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| Matt Damon es un convincente Odiseo en La Odisea de Christopher Nolan. |
¿Por qué no se escucha el canto de
las sirenas en la película? Por nuestro propio bien. Le dice Circe a Odiseo en
el libro de Homero: «Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan para
siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con
piel agostada».
¿Acaso no veis cómo se retuerce Odiseo atado al mástil de la embarcación en la
película de Nolan? Nolan ha tenido piedad de nosotros, igual que Homero la tuvo
con sus lectores: ni en la película ni en el libro se escucha ni describe,
respectivamente, el canto de las Sirenas. Y, sin embargo, hay quienes le
reclaman a Nolan que no nos dejara escucharlo. ¿Qué
decía la canción? Odiseo, en la película, después de escuchar el canto de las
Sirenas, comparte su experiencia: «Todo lo que querías ser y todo lo que deseabas
no haber deseado jamás […] Una picazón deliciosa que se volvió insoportable […]
Te decía que lo que más deseas es lo que menos puedes
tener, y que lo que menos puedes tener es lo que ya tuviste y perdiste.
Era una canción sobre todas las promesas que no cumplí.
Y me
decía que en realidad no quería volver a casa».
¡Advertencia: en este
comentario destriparé la película!
Christopher Nolan no le es fiel en
todo a Homero, lo que no significa que lo irrespete. Nolan reinterpreta, con
pasión e inteligencia, un clásico que, como todo clásico, admite diferentes lecturas
a lo largo del tiempo. Italo Calvino nos enseñó
que los clásicos nos llegan con las lecturas que han precedido a la nuestra y
con las huellas que han impregnado en las culturas, en su lenguaje y costumbres:
«Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo
que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y
no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el
texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones». El Ulises, de James
Joyce, por ejemplo, es una lectura de la Odisea desde una mirada sin
dioses, pero atravesada por la culpa católica, que encuentra la heroicidad del
guerrero en los avatares del paseante que vagabundea durante un día en su
camino de regreso a casa: Leopoldo Blum, Stephen Dedalus y Molly Bloom son
Ulises, Telémaco y Penélope, revisitados y transformados en héroes de lo
cotidiano.
La Odisea, dirigida por
Christopher Nolan es una espectacular película de aventuras, tecnológicamente
impecable y asombrosa —Nolan ha desdeñado el facilismo de la IA y el CGI (Computer
Generated Imagery
o imágenes generadas por computadora), que usa como último recurso, para optar
por lo análogo—; de una fotografía bellísima a cargo de Hoyte van Hoytema que
retrata al mar en tonos oscuros, tenebrosos, como una amenaza permanente; una
banda sonora sugerente, sin orquesta, compuesta por Ludwig Göransson, que nos acompaña
en cada escena con la sencillez musical de instrumentos orgánicos y arcaicos; y
una versión libre de la caracterización del héroe de la Odisea, de
Homero, aunque, en lo sustancial, recoge las mortificaciones y el cansancio del
Odiseo homérico.
Nolan respeta la estructura narrativa y el espíritu de las aventuras, aunque
modifica sustancialmente el sentido homérico de la gloria y lo transforma en
una mirada contemporánea sobre al horror de la guerra y remordimiento del
héroe, cuya redención está en su regreso al hogar junto al amor de Penélope y
Telémaco y, más tarde, en la honra de sus compañeros muertos.
Al igual que Homero, Nolan narra el
viaje del héroe en el que Odiseo realiza el retorno a casa y el reencuentro
consigo mismo, después de haber perdido ambos rumbos en medio de la crueldad de
la guerra. Sin embargo, el Odiseo de Nolan no está sujeto a la voluntad de los
dioses, aunque Poseidón se la tiene jurada y siempre lo empuja para que se
cumpla su destino cruel (el phatos). La presencia de Atenea (¡qué bien
que la interpresa Zendaya!), más que la de una diosa, parece la voz de la
conciencia de Odiseo ya que, simbólicamente, es la imagen de la mujer asesinada
en Troya por las huestes griegas.
El Odiseo de Nolan es un héroe que
carga con el remordimiento de sus crímenes de guerra, de sus mentiras y el
orgullo al desafiar a Poseidón, lo que conduce a sus compañeros a la muerte
durante el viaje de retorno a Ítaca. Odiseo, como los soldados de la
antiheroica guerra de los Estados Unidos contra Vietnam, se define como un
«veterano de la guerra de Troya». Un veterano que, en términos contemporáneos parece
sufrir de PTSD (Post Traumatic Stress Disorder) causado por la guerra.
Esta denominación anacrónica es la que, por supuesto, ha enojado a los puristas
de la literatura griega (en el buen sentido de quienes quieren leer los clásicos
como monumentos inmortales, aunque estáticos) y los Señores de la Guerra, esos
guerreristas como Elon Musk y los trumpistas que, como Antínoo (en la versión
cinematográfica), siempre evitarán ir a la guerra y harán que otros vayan en su
lugar (en el peor de los sentidos: alborotados porque la lectura de Nolan desnuda
el horror contemporáneo de las guerras sin heroicidad). En este contexto, la alusión
a los «Pueblos del Mar» (que no aparecen en la Odisea, de Homero) es un
acierto de lectura contemporánea en la medida en que sugiere que la destrucción
de una civilización reside en la violencia que genera desde sí, pues el enemigo
que imagina, ese Otro siempre bárbaro, es la misma civilización convertida en su
enemigo, pero inventándose un peligro para justificar su propio mal.
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| El caballo-ofrenda: el engaño de Odiseo que desemboca en la masacre de los troyanos a manos de los griegos. |
Así, la película de Nolan bordea el
espíritu de un filme anti-bélico: Odiseo contempla con azoramiento y tristeza
la masacre que está sucediendo en Troya debido a su ardid; se conmueve con los
testimonios de los guerreros muertos cuando baja al submundo, sobre todo, con
el reclamo de Sinon: un Elliot Page sobrio y acertado en su papel —que ha despertado
el odio de los transfóbicos— y que actúa con un dramatismo conmovedor cuando
emerge del submundo y le reprocha a Odiseo el que lo haya enviado a la muerte al
anunciar a los troyanos la ofrenda del caballo sin haberle advertido acerca de su
destino. Los muertos claman justicia y memoria. Odiseo promete hacer
sacrificios a los dioses para honrar a los guerreros muertos y el cumplimiento
de aquella promesa es también una forma de redención. Por eso decimos que la
actitud del Odiseo de Nolan está más cerca del sentir antibélico contemporáneo
que de la glorificación del guerrero de la Grecia de Homero. Sin embargo, la definición
de anti-bélico es relativa: la película está llena de escenas de guerra y la
incursión en Troya, con el ardid del caballo, es de una enorme crueldad visual
incluida la matanza de los pretendientes que, por su lado, encuentra cierta
justificación en los abusos y la manipulación de la ley de Zeus sobre la
hospitalidad al extranjero.
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| Briton Rivière, Odiseo y Argos, 1869. |
Homero y Nolan, sin embargo,
coinciden en la sensibilidad que envuelve el emotivo reconocimiento y despedida
del perro Argos, ya viejo y moribundo, cuando Odiseo regresa a Ítaca. Tanto en
el libro como en la película estamos ante un momento breve y conmovedor: «Tal hablaban
los dos entre sí [Odiseo y Eumeo] cuando vieron un perro que se hallaba allí echado
e irguió su cabeza y orejas: era Argo [sic], aquel perro de Ulises
paciente que él mismo allá en tiempos crió sin lograr disfrutarlo pues tuvo que
partir para Troya sagrada […] En tal guisa de miseria cuajado se hallaba el can
Argo; con todo, bien a Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto,
coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo fuerzas ya para alzarse y llegar a
su amo. Este al verlo desvió su mirada, enjugándose una lágrima, hurtando
prestamente su rostro al porquero […] y a Argo sumióle la muerte en sus sombrar
no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año». Es ya una convención
señalar que el Odiseo que marcha a Troya no es el mismo que regresa a Ítaca, no
solo espiritualmente sino físicamente, más allá del disfraz de mendigo por el
que evita ser reconocido. Solo el ojo del animal, según Calvino, es capaz de reconocer
la continuidad del individuo en el tiempo. Argos es también el símbolo de la
lealtad sin condiciones y el encuentro de Odiseo con su perro un instante catártico,
piadoso.
Los actores y actrices de La
Odisea están muy bien seleccionados. Matt Damon es un convincente Odiseo
atormentado por la guerra en busca de redención. Robert Pattinson es un Antínoo
malo y cobarde, cuya muerte el público justifica tanto por el asedio inmoral
que, junto a los demás pretendientes, retuerce las leyes de la hospitalidad de
Zeus, como por haber enviado a la guerra a Sinon, el hijo de diez años del
pastor de su padre, en vez de haber ido él. John Leguizamo se convierte, de
manera brillante (le daría, en este instante, un Oscar al mejor actor de
reparto), en un entrañable y valiente Eumeo, el porquero fiel de Ulises. A Tom
Holland como Telémaco tal vez le falta la angustia vital y contradictoria por
la búsqueda del padre ausente y se lo siente más como un adolescente extraviado
que como un joven adulto decidido.
El traje de Agamenón (Benny Safdie)
ha causado reacciones diversas: en medio de tanto guerrero, una presencia de
esta naturaleza de quien representa el poder y la vocación por la guerra, al
margen de las vidas humanas y por la búsqueda de rutas comerciales, es un
acierto visual: el público del cine requiere identificarlo como una presencia siniestra.
Y, finalmente, como un guiño contemporáneo, la presencia del rapero Travis
Scott que interpreta al bardo que cuenta las hazañas del guerrero Odiseo en
Troya, propone la continuidad de los antiguos aedas en el arte de esos poetas
urbanos que son los raperos.
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| Anne Hathaway es una Penélope impecable. |
Las mujeres tienen un protagonismo
relevante, más acorde a la sensibilidad contemporánea que a la misoginia patriarcal
del mundo antiguo, a tal punto que Nolan evita mostrarnos la ejecución de las sirvientas
a manos de Telémaco. Y, sin embargo, debo anotar
que Penélope, Calypso y Circe son personajes cruciales en la Odisea, de
Homero, para el avance de la historia-viaje-de-regreso de la Odiseo, por lo que
las visiones de Homero y Nolan sobre el papel de las mujeres están más cerca de
lo que suponemos. Anne Hathaway es una Penélope que conoce los hilos, no solo
del manto que teje, sino de la política, la guerra y el amor, y está impecable;
Charlize Theron, una Calipso seductora, pero sobre todo sanadora, bastante romantizada;
Samantha Morton, una Circe que exhibe la fuerza de su poder y su sexualidad en el
rostro contenido. Lupita Nyong’o (una elección provocadora de Nolan, casi un
anzuelo para el alboroto de las redes sociales, que es, al mismo tiempo, una representación
de la diversidad del mundo desde siempre) en su doble papel de Helena —con su rostro
marcado como una culpa— y su hermana Clitemnestra —que venga el sacrificio de su
hija Ifigenia a manos de Agamenón asesinándolo a su regreso— es una presencia
de pocos minutos, precisa en la historia, que incomoda a esos mismos transfóbicos
que odian a Elliot Page, solo por existir, y que, además, son racistas.
No es la Odisea, de Homero;
es La Odisea, según Christopher Nolan, con las preocupaciones de Nolan en
su cinematografía, desarrollada para un auditorio que no es el griego de hace
tres mil años, sino el ser humano del siglo veintiuno, que vive con una
sensibilidad diferente y nuevos sufrimientos a causa de las guerras. Y, contrariamente a lo que se supone le dijeron las Sirenas en su canto,
Odiseo sí quería volver a casa y cumplió su promesa de regresar a Ítaca.
Yo leo la Odisea,
de Homero, como si fuera la primera vez, con el placer que provoca la relectura
de los clásicos y, asimismo, disfruto de la espectacularidad del filme de Nolan,
maravillado por esa conjunción de las artes en el cine.
La del estribo
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| Polifemo, según Nolan. |
Este
es uno de los diálogos que más extrañé en La Odisea según Nolan. El
diálogo es reemplazado por el flechazo de Odiseo en el ojo del ciclope Polifemo
al momento de retirarse —lo que causa la ira de Poseidón— y que los compañeros
de Odiseo perciben innecesario:
Tal le dije;
cogiólo y bebió con deleite salvaje
todo
el dulce licor y pidióme sin pausa otro cuenco:
‘Dame más, no
escatimes, y sepa yo al punto tu nombre; [355]
te
he de hacer un regalo de huésped que habrá de alegrarte;
nuestro
fértil terruño también a nosotros da un mosto
de
racimos egregios que nutre la lluvia de Zeus;
pero
esto es efluvio de néctar y flor de ambrosía.’
Tal habló; yo
brindéle de nuevo del vino tostado [360]
y
hasta dos veces más; y las tres lo apuró en su locura.
Mas
después que el licor empezaba a rondar las entrañas
del
ciclope, volvíme yo a él con melosas palabras:
‘Preguntaste,
ciclope, cuál era mi nombre glorioso
y
a decírtelo voy, tú dame el regalo ofrecido: [365]
ese
nombre es Ninguno. Ninguno mi padre y mi madre
me
llamaron de siempre y también mis amigos.’ Tal dije
y
con alma cruel al momento me dio la respuesta:
‘A Ninguno me lo
he de comer el postrero de todos,
a
los otros primero; hete ahí mi regalo de huésped.’ [370]
«El lujo de lo analógico»: «Christopher Nolan rodó La Odisea con cámaras IMAX,
algo que ningún largometraje no documental había hecho antes. La cámara pesa
más de 140 kilos, y va encerrada en una carcasa insonorizada, porque sin ella
suena, según
contó el propio Matt Damon, “como una batidora pegada a la cara”.
Esa carcasa permitió a Nolan filmar diálogo íntimo con la máquina a pocos
centímetros de los actores. El rollo revelado pesa aún más: cada copia en 70mm
supera los 360 kilos y mide 2,1 millones de pies. Fabricar la cámara cuesta
entre 40.000 y 50.000 dólares, y moverla requiere una carretilla elevadora». El rechazo a la IA y el CGI
(Computer Generated Imagery o
imágenes generadas por computadora) se convierte en la mejor herramienta de
marketing de La Odisea de Nolan. (El uso de la tecnología digita es un último
recurso, como en el caso de Polifemo)
En este enlace una amplia explicación sobre ¿qué
formato elegir para ver La Odisea de Nolan?