José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, mayo 18, 2026

«Cuerpo Down»: el aprendizaje de una maternidad diferente

           

La bella ilustración de la cubierta es de María José Rodríguez. (Foto: R. Vallejo, 2026)

El libro se abre con una confesión de lo que se convertirá en un desafío vital permanente: «No soy el prototipo de buena madre, mucho menos el de una madre de una niña con síndrome de Down»; y la constatación de una excepcionalidad con la que la madre y la familia tendrán que aprender a convivir: «El Cuerpo Down es una rareza para la mayoría de los paisajes de nuestra especie».[1] Cuerpo Down. Memoria de un diagnóstico, de Monse Arosemena (Guayaquil, 1985), es un texto de no ficción, autobiográfico, sobre la inesperada experiencia de ser madre de una niña con síndrome de Down, que, a través de una lúcida y poética escritura, mantiene equilibrio entre la racionalización de lo que significa tener una hija con un cromosoma adicional y la emoción de una nueva y diferente maternidad.

            Cuerpo Down está dividido en tres partes. La primera, «Diagnóstico», es la memoria de la resistencia frente a una revelación, del aferrarse al margen de error en la predicción, de la negativa a aceptar una realidad: «Estoy enorme y pienso en las posibilidades de que sea un Cuerpo Down el que flota dentro de mí. Pienso en lo que no quiero que nos pase, en que no quiero tener una hija con síndrome de Down» (23). La segunda, «Hospitales», es el diario del nacimiento y los primeros meses de María, la recién nacida, de la serie de condiciones médicas que esta padece; de las primeras intervenciones a las que debe someterse, a cargo de un grupo de médicos especialistas, y las reacciones del entorno familiar ante la condición de María; es también el aprendizaje del primer acercamiento de la madre con la hija por encima de los problemas médicos: «María. Contemplar a María. // Sentir su aliento. Respirar más cerca de ella. Mi mejilla contra la suya. La punta de mi nariz sobre su frente, reconozco por primera vez su olor a piel nueva, a crema de avena con un toque de vainilla. Es tan pequeña entre mis brazos» (81). La tercera, «Libertad», describe el proceso de aceptación de lo que implica criar, cuidar, amar a una hija con síndrome de Down y asumir una maternidad diferente: «La maternidad también es inteligente. La maternidad deja buenas prácticas, habilidades blandas para la vida. Tener a María es un trabajo a tiempo completo» (190).  

            Monse Arosemena no entrega su testimonio personal desde la dificultad emocional para aceptar una realidad compleja y la iluminación que se logra a través de la reflexión en la escritura: «Escribo porque encuentro allí la forma perfecta de procesar el dolor que me atraviesa. Al escribir, las emociones toman cuerpos concretos […] Escribo como instinto de supervivencia» (223). En su estrategia de escritura, la autora utiliza el distanciamiento narrativo con lucidez: así, cuando la situación que va a narrar puede estallar emocionalmente, la protagonista, que es ella misma, se transforma en una ella contemplada desde la omnisciencia narrativa: «Una mujer descansa en una camilla en la sala posoperatoria del área de maternidad del hospital. Esa tarde no hay nadie más en la sala de recuperación. Está sola, encerrada en sus pensamientos sobre la niña que nació con síndrome de Down, su hija […] La mujer esta adormilada. Sin tocar la realidad, sigue enajenada por una mezcla del efecto de la anestesia y el estado de su cerebro que batalla con la aceptación, la negación» (53).

La narrativa de la autora para explicar la complejidad de la situación médica se alimenta de una bitácora, un glosario y una parodia de las FAQ que ella llama FUQ: Frecuently Unasked Questions; esta última reúne preguntas difíciles respecto a tener una hija con síndrome de Down, que son respondidas con pedagogía y verdad afectiva, como aquella del sentimiento de no tener una niña típica: «Supongo que se vive de manera distinta según cada etapa. Probablemente, el impacto de la primera noticia es el que te deja sin aire […] Quizás los retos cotidianos hacen que nuestras energías y pensamientos se concentren en el presente […] El futuro viene después. El presente eclipsa los hipotéticos recuerdos futuros» (188). Asimismo, revela una decisión de estilo que más que un asunto de edición es un símbolo vital que utiliza para separar momentos dentro de un mismo capítulo: «María, Cuerpo Down. // Una decisión estilística. / Las tres flechas >>> La trisomía» (221).

 

Monse Arosemena en entrevista con la doctora Fernanda Hernández, comunicadora especialista en temas de salud, para Noticias Caracol, en la FILBO 2026.


            Finalmente, Monse Arosemena medita sobre las condiciones materiales de su realidad y las otras realidades. El nacimiento de una niña con síndrome de Down requiere médicos especialistas de varios tipos, atención hospitalaria onerosa y terapias diversas de por vida. «Me pregunto qué sería de María si no fuera mi hija, si hubiera nacido a unas pocas horas de aquí, en otra cuna, bajo un techo distinto. Me cuesta llamarlo privilegio sin que suene a algo sucio, como si lo estuviera ostentando. Pero eso es. Tener acceso a cuidados intensivos durante 29 días; tener un seguro médico; poder quedarme con ella en la habitación; escribir esto; pensarlo desde un lugar seguro» (192). Es una pregunta válida: ¿Cuándo nuestra sanidad pública estará preparada para atender las necesidades de un Cuerpo Down? Es también una demanda de justicia social.

Cuerpo Down, de Monse Arosemena, es una escritura amorosa y lúcida cargada de verdad y pedagogía; un libro conmovedor que nos educa en el entendimiento de los procesos de las familias que tienen niños o niñas con síndrome de Down.

 

La del estribo: un cincuentenario

 

            María Joaquina en la vida y en la muerte, de Jorge Dávila Vázquez, ganó el Premio Aurelio Espinosa Pólit de 1976. Novela de un exquisito neobarroquismo que moldea la materia histórica para diseccionar el poder dictatorial en medio del conflicto liberal-conservador en el Ecuador del siglo diecinueve. Envuelta en una atmósfera narrativa que combina elementos mágicos, el rumor de ultratumba y la realidad de la violencia política, la novela nos ha dejado un retrato literario, hecho con la libertad de la ficción, del dictador Ignacio de Veintemilla y su sobrina Marietta de Veintemilla en los personajes memorables de José Antonio de Santis y María Joaquina. La novela, atravesada por el gusto musical, es también la historia de una obsesión erótica que tiene su clímax durante la inauguración del gran teatro de la capital: Dávila Vázquez narra un episodio en el que confluyen la música sacra, lo erótico y el poder político en un magistral juego escénico: «Otra vea el sudor de su mano me humedece el corazón, la orquesta estalla, luego el coro, tiemblo, es como si la gran hecatombe verdiana del Requiem, explosionara al compás de este hombre, que desde hace una hora ha dejado de ser mi tío para convertirse en mi esposo, mi amante, el dueño de mi cuerpo, el déspota, más bien» (19). María Joaquina en la vida y en la muerte es una novela clave para conocer la profunda renovación de la narrativa ecuatoriana que se produjo en los años setenta.


Portada de la primera edición de María Joaquina en la vida y en la muerte (Quito: Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1976). (Foto: R. Vallejo, 2026)  



[1] Monse Arosemena, Cuerpo Down. Memoria de un diagnóstico (Bogotá: Editorial Planeta / Seix Barral, 2026), 9.

 

lunes, mayo 11, 2026

Del cuerpo frágil y mi prostatectomía radical

Sí, César Vallejo, porque soy César Raúl.
            Nada más difícil que hablar de mí mismo, pese a vivir en un tiempo en el que el pudor ha cedido ante el espectáculo y la auto-referencialidad sin tregua. Antes de empezar este texto, me pregunté si tiene sentido hablar sobre la condición médica que me ha tocado padecer. No estoy en una situación extrema para los casos que conozco, pero sí lo suficientemente dramática para mi propio padecimiento. Recuerdo la famosa frase de Kyo Gisors en La condición humana, de André Malraux: «Todo hombre se parece a su dolor»[1]. Lo que me lleva a escribir sobre la prostatectomía radical que me hicieron recientemente es, tal vez, la vivencia en carne propia sobre la fragilidad del cuerpo humano, el deseo de compartir la necesidad del cuidado de uno mismo y la constatación de que un sistema de salud de calidad y calidez, como un derecho, debe ser la aspiración de una sociedad democrática y justa. ¿Cuál es el dolor al que me parezco yo?

            No cuento nada nuevo al decir que el cuerpo humano es frágil; pero la constatación de esta verdad de Perogrullo en mí mismo motiva mi escritura. Un día, vas al médico para el examen anual de próstata y el examen de sangre te dice que el PSA (Prostatic Specific Antigen) se ha elevado a 9,7 cuando el máximo aceptable es 4. Suena la alarma y comienza una serie de exámenes que debes realizarte con paciencia y en seguidilla: eco transrectal, resonancia magnética, biopsia transrectal. Al final de este proceso, el diagnóstico es claro: dos carcinomas de centímetro y medio cada uno, grado seis en la escala Gleason. Joan Didion escribe en las primeras líneas de El año del pensamiento mágico, que narra el duelo por la repentina muerte de su esposo, John Gregory Dunne, también escritor, y que leí durante mi estancia en el hospital: «La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. La cuestión de la autocompasión»[2]. El paso siguiente: una prostatectomía radical abierta, que consiste en extraer la próstata y la membrana que la envuelve, las vesículas seminales y, si es necesario, los ganglios linfáticos. Lo que uno no ve: el cirujano retira la membrana prostática y conecta la uretra con la vejiga. El patólogo, luego de analizar la próstata completa, informa: «el tumor compromete aproximadamente el 80% del parénquima prostático, con infiltración difusa del tejido glandular. Grado diez en la escala Gleason»[3]. Lo que uno ve: una herida que va del pubis hasta el ombligo: fragilidad del cuerpo remendado. La vida cambia de prisa. La vida cambia en un instante.

           

"Y si un baobab no se coge a tiempo, ya no es posible librarse de él jamás". 
          Los hombres solemos bromear, malamente, con el examen de próstata. Una masculinidad deleznable ha convertido un rito de salud personal indispensable en un mal chiste. Lo peor es que, muchos hombres, procrastinan al momento de tener que realizarse el examen y lo posponen una y otra vez. Mi chequeo anual detectó los carcinomas de mi próstata a tiempo para que la cirugía sea posible. La masculinidad frágil que rehúsa el examen anual de próstata puede encontrarse, un día cualquiera, con una hiperplasia prostática (crecimiento desmedido de la próstata) que se manifiesta como una dolorosa imposibilidad de orinar o con un cáncer que ha hecho metástasis en pulmones y huesos. Como dice el narrador de El principito al referirse a los baobabs: «No me gusta mucho adoptar el tono de un moralista. Pero el peligro de los baobabs es tan poco conocido y los riesgos corridos por el que se extraviara en un asteroide son tan considerables, que, por una vez, salgo de mi reserva. Digo: “¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!”»[4]. Y yo parafraseo el consejo: «¡Hombres! ¡Cuidado con la próstata!».

            Estuve trece días hospitalizado y continúo mi convalecencia con una constante mejora. Aún no puedo manejar el carro familiar, no puedo cargar cosas pesadas (una maleta, por ejemplo), y me agoto con facilidad. Atrás quedaron los días de pintas de sangre y plasma, vías que se infiltraban, venas que se escondían (una pesadilla, para mí y las enfermeras, que me dejó los brazos amoratados), dren y sonda (con su respectiva bolsa para mi orina) que, a veces, se enredaban con las mangueras de antibióticos, antinflamatorios, analgésicos, etc. Mi urólogo cirujano y los médicos que participaron del proceso, las enfermeras y las ayudantes (90% mujeres), y el hospital en el que estuve internado me dieron una atención de calidad con calidez. Alina, mi esposa, ha estado conmigo, como siempre en nuestra vida, resolviendo asuntos prácticos y atendiéndome en todo momento. El cuidado amoroso indispensable para una recuperación satisfactoria. Pienso en las palabras que Alicia Ortega le dedica a su padre en su bellísimo libro Estancias: «El amor absoluto y pleno no necesita asimilar ni comprender nada. Solo sabe estar, cantar y crecer con el mismo garbo de una rosa en su tallo al florecer»[5]. Mi hija Daniela y mi hijo Sebastián, siempre. Y, claro, también están parientes, amigas y amigos, sinceramente preocupados y solidarios. Finalmente, no voy a entrar en las disquisiciones políticas sobre lo público y lo privado: soy jubilado y gozo del privilegio de contar con un seguro privado (en el que invierto un alto porcentaje de mi pensión), pero sigo soñando que el sistema de salud público de mi país ofrezca, al menos, lo mismo a lo que yo he tenido acceso y no la angustia en la que vive la mayor parte de la población con la escasez de medicamentos básicos y la inexistencia de una atención primaria de salud de calidad (no se diga de atención a enfermedades de tratamiento continuo o catastróficas). Es un anhelo innegociable de justicia social: salud, educación y vivienda.

            El proceso de la prostatectomía radical ha terminado. Ahora empiezo un nuevo capítulo: el jueves de la semana pasada tuve mi primera cita con el oncólogo, pues aún hay que comprobar que el cáncer no haya hecho metástasis y vigilar, de aquí en adelante, que no reaparezca en otra parte. Por lo pronto, hay que revisar la última biopsia y hacer nuevos chequeos de PSA; pero la historia con el oncólogo ya pertenece a un nuevo momento de mi cuerpo frágil. Somos aprendices de la vida durante toda nuestra existencia.



[1] André Malraux, La condición humana, traducción de César A. Cornet (Barcelona: Planeta / Sudamericana, 1981), 35.

[2] Joan Didion, El año del pensamiento mágico [2005], traducción Javier Calvo Perales (España: Literatura Random House, 2015), 9.

[4] Antoine de Saint-Exupery, El principito. Le petit Prince, edición bilingüe, traducción de Joëlle Eyhéramonno (España: Enrique Sainz Editores, México, 1984), 43-44.

[5] Alicia Ortega, Estancias (Quito: Severo Editorial, 2022), 57.

 

lunes, mayo 04, 2026

Los cuentos del millón de dólares

           

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ganó la primera edición del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado de un millón de dólares, con su libro de cuentos El buen mal.

Según su portal corporativo, la empresa estatal Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, AENA, gestiona 46 aeropuertos y 2 helipuertos en España, 18 en Reino Unido y Brasil, a través de su filial, y participa en la gestión de 14 aeropuertos en América. En 2023, movió 314,1 millones de pasajeros, por lo que es la operadora número uno del mundo; la sigue Aéroports de Paris, que movió 99,7 millones. Este año, la empresa estatal española decidió instituir el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, que reconoce al mejor libro de los publicados en el ámbito hispanohablante o en lenguas cooficiales y traducidos al español en 2025. Este premio entrega un millón de dólares al libro ganador y 30.000 a cada uno de los finalistas.

El solo anuncio del premio generó un intenso debate debido al monto, su origen y las condiciones de precariedad en la que viven la mayor parte de quienes se dedican a la escritura de literatura. En una nota de Infobae, Carmen Domingo, escritora y filóloga española, que critica el uso de dinero público de «forma tan… obscena», expresó que «por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración». El cuestionamiento de Domingo es válido: después de todo, uno se pregunta cómo se puede seleccionar cinco libros finalistas de entre todo lo que se publica en el ámbito hispanoamericano para un premio equiparable, en términos económicos, al Nobel o al Planeta, en el ámbito privado.

Las preguntas surgen de inmediato: ¿Llegará a ser finalista el libro publicado por una editorial independiente de una pequeña localidad de Hispanoamérica? ¿Cuánto gestionarán las editoriales y agentes literarios para la selección de las obras finalistas? ¿Cuán cerrado es el círculo de jurados y finalistas? ¿Es posible mantener un premio así desde una empresa estatal cuya administración cambia periódicamente y con ella las políticas de promoción de la empresa? ¿Cuál es el objetivo de una inversión de dinero público de esta naturaleza en un sistema cultural que demanda salir de la precariedad de autoras y autores? Por otro lado, nadie pone en cuestión que los torneos de tenis —solo para poner el ejemplo de los Gran Slam— entreguen premios de 3,5 millones de dólares al ganador, 1,1 millón a los semifinalistas (Australian Open) y así por el estilo. ¿Por qué hace tanto ruido el millón de dólares para un premio literario anual?

En lo personal, es muy bueno que exista un mecenas estatal que se haya decidido a otorgar un premio de esta naturaleza que hará que un escritor o escritora de Hispanoamérica, cada año, deje de preocuparse por la hipoteca de su casa y, si invierte bien, pueda tener un sueldo mensual para ocuparse completamente de su oficio: la escritura. Sin embargo, es lamentable que el premio responda más a una ocurrencia publicitaria de una empresa estatal que no tiene nada que ver con la literatura, antes que a la institucionalización de una política pública a nivel hispanoamericano en beneficio de quienes escribimos literatura. Juan Casamayor, responsable de la editorial Páginas de Espuma, consultado por Deutsche Welle, que ha promovido y publicado a Samanta Schweblin, sintetiza así el ruido por el premio: «No se puede culpar a las iniciativas que premian buenos libros, pero en un ecosistema donde muchos escritores viven en la precariedad, se genera un desequilibrio evidente».

            No conozco los libros finalistas[1], pero he leído El buen mal, de Samanta Schweblin, cuentario ganador de la primera edición del premio, al igual que he leído casi toda su obra. Por lo mismo, me alegra que una escritora como Schweblin —cuya narrativa he disfrutado por su maestría para lograr un intenso y sugerente entretejido entre lo real y lo fantástico— haya ganado el premio, aunque este libro sea la reiteración de una escritura que tiene grandes momentos como Pájaros en la boca (2009), que es una versión extendida de La furia de las pestes (Premio Casa de las América, 2008) y su novela corta Distancia de rescate (2014). Además, es una excelente noticia, para un género percibido como menor, que una colección de seis cuentos sea considerada como el mejor libro de narrativa que se publicó en 2025, en Hispanoamérica.

            El buen mal, oxímoron que, de entrada, nos introduce a esa zona de lo extraño, en la que se ha movido siempre la narrativa de Schweblin, cuando habla de las relaciones interpersonales y de cómo algunos sucesos escondidos en el tiempo son la base de un presente a ratos inexplicable, a ratos absurdo, a ratos siniestro; angustiante siempre. Como en toda su narrativa, la sensación de lo trágico ronda cada cuento y, en una atmósfera cargada de sugerencias, nos acercamos a los personajes con la sensación de la inevitable liberación o condena. En «Bienvenida a la comunidad»[2], narrado en primera persona, una madre se intenta suicidar sin éxito, y se ve envuelta nuevamente en una rutina depresiva y una sorprendente cercanía con un vecino que la confrontan nuevamente con la muerte. «Un animal fabuloso» nos interroga sobre los límites del perdón y la culpa en una relación de amistad atravesada por un terrible secreto ante la contundencia de la muerte de un hijo pequeño. «William en la ventana», inmerso en el mundo de la literatura, es un cuento fantástico que juega con la imaginación de dos escritoras que se encuentran en una residencia literaria en China: ambas, de mundos distintos, se hermanan a través de la cercanía de la muerte. «El ojo en la garganta» mezcla lo trágico inevitable con lo extraño y la persistencia de la culpa sin atenuantes: el hijo, ya mayor, que mantiene a los padres en el fango de la culpa sin atenuantes frente a su propia desgracia. «La mujer de la Antártida» recupera la memoria de la niñez de dos hermanas, lo que significa la invasión, entre perversa e inocente, de una casa y la transformación de una persona en una suerte de juguete de las dos niñas. La invasión del hogar, pero en tono siniestro, se repite en «El Superior hace una visita»: la violencia sobre una mujer que, de pronto, vive el terror de que su casa ha sido «tomada». El buen mal es un libro que no aporta sorpresas ni a los temas ni a su tratamiento literario en la narrativa de Schweblin, pero, al mismo tiempo, tiene una escritura depurada, exquisita y de profunda resonancia en la conflictiva intimidad de los seres humanos, signados, casi siempre, por la culpa secreta, los absurdos de la vida y la muerte, en escenarios donde lo extraño resulta de la escritura en los bordes de la difusa línea que separa lo real y lo fantástico.

            Estos son los cuentos del millón de dólares: los del premio, los del libro; los del íntimo deseo que el premio sea imitado en todas partes por todas las instituciones públicas que puedan hacerlo; los cuentos sobre la existencia de una política pública que trabaje en la remediación de la precariedad laboral del mundo de la literatura y la escritura como un oficio.



[1] Los cinco finalistas fueron anunciados el 18 de marzo: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, (Alfaguara); Marciano (Literatura Random House), de Nona Fernández; Los ilusionistas (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente; Canon de cámara oscura (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas; y El buen mal (Seix Barral), de Samanta Schweblin, que resultó el libro triunfador, anunciado el 23 de abril.

[2] El 30 de abril apareció la noticia de que la versión en inglés de «Bienvenida a la comunidad», «Welcome to the Club», traducción de Megan McDowell y publicado en The Yale Review, fue uno de los veinte relatos seleccionados para la edición 2026 del prestigioso premio norteamericano de cuento O. Henry. The Best Short Stories 2026: The O. Henry Prize Stories, edited by Tomy Orange (USA: Vintage Books, 2026).