José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, octubre 19, 2026

Premio Planeta 2026: una escandalosa operación comercial

El rey Felipe VI, Isabel Allende y la reina Letizia, durante la entrega del Premio Planeta 2026. (Fotografía tomada de La Diaria, «Isabel Allende ganó el Premio Planeta con una secuela de La casa de los espíritus y destaca lo antiautoritario de la nueva obra»).  


No haré un análisis histórico del premio Planeta y sus, por decir lo menos, resultados polémicos ligados a figuras mediáticas, cuyas obras tienen poco que ver con la literatura de calidad, o con el fichaje de escritores de los sellos editoriales de la competencia. Tampoco voy a discutir si Isabel Allende es una buena escritora o no, que admiradores tiene pues ha vendido más de setenta y cinco millones de copias de su treintena de títulos y también detractores célebres como Roberto Bolaño, con fama de lenguaraz y malagradecido, o Harold Bloom, el canonista del Occidente anglohablante. De lo que sí voy a hablar es del Premio Planeta de este año, que se lo dieron a Isabel Allende, porque el concurso emana un tufo de fraude literario y jugarreta editorial en el marco de una escandalosa operación comercial con el beneplácito de la autora.

            Escribe Andrea Aguilar, en El País —periódico del grupo PRISA que, en 2014, vendió sus sellos Alfaguara, Aguilar, Taurus y Suma de Letras a Penguin Random House, PRH, por setenta y dos millones de euros—, que el jueves 15 de octubre por la noche se confirmaron los rumores: Isabel Allende ganó el Planeta y dejará Plaza & Janes, de PRH, la editorial con la que publicó durante cuarenta años. Añade que «[…] fuentes del sector, ajenas a los dos grupos implicados, especulan sobre el monto real que se esconde tras este sonado fichaje, y hablan de que la cifra de la operación puede ascender hasta a cuatro veces la cuantía oficial del premio». Así que, la muy estudiada candidez de Isabel Allende al recibir el premio es el beneplácito a una operación comercial disfrazada de concurso literario: «Nunca me había presentado a un concurso para evitar la humillación de quedar a la cola, así que esto es muy importante para mí». ¡Y para quién no es importante recibir un milloncejo de euros!

            La jugarreta editorial es casi perfecta. En el 75to. aniversario del premio, se requería que lo ganase alguien de renombre. Isabel Allende es la escritora latinoamericana más exitosa en términos comerciales. De los 75 millones de copias vendidas, más de 51 millones son de La casa de los espíritus (1982), que este año estrenó una muy decente serie de ocho capítulos en Prime Video. Después de polémicos ganadores del premio como Sonsoles Ónega o Juan del Val, Planeta necesitaba un nombre prestigioso, mejor aún si era superventas y latinoamericana, ya que lo último le permite ampliar la recepción de la obra premiada a un continente en donde la autora es ampliamente reconocida. Aunque, por lo pronto, La casa de los espíritus se queda con Plaza & Janes, los espíritus del mercado literario son los que han poblado la nueva casa.

            La obra premiada se llama La hora antes del alba y es la secuela de La casa de los espíritus. Dice Allende que envió la novela con el seudónimo de Luz Ventura. Una concursante más de entre los 1.424 escritores que de buena fe enviaron sus novelas para participar en el premio. Los miembros del jurado, por supuesto, fueron incapaces de reconocer a los personajes de La casa de los espíritus en su secuela. Pero ya estamos grandecitos para creer en el Ratoncito Pérez. Un concurso así es un fraude literario, pues ha engañado a 1.423 novelistas que, ingenuamente, creyeron que tenían alguna posibilidad de ganarlo. Planeta, no faltaba más, tiene el derecho de entregar un premio millonario a quien le asegure el retorno de su inversión, pero sería más justo para todos que se lo diera directamente a un autor o autora por el conjunto de la obra con la condición de que entregase una novela inédita para su publicación inmediata. Pero, claro, Luz tuvo la ventura de pegar un diente de leche a su manuscrito y el Ratoncito Pérez le dejó un millón de euros.

            Este concurso me recordó cuando Mario Vargas Llosa ganó el premio Planeta por Lituma en los Andes en 1993, el mismo año en que se nacionalizó español. Todavía me resulta extraño que ningún miembro del jurado de entonces haya caído en cuenta de que una novela protagonizada por un cabo llamado Lituma, en los Andes peruanos, combatiendo a los terrucos, solo podía ser de Vargas Llosa. Como decimos en mi tierra: ¿Coincidencias? ¡En Pascuales! Ahora, ante el fichaje de una estrella de Penguin Random House como Isabel Allende, el contable de Planeta se ha alegrado con esta operación comercial más que el senador Trueba con el golpe militar de 1973. Y, siguiendo a Harold Bloom, las perchas del supermercado exhibirán felices La hora antes del alba.

 

La del estribo

 

(La Habana: Casa de las Américas, 1985) 
            «Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una escribidora. Darle el Premio Nacional por el número de libros que vende sería como darle el Pulitzer a John Grisham o a Ken Follett. Eso es confundir el hit parade con la literatura. No tiene nada que ver una cosa con la otra». (Roberto Bolaño, en Andrés Gómez, «Isabel Allende es mala escritora», La Tercera, domingo 19 de mayo de 2002, 49)

 

            «No puedo encontrar ningún logro estético en la inmensamente popular La casa de los espíritus, ni en Paula, ni en la reciente Hija de la fortuna […] ¿Es Isabel Allende realmente comparable con Gabriel García Márquez, o debemos buscar a sus pares en un nivel muy diferente, en el cosmos de la literatura de supermercado?» (Harold Bloom, en la introducción a un volumen crítico sobre la obra de Isabel Allende, citado por Maggie Shipstead, en «Isabel Allende and the Decline of Magical Realism», The New Republic, April 22, 2013)

 

            «[Isabel Allende] es una narradora formidable. Su éxito tiene fundamento literario. Por eso me parece una tontería que le echen en cara su éxito comercial. Muchas veces las críticas a Isabel nacen desde la envidia». (José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura de Chile, 2006)

 

lunes, octubre 12, 2026

Juan Secaira Velástegui: La poesía, el arte y el cuerpo enemigo

«No es un diario, tal vez un antidiario, / las pretensiones son las de compartir […] Extranjero en mi propia corporalidad. / Testigo, / espía desganado. / Sobreviviente» (14). (Foto: R. Vallejo, 2026) 


En «Cardumen», Juan Secaira, como el buen lector que es, cita a la poeta Anne Carson, la premio nobel de este año: «Cada sonido que emitimos es un poco una autobiografía, tiene un interior privado; su trayectoria es pública […] Censurar estas proyecciones es una tarea de la cultura del patriarcado». Enseguida, reflexiona sobre su propia condición: «Los enfermos terminales también se han autocensurado. / Por miedo, o por mantener un prestigio que mal entiende las enfermedades; / una vergüenza contra el buen nombre […] Soy un extraño, no un muerto viviente».[1] Juan Secaira Velástegui (Quito, 1971), artista y poeta con esclerosis lateral amiotrófica, ELA, ha tenido la generosidad vital y la fortaleza espiritual para exponer la intimidad de su enfermedad neurodegenerativa en su poesía, en su arte y como protagonista de un documental.

             Mi enemigo es mi cuerpo (2026), dirigido por Joce Deux (Guayaquil, 1982)[2], es un largometraje documental sobre Juan Secaira que exhibe de manera respetuosa, aunque cruda, la cotidianidad de lo que conlleva padecer ELA, y la manera cómo él vive, en medio de la enfermedad, su oficio de artista y poeta. El documental se abre con una bella y dolorosa paradoja visual: el ave volando en un cielo abierto contrasta con las restricciones para una movilidad autónoma del protagonista. El poeta escribe: «Miro a mis hijos y a Tatiana desplegar sus alas en un vuelo auténtico, / adherido a su presente, a sus ideas y venidas / sobre el mapa imaginario» (19). El documental muestra la cotidianidad de la enfermedad: la medicación, incluida la impúdica inyección, el padecimiento y las dificultades producidas por la falta de accesibilidad: «Así, la ausencia de rampas / es proporcional a la falta de seguridad y presteza, / en el ángulo se confunde / lo público y lo privado […] y un clamor de quienes las necesitamos y las exigimos / en el gitano duelo / del trayecto urbano» (22). Aunque hay una ausencia del contexto social que implica el abandono de las políticas públicas sobre las enfermedades catastróficas, lo que las convierte en un asunto individual, Mi enemigo es mi cuerpo, de Joce Deux, es un documental conmovedor y angustiante, pero, sobre todo, es una mirada honesta sobre el personaje y su padecimiento irreversible.

            En diálogo con el documental, La perfecta máquinaria del adiós (2026), el más reciente poemario de Juan Secaira, es una escritura libre, abierta y cargada de verdad vital sobre el dolor corporal provocado por la ELA, y es también una mirada sobre la lectura, la escritura y el inevitable encaramiento a la muerte. Secaira se expone en su abatimiento; así, en su «BIO» la imagen de sí mismo es angustiante, aunque sus versos destellan una dolorosa esperanza del instante: «Procesando, no. / Viviendo, como un juguete / roto / que todavía entretiene. / Se entretiene» (34). El poeta nos comparte sus pequeñas alegrías, su agotamiento, sus dificultades cotidianas, su persistencia en el oficio de leer y escribir en medio de la enfermedad: «Me han entregado los resultados de mis últimos exámenes médicos: / en declive. // Por alguna extraña razón, todavía la voz persiste y / el embrujo de la lectura / es el hilo rojo / de las horas al pasar» (12). El dolor es un territorio que el poeta habita: «El territorio del dolor no es un privilegio ni un aliciente. / Es el marco cruel de una fotografía descolorida» (69). El poemario cita lecturas de Stephen King, Sylvia Plath, Viginia Woolf, Joan Didion, Blanca Varela,  entre otros, y, en su momento, nos enfrenta a la realidad del poeta en su silla de ruedas: «Deseo entrar a la librería, es imposible. / Está empotrada en una casa de dos pisos, / con ventanales grandes y abiertos, / con plantas a su alrededor. / Preciosa. // No hay ninguna rampa que me ayude a acceder» (64). La silla de ruedas es una presencia permanente que simboliza la carencia y la condición degenerativa de la enferemdad: «Posaré, pasaré, / viviré en mi silla de ruedas; / luego, postrado en una cama, / con música de fondo / para convertirme en la figura móvil / de la inmovilidad / que me eriza la piel / y trastorna mis músculos, uno a uno. // Puntualmente» (54). Al final, una diminuta esperanza: «La lectura, la escritura me sostienen, un ratito, un anhelo». (113)

            La perfecta maquinaria del adiós, el poemario de Juan Secaira Velástegui, tiene como ilustración de cubierta una obra del poeta: «Corazonada» (lápices en cartulina A3). Las pequeñas formas geométricas son una composición barroca de angustioso colorido que se enhebra con su prosa lírica: «El arte modifica la existencia, las existencias, las dota de otros significados. Justo en trances en los que se percibe el entramado de la indiferencia […]» (83). Un corazón fulgurante que no da tregua; ante la ELA no hay romantización posible y el cuerpo es el enemigo que el ser humano lleva en sí mismo: «Ya no tengo confianza en mi cuerpo; ya no creo en él, porque, de pronto, me abandonó, me va abandonando». (108)

 

La del estribo 

 

Fotograma de Mi enemigo es mi cuerpo, de Joce Deux, selección oficial de la 25ta. Edición del Festival EDOC 2026 (Encuentros del Otro Cine). Yo vi el documental en la sala de Mz. 14, de la Universidad de las Artes, en Guayaquil.


«La escritura desarma y acerca, acarrea, cicatriza, hiere; y por ello es necesaria para poetizar la impetuosidad de un mal, las direcciones que va tomando, las respuestas del entorno, el tenor de los hechos ante los demás, el reflejo de la página en la piel, el indicio que nos mantiene tiritando ante el arrojo y el dolor». (84)

 

«Cuesta muchísimo explicar el dolor, porque sus niveles son ambiguos, misteriosos y dependientes de factores médicos y también culturales […] Mi camino lo he hecho involucrándome, preguntando, cuestionando. Ligero. Claro que he llorado y lloro. Claro que me deprimo, aún riendo. Aún siguiendo. / He sentido una nueva debilidad. Terrible […] Queda la incertidumbre y el reloj interno caminando por uno; / sin retrasarse ni dejar que nada influya / en la perfecta / maquinaria del adiós». (103)



[1] Juan Secaira Velasteguí, La perfecta maquinaria del adiós (Quito: Autoedición, 2026), 101.

[2] Joce Deux (José Escobar), poeta, dramaturgo y cineasta, ganó el Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2025 por Encalipsis.html. Como dramaturgo, en 2023, ganó el premio Joaquín Gallegos Lara con Goteras. Ha dirigido varios cortometrajes de ficción y documentales. En la actualidad está trabajando en su primer largometraje de ficción titulado Luxarium.

 

lunes, octubre 05, 2026

«Cien años de soledad», 2da. temporada: la United Fruit Company y la matanza de los trabajadores, y el apocalipsis de Macondo

José Arcadio II (Julián Román), ya convertido en líder sindical, minutos antes de la masacre de los trabajadores a cargo del Ejército colombiano. Capítulo 6, «Eran más de tres mil», de la segunda temporada de la serie Cien años de soledad, de Netflix, (2026). 


            El proceso de transformación de José Arcadio II, de capataz de la bananera a líder sindical de los trabajadores, es llevado con mano maestra en la segunda temporada de Cien años de soledad, la serie de Netflix basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez. Vemos la concientización del personaje en la fuerza interior de la mirada del actor (Julián Román) a su entorno, a sus compañeros trabajadores, a la insensibilidad de Mr. Brown. Asimismo, la presencia de la United Fruit Company, que representa la penetración del capital transnacional bajo la aparente bonanza del progreso, es desarrollada como una de las causas de la destrucción de Macondo; la otra, es la consumación del incesto en la familia. La segunda temporada de la serie, dirigida por Carlos Moreno y Laura Mora, ofrece una muy lograda lectura de Cien años de soledad que supera aquella versión edulcorada, propia de las oficinas de Turismo y los actos oficiales, que la redujo a las mariposas amarillas y se olvidó de la historia.

            «El armisticio», el primer capítulo, establece el sentido político de la guerra del coronel Aureliano Buendía, que no es un loquito del parque armando bochinche, sino un combatiente de una guerra civil que perdieron los liberales y que fue el origen, en el siglo veinte, de un conflicto armado que ha desangrado a Colombia hasta hoy. La amargura y frustración del coronel Buendía (Claudio Cataño) lo carcome hasta su muerte y, en la serie, no llega a encontrar sosiego ni siquiera en el trabajo de orfebrería de sus famosos pescaditos de oro. La iracundia del coronel es caracterizada como la frustración de una alternativa política que se hundió en los excesos de la guerra y del poder efímero y se desvaneció en la soledad existencial del propio coronel Buendía.

            La llegada del tren y de la bananera, la explotación laboral a la que somete a los trabajadores y la masacre con la que los despide esa alianza incestuosa del poder económico y el poder político, se desarrollan en tres capítulos: «Había llegado el inocente tren», dirigido por Carlos Moreno; «Fue un once de octubre» y «Eran más de tres mil», dirigidos por Laura Mora. La serie en su conjunto abarca los sentidos de una novela signada por el realismo mágico y lo real maravilloso, y que, en esta temporada, se asienta también sobre la realidad histórica. La serie desnuda, como si fuera una crónica documental, la rapacidad de la United Fruit Company, que operó como un enclave neocolonial que manejó la ley a su arbitrio y sometió al Estado a sus intereses, explotando, despojando y reprimiendo con violencia a los trabajadores. En la novela se habla de la compañía bananera, mientras que en la serie se la nombra directamente.

           

            La matanza de los trabajadores tiene como referente real la masacre ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga, departamento del Magdalena. En la novela Cien años de soledad se menciona con nombres y apellidos a los responsables directos de la matanza de los trabajadores de la bananera. En la novela y en la serie se habla de tres mil trabajadores asesinados por el Ejército colombiano cifra que, al parecer, responde al lenguaje hiperbólico garcíamarquino, pues no existe documentación sobre ella. Sin embargo, sí existe un informe, del 16 de enero de 1929, del cónsul norteamericano Jefferson Caffery dirigido al secretario de Estado que habla de al menos mil muertos durante la represión reportados por el propio representante de la United Fruit. En la serie de Netflix, durante la concentración en la plaza en la que los trabajadores y sus familias quedan a merced del ejército, está muy bien lograda la imagen del niño sobre los hombros de José Arcadio II, que en la novela se narra así:

 

Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el Decreto Número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas, y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba al ejército a matarlos a bala.[1]

 

            Luego vendrá la debacle de Macondo sincronizada con el nacimiento del niño con cola de cerdo, que es el hijo de Amaranta Úrsula (María Adelaida Puerta) y Aureliano Babilonia (Sebastián Osorio): la serie consigue mostrarnos la celebración del Eros y el imparable derrumbe de la casa y darle imagen a esta sentencia de la novela: «En aquel Macondo olvidado hasta por los pájaros […] recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor […] Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra» (340). Durante el parto, aparecen todos los Buendía, de tal forma que la proximidad del final está unida al cierre del ciclo mítico. En la lucidez de su desesperación, Aureliano Babilonia consigue descifrar el epígrafe de los pergaminos de Melquiades y su sentido: «El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas». (349)

 

Aureliano Babilonia (Sebastián Osorio) descifra los pergaminos de Melquiades: «[…] y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si estuviera viviendo en un espejo hablado». (350)

            Los últimos veinte minutos de la serie son apocalípticos al igual que las páginas finales de la novela. La imagen del viento que se lleva a Macondo, que todo lo arrasa, que lo envuelve todo en una polvareda incesante, traslada a las imágenes de la serie la fuerza visual del texto de la novela: «Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugados por la cólera del huracán bíblico […]» (350). Entonces, después de la penetración del enclave colonial de la United Fruit Company y la explotación a los trabajadores que llevó a su masacre, y el cierre del ciclo mítico con la aparición del niño con cola de cerdo, ya solo nos queda escuchar de manera inevitable la frase que cierra el apocalipsis de Macondo: «[…] porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra». (351) Los directores y guionistas de la serie de Netflix leyeron Cien años de soledad como una novela mítica, maravillosa e histórica y así la realizaron.

 


[1] Gabriel García Márquez, Cien años de soledad [1967], 42da. ed. (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1974), 258. En mi entrada del 16 de diciembre de 2024, comenté la primera temporada de la serie: «Cien años de soledad, de Netflix: un entretenimiento inteligente».