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| Matt Damon es un convincente Odiseo en La Odisea de Christopher Nolan. |
¿Por qué no se escucha el canto de las sirenas en la película? Por nuestro propio bien. Le dice Circe a Odiseo en el libro de Homero: «Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada».[1] ¿Acaso no veis cómo se retuerce Odiseo atado al mástil de la embarcación en la película de Nolan? Nolan ha tenido piedad de nosotros, igual que Homero la tuvo con sus lectores: ni en la película ni en el libro se escucha ni describe, respectivamente, el canto de las Sirenas. Y, sin embargo, hay quienes le reclaman a Nolan que no nos dejara escucharlo. ¿Qué decía la canción? Odiseo, en la película, después de escuchar el canto de las Sirenas, comparte su experiencia: «Todo lo que querías ser y todo lo que deseabas no haber deseado jamás […] Una picazón deliciosa que se volvió insoportable […] Te decía que lo que más deseas es lo que menos puedes tener, y que lo que menos puedes tener es lo que ya tuviste y perdiste. Era una canción sobre todas las promesas que no cumplí. Y me decía que en realidad no quería volver a casa».
¡Advertencia: en este comentario destriparé la película!
Christopher Nolan no le es fiel en todo a Homero, lo que no significa que lo irrespete. Nolan reinterpreta, con pasión e inteligencia, un clásico que, como todo clásico, admite diferentes lecturas a lo largo del tiempo.[2] Italo Calvino nos enseñó que los clásicos nos llegan con las lecturas que han precedido a la nuestra y con las huellas que han impregnado en las culturas, en su lenguaje y costumbres: «Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones».[3] El Ulises, de James Joyce, por ejemplo, es una lectura de la Odisea desde una mirada sin dioses, pero atravesada por la culpa católica, que encuentra la heroicidad del guerrero en los avatares del paseante que vagabundea durante un día en su camino de regreso a casa: Leopoldo Blum, Stephen Dedalus y Molly Bloom son Ulises, Telémaco y Penélope, revisitados y transformados en héroes de lo cotidiano.
La Odisea, dirigida por Christopher Nolan es una espectacular película de aventuras, tecnológicamente impecable y asombrosa —Nolan ha desdeñado el facilismo de la IA y el CGI (Computer Generated Imagery o imágenes generadas por computadora), que usa como último recurso, para optar por lo análogo—; de una fotografía bellísima a cargo de Hoyte van Hoytema que retrata al mar en tonos oscuros, tenebrosos, como una amenaza permanente; una banda sonora sugerente, sin orquesta, compuesta por Ludwig Göransson, que nos acompaña en cada escena con la sencillez musical de instrumentos orgánicos y arcaicos; y una versión libre de la caracterización del héroe de la Odisea, de Homero, aunque, en lo sustancial, recoge las mortificaciones y el cansancio del Odiseo homérico.[4] Nolan respeta la estructura narrativa y el espíritu de las aventuras, aunque modifica sustancialmente el sentido homérico de la gloria y lo transforma en una mirada contemporánea sobre al horror de la guerra y remordimiento del héroe, cuya redención está en su regreso al hogar junto al amor de Penélope y Telémaco y, más tarde, en la honra de sus compañeros muertos.
Al igual que Homero, Nolan narra el viaje del héroe en el que Odiseo realiza el retorno a casa y el reencuentro consigo mismo, después de haber perdido ambos rumbos en medio de la crueldad de la guerra. Sin embargo, el Odiseo de Nolan no está sujeto a la voluntad de los dioses, aunque Poseidón se la tiene jurada y siempre lo empuja para que se cumpla su destino cruel (el phatos). La presencia de Atenea (¡qué bien que la interpresa Zendaya!), más que la de una diosa, parece la voz de la conciencia de Odiseo ya que, simbólicamente, es la imagen de la mujer asesinada en Troya por las huestes griegas.
El Odiseo de Nolan es un héroe que carga con el remordimiento de sus crímenes de guerra, de sus mentiras y el orgullo al desafiar a Poseidón, lo que conduce a sus compañeros a la muerte durante el viaje de retorno a Ítaca. Odiseo, como los soldados de la antiheroica guerra de los Estados Unidos contra Vietnam, se define como un «veterano de la guerra de Troya». Un veterano que, en términos contemporáneos parece sufrir de PTSD (Post Traumatic Stress Disorder) causado por la guerra. Esta denominación anacrónica es la que, por supuesto, ha enojado a los puristas de la literatura griega (en el buen sentido de quienes quieren leer los clásicos como monumentos inmortales, aunque estáticos) y los Señores de la Guerra, esos guerreristas como Elon Musk y los trumpistas que, como Antínoo (en la versión cinematográfica), siempre evitarán ir a la guerra y harán que otros vayan en su lugar (en el peor de los sentidos: alborotados porque la lectura de Nolan desnuda el horror contemporáneo de las guerras sin heroicidad). En este contexto, la alusión a los «Pueblos del Mar» (que no aparecen en la Odisea, de Homero) es un acierto de lectura contemporánea en la medida en que sugiere que la destrucción de una civilización reside en la violencia que genera desde sí, pues el enemigo que imagina, ese Otro siempre bárbaro, es la misma civilización convertida en su enemigo, pero inventándose un peligro para justificar su propio mal.
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| El caballo-ofrenda: el engaño de Odiseo que desemboca en la masacre de los troyanos a manos de los griegos. |
Así, la película de Nolan bordea el espíritu de un filme anti-bélico: Odiseo contempla con azoramiento y tristeza la masacre que está sucediendo en Troya debido a su ardid; se conmueve con los testimonios de los guerreros muertos cuando baja al submundo, sobre todo, con el reclamo de Sinon: un Elliot Page sobrio y acertado en su papel —que ha despertado el odio de los transfóbicos— y que actúa con un dramatismo conmovedor cuando emerge del submundo y le reprocha a Odiseo el que lo haya enviado a la muerte al anunciar a los troyanos la ofrenda del caballo sin haberle advertido acerca de su destino. Los muertos claman justicia y memoria. Odiseo promete hacer sacrificios a los dioses para honrar a los guerreros muertos y el cumplimiento de aquella promesa es también una forma de redención. Por eso decimos que la actitud del Odiseo de Nolan está más cerca del sentir antibélico contemporáneo que de la glorificación del guerrero de la Grecia de Homero. Sin embargo, la definición de anti-bélico es relativa: la película está llena de escenas de guerra y la incursión en Troya, con el ardid del caballo, es de una enorme crueldad visual incluida la matanza de los pretendientes que, por su lado, encuentra cierta justificación en los abusos y la manipulación de la ley de Zeus sobre la hospitalidad al extranjero.
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| Briton Rivière, Odiseo y Argos, 1869. |
Los actores y actrices de La Odisea están muy bien seleccionados. Matt Damon es un convincente Odiseo atormentado por la guerra en busca de redención. Robert Pattinson es un Antínoo malo y cobarde, cuya muerte el público justifica tanto por el asedio inmoral que, junto a los demás pretendientes, retuerce las leyes de la hospitalidad de Zeus, como por haber enviado a la guerra a Sinon, el hijo de diez años del pastor de su padre, en vez de haber ido él. John Leguizamo se convierte, de manera brillante (le daría, en este instante, un Oscar al mejor actor de reparto), en un entrañable y valiente Eumeo, el porquero fiel de Ulises. A Tom Holland como Telémaco tal vez le falta la angustia vital y contradictoria por la búsqueda del padre ausente y se lo siente más como un adolescente extraviado que como un joven adulto decidido.
El traje de Agamenón (Benny Safdie) ha causado reacciones diversas: en medio de tanto guerrero, una presencia de esta naturaleza de quien representa el poder y la vocación por la guerra, al margen de las vidas humanas y por la búsqueda de rutas comerciales, es un acierto visual: el público del cine requiere identificarlo como una presencia siniestra. Y, finalmente, como un guiño contemporáneo, la presencia del rapero Travis Scott que interpreta al bardo que cuenta las hazañas del guerrero Odiseo en Troya, propone la continuidad de los antiguos aedas en el arte de esos poetas urbanos que son los raperos.
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| Anne Hathaway es una Penélope impecable. |
No es la Odisea, de Homero; es La Odisea, según Christopher Nolan, con las preocupaciones de Nolan en su cinematografía, desarrollada para un auditorio que no es el griego de hace tres mil años, sino el ser humano del siglo veintiuno, que vive con una sensibilidad diferente y nuevos sufrimientos a causa de las guerras. Y, contrariamente a lo que se supone le dijeron las Sirenas en su canto, Odiseo sí quería volver a casa y cumplió su promesa de regresar a Ítaca. Yo leo la Odisea, de Homero, como si fuera la primera vez, con el placer que provoca la relectura de los clásicos y, asimismo, disfruto de la espectacularidad del filme de Nolan, maravillado por esa conjunción de las artes en el cine.
La del estribo
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| Polifemo, según Nolan. |
Tal le dije; cogiólo y bebió con deleite salvaje
todo el dulce licor y pidióme sin pausa otro cuenco:
‘Dame más, no escatimes, y sepa yo al punto tu nombre; [355]
te he de hacer un regalo de huésped que habrá de alegrarte;
nuestro fértil terruño también a nosotros da un mosto
de racimos egregios que nutre la lluvia de Zeus;
pero esto es efluvio de néctar y flor de ambrosía.’
Tal habló; yo brindéle de nuevo del vino tostado [360]
y hasta dos veces más; y las tres lo apuró en su locura.
Mas después que el licor empezaba a rondar las entrañas
del ciclope, volvíme yo a él con melosas palabras:
‘Preguntaste, ciclope, cuál era mi nombre glorioso
y a decírtelo voy, tú dame el regalo ofrecido: [365]
ese nombre es Ninguno. Ninguno mi padre y mi madre
me llamaron de siempre y también mis amigos.’ Tal dije
y con alma cruel al momento me dio la respuesta:
‘A Ninguno me lo he de comer el postrero de todos,
a los otros primero; hete ahí mi regalo de huésped.’[7] [370]
[1] Homero, Odisea, traducción de José Manuel Pabón, Biblioteca Clásica Gredos, 48 (Madrid: Gredos, 1982), 286, Canto XII, vv. 39-54.
[2] «La Odisea de Nolan y otras once películas basadas en Homero». Además, una lista de las decenas de adaptaciones cinematográficas de El Quijote, de Cervantes, que comenzaron en 1898.
[3] Italo Calvino, Por qué leer los clásicos, traducción de Aurora Bernárdez (México D.F.: Tusquets Editores, 1992), 8.
[4] «El lujo de lo analógico»: «Christopher Nolan rodó La Odisea con cámaras IMAX, algo que ningún largometraje no documental había hecho antes. La cámara pesa más de 140 kilos, y va encerrada en una carcasa insonorizada, porque sin ella suena, según contó el propio Matt Damon, “como una batidora pegada a la cara”. Esa carcasa permitió a Nolan filmar diálogo íntimo con la máquina a pocos centímetros de los actores. El rollo revelado pesa aún más: cada copia en 70mm supera los 360 kilos y mide 2,1 millones de pies. Fabricar la cámara cuesta entre 40.000 y 50.000 dólares, y moverla requiere una carretilla elevadora». El rechazo a la IA y el CGI (Computer Generated Imagery o imágenes generadas por computadora) se convierte en la mejor herramienta de marketing de La Odisea de Nolan. (El uso de la tecnología digita es un último recurso, como en el caso de Polifemo)
En este enlace una amplia explicación sobre ¿qué formato elegir para ver La Odisea de Nolan?
[5] Odisea, Canto XVII, vv. 290-325, pp. 374-375. Argo y no Argos, según la traducción de José Manuel Pabón que estoy utilizando.
[6] Odisea, Canto XXII, vv. 457-473, pp. 462-463.
[7] Odisea, Canto IX, 237.







