(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, abril 22, 2012

La evanescencia de la vida es memoria en el poema


            El agua como elemento en el que se realiza la transparencia de la palabra poética, el agua como torrente en el que fluye la memoria, el agua como un maná líquido que nos baña desde el cielo. La huella en el agua es una existencia de lo imposible; esa huella efímera es símbolo de la evanescencia de la vida mientras la misma vida fluye. La memoria es posible porque se transforma en escritura.
            La voz poética se presenta con un sueño: “Soñé que regresaba / con un libro escrito / en las escamas de un pez” (19). Como todo sueño, inasible. El poeta sabe que solo en el poema existe la posibilidad de que aquello que se esfuma pueda ser retenido para derrotar al olvido; pero esa retención es posible gracias a un artificio que requiere confrontar el silencio de lo cotidiano con la carga sonora de la palabra: “Algo me aleja y salgo a respirar / el lenguaje que serpentea por la calle / con sonidos de metal y arcilla” (209). La permanencia de lo vivido, que es huella en el agua —realidad que se deslíe—, solo es posible en los intersticios de la derrota a la que, de antemano, estamos sometidos frente al olvido: “Y soy mirado / por la escritura inútil / que avanza entre los dedos” (121). El escribiente vive permanentemente en la vigilia que le habla hacia adentro: “Sonámbulo / detiene el trajín de abonar / con leves puñados el olvido”. El escribiente conoce también el antídoto que permite el triunfo de la memoria: “Por años / el deseo forma las palabras / y elige el centro de su estrella” (118).
            Eros ampara al hablante lírico y esa explosión del instante, que es la orgásmica muerte, encuentra en la celebración de la noche y su piel la posibilidad de lo eterno. “La muchacha que golpea con sus piernas / el viñedo en el anochecer / es el rojo que busco” (71) es el anhelo de insaciable deseo del hablante lírico que requiere convertir a la noche en el instante cómplice de una eternidad orgásmica que solo es posible, como toda la cotidianidad, en la perennidad de la palabra: “Amada noche / que el día no nos manche / con su cuerpo” (72). Esta confrontación romántica de la perennidad del deseo con la condición pasajera del cuerpo se resuelve en los silencios del poema que están marcados en verso corto, conciso, exacto, como la lucidez que se requiere para encontrar al monstruo del Loch Ness, el que “al amar no infringe roce en el abismo” (36). El hablante lírico también alcanza a retener a la mujer que se esfuma en la imagen etérea en la que existe gracias a la poesía: “Y el deseo se ilumina / en las ondulaciones de la vida: / Una mujer desnuda bañándose en el aire” (153). Agua y aire, elementos conjugados para la festiva realización de aquella maroma que realiza el deseo.
            Los retornos de la memoria, la recuperación de la infancia y la madre, la vuelta a la naturaleza como símbolo de libertad: “Y el mundo brilla / en el lomo oscuro de un delfín rosado” (80). Esa evocación de la vida que ya no es pero todavía pesa tiene lugar en el viaje, así: “El viajero extiende / una carpa de lejanas costumbres / y su mirada incendia la memoria” (101). La voz poética suele asirse a una tradición de la poesía; en la figura simbólica de Borges encuentra la posibilidad de ser ella misma, acepta que “el ciego brillo de los espejos / ha infectado mis años” y que el tiempo, ese inasible, ese anhelo de eternidad de todos los mortales “…labra en perversa precisión / El rostro del hombre / que se parecía a sí mismo” (111). Finalmente, el hablante lírico se considera una huella en el agua, es decir una muerte que ha de convertirlo en nada, y por eso quiere “que una masa de agua / sea mi fosa / Y la tierra nunca alcance a cubrirla” (152). Evanescencia permanente de la vida.
            Huellas en al agua, de Antonio Correa Losada, es una selección de textos que dan testimonio del tránsito de un escritor por una poesía de profunda riqueza simbólica e imágenes alucinantes, escrita con los significativos silencios del verso corto; en ella, la memoria de la evanescencia de la vida, quiebra la coraza del olvido y fluye, agua transparente, río vital, lluvia de nostalgia, gracias a la escritura del poema: “Al atardecer / brota un verdor oscuro / en la conversación desnuda con el agua / La memoria viene / por un caudaloso e incontenible río […] Y se lleva / La fija sombra de lo que ya no está” (124) Antonio Correa es poeta de profundo y permanente asombro de la poesía que yace en la existencia que pugna por ser rescatada de la frágil memoria con la que vivimos.

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