(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, octubre 13, 2019

Joker, o el síntoma del estallido social


           
"Anti-autoritario - Anti-capitalista - Un trabajo es un derecho - El capitalismo no trabaja para ti": las revueltas sociales en Joker, dirigida por Tod Phillips.
            «¿Es solo mi impresión, o se están volviendo más locos allá afuera?», se pregunta Arthur Fleck, un payaso que sueña con ser comediante y que cuida de su madre, una mujer que ha estado internada en un siquiátrico, como él mismo descubrirá más tarde. Parecería que Ciudad Gótica ha enloquecido, pero la violencia vandálica es una de las expresiones de la confrontación de clases que se ha incubado en una ciudad saturada de basura, ratas gigantes, desempleo y pobreza, por un lado; y, por otro, mansiones, triunfadores de la TV, y ricos ensoberbecidos de poder. La violencia criminal de un individuo desquiciado es el síntoma de la violencia social de una sociedad enferma de inequidad.
            Joker (2019), dirigida por Todd Phillips, es una película perturbadora que devela los mecanismos de la lucha de clases tras la máscara de los payasos. En ella, los límites entre el bien y el mal están borrados, no en términos metafísicos sino históricos. En ella, la enfermedad mental de Arthur Fleck está retratada como un síntoma agravado por una sociedad cruel, tal como la describiera Foucault. Y, todo lo dicho, se sostiene en la estupenda y estremecedora caracterización que Joaquin Phoenix hace del Guasón.
            Joaquin Phoenix le da fuerza y verdad a su personaje. Desde los primeros planos que nos muestran su risa compulsiva como una enfermedad que lo va carcomiendo, pasando por el sufrimiento de su cuerpo, el estallido de la violencia criminal y sus remordimientos, o la liberación momentánea que exhibe su transformación de payaso a Joker, hasta el momento de su crisis más alta en su encierro del hospital siquiátrico, Phoenix hace de Arthur Fleck un personaje de locura y sufrimiento profundos, conmovedores.
Si bien la narración del origen del personaje, clásico contendor de Batman, sigue un guion convencional en la construcción del antihéroe, no es menos cierto que está imbuida en una crítica similar a la que vimos en Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), dirigida por Milos Forman, con una actuación inolvidable de Jack Nicholson, o en Taxi Driver (1976), dirigida por Martin Scorsese, y protagonizada genialmente por Robert De Niro. La crítica está sobre el sistema de atención siquiátrica y se concentra en el diálogo de Arthur con la trabajadora social, cuando esta le dice que van a hacer recortes de los programas sociales y que a los poderosos no les interesa la gente como él o como ella. Tal vez por eso, al final, el crimen de la siquiatra contradice el planteamiento de la película pues reduce la alienación del personaje originada en la enfermedad social a una horrorosa situación de locura criminal.
La personificación de aquellos poderosos es Thomas Wyne, el padre de Batman, que, ante el caos de Ciudad Gótica, se postula para alcalde y llama “payasos” a quienes protestan. Cuando Arthur asesina a los tres jóvenes ricos en el metro, la lucha de clases se activa y la sociedad se divide entre quienes condenan el crimen y quienes lo celebran. La complejidad del drama es que Arthur no mata por una “instinto criminal”, sino en defensa propia, cansado de ser agredido y humillado por una sociedad que acosa al Otro diferente. Incluso el espectacular crimen de Murray (con un De Niro de primera), el millonario conductor de TV, tiene sabor a un violento ajuste de cuentas, pues Murray ha invitado a Arthur para continuar ridiculizándolo.
Una película del circuito comercial tiene un efecto político importante, justamente, porque incide globalmente en la perspectiva de un público masivo sobre la vida y sus dramas, la sociedad y sus conflictos, la historia y su verdad. Joker no es una película condescendiente. Tampoco es una película revolucionaria, si existe alguna, porque al final del día, la revuelta social, signada por el vandalismo, inspirada en los crímenes de un demente, está condenada al fracaso. Además, al Guasón no le interesa la política y la revuelta social se da por encima de sus deseos.

La caracterización que hace Joaquin Phoenix del Joker le da fuerza y verdad a su personaje. ("Pon una cara feliz").
 Sin embargo, es una película que muestra con crudeza el estallido social, la alienación que produce la TV, la función disciplinante de la policía en la protección del capital, y el ejercicio impune del poder de la burguesía. Así, en términos políticos, Joker es una película que se alinea con lo que Stanley Kubrick decía: «…estoy convencido de que es más efectivo un filme comercial ideológicamente consecuente, que un panfleto político underground», entre otras cosas, porque muestra la revuelta de Ciudad Gótica, no como producto coyuntural de la insania del Guasón, sino como resultado histórico de la iniquidad social.

Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 11.10.19

No hay comentarios: