(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

martes, marzo 09, 2010

Reflexiones en torno a la muerte de Orlando Zapata

El Telégrafo, martes 9 de marzo de 2009, p. 15.




Orlando Zapata

Dicen que fue albañil y fontanero. Negro y disidente. Hubiera cumplido 43 años el 15 de mayo próximo. Dicen que fue aprehendido el 6 de diciembre de 2002 y que luego de cumplir una condena de tres meses fue nuevamente detenido, el 20 de marzo de 2003, en lo que la oposición cubana llama “Primavera negra”. Acusado de desacato y desobediencia civil fue condenado a 36 años de cárcel. Dicen que inició una huelga de hambre en la prisión de Camagüey, Cuba, el 2 de diciembre de 2009 y falleció el 23 de febrero de 2010. Digo que ha muerto un ser humano que decidió sacrificarse a sí mismo en nombre de su consciencia. ¿Qué podemos decir, desde la izquierda, ante los límites impuestos a las libertades civiles por parte de una revolución emblemática?

Cuba vive una agresión permanente por parte de la mayor potencia del mundo: desde Playa Girón, pasando por los cientos de intentos de asesinatos a Fidel Castro, hasta el bloqueo criminal que distorsiona toda la realidad económica, política y social de la isla. ¿Por qué a Cuba se le exige el modelo de la democracia capitalista si, al mismo tiempo, se la ha agredido sin contemplaciones democráticas violando principios de soberanía, libre autodeterminación de los pueblos y convivencia pacífica? ¿Por qué todos los problemas de Cuba reciben una atención mediática que no reciben otros países? ¿Han reportado las agencias de prensa cuántos suicidios —y una huelga de hambre es una forma de suicidarse— hubo en las cárceles del mundo en la última década o, si se quiere, desde comienzos de 2010 hasta el día en que falleció Zapata?

En general, los Estados del mundo tienen, en su legislación, los casos tipificados en los que se condena a una persona por conspirar contra el sistema establecido. ¿Por qué a Cuba se le pide que reconozca una amplia libertad para conspirar, incluso, contra la propia estabilidad del sistema establecido en su Constitución? Me parece que, además, al juzgar el problema de los presos políticos, habría que establecer la diferencia entre quienes, por ejemplo, se asocian con una potencia extranjera para invadir su propio país o participan en un intento de magnicidio o atentan contra la vida de la población civil, y entre quienes expresan su desacuerdo con el sistema, situación esta última que debería tolerarse en la construcción de una sociedad que vele por la libertad del ser humano.

Lastimosamente, el socialismo cubano no ha podido desarrollar un sistema político que garantice la libertad de consciencia y otras libertades políticas del ser humano y, en la práctica, fue restringiendo la esfera de las ideas al estrecho círculo del pensamiento único. En las famosas “Palabras a los intelectuales”, Fidel Castro dijo: “…dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución nada.” Esa consigna fue de fines de junio de 1961, dos meses después de la frustrada invasión de mercenarios y contrarrevolucionarios, auspiciados por la CIA, en Playa Girón. El discurso continuó así: “Contra la Revolución nada porque la Revolución tiene también sus derechos y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir y frente al derecho de la Revolución de ser y existir, nadie.” ¿Ha variado la situación desde 1961 hasta 2010? ¿La intensidad de los peligros continúa luego de más de cincuenta años de revolución?


Si después de cincuenta años de un proceso político, no puede existir la diversidad de pensamiento dentro de la revolución, incluido el margen para la disidencia ideológica, estamos ante una frustración histórica. La liberación del ser humano abarca todas las esferas de la existencia y la libertad de pensamiento es fundamental para ella. ¿Cómo lograr que convivan eso que se llama justicia social y la defensa sin restricciones de la libertad de consciencia de los individuos? Pero el asunto va más allá: en el caso de Orlando Zapata se evidencia una realidad cruel: el Otro es siempre un Enemigo al que hay que liquidar. ¿De qué manera una revolución debe modificar esa concepción del tratamiento de las contradicciones en su interior?

Es cierto que debemos exigir el cese del bloqueo a Cuba y todo tipo de injerencia política en la isla, porque mientras estas condiciones no se cumplan, el discurso de condena a Cuba será producto de la doble moral del Imperio y sus voceros. Pero, me parece que la crítica de izquierda, sin desconocer la situación histórica de Cuba y más allá del fariseísmo mediático, también debe señalar la necesidad de apertura del régimen cubano frente al ejercicio de la libertad de consciencia; la revisión transparente del estado, personal y jurídico, de los prisioneros por razones políticas y la situación de sus familiares; y la garantía revolucionaria para la existencia de un estatuto de oposición.

La muerte de Orlando Zapata, albañil, fontanero, negro y disidente, nos conmueve a todos los que militamos por la vida y, como no podemos permitir que se la instrumentalice políticamente, debe ser motivo de reflexión sobre la defensa de las libertades civiles en el socialismo.

Quito, marzo 4, 2010


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