficha de transición para evitar el caos—, tiene que acatar las disposiciones de Marco Rubio. En síntesis, que la operación de Trump, con la cabeza de Maduro como trofeo, no tiene que ver con la libertad, sino con la geopolítica del petróleo. Habrá que estar atentos al desarrollo de esta especie de guerra de baja intensidad.

«El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente». Así tituló el Comité Editorial de The New York Times su reflexión del 3 de enero de 2026. El pretexto de la lucha contra el narcotráfico es endeble: «Mientras Trump ha estado atacando a las embarcaciones venezolanas, también indultó a Juan Orlando Hernández, quien dirigió una extensa operación de narcotráfico cuando fue presidente de Honduras de 2014 a 2022». Los líderes demócratas Bernie Sanders y Kamala Harris han manifestado lo ilegítimo e ilegal del ataque ordenado por Trump, desde la perspectiva de los intereses de los propios EE. UU. y hasta ellos señalan que se trata de una agresión por petróleo que debe ser condenada por el mundo democrático. Para nuestra América, esta agresión militar a un país que no ha realizado ningún acto de guerra contra EE. UU. es un capítulo más de la política imperialista de los EE. UU. ejecutada ya por los Demócratas, ya por los Republicanos. En América Latina, estas invasiones tienen un largo historial: Nicaragua (1912), Guatemala (1954), República Dominicana (1965), Granada (1983); no se diga en otras latitudes: Vietnam, Irak o Afganistán, para citar poquísimos ejemplos.

Sin ningún poder para evitar o sancionar una agresión militar de un país poderoso sobre otro, el secretario general de la ONU, António Guterres, señaló que el ataque militar estadounidense a Venezuela sienta un precedente peligroso e instó al diálogo. El 4 de enero, un comunicado conjunto de las Cancillerías de Brasil, Colombia, Mexico, Uruguay, España y Chile (el presidente saliente) condenó la agresión y expresó su preocupación «ante cualquier intento de control gubernamental, de administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos, lo que resulta incompatible con el derecho internacional y amenaza la estabilidad política, económica y social de la región». Pero Trump no solo que se pavonea por lo hecho, sino que no tuvo escrúpulos para amenazar al presidente de Colombia y a la presidenta de México. Esto, junto a la tibieza de las declaraciones de la OEA y de la Unión Europea sella una nueva lápida al derecho internacional y refrenda a EE. UU. como juez y policía del mundo. Después de todo, Trump invadió Venezuela para capturar a Maduro luego de celebrar, en Mar-a-Lago, el Año Nuevo con Netanyahu, quien sí tiene una orden de arresto expedida por la Corte Penal Internacional.

En síntesis, se confirma que lo que prevalece en la relación de las naciones es la ley del más fuerte que las potencias hegemónicas pueden aplicar en sus diferentes espacios de dominación. Así, Donald Trump, que es un megalómano, no tuvo reparos morales para jactarse de su poder imperial durante una entrevista telefónica para Fox News al día siguiente del ataque: «Lo increíble de anoche […] Tenemos que hacerlo de nuevo. Podemos hacerlo de nuevo. Nadie puede detenernos». Y, un día después de la incursión en Venezuela, Trump declaró: «Nosotros necesitamos Groenlandia, absolutamente, por seguridad nacional».

 

lunes, marzo 27, 2023

Cinco imágenes de una invasión

De mi archivo: La invasión a Irak, por parte de una coalición militar formada por E.E. U.U., Reino Unido, España y otros países, ocurrió hace veinte años entre el 20 de marzo y el 1 de mayo de 2003. La administración Bush justificó la invasión diciendo que el régimen de Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva (químicas, biológicas y nucleares) y que apoyaba el terrorismo de Al-Qaeda. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, denunció que la invasión violaba la Carta de la ONU y el carácter ilegal de la invasión, según el derecho internacional. Nunca se encontraron armas de destrucción masiva y la Comisión del 11-S, entidad norteamericana para la investigación del atentado criminal contra las Torres Gemelas, determinó que no había pruebas de vínculo algo entre Hussein y Al-Qaeda. La invasión se prolongó en una guerra que en siete años causó la muerte de más de 100.000 civiles, según la ONG Iraq Body Count. De acuerdo a la misma organización las muertes de civiles documentadas, desde la invasión hasta 2023, alcanza la cifra de 300.000[1]. Un recuento informativo, veinte años después, se puede encontrar en este análisis del portal digital BBC News Mundo: Las mentiras que llevaron a Estados Unidos y a sus aliados a invadir Irak hace 20 años (y cuáles son sus consecuencias hoy en día) 

Publicado en Arca. Revista de Cultura, No. 3 (Junio 2003): 60-61.


            1 Un soldado norteamericano, subido a la estatua de 40 pies de altura de Saddam Hussein erigida en pleno centro de Bagdad, coloca sobre la cara del ex dictador de Iraq, una bandera norteamericana. Enseguida, una soga de grueso calibre rodea el cuello de la estatua. Al extremo de la soga, decenas de iraquíes tiran de la soga para tumbar el monumento. Como no lo logran, un tanque del ejército norteamericano llega en su ayuda. Entonces, simbólicamente, se vienen abajo los 25 años del régimen dictatorial de Hussein, el principio universal de no intervención, el sistema de Naciones Unidas como guardián de la paz mundial y se erige en el espacio vacío dejado por la estatua de Hussein, el espíritu omnipresente del Imperio encabezado por George W. Bush.

 

2 Aproximadamente dos millones de personas en Madrid y otros dos en Roma; un millón y medio en Londres igual que en Barcelona; doscientas mil en París; cien mil en Dublín y otro tanto en Atenas; unas setenta mil en Amsterdam, en Bruselas, o en Glasgow; decenas de miles en Oslo, Helsinki, Estocolmo, Goteburgo, Copenhague, Luxemburgo y Viena. Millones de manifestantes en Europa marcharon contra la guerra imperial en el momento en que el eje Bush-Blair-Aznar había decidido por sí y ante sí el ataque a Irak. Las protestas se multiplicaron en diversas partes del mundo durante los 21 días que duró la invasión. El manifiesto No en nuestro nombre, firmado por decenas de intelectuales de los Estados Unidos —Alice Walker, Noam Chomsky, Adrienne Rich y Edward Said, entre otros— tiene un llamado perentorio: «¿Qué clase de mundo será éste, si se permite al gobierno de los Estados Unidos lanzar comandos asesinos y bombas dondequiera que se le antoje?». El eje ganó la guerra militar como estaba previsto. No obstante, hasta hoy, esos millones de manifestantes del mundo entero son la expresión de una opinión pública global que condenó al Imperio y que, potencialmente, incuba el germen de la resistencia.

       

3 El miedo, que presidió las imágenes de la propaganda imperial, fue diseminado en la opinión pública de Occidente igual que las prohibidas bombas de racimo arrojadas por el Eje. Se dijo que la guerra era para protegernos de la alianza de Hussein con Bin Landen y de la existencia de armas de destrucción masiva y químicas que amenazaban al mundo. Arthur Schlesinger, ex consejero de John F. Kennedy, declaró que Hussein «no tiene nada que ver con los ataques del 11 de septiembre». La propia CIA señaló que no había evidencias que probaran alguna conexión entre Ben Laden y Hussein. De lo que sí tenía evidencia es de los lazos entre Ben Laden, petroleros sauditas y el régimen de Paquistán. Scott Ritter y los inspectores de Naciones Unidas que estuvieron en Iraq en 1998 señalaron varias veces que las armas químicas fueron destruidas casi por completo. Los nuevos inspectores tampoco concluyen que las armas del autócrata Hussein fueran una amenaza. Después de todo, si Hussein hubiera sido peligroso lo era porque Estados Unidos, que bombardeó los campos de Vietnam con napalm, le facilitó tecnología militar cuando era su aliado en contra de los ayatolas de Irán. El periodista Jorge Ramos concluye que, finalizada la guerra, no existe evidencia de que Hussein escondiera armas químicas y bactereológicas ni se ha podido probar que su ejército poseyera misiles con un alcance superior a 150 kilómetros.

4 Al comienzo, en la pantalla de la CNN, la guerra parecía una exhibición de fuegos artificiales. Esa fue la imagen que nos quisieron vender: una guerra de precisión, aséptica, sin víctimas inocentes. Una guerra inteligente en donde únicamente serían aniquilados los malos. Una parte de la prensa norteamericana se puso el uniforme del patrioterismo. Pero no les fue posible mantener el engaño. A pesar de la censura y la manipulación de los periodistas —informados solo de las ruedas de prensa oficiales— la existencia de la cadena Al Jazeera y de periodistas independientes mostraron el rostro verdadero de esta invasión criminal. Un solo ejemplo: en el pasillo de lo que parece ser un hospital, decenas de cadáveres de civiles se amontonan; un par de médicos cargan en sus brazos el cuerpo destrozado y bañado en sangre de un niño. La Cruz Roja ya no sigue contando lo que podían ser miles de civiles muertos sobre los que el Eje tendrá que responder.        
Rice, Rumsfeld, Cheney y Bush

  
5 La invasión militar del eje Bush-Blair-Aznar consumó el golpe de Estado mundial contra el dictador Sadam Hussein. El Imperio se consolida y continuará escribiendo la Historia como ya lo hizo en Afganistán. «Un guión eternamente repetido: los unos bombardean, los otros se guarecen». Así lo señala la palabra profética de Alejandro Moreano en su excelente libro El Apocalipsis perpetuo: «la nueva categoría organizadora del mundo ya no es la libertad sino la seguridad. La peor de las pesadillas orwellianas parece haberse cumplido: vivimos en el seno de un mundo policíaco». La siniestra derecha militarista que gobierna los EE. UU. —Dick Cheney, vicepresidente, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa; Condolezza Rice, secretaria de Estado— ha de estar preparando las nuevas guerras preventivas, que antaño promoviera la doctrina nazi. Bush, convertido en la policía del mundo, es el Gran Hermano cuyo ojo todo lo vigila, todo lo invade, todo lo gobierna.

 


[1] Para mayor información, consultar el sitio web Iraq Body Count: https://www.iraqbodycount.org/