(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

martes, agosto 01, 2017

Un Velasco Ibarra más de la literatura que de la historia




Jorge Aguilar Mora al referirse al ciclo de la así llamada novela de la Revolución Mexicana, señala aquello que se asume desde la función histórica y política de la literatura, cuando esta se constituye en la memoria de los particulares: “La novela —la narrativa— de la Revolución le dio voz a la pluralidad de experiencias que la Historia en busca de acontecimientos objetivos no se iba a molestar en recordar; le dio voz a la vitalidad de motivaciones que la Ideología deseosa de doctrinas clasificables no se iba a molestar en recoger”[1]. Aguilar Mora está hablando de aquella narrativa que fue escrita durante los sucesos políticos de la Revolución y que se convirtió, por fuerza de los hechos, en la escritura testimonial de lo cotidiano, de la vida de los personajes que no comandaban el proceso pero que lograban que existiera como consecuencia de sus acciones mínimas.

Velasco Ibarra y doña Corina en Mar del Plata, 1937. Foto Mazer.
Con El perpetuo exiliado he querido, también, construir una voz íntima para Velasco Ibarra, quien fuera una voz pública fundamental durante cuarenta años de historia política de mi país. He optado por poner en primer plano la historia privada del personaje público y construir un relato en donde el punto de vista del personaje, o sea, su subjetividad, irrumpa constantemente ante la narración de los sucesos políticos. He privilegiado la confrontación de las voces que hablan alrededor de un mismo suceso incluyéndolas en decurso de la narración, de tal forma que el suceso histórico tenga su contrapunto en la consciencia del personaje que lo protagoniza.
El trabajo de investigación ha sido exhaustivo. Durante, aproximadamente, catorce años me he pasado revisando bibliografía respecto del personaje, de los acontecimientos en los que se vio envuelto, del entorno cultural que lo acompañó; así como también he visitado Buenos Aires en algunas ocasiones, el departamento donde vivieron Velasco y Corina; hice el último viaje de Corina en colectivo y recorrí los lugares por donde pudieron estar en esa ciudad. Una suerte de diario de escritura de la novela también forma parte del collage: en los interludios anoto parte del proceso de gestación del texto, doy pistas sobre la estrategia de escritura del mismo e introduzco un elemento autobiográfico que, de alguna manera, me relaciona con el personaje.
Asimismo, me pasé una semana completa, investigando durante ocho horas diarias en la biblioteca de Casa de las Américas, en La Habana, decenas de textos que se habían escrito sobre la novela del dictador en América Latina, sobre la relación de la literatura, la política y la historia, y sobre las estrategias narrativas que los diferentes autores utilizaron a la hora de abordar sus respectivas novelas. El trabajo en la biblioteca de Casa fue la base de mi reflexión académica y estética para llegar a entender el tipo de novela que quería escribir, cómo debía abordar la perspectiva histórica y de qué manera construir la estrategia narrativa.
No solo se trata de un trabajo de investigación de los hechos históricos. Se trata, sobre todo, de una investigación minuciosa de la cotidianidad de los tiempos del relato. Considero que hay que partir de lo privado, de lo cotidiano, del estado del espíritu de los personajes en un momento determinado y aquello se concreta en los detalles pequeños mucho más que en la descripción de los grandes acontecimientos. Los grandes acontecimientos de la historia política deben de estar definidos desde las pequeñas vivencias de lo cotidiano, desde los hechos cargados de subjetividad de los particulares. 
Aunque no se trata de un ensayo académico sino de una novela, debo anotar que la mayoría de los hechos que se mencionan aquí son verificables en documentos históricos pero que, al mismo tiempo, el relato de los acontecimientos que se narra alrededor de tales sucesos pertenece exclusivamente al estatuto de la ficción. Lo que hace la novela es crear un estatuto imaginario alrededor de los personajes e inventarles una cotidianidad, una vida privada alrededor de los sucesos que son conocidos o que pueden serlo a partir de la lectura de periódicos o libros de historia.
La distancia que existe con el tiempo de los sucesos, me ha permitido construir un discurso narrativo que, dejando a un lado cierta tradición anti velasquista de la literatura ecuatoriana, se ubica en una posición más cercana y piadosa para con el personaje. Por lo tanto, si bien está imbricado en la política del Ecuador del siglo xx, el Velasco Ibarra de El perpetuo exiliado no pertenece tanto a la Historia como a la Literatura.




[1] Jorge Aguilar Mora, El silencio de la Revolución y otros ensayos, México D.F., Ediciones Era, 2011, p. 15.

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