José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, marzo 02, 2026

El eros y el tiempo en la poesía de Efraín Jara Idrovo (1926-2018)


Efraín Jara Idrovo en su estudio, c. 1992. Foto: Gustavo Landívar. Ilustración de portada del tomo II de su obra reunida, Ensayos, discursos y correspondencia, publicada por el GAD de Cuenca y UCuenca Press.

En 2018, cuando se cumplieron cuarenta años de sollozo por pedro jara publiqué una entrada en este blog sobre dicho poema; un texto que siempre nos conmoverá por la hondura de su expresión poética y porque da cuenta de nuestra propia finitud. El comentario fue a propósito de la bella edición bilingüe del poema, traducido al inglés por la académica Cecilia Mafla-Bustamante, publicada por el GAD de Cuenca. El año pasado, comenté la aparición de la obra reunida de Efraín Jara Idrovo (1926-2018) en tres tomos, un homenaje transcendental a un poeta esencial, publicada también por el GAD de Cuenca y UCuenca Press, editorial de la Universidad de Cuenca y que está disponible en línea. Este año, el 26 de febrero pasado, se conmemoró el centenario del natalicio de Efraín Jara Idrovo, lo que me ha motivado a revisar su poesía erótica concentrada, sobre todo, en
 «Añoranza y acto de amor» (fechado en 1971 y publicado en 2 poemas, en 1973, junto con «Balada de la hija y las profundas evidencias») y Los rostros de Eros (1997).

El Eros está presente a lo largo de la obra de Jara Idrovo con una mirada sexualizada y gozosa, desde la que el deseo exacerbado se expresa con lascivia y el cuerpo es un espacio para la materialización de aquel deseo, acompañado siempre por la invocación de su belleza. Simultáneamente, el Eros se consume en el instante, el gozo es fugaz, y la pasión no resiste su confrontación con el tiempo, de cara a la muerte.

           «Añoranza y acto de amor» es un poema erótico en el que la sexualidad está verbalizada de forma explícita, es un canto desinhibido de sexo desnudo. En él, el amor es entendido como el gozo de los cuerpos. El anhelo por la mujer amada se revela en el recuerdo de su desnudez: «amasada con relámpago y piedras preciosas tu desnudez / desnudez de espejo suspendido en el vacío / veta de pórfido alucinada por la luna» (228)[1]. Anhelo que se manifiesta como un canto al sexo de la amada:

 

tu sexo de cráter de volcán

de fondo sin fondo del vértigo

sexoacceso

sexobseso

sexoexceso

grieta de la eternidad o cicatriz del rayo

tu sexo fascinante y voraz como las anémonas marinas

tu sexo que huele a madriguera de leopardo (230)

 

Ese canto a la sexualidad explícita ya estuvo presente en el tono bíblico de «Elegía por el sexo de Thamar» (1946), que canta a la pérdida de la virginidad y el triunfo deseo palpitante de la joven Thamar, viuda de los hermanos Er y Onán, que seduce a Judá, su suegro, disfrazada de ramera (ver Génesis 38): «En vano tu heliotropo / tu joven sexo oloroso a panal, / fricción de astro y vinagre enardecido / estaba vigilado por un ángel» (129-130).

Las características arriba enunciadas también están en los sonetos de Los rostros de Eros, en donde el tratamiento de la belleza de la mujer amada y la lascivia son dos motivos recurrentes del poemario. En la primera parte, «Preciosa, el tiempo y el amor» —de título que evoca a García Lora—, la belleza es un atributo que deslumbra, pero es efímero y perdura cuando ya no está: «Nunca en sí se sustenta la belleza. / Lo mismo que la muerte, su existencia / la columbramos en la inexistencia: / se nos revela como una nostalgia» (376), y esa evocación de la pérdida conlleva a la contemplación de una abstracción, de una idea; en este sentido, la hermosura de la desnudez es un concepto en los ojos del amador: «Desnuda eres irreal, de tan perfecta, / ¡no veo el cuerpo, miro tu hermosura!» (377). La tercera parte, «Sonetos de una libertina» nos presenta la pasión desbordada, orgiástica: «Apenas unos brazos te ceñían / o una boca reptaba por tu cuello, / cercana a lo animal, languidecías / en un tenue reguero de gemidos. // ¡Gemidos de placer y de tortura!» (399). A lo largo del poemario hay desnudez, deseo, exaltación de la belleza del cuerpo: el Eros expuesto en la palabra.

            El poeta ha elegido la forma rígida del soneto para contener tanta exaltación, pero su mirada va más allá del placer y confronta al Eros con el tiempo y la muerte. En la segunda parte, «Tríptico», el soneto inicial concentra el pensamiento del poeta sobre la condición efímera del placer y de todo: «¡Nada presuma duración, si empieza! […] ¡El tiempo no transige! Flor inestable, / lazo en trenza del aire, mariposa, / y el hombre han de finar, porque comienzan» (393). El poeta, con pesadumbre, reconoce que el tiempo, que consume la belleza y la pasión, encarna su condición inevitable, y aunque declara hiperbólico: «Sólo sé que, sin ti, no habría mundo» (383), sabe que todo pasa en el transcurrir de la existencia: «Mas del amor ¿quién sabe los designios? / ¡Viento es su duración! Posa la planta, / y no hay huella de amor, sino de olvido…» (384).

Es muy placentero leer la poesía erótica de Efraín Jara Idrovo que nos asoma hacia la turbulencia del deseo exacerbado, la carnalidad y la desnudez, que recorre la evocación de la belleza desde la mirada del amante y se deleita en gozo orgiástico con el recorrido del cuerpo amado. Ese placer tiene su límite en la aceptación del tiempo, que todo lo consume. Al final, las cosas del mundo se acaban, menos la expresión poética, consuelo estético de quienes poetizan la vida: «¡Nada escapa a la muerte!: amor, belleza, / poder. Y, sin embargo, prevalece / lo más frágil del hombre: ¡la palabra!»  (394). El placer de la palabra escrita, el placer de su lectura.



[1] Todas las citas han sido tomadas de Efraín Jara Idrovo, El mundo de las evidencias. Obra poética, 1945-1998, edición de María Augusta Vintimilla (Quito: Libresa / Universidad Andina simón Bolívar, 1998). El estudio de María Augusta Vintimilla, miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, silla B, es una de las lecturas más profundas y acabadas de la obra de Efraín Jara Idrovo.

 

martes, febrero 24, 2026

El Cervantes de Amenábar en Argel o el nacimiento de un fabulador

Julio Peña como Miguel de Cervantes en El cautivo (2025), de Alejandro Amenábar. La película está disponible en Netflix.

             En el capítulo décimo del tercero libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617) se cuenta la historia de dos mancebos que, frente a dos alcaldes, describen un lienzo en el que está pintada la ciudad de Argel, «puesto universal de corsarios y amparo y refugio de ladrones»[1], y también los castigos que sufrieron como cautivos. Uno de los alcaldes, que ha estado cinco años en Argel como esclavo, se da cuenta de que los falsos cautivos han estado «contándonos mentiras y embelecos» (307) y decide castigarlos mediante el escarnio de pasearlos por el pueblo encima de sendos burros. Los falsos cautivos son, en realidad, estudiantes de Salamanca que quieren enrolarse en la armada de España y necesitan dinero que recolectan contando historias. Al final, luego de sentidos argumentos sobre la justicia y la ley, el alcalde los perdona y los invita a su casa «donde les quiero dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí en adelante ninguno les coja en mal latín, en cuanto a su fingida historia» (310).

            En la obra de Miguel de Cervantes es constante la reflexión sobre el arte de contar historias. Así, en El Quijote (I, XLII), luego de escuchar la historia del cautivo contada por el capitán Ruy Pérez de Viedma, don Fernando dice: «Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y extrañeza del mismo caso: todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien lo oye; y es de tal manera el gusto que hemos recibido en escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mismo cuento, holgáramos que de nuevo comenzara». La figura de Cervantes como el fabulador, el contador de historias, «el más grande mentiroso», según Hasán Bajá, gobernador de Argel, que era también su carcelero y benefactor, es central en El cautivo (2025), la película dirigida por Alejandro Amenábar[2], que, además, maneja muy bien la mezcla de realidad, vida e imaginación e introduce, para la polémica, la ficción de un Cervantes que mantiene una relación homoerótica con Hasán Bajá.

            Ya desde el título, El cautivo, de Amenábar, nos plantea el entrecruce de realidad y ficción y el diálogo intertextual entre la trama de la película, la escritura de El Quijote y la vida del Manco de Lepanto. Cervantes estuvo preso, es decir cautivo, en Argel, de 1575 a 1580, y en El Quijote, la historia del cautivo se cuenta en los capítulos XXXIX a XLI de la primera parte. En la película, el cautivo es el mismo Cervantes. En El Quijote, Cervantes aparece ficcionalizado por Ruy Pérez de Viedma; este, al contar las crueldades de Hasán Bajá, a quien llama Azán Agá, dice que «cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél», también señala un hecho singular: «Sólo libró con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra…» (I, XL). Lo que lo salva, según la película, es su habilidad de contar historias —al igual que Sherezade, que las cuenta para salvar su vida— con las que entretenía no solo a los prisioneros, sino al propio Hasán Bajá, de tal forma que aseguraba para sí una consideración especial.

 

           

Alessandro Borghi como Hasán Bajá
 El motivo de las historias en la película es tratado de manera muy cervantina y Hasán se convierte en una suerte de crítico de la narrativa de Cervantes. Así, Hasán le hace señalamientos de verosimilitud («un cristiano no puede comprar un barco en Argel»), de crítica al lugar común de las novelas de caballerías (él no quiere oír historias de encantamientos ni hijos secretos), o de estrategias narrativas (él devela el truco: «endulzar las historias para que la gente se emocione»). El mismo Hasán se siente maravillado ante la historia de El lazarillo de Tormes, tanto por su realismo como por su humor. Asimismo, cuando Cervantes cuenta sus historias a los prisioneros, las deja en un momento crucial —igual que Sherezade— para continuarlas otro día, creando la expectativa de su audiencia y así se va ganando el afecto de su público.

            Justamente, la mención que hace el cautivo Ruy Pérez en El Quijote sobre el propio Cervantes es uno de los textos que da pie para intuir que la relación entre Hasán y el escritor pudo ser una relación homoerótica. Muchos biógrafos se cuestionan que, luego de intentar escapar cuatro veces, Cervantes no haya recibido el castigo —la muerte por empalamiento— que Hasán Bajá acostumbraba a dar a quienes pretendían burlarlo. Rosa Rossi, Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo, cervantistas reconocidos, señalaron, en los años noventa del siglo pasado, la posibilidad de que Cervantes se hubiera salvado por su relación homoerótica con Hasán. Sin embargo, hay quienes sostienen que el Bajá no empaló a Cervantes, simplemente, porque era un prisionero que valía ¡500 escudos!, que era una suma astronómica en la época[3]. El otro elemento que permitiría suponer la relación de Cervantes con Hasán es la acusación que hace el sacerdote dominico y comisario del Santo Oficio Juan Blanco de Paz. El dominico delató el cuarto intento de fuga de Cervantes y, además, lo acusó ante el Santo Oficio de haber cometido «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio.

Amenábar aprovecha estos indicios y nos entrega un Cervantes de su invención que, al pasear por Argel, frecuenta un ambiente homoerotizado y termina enamorado de su seductor carcelero. En el diálogo que se da entre el escritor y el gobernador, luego de yacer juntos en el hedónico ambiente de las piscinas del palacio, Hasán le cuenta con crudeza cómo unos moros asesinaron a su madre y proclama la inexistencia del amor. Cervantes pregunta, con algo de ingenuidad: «Y si no hay amor en el mundo, ¿qué nos queda?», a lo que Hasán responde: «Los placeres. Los pequeños placeres. La luz del sol por la mañana. Las estrellas por la noche. Un buen banquete. Tus historias… cuando son buenas. El placer de la cópula». Así, la película confronta el hedonismo erótico del Bajá con la represión sexual católica de Cervantes. Y, en otro plano, la crueldad del Bajá con sus prisioneros en similitud con la crueldad de la Inquisición, institución para la que la sodomía era castigada con la muerte.

 

Fernando Tejero es el comisario del Santo Oficio Juan Blanco de Paz que acusa a Cervantes de «cosas viciosas, feas y deshonestas» durante su cautiverio. 

Juan Manuel Lucía Megías, experto cervantino y asesor de Amenábar para la película, ha dicho de forma dubitativa que «los documentos que acreditan su homosexualidad no tienen ninguna validez científica. Esto no significa que no pudiera tener relaciones homoeróticas, pero no hay pruebas concluyentes», y el mismo Megías ha señalado, en declaraciones a Newtral, que el rumor de que Cervantes huyó de Madrid por acusaciones de sodomía con su maestro López de Hoyos es un invento de Fernando Arrabal en su novela biográfica El esclavo Cervantes. El cervantista Daniel Eisenberg, que considera “repugnante” y una “chapuza” a la novela de Arrabal, concluye, un tanto indeciso, en «La supuesta homosexualidad de Cervantes», que este: «no es un defensor ni un partidario de la homosexualidad. Pero tampoco lo es de la heterosexualidad. No me parece un entusiasta de sexualidad alguna. El deseo sexual es una forma de locura; cuando se produce, hay que canalizarlo o encerrarlo con candados fuertes. Sí fue Cervantes un defensor del matrimonio, pero no es el matrimonio por amor, sino el destinado a la satisfacción sexual del varón y sobre todo a que los niños y sus madres tengan un apoyo económico». En cualquier caso, este elemento especulativo de la película, que Amenábar lo transforma en verdad de la ficción, es una provocación que es parte de la agenda personal del director. ¿Funciona en la película? Sí, a condición de entenderla como una invención particular, algo oportunista si se la quiere criticar, pero sin la perspectiva del discurso homofóbico.

El nacimiento del Cervantes fabulador en Argel, ese nuevo yo que emerge luego de cinco años de cautiverio, tiene un bautizo: el cambio del apellido materno Cortinas por el de Saavedra. Amenábar simplifica el cambio diciendo que Cervantes adopta el apelativo Saavedra por su significado de «brazo defectuoso» o «tullido», pero el asunto es un poco más complejo para los académicos. En «El tal Shaibedraa‘» (2013), Luce López-Baralt señala que la adopción del apellido Saavedra combina algunos elementos. En primer lugar, la existencia de un pariente lejano, Gonzalo Cervantes Saavedra, también soldado en Lepanto, al que Cervantes evoca como poeta en «El canto de Calíope», de La Galatea (1585):

 

Ciñe el verde laurel, la verde yedra,

y aun la robusta encina, aquella frente

de Gonzalo Cervantes Saavedra,

pues le deben ceñir tan justamente.

Por él la ciencia más de Apolo medra;

en él Marte nos muestra el brío ardiente

de su furor, con tal razón medido

que por él es amado y es temido.[4]

 

           

Miguel Rellán como Antonio Sosa, el narrador de la película.
  En segundo lugar, López Baralt propone que Cervantes adopta un apellido “fronterizo”, toda vez que él mismo es un transeúnte que se mueve en los márgenes de dos culturas, pero que, al mismo tiempo, es una garantía de su “sangre limpia”, pues Saavedra tiene origen gallego, asociado con la casta goda, con lo que Cervantes se ubica en la estirpe de los cristianos viejos: «El apellido Saavedra procede del topónimo Saavedra, población de la provincia gallega de Orense (Tibón, 1995, 215). Etimológicamente deriva del bajo latín sala vetera, que deriva en gallego en Saa (sala, solar, caseóo, quinta) vedra (antigua) (Tibón, 1995, 215; Faure et al., 2001, 667)» (198).[5]

            En tercer lugar, López Baralt señala lo complejo de la asunción del nuevo apellido. «Es que el apellido hispano Saavedra que adopta Cervantes consuena demasiado de cerca con el antiguo apellido argelino Sayb ag-gira' (también transliterado como Sazb al-d,ira '), pronunciado “Shaibedraa'” en árabe dialectal magrebí» (198). Ella concluye que en la adopción de su nuevo apellido también está presente el humor cervantino para trabajar los nombres de sus personajes y su manera de cristianizarlos: «Ahora vemos que el “grito de guerra” Shaibedraa', aun más que el simple Saavedra, conjuga en sí mismo todas estas experiencias identitarias encontradas. Por más, es nombre godo (por su origen gallego) y a la vez árabe (por su origen argelino): Cervantes, no cabe duda, se ha bautizado con un perfecto baciyelmo» (201).

            El cautivo, de Alejandro Amenábar, es una película entretenida como era el objetivo cervantino al contar una historia, trabaja con lucidez la relación de la realidad y la ficción en la construcción narrativa, y asume el riesgo de inventar una historia, con mucho de especulación y poco de documentación, sobre la estancia de cinco años de Cervantes en la prisión de Argel.

 

La del estribo 

 


Emmanuel Tornés Reyes (Manzanillo, 1948 – La Habana 2026). Un crítico lúcido y un estudioso riguroso de la literatura latinoamericana. Autor de numerosos libros de crítica literaria y antologías de narrativa latinoamericana. Emmanuel tenía la enorme vocación del maestro cuya enseñanza se esparce generosa y con cariño en cada clase. Un hombre sencillo y afectuoso que conocía el valor de la amistad. La foto es de octubre de 2010, en el Palacio de Carondelet, en Quito, cuando dio un curso de crítica latinoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. Una sentida necrología la encontramos en la edición digital de Granma, escrita por Madeleine Sautié: Adiós a Emmanuel Tornés, escritor y brillante maestro 


[1] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid: Real Academia Española, 2017), 304.

[2] El cautivo (2025), dirección, guion y música: Alejandro Amenábar; fotografía: Alex Catalán; vestuario: Nicoletta Taranta; elenco: Julio Peña (Miguel de Cervantes), Alessandro Borghi (Hasán Bajá), Miguel Rellán (Antonio de Sosa), Fernando Tejero (Juan Blanco de Paz), José Manuel Poga (Diego Castañeda), Luis Callejo (Dorador/Yusuf), Albert Salazar (Beltrán), César Sarachu (Fray Juan Gil), Roberto Álamo (Alonso/Abderramán), Luna Berroa (Zoraida). La película está disponible en Netflix.

[3] Según la IA de Google: «500 escudos de oro del siglo XVI (introducidos en 1535) representarían hoy una fortuna inmensa, difícil de calcular con precisión por la inflación histórica. Equivalían a gramos de oro puro (aprox. 1,7 kg de oro), con un valor en metal precioso superior a 120.000-130.000 euros actuales, sin contar su valor numismático».

[4] Miguel de Cervantes, La Galatea (Madrid: Real Academia Española, 2014), 381.

[5] Luce López-Baralt, «El tal Shaibedraa‘», en Varios autores, Hispanismos del mundo. Diálogos y debates en (y desde) el Sur, coord. Leonardo Funes (Argentina: Asociación Internacional de Hispanistas, 2016): 193-204.

 

lunes, febrero 16, 2026

Bad Bunny: la ira de los conservadores y el valor de la lengua española en EE. UU.

Bad Bunny en el show de medio del Super Bowl XL mostró la bandera puertorriqueña con el triángulo azul claro, asociada al movimiento independentista de la isla, que fue prohibida por la Ley de la Mordaza de 1948, derogada en 1957.

             Donald Trump, que este año no asistió al Super Bowl XL (seguramente, para evitar una nueva rechifla), calificó, en su red social, la presentación de Bad Bunny, en el medio tiempo del evento, como «una de las peores de la historia», «una afrenta a la grandeza de Estados Unidos [que] no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia». Trump, el mismo amigote de Jeffrey Epstein, también señaló que «el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo». Randy Fine, representante republicano de la Florida, exigió sanciones federales por un supuesto uso de lenguaje obsceno; además, solicitó «“acciones drásticas”, incluidas multas y revisiones de licencias de transmisión contra la NFL y NBC», según USA Today. Por su parte, la Academia Puertorriqueña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, reconoció oficialmente la labor artística de Benito Antonio Martínez Ocasio, nombre civil de Bad Bunny, por su «aportación excepcional a la difusión global de la lengua española [que contribuye a] a la valoración y visibilidad de una lengua que cuenta con más de 600 millones de hablantes en el mundo».

            Al show de Bad Bunny hay que ubicarlo en las prácticas de la cultura latinoamericana en el seno de la sociedad norteamericana y entender que su valor reside en los desafíos que encarna bajo el marco de criminalización y persecución trumpista a los inmigrantes que hoy es política gubernamental. Obviamente, Bad Bunny no es un político revolucionario ni un artista marginal, sino una figura de la industria del espectáculo, pero el posicionamiento que hace de la cultura latinoamericana y la lengua española se ha convertido en un símbolo de la lucha por la diversidad cultural frente a un régimen excluyente no solo en términos culturales y lingüísticos, sino humanos. Bad Bunny acaba de ganar el Grammy por Debí tirar más fotos, que ha hecho historia por ser el primer disco totalmente en español que gana en la categoría Álbum del Año y del que Rolling Stone en español ha dicho que «muestra a un artista en su independencia creativa máxima». En su reconocimiento al artista, la Academia Puertorriqueña de la Lengua dijo: «en la evolución de su propuesta artística [existe] un compromiso creciente con valores fundamentales como el amor, la libertad, la justicia, la solidaridad y la autenticidad». Y si bien hay algo de lugar común en el eslogan del espectáculo, «Lo único más poderoso que el odio es el amor», por su misma sencillez y claridad, se convirtió en una consigna poderosa en medio de una política de odio contra los inmigrantes latinoamericanos.

            Los conservadores, con Trump a la cabeza, se rasgaron las vestiduras al mejor estilo de los fariseos. Les molesta lo que significa la migración y la carga simbólica de su identidad cultural en un país diverso al que están convirtiendo en un Estado excluyente; les molesta la identidad latinoamericana que se expresa en la resistencia cultural de Puerto Rico —un conflicto que en la historia del cine musical tuvo su ícono romantizado en West Side Story (1961)—; les molesta que la lengua española sea la segunda más hablada en Estados Unidos (aproximadamente 59 millones de personas, equivalente al 18% de la población) por la fuerza cultural que ello representa. Por todo esto, también les molestó la osadía de que el espectáculo de Bad Bunny haya sido en español, de que haya cantado temas sobre la migración, la cultura latinoamericana, de que haya desplegado una cantidad de símbolos culturales como el políticamente poderoso símbolo de la bandera puertorriqueña prohibida por la Gag Law (Ley de la Mordaza) entre 1948 y 1957, y que en la letra de «La Mudanza» dijera: «Aquí mataron gente por sacar la bandera / Por eso es que ahora yo la llevo dondequiera». Me imagino que los trumpistas ya estaban trompudos por cómo Bad Bunny comenzó su discurso de aceptación del Grammy: «ICE out» (se los dijo en inglés, para que no tuviesen dudas).

            Al final, Bad Bunny sí pronunció una frase en inglés: God bless America (Dios bendiga a América). Lo hizo para después enumerar todos los países del continente que son parte de América: desde Chile hasta Canadá. Con los límites que da el marco de la cultura del espectáculo gringa, en un ambiente políticamente hostil hacia la cultura latinoamericana y el español, el show de Bad Bunny es, por decir lo menos, un gesto político irreverente y una representación cultural disruptiva.