José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, septiembre 07, 2026

En torno a las míticas amazonas del río

Grabado de Theodore de Bry sobre las mujeres guerreras del Amazonas, 1599. (Wikimedia Commons)


Pocas semanas atrás, las conversaciones giraban en torno a la Odisea, de Homero, y la versión cinematográfica según Christopher Nolan. De pronto, la mitología griega volvió a ganar un espacio en la conversación cultural, lo que llevó a relecturas de la literatura griega y nuevos debates sobre la vieja discusión de las adaptaciones que hace el cine de las obras literarias. La libérrima versión de Nolan me hizo extrañar a las amazonas, puesto que sus características tienen epicidad cinematográfica. Recordé, entonces, la Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, escrita por fray Gaspar de Carvajal, en 1542. La relación fue incorporada por Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, publicada por primera vez en 1851. En 1894, la relación de Carvajal se publicó como texto independiente, en Sevilla, con un estudio introductorio del académico chileno José Toribio Medina y «otros documentos referentes á Francisco de Orellana y sus compañeros».

En la relación, utilizada por Orellana para reclamar títulos y propiedades ante el Consejo de Indias sobre el entonces llamado Río de Orellana, fray Gaspar de Carvajal da testimonio de las vicisitudes que padecieron Orellana y sus hombres en la búsqueda de El Dorado. El propio Carvajal perdió un ojo en unos de los tantos combates de la travesía, en la que se toparon con mujeres guerreras que reconoció como las míticas amazonas a las que venció Aquiles. Sin embargo, no es ni en la Ilíada ni menos en la Odisea en donde se cuenta este duelo, sino en las Posthoméricas, de Quinto de Esmirna, (c. III y IV d.C.), que narra el final de la guerra de Troya, incluida la estratagema del caballo urdida por Odiseo.

El combate de Aquiles contra Pentesilea, que comandaba una escuadra de doce amazonas, y que había prometido vencer a Aquiles en nombre de los troyanos, ocurre en el primer capítulo de las Posthoméricas. Así describe Quinto de Esmirna la valentía de aquellas guerreras: «A las Amazonas, en cambio, desde un principio les agradaron el inexorable combate, la equitación y cuantas tareas ocupan a los hom­bres; por ello siempre aflora en ellas un ánimo belicoso y no son inferiores a los hombres, ya que ese adiestramiento ha acrecentado la gran fuerza de su ánimo y les impide a sus rodillas temblar».[1] Una vez vencida Pentesilea, Aquiles se acerca a su cadáver, le quita el casco y se extasía ante la hermosura de su rostro, a pesar de la muerte, lo que lo lleva a un arrepentimiento momentáneo: «Aquiles sentía sin cesar gran tormento en su corazón, por haberla matado y no habérsela llevado como su divina mujer a Ftía, de hermosos potros, ya que por su talla y su belleza resultaba ella intachable e igual a las inmortales». (94) No sé cómo Nolan dejó escapar una escena de este calibre emocional.  

             El dominico, para quien los pueblos originarios y la naturaleza eran una misma cosa a la que había que conquistar, describe la aparición de una docena de guerreras que guiaban en el combate a los aborígenes. Por el testimonio de los propios indios, Carvajal da cuenta de estas mujeres como un pueblo de guerreras a quienes sus vecinos rinden tributo, que no admiten hombres en su aldea y que son diestras en el manejo de las armas: «Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto á la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en Ias manos, haciendo tanta guerra como diez indios; y en verdad que hubo mujer de éstas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines, y otras que menos, que parecían nuestros bergantines puerco espín».[2] Imbuido en la tradición clásica y en esa mirada sobre lo maravilloso que resultaba el mundo que iban descubriendo, fray Gaspar de Carvajal no duda en identificar a estas mujeres guerreras como amazonas.

López de Gomara, que no conocía la crónica de Carvajal, pero sí el testimonio de Orellana ante el Consejo de Indias se burla de la identificación de estas guerreras como amazonas: «Entre los disparates que dijo fue afirmar que había en este río amazonas, con quién él y sus compañeros pelearan. Que las mujeres anden allí con armas y peleen, no es mucho, pues en Paria, que no es muy lejos, y en otras muchas partes de Indias lo acostumbraban…»[3]. Ciertamente, no eran las mitológicas amazonas, pero sí mujeres guerreras que se destacaban, de forma particular, por su destreza en el combate. En fin, que siempre hay un aguafiestas que arruina con la puntillosa racionalidad una buena historia que mezcla ficción y factos.

Lo realmente maravilloso, parodiando a Alejo Carpentier, radica en que, pese a todo, el río no se llama Santa María de la Mar Dulce, como originalmente lo nominó Vicente Yánez Pinzón, que lo descubrió en su desembocadura al Atlántico, en febrero de 1500, o Marañón, según decían era el nombre del marinero que lo avisó, o río Grande, como le dice hasta el propio Gaspar de Carvajal, o río de Orellana, como Carvajal y el adelantado Orellana que, en 1542, lo navegó en toda su extensión por primera vez, desde su nacimiento hasta su desembocadura, hubieran querido que se llamara.

Al final de la navegación histórica, el río Amazonas se llama así en honor a las guerreras de los pueblos originarios, que, según los cronistas, gobernaban en alguna parte del territorio al que los españoles se referían como El Dorado. Aquellas mujeres guerreras fueron nominadas por una evocación clasicista a las míticas amazonas comandadas por Pentesilea, aunque, más allá de la conjetura mitológica, las guerreras ejemplares de las que habla fray Gaspar de Carvajal existieron con naturaleza e historia propias. Y el río de las Amazonas nos lo recordará por siempre.

 

El descubrimiento del río Amazonas, de Oswaldo Guayasamín, (1960), en el Palacio de Carondelet. (Instituto Municipal de Patrimonio). El mural desarrolla una visión hispanista sobre la épica del descubrimiento combinada con la presencia indígena, definida desde la heroicidad del sacrificio, nociones que apuntalan el proyecto cultural del país mestizo y que ratifican la cohesión nacional alrededor de la idea de la patria amazónica. El poema de Aurora Estrada i Ayala está en la misma línea discursiva. 

 

La del estribo

  

PIONEROS:

 

De acá, de la Quito Andina,
alzada como un nido de cóndores junto al Pichincha heroico, hombres
de nuestra taza, hace más de cuatrocientos años,
partieron junto a Orellana, en la expedición de Pizarro,
para buscar una ruta a España.
Frágiles embarcaciones aborígenes nuestras descendieron entonces por el Napo,
i en el laberinto esmeralda del bosque,
sobre el encaje de espumas de las ondas rápidas,
luchando con la muerte entre el millón de curvas del río,
tras días que pasaban como siglos
hallaron el GRAN RIO…
Abríase como un mar frente a los descubridores…
Tendíase inmenso como el manto brillante de un dios shiri,
el Amazonas único,
el Río Rei de nuestra América india,
al que como Monarca le daban su tributo todos los ríos de nuestro Oriente.

Por eso nuestro iris flameó sobre la cuenca amazónica.
Por eso cuatrocientos años dieron a nuestra Patria su dominio.
Por eso cuatrocientos años fueron el Arca de la Esperanza ilímite,
fulgiendo en las arenas doradas de sus ríos,
en la riqueza de su flora,
en el esplendor de su tierra
i en la maravilla del paisaje!

 

Aurora Estrada I Ayala, «Pioneros» (extracto), en Isabel Ramírez Estrada, Aurora Estrada I Ayala, Estudio Biográfico-Literario y Antología, t. II, Letras del Ecuador No. 27 (Guayaquil: Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, 1976), 87-88.



[1] Quinto de Esmirna, Posthoméricas [c. IV d.C.] introducción, traducción y notas de Mario Toledano Vargas (Madrid: Editorial Gredos, 2004), 85.

[2] Gaspar de Carvajal, Descubrimiento del río de las Amazonas [c. 1542], estudio introductorio de José Toribio Medina (Sevilla: Imprenta de E. Reascos, 1894), 60.

[3] Francisco López de Gómara, Historia general las Indias y vida de Hernán Cortés [1552], edición de Jorge Gurría Lacroix (Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979), 131.