José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, junio 05, 2023

«El Rincón de los Justos», de Jorge Velasco Mackenzie: 40 años, edición conmemorativa


            El 26 de febrero de 1983, la editorial El Conejo terminó de imprimir la primera edición de El Rincón de los Justos, de Jorge Velasco Mackenzie. La ilustración de la portada es un fragmento de Oasis No. 2, de César Andrade Faini, un óleo de 1955. El mismo año de 1983, en la colección «Grandes Novelas Ecuatorianas. Los últimos 30 años», El Conejo lanzó la segunda edición con un tiraje de 10.000 ejemplares. En 1984, la novela obtuvo el premio al libro del año concedido por la Sociedad Ecuatoriana de Escritores. En 1991, apareció la tercera edición de la novela en el número 53 de la colección Antares, de Libresa, con estudio introductorio y notas a mi cargo.[1] En 2007, el Municipio de Guayaquil publicó la cuarta edición bajo la coordinación editorial de Javier Vásconez y Yanko Molina, con prólogo de Mercedes Mafla. En 2009, el Ministerio de Cultura de Ecuador, en alianza con Alfaguara, publicó tres volúmenes de novelas ecuatorianas; en el tercer tomo, apareció la quinta edición de la novela.[2]

1ra. edición, 1983.
            En este 2023, el mes pasado, salió la edición conmemorativa de los cuarenta años de El Rincón de los Justos, publicada por editorial Planeta, de Colombia, cuyo cuidado y coordinación he tenido el grato privilegio de que estén a mi cargo.[3] El camino no ha sido fácil: desde octubre de 2021, con la autorización de Cristina Velasco Cabrera, la hija del escritor, comencé a buscar una editorial de fuera del país para publicar la novela. Me respondieron que no editaban a escritores fallecidos, que la novela solo era conocida en Ecuador, que la imprimirían si la familia se hacía cargo de los costos; una aceptó publicarla, pero desistió por falta de presupuesto y otra nunca respondió. Hasta que llegamos a Planeta: esta edición tiene una historia que comienza con un correo electrónico del lúcido y generoso Marcelo Báez Meza a Juan David Correa, el editor de Planeta, el 4 de marzo de 2022, en el que le sugiere publicar una Biblioteca Jorge Velasco Mackenzie, que incluiría textos inéditos. Meses más tarde, Juan David y yo conversamos telefónicamente al respecto; inmediatamente después de esta llamada, le envié un PDF de la segunda edición de la novela. Finalmente, en octubre de 2022, el editor de Planeta respondió mostrando su interés en El Rincón de los Justos.

JVM, foto Liliana Miraglia, 1978.
            Entonces, Cristina Velasco se hizo cargo de digitalizar la novela y yo de la primera revisión de dicho archivo antes de enviarlo a la editorial. Luego vino un intenso trabajo de corrección del texto con Andrés Martín Londoño, que, en Bogotá, leyó la novela con un profesionalismo impecable. Mientras tanto, en el Encuentro de Literatura, que se realizó en Cuenca, del 21 al 25 de noviembre de 2022, yo había hablado con Alicia Ortega Caicedo y Cecilia Ansaldo Briones para pedirles que escribieran el prefacio y el texto de contratapa respectivamente. Así, esta edición tiene dos visiones lúcidas sobre la novela, pues Alicia, que es una crítica que tiene lecturas iluminadoras sobre la literatura ecuatoriana[4], y Cecilia, que, además de ser la maestra de todos nosotros, conoce la obra de Jorge desde sus comienzos, son dos voces de innegable valor académico para que quienes se acerquen, hoy en día, a esta novela fundamental en la tradición literaria ecuatoriana tengan más y mejores elementos críticos que contribuyan a su lectura personal. A mí me correspondió el posfacio, que «es el testimonio de mi amorosa admiración por la escritura tatuada del búho de Matavilela».[5]

Croquis original de Erwin Buendía.
             Esta edición conmemorativa tiene, además, cuatro elementos novedosos. En primer lugar, el croquis de Matavilela y los lugares en donde sucede la novela: la versión original de este plano la dibujó Erwin Buendía Silva (1966-2006) y nos la cedió Cecilia Ansaldo; basados en aquella versión y con la ayuda de Google Maps, la hemos mejorado. La foto de Jorge Velasco que va en la solapa es de la escritora y fotógrafa Liliana Miraglia: fue tomada en 1978, en una pequeña cafetería que existía en los bajos de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, antes de que los que formamos el grupo Sicoseo nos mudáramos al Montreal, la fuente de soda que quedaba en la siguiente esquina: un sitio emblemático que es protagónico de Tatuaje de náufragos. El año de la foto es el año en que se desarrollan los acontecimientos de la novela. La ilustración de la portada es una obra del pintor guayaquileño Jorge Velarde titulada Dentre nomás; pertenece a la colección del MAAC y data de 1983, el año en que apareció la novela.[6] Finalmente, Alicia Ortega cita, como corolario de su prefacio, la receta de Matavilela, un cóctel de homenaje a la novela de Jorge elaborado con bebidas espirituosas.[7]

            En síntesis, ¿por qué releer El Rincón de los Justos en estos tiempos? Porque la novela de Jorge Velasco Mackenzie retrata con visión deslumbrante al Guayaquil de finales de los 70 y comienzo de los 80, del siglo pasado, reelabora el habla de los sectores marginales que la habitaban y la incorpora naturalmente al discurso narrativo, construye inolvidables personajes del pueblo y es una muestra maestra del arte de narrar. Y, ¿por qué hacerlo en la edición conmemorativa de Planeta? Pues, porque es una edición bellamente diseñada y amorosamente cuidada que contiene varios elementos, novedosos y únicos, y que presenta estudios y comentarios actualizados sobre la novela. Si estas dos razones no son suficientes, existe una tercera: El Rincón de los Justos, de Jorge Velasco Mackenzie es una novela icónica de Guayaquil que, en diálogo con Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, contribuye a entender, desde la estética de la palabra, el espíritu de lo popular en la ciudad de los manglares.



[1] Consultar mi página web: Estudio sobre El Rincón de los Justos.

[2] En el tercer volumen, junto a El rincón de los Justos, también se publicaron Pájara la memoria, de Iván Egüez, Del otro lado de las cosas, de Francisco Proaño Arandi, y El desterrado, de Leonardo Valencia.

[3] Jorge Velasco Mackenzie, El Rincón de los Justos, 6ta. ed. (Bogotá: Editorial Planeta Colombiana / Seix Barral Biblioteca Breve, 2023).

[4] El prefacio de Alicia Ortega se titula: «El Rincón de los Justos: una poética de la ciudad manglar», 9-28. Recomiendo su libro Fuga hacia adentro. La novela ecuatoriana en el siglo XX (Buenos Aires / Quito: Ediciones Corregidor / UASB, sede Ecuador, 2017).

[5] Mi posfacio se titula «La escritura tatuada del búho de Matavilela», 215-228.

[6] Una obra de Jorge Velarde ilustró otro libro de Velasco Mackenzie: Clown y otros cuentos (Babahoyo: Ediciones Uso de la Palabra del Departamento de Letras de la Universidad Técnica de Babahoyo, 1988). Para mayor información, visitar https://www.velardepintor.com/

[7] Aquí, la historia de Matavilela, el cóctel


domingo, octubre 03, 2021

La escritura tatuada del búho de Matavilela

           

Jorge Velasco Mackenzie (1948-2021) escribiendo El búho frente al espejo, novela que quedó inconclusa. (Foto: Cristina Velasco Cabrera, 27-09-2020)

Él creía que quien escribe es un indomesticable ser de la noche como el búho. Habitó la soledad esencial que acompaña a toda escritura. Y, para él, el acto de la escritura fue el sentido medular de una vida plena: «… escribo en cualquier lugar, escribo en el bus, haciendo cola para pagar la luz, viajando a la Universidad de Babahoyo, donde trabajo; de noche, de día, vestido, desvestido, a veces me escapo de los lugares sociales para escribir una frase que me parece importante …»[1]. Jorge Velasco Mackenzie (Guayaquil, 16 de enero de 1948 – 24 de septiembre de 2021) fundó en su escritura el barrio de Matavilela y perennizó una imagen de Guayaquil como la ciudad de los manglares; indagó en la historia y nos mostró un país que se entiende mejor anclado en la realidad de la ficción; creó una conflictuada visión literaria del mundo de la marginalidad y lo popular; e hizo de la escritura, concebida como urgencia cotidiana, la permanente búsqueda de nuevas rutas de la imaginación y del lenguaje poético. «El búho, ave voraz, al ser envuelto por la nocturna, busca sus presas vivas o muertas, el hambre perpetua que lo acosa requiere a cada instante ser calmada. El escritor, en afanes parecidos, noche tras noche, busca el alimento del verbo encarnado y lo devora para convertirlo en texto»[2]. El búho y él: las criaturas extrañas de la familia y el mundo. Él, el más hermoso maromero de la palabra, con el alma tatuada de literatura.

           

El rincón de los justos (1983) es la novela de la cultura marginal del Guayaquil que, entre finales de los 70 y comienzos de los 80, se convirtió en una ciudad de desplazamientos humanos. Matavilela, barrio enclavado en el centro, es la representación literaria de lo popular, de ese otro orden que la ciudad aceptaba, vergonzante, como parte de su espíritu y al que, al mismo tiempo, expulsó de sí hacia el sur. La novela es un testimonio crítico sobre la vida de personajes de la marginalidad que son la identidad de Matavilela, así como ejemplo de la invención de una deslumbrante narrativa que transforma el habla popular en lenguaje literario.

            Velasco Mackenzie completó su imagen de Guayaquil con la apocalíptica Río de sombras (2003) y la nostálgica Tatuaje de náufragos (2008). «Nadie nunca es la ciudad, señor Basilio, ni siquiera las calles ni los monumentos, la ciudad es el tiempo que tardamos en vivirla; el tiempo de las palabras con que podemos inventarla»[3], le dice un personaje al cronista de Río de sombras, perseverando en la idea de la necesidad de la escritura para inventar el mundo. En Tatuaje de náufragos, a partir del cierre del simbólico bar Montreal, nos entrega la disección de una generación de artistas y escritores; el doctor Zacarías Lima Paladines, médico legista, es el encargado de esta autopsia de seres vivos y de ser parte de una investigación criminal. Lima es un lector cultivado que piensa que «escribir era también el arte de ocultar»[4], y, a ratos alter ego del autor, devela la más descarnada autocrítica de lo que fue Sicoseo, considerado un grupo insurgente ante el mundo de la cultura oficial de Guayaquil, «… cuando solo fue una liga de parvos y borrachos, por eso nunca salió nada bueno de ahí, de aquellos seres doblegados por el alcohol y la marihuana, que se reunían cada sábado para beber y fumar …»[5].  

   

            Su novelística no se agota en Guayaquil, sino que se extiende a otros ámbitos ficcionales. Tambores para una canción perdida (1986) es la historia de José Margarito, el Cantador, contada desde la invención mítica y en tono mágico. El Cantador es un esclavo negro que huye durante cien años, sin conocer que Urbina ya había decretado la manumisión de los esclavos. Ochumare, el dios que se humaniza como Arco, abre y cierra el relato: «Cuento lo que el Cantador no recordó al momento de su muerte […] Y, ¿quién soy yo? El Cantador ya no me oía cuando se lo dije, por eso me nombro Iris, como antes fui Arco, Ochumare, el dueño de su primeriza luz, el que le quitó la última»[6]. En nombre de un amor imaginario (1996) se desarrolla en el siglo XVIII, en el marco del arribo de la Misión Geodésica francesa a la Real Audiencia de Quito. Una cartografía literaria del país, atravesada por el amor contrariado de Isabel y Jean Pierre Godin. La novela es un collage documental: crónicas, diarios, actas, etc., que se entretejen, en medio del viaje de los amantes como metáfora de las vicisitudes de una nación que aún necesita armarse frente al espejo y luchar contra el peso de la cruz colonial encima: «Los espejos son ríos imaginarios que no se mueven ni van al mar […] Los ríos son los espejos de la muerte»[7], dice Isabel de Godin cuando inicia la travesía en busca de su esposo Jean Pierre navegando el río Amazonas.

            Complementan su novelística, una de personaje, El ladrón de levita (1990), monologada por el ladrón y asesino Enrique Mora Martínez, en su periplo final hacia la muerte: el criminal se humaniza desde su propia voz, mostrándose atormentado y sociópata. Otra de aventuras, Hallado en la grieta (2011), bajo la invocación de Melville; su escenario es Galápagos y sus personajes Valdemar Ventura, el viejo marino, y Aylin, su mujer, protagonizan una historia de pasión y violencia anclada en el recuerdo de Hiroshima. Y La casa del fabulante (2014), novela de dolorosa resonancia autobiográfica, que empata con el «El ebrio inmortal», el poema de autor anónimo que es leído en el Montreal: «He bebido enfermo para no morirme del todo / Para que este mío humano que soy no me abandone a la resaca. / Mientras confieso que he bebido, he bebido, días tras días, siempre»[8].

            Velasco Mackenzie también nos lega una obra excepcional en el cuento. Él es un maestro en el manejo de la tensión, la creación de atmósferas, diálogos precisos y personajes llenos de vida y literatura. Piezas memorables como «Clown», que sostiene la anécdota desde la voz narrativa de un traje de payaso, convertido en trotamundos; «La mejor edad para morir», sobre un suicida en Nueva York agobiado por su inmanente soledad; «Gótico», incursión en el terror de un teatro abandonado de Barcelona; «Último inning», estampa que mezcla magistralmente una confrontación deportiva y la lucha de clases; «Llamarada en mitad de la noche», relato en el que expone su amor por lo popular y su dimensión trágica; «Como gato en tempestad», que retrata a Allan Baby, el gato conductor de una historia de amor y muerte; «Aeropuerto», retrato de la migración y la cultura neocolonial; o esa poética que es «El fantasma y el cuento imposible», que nos habla del escritor frente a la página en blanco y la consunción de su alma en la propia escritura.

 


            Menos conocida es su obra poética, dramatúrgica y ensayística en la que Velasco Mackenzie mantiene sus obsesiones estéticas. Así, el trabajo creativo del escritor, su conflictiva relación con la ética, la estética y la política, y las tensiones entre realidad y ficción están presentes en la pieza En esta casa de enfermos (1985)[9] cuyos protagonistas son Joaquín Gallegos Lara y Pablo Palacio y en la que, además, en un giro de teatro dentro del teatro, encontramos las versiones teatrales de los cuentos «La doble y única mujer» y «Mataburro», de Palacio y Gallegos Lara, respectivamente. Tatuajes para el alma (2011), dialoga con Tatuaje de náufragos extendiendo protagonismo a Trista y su madre La Mina, en un texto de dolorosa tensión afectiva y de vuelo, a ratos surreal, a ratos absurdo. Algunos tambores que suenen así (1980) y el conjunto «Manual de acción imaginaria» (1978) son muestrarios de una poesía anclada en la anécdota, de aliento desencantado y sarcástico. Finalmente, Lecturas tatuadas (2009) recoge sus ensayos escritos con un fino sentido para la lectura luminosa de la literatura, la apreciación plástica y la reflexión teórica sobre el acto de la escritura.     

            Él, que ganó numerosos premios literarios, siempre fue un maestro y amigo generoso con su saber y modesto con la apreciación de su propia obra. Él hizo las veces de editor de Cuento a cuento cuento, mi primer libro: yo había escrito treinta cuentos y él los redujo a quince, que eran los menos malos; además, diseñó la portada y firmó la nota de contratapa. La ilustración de la portada se la pidió al artista León Ricaurte y, a cambio, le compró una cajetilla de Chesterfield. ¿Qué más podía pedir yo a los diecisiete años? Desde siempre, nos enseñó, siguiendo a Lezama Lima, que toda escritura debe ser problematizada en su enfrentamiento con la dificultad: «… siempre me han gustado las cosas difíciles: cuando jugaba béisbol, lo hacía en tercera base, donde la pelota va como fuego; no fui tan bueno, pero, por lo menos, yo escogí jugar ahí»[10]. Estas palabras de duelo son mi elegía por Jorge Velasco Mackenzie y el testimonio de mi amorosa admiración por la escritura tatuada del búho del Matavilela.

 

P.S.: Este artículo apareció en el número 156 de la revista Rocinante (octubre 2021), dedicado a la memoria de Jorge Velasco Mackenzie y Eliecer Cárdenas, fallecidos el 24 y el 26 de septiembre de 2021, respectivamente. Aquí el enlace de la edición digital de la revista:


Rocinante # 156

 



[1] Jorge Velasco Mackenzie, «Tatuaje de náufragos es la única novela en la que me he divertido escribiendo», entrevistado por Raúl Vallejo, Kipus. Revista Andina de Letras, No. 26 (2009): 154.

[2] Jorge Velasco Mackenzie, «El búho en el espejo», en Lecturas tatuadas: letras, plástica, música, (Quito: Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, 2009), 12.

[3] Jorge Velasco Mackenzie, Río de sombras (Quito: Alfaguara, 2003), 172.

[4] Jorge Velasco Mackenzie, Tatuaje de náufragos (Quito: Ministerio de Cultura del Ecuador, 2008), 194.

[5] Velasco Mackenzie, Tatuaje de náufragos, 296.

[6] Jorge Velasco Mackenzie, Tambores para una canción perdida (Quito: Editorial El Conejo, 1986), 9.

[7] Jorge Velasco Mackenzie, En nombre de un amor imaginario (Quito: Editorial El Conejo, 1996), 52 y 55.

[8] Velasco Mackenzie, Tatuaje de náufragos, 199.

[9] «En esta casa de enfermos» apareció en la revista Cuadernos, No. 13 (1985): 25-28, precedida de un riguroso estudio de Cecilia Ansaldo: «Jorge Velasco Mackenzie: esta vez dramaturgo»: 22-24.

[10] Velasco Mackenzie, «Tatuaje de náufragos es la única novela…», 157.


domingo, julio 18, 2021

J. V. Mackenzie: cóctel para celebrar a Guayaquil

 

Litografía del fondo: «Las Peñas», 1982, del artista alemán Manfred Kuttner (Greiz, 1937 - Düsseldorf, 2007).

             

            Es un fabulador contumaz. A comienzos de los 80, él me contó que su apellido materno tenía su origen en una familia de esclavos de las plantaciones de caña de azúcar de Jamaica, cuyos descendientes llegaron a Ecuador para la construcción del ferrocarril. Yo mencioné el dato en un acto público, al final del cual se me acercó la señora Aida Mackenzie, la madre, para decirme que todo lo que yo había dicho acerca de los cuentos de sus hijos estaba muy bien, pero que ni su padre ni su abuelo habían sido esclavos. Tanto la madre como el hijo estaban en lo cierto: quienes llegaron en 1900 hacía varias generaciones que ya no eran esclavos, lo que no descarta que sus ancestros no lo hubieran sido. Jorge Velasco Mackenzie es un fabulador de oficio.

            Él ha reflexionado en «El fantasma y el cuento imposible», lo que significa el combate de la persona que escribe contra la dificultad de la escritura misma: «Desde la primera mañana, cuando decidí escribir el cuento imposible, he recibido la visita puntual del fantasma de la página en blanco»[1]. En este relato, aparece Lima Paladines: «… en verdad, así se llamaba el sastre de la esquina de mi barrio, pero aquello no me importaba, me agradaba oírlo sonar con sus vocales abiertas y cerradas…»[2].

            En una novela que da testimonio de una generación que hizo del sicoseo una actitud vital y estética, reaparece Zacarías Lima Paladines, quien escucha a Cristóbal Garcés leer en el bar Montreal, el poema «Confesiones del ebrio inmortal», de autor anónimo: «He bebido, día tras día he bebido / celebrando las bodas del sol con la luna / los lejanos plenilunios / los mediodías cuando el sol es una bola de fuego / ardiendo en mis entrañas / en el crespúsculo, cuando aparece el desierto oscuro / que abrasa y sin embargo es frío»[3]. Esa ebriedad del Yo lírico se expresa en este cóctel que condensa la tradición de los cañaverales de Jamaica, el aroma del café que se secaba sobre las aceras de las calles de Guayaquil y el fruto de los limoneros montuvios: a este cóctel lo he bautizado con una construcción del nombre del escritor, similar a la de J.D. Salinger, uno de sus maestros.

 

            Cóctel «J.V. Mackenzie»

 

Ingredientes:

1 ½ oz de ron San Miguel Gold.

¾ oz de ron San Miguel Black.

½ oz de crema de café

¼ oz de zumo de limón amarillo

Preparación:

Mezclar todos los ingredientes en coctelera con hielo.

Agitar por 30”.

Presentación:

Servir en copa de cóctel fría.

Adornar con rodaja de limón amarillo en el borde de la copa.

 

            La dificultad de la escritura se incrementa con el oficio, con la permanencia de los textos inconclusos, como aquel poema que alcanzó solo un verso: «qué le queda al poeta qué le queda»[4]. Tal vez, le quede iluminar la fiesta de la vida con el espíritu del ron y el aroma de café; evocar la memoria de aquellos veinte mil esclavos jamaiquinos que se rebelaron en la Navidad de 1831 y consiguieron su libertad en 1834; y continuar fabulando en la derrota de uno mismo que es toda escritura.



[1] Jorge Velasco Mackenzie, «El fantasma y el cuento imposible», en No tanto como todos los cuentos (Quito: Campaña de Lectura Eugenio Espejo, 2004), 41.

[2] Velasco Mackenzie, «El fantasma…», 42.

[3] Jorge Velasco Mackenzie, Tatuaje de náufragos (Quito: Ministerio de Cultura del Ecuador, 2008), 195.

[4] Jorge Velasco Mackenzie, «Como gato en tempestad», en Como gato en tempestad (Guayaquil: Casa de la Cultura, núcleo del Guayas, 1977), 105.

lunes, agosto 10, 2020

Matavilela, el cóctel


Cóctel «Matavilela»: servir en vaso corto y adornar con media rodaja de limón amarillo y cereza.
            Llegar a Matavilela es un viaje hacia el tiempo de un Guayaquil que ya no existe más, pero es semilla de un espíritu que se ha esparcido por toda la ciudad.[1] «Hacia la izquierda, siguiendo recto por la calle Colón, aparecía aquel callejón intrincado con sus salones oscuros que olían a grifa y aguardiente, bares donde según iba oscureciendo, las paredes manchadas los volvían más tétricos»[2]. La fragancia dulzona del aguardiente de caña impregnaba las mesas de madera lustrosa, las sillas patulecas, la música de la Wurlitzer que invadía la noche en «El rincón de los justos». Matavilela es hoy un barrio hecho de memorias por la palabra del maromero.

           

Jorge Velasco Mackenzie, en la "Parrillada del Río", 09.08.20.
 
Narcisa Martillo Morán es la Virgen de Nobol, pero también es la mesera de la cantina. Fuvio Reyes la llevó en sí para la eternidad, como la aparición de una fantasma en medio de una tropilla de caballos por el fondo de los ojos. «Nadie como yo se acuerda de que la Martillo Moran y tú fueron dos mujeres distintas, pero con iguales nombres. A ti te veía todos los días sirviendo tragos en ‘El Rincón de los Justos’ y a la otra metida en la urna de vidrio de la iglesia de San Alejandro el Grande»[3].

            En el puerto se esparcían los olores del cacao y el café, el rumor de los cañaverales. Guayaquil, la capital montuvia, acogía a la gente de los campos, inmigrantes de las calles del centro que se desplazaron hacia el sur, allá en los Guasmos, donde construyeron otra historia de sobrevivencias. En homenaje a Matavilela, el barrio de El rincón de los justos, la novela emblemática del Guayaquil de los 70 y 80, de Jorge Velasco Mackenzie, he creado este cóctel con ingredientes que recogen las fragancias y los sabores que nos cobijan:

 

            Cóctel «Matavilela» 

 

Ingredientes:

1 ½ oz de aguardiente Caña manabita, faja negra.

½ oz de crema de café

½ oz de crema de cacao

½ oz de zumo de limón amarillo

2 oz de Ginger Ale

 

Preparación:

Mezclar todos los ingredientes en coctelera con hielo, excepto el Ginger Ale.

Agitar por 30”.

 

Presentación:

Servir en vaso corto, 1/2 lleno de hielo.

Añadir no más de 2 oz de Ginger Ale por vaso.

Adornar con rodaja de limón amarillo, una cereza en el borde del vaso y pajilla.

 

             En el malecón Roberto Gilbert Elizalde, de Durán, frente a la isla Santay, queda la «Parrillada del río», bar-restaurante, un rincón acogedor atendido por su propietaria Cristina Velasco, la hija mayor del escritor. Un cóctel «Matavilela» como aperitivo, mientras contemplamos Guayaquil, en la otra orilla de la ría, siempre será un tan buen comienzo como el apoteósico final de El rincón de los justos: «Quien la respira se ahoga, quien la camina la huye, quien la busca la encuentra, quien la escucha la oye, quien la mira la ve y ya no podrá olvidarla nunca, porque quien la vive la ama como a una mujer perdida en la calle»[4].

 

 Jorge Velasco Mackenziem autor de El rincón de los justos, y su hija Cristina, en la «Parrilla del Río», julio de 2020.


[1] Este artículo puede ser reproducido, total o parcialmente, siempre que se solicite autorización al autor y se cite su fuente: Vallejo, Raúl. «Matavilela, el cóctel». Acoso textual (blog). 10 de agosto de 2020.

[2] Jorge Velasco Mackenzie, El rincón de los justos (Quito: Editorial El Conejo, 1983), 65-66.

[3] Jorge Velasco Mackenzie, «Caballos por el fondo de los ojos», en Raymundo y la creación del mundo (Babahoyo: Universidad Técnica de Babahoyo, 1979), 25.

[4] Velasco, El rincón…, 176.