José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, julio 27, 2026

«La Odisea» según Chistopher Nolan: un héroe con remordimientos por la guerra en busca de su redención camino al hogar

Matt Damon es un convincente Odiseo en La Odisea de Christopher Nolan.

            ¿Por qué no se escucha el canto de las sirenas en la película? Por nuestro propio bien. Le dice Circe a Odiseo en el libro de Homero: «Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada».[1] ¿Acaso no veis cómo se retuerce Odiseo atado al mástil de la embarcación en la película de Nolan? Nolan ha tenido piedad de nosotros, igual que Homero la tuvo con sus lectores: ni en la película ni en el libro se escucha ni describe, respectivamente, el canto de las Sirenas. Y, sin embargo, hay quienes le reclaman a Nolan que no nos dejara escucharlo. 
¿Qué decía la canción? Odiseo, en la película, después de escuchar el canto de las Sirenas, comparte su experiencia: «Todo lo que querías ser y todo lo que deseabas no haber deseado jamás […] Una picazón deliciosa que se volvió insoportable […] Te decía que lo que más deseas es lo que menos puedes tener, y que lo que menos puedes tener es lo que ya tuviste y perdiste. Era una canción sobre todas las promesas que no cumplí. Y me decía que en realidad no quería volver a casa».

¡Advertencia: en este comentario destriparé la película!

Christopher Nolan no le es fiel en todo a Homero, lo que no significa que lo irrespete. Nolan reinterpreta, con pasión e inteligencia, un clásico que, como todo clásico, admite diferentes lecturas a lo largo del tiempo.[2] Italo Calvino nos enseñó que los clásicos nos llegan con las lecturas que han precedido a la nuestra y con las huellas que han impregnado en las culturas, en su lenguaje y costumbres: «Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones».[3] El Ulises, de James Joyce, por ejemplo, es una lectura de la Odisea desde una mirada sin dioses, pero atravesada por la culpa católica, que encuentra la heroicidad del guerrero en los avatares del paseante que vagabundea durante un día en su camino de regreso a casa: Leopoldo Blum, Stephen Dedalus y Molly Bloom son Ulises, Telémaco y Penélope, revisitados y transformados en héroes de lo cotidiano.

La Odisea, dirigida por Christopher Nolan es una espectacular película de aventuras, tecnológicamente impecable y asombrosa —Nolan ha desdeñado el facilismo de la IA y el CGI (Computer Generated Imagery o imágenes generadas por computadora), que usa como último recurso, para optar por lo análogo—; de una fotografía bellísima a cargo de Hoyte van Hoytema que retrata al mar en tonos oscuros, tenebrosos, como una amenaza permanente; una banda sonora sugerente, sin orquesta, compuesta por Ludwig Göransson, que nos acompaña en cada escena con la sencillez musical de instrumentos orgánicos y arcaicos; y una versión libre de la caracterización del héroe de la Odisea, de Homero, aunque, en lo sustancial, recoge las mortificaciones y el cansancio del Odiseo homérico.[4] Nolan respeta la estructura narrativa y el espíritu de las aventuras, aunque modifica sustancialmente el sentido homérico de la gloria y lo transforma en una mirada contemporánea sobre al horror de la guerra y remordimiento del héroe, cuya redención está en su regreso al hogar junto al amor de Penélope y Telémaco y, más tarde, en la honra de sus compañeros muertos.

Al igual que Homero, Nolan narra el viaje del héroe en el que Odiseo realiza el retorno a casa y el reencuentro consigo mismo, después de haber perdido ambos rumbos en medio de la crueldad de la guerra. Sin embargo, el Odiseo de Nolan no está sujeto a la voluntad de los dioses, aunque Poseidón se la tiene jurada y siempre lo empuja para que se cumpla su destino cruel (el phatos). La presencia de Atenea (¡qué bien que la interpresa Zendaya!), más que la de una diosa, parece la voz de la conciencia de Odiseo ya que, simbólicamente, es la imagen de la mujer asesinada en Troya por las huestes griegas.

El Odiseo de Nolan es un héroe que carga con el remordimiento de sus crímenes de guerra, de sus mentiras y el orgullo al desafiar a Poseidón, lo que conduce a sus compañeros a la muerte durante el viaje de retorno a Ítaca. Odiseo, como los soldados de la antiheroica guerra de los Estados Unidos contra Vietnam, se define como un «veterano de la guerra de Troya». Un veterano que, en términos contemporáneos parece sufrir de PTSD (Post Traumatic Stress Disorder) causado por la guerra. Esta denominación anacrónica es la que, por supuesto, ha enojado a los puristas de la literatura griega (en el buen sentido de quienes quieren leer los clásicos como monumentos inmortales, aunque estáticos) y los Señores de la Guerra, esos guerreristas como Elon Musk y los trumpistas que, como Antínoo (en la versión cinematográfica), siempre evitarán ir a la guerra y harán que otros vayan en su lugar (en el peor de los sentidos: alborotados porque la lectura de Nolan desnuda el horror contemporáneo de las guerras sin heroicidad). En este contexto, la alusión a los «Pueblos del Mar» (que no aparecen en la Odisea, de Homero) es un acierto de lectura contemporánea en la medida en que sugiere que la destrucción de una civilización reside en la violencia que genera desde sí, pues el enemigo que imagina, ese Otro siempre bárbaro, es la misma civilización convertida en su enemigo, pero inventándose un peligro para justificar su propio mal.

 

El caballo-ofrenda: el engaño de Odiseo que desemboca en la masacre de los troyanos a manos de los griegos.

            Así, la película de Nolan bordea el espíritu de un filme anti-bélico: Odiseo contempla con azoramiento y tristeza la masacre que está sucediendo en Troya debido a su ardid; se conmueve con los testimonios de los guerreros muertos cuando baja al submundo, sobre todo, con el reclamo de Sinon: un Elliot Page sobrio y acertado en su papel —que ha despertado el odio de los transfóbicos— y que actúa con un dramatismo conmovedor cuando emerge del submundo y le reprocha a Odiseo el que lo haya enviado a la muerte al anunciar a los troyanos la ofrenda del caballo sin haberle advertido acerca de su destino. Los muertos claman justicia y memoria. Odiseo promete hacer sacrificios a los dioses para honrar a los guerreros muertos y el cumplimiento de aquella promesa es también una forma de redención. Por eso decimos que la actitud del Odiseo de Nolan está más cerca del sentir antibélico contemporáneo que de la glorificación del guerrero de la Grecia de Homero. Sin embargo, la definición de anti-bélico es relativa: la película está llena de escenas de guerra y la incursión en Troya, con el ardid del caballo, es de una enorme crueldad visual incluida la matanza de los pretendientes que, por su lado, encuentra cierta justificación en los abusos y la manipulación de la ley de Zeus sobre la hospitalidad al extranjero.

 

Briton Rivière, Odiseo y Argos, 1869.
            Homero y Nolan, sin embargo, coinciden en la sensibilidad que envuelve el emotivo reconocimiento y despedida del perro Argos, ya viejo y moribundo, cuando Odiseo regresa a Ítaca. Tanto en el libro como en la película estamos ante un momento breve y conmovedor: «Tal hablaban los dos entre sí [Odiseo y Eumeo] cuando vieron un perro que se hallaba allí echado e irguió su cabeza y orejas: era Argo [sic], aquel perro de Ulises paciente que él mismo allá en tiempos crió sin lograr disfrutarlo pues tuvo que partir para Troya sagrada […] En tal guisa de miseria cuajado se hallaba el can Argo; con todo, bien a Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto, coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo fuerzas ya para alzarse y llegar a su amo. Este al verlo desvió su mirada, enjugándose una lágrima, hurtando prestamente su rostro al porquero […] y a Argo sumióle la muerte en sus sombrar no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año».[5] Es ya una convención señalar que el Odiseo que marcha a Troya no es el mismo que regresa a Ítaca, no solo espiritualmente sino físicamente, más allá del disfraz de mendigo por el que evita ser reconocido. Solo el ojo del animal, según Calvino, es capaz de reconocer la continuidad del individuo en el tiempo. Argos es también el símbolo de la lealtad sin condiciones y el encuentro de Odiseo con su perro un instante catártico, piadoso.

Los actores y actrices de La Odisea están muy bien seleccionados. Matt Damon es un convincente Odiseo atormentado por la guerra en busca de redención. Robert Pattinson es un Antínoo malo y cobarde, cuya muerte el público justifica tanto por el asedio inmoral que, junto a los demás pretendientes, retuerce las leyes de la hospitalidad de Zeus, como por haber enviado a la guerra a Sinon, el hijo de diez años del pastor de su padre, en vez de haber ido él. John Leguizamo se convierte, de manera brillante (le daría, en este instante, un Oscar al mejor actor de reparto), en un entrañable y valiente Eumeo, el porquero fiel de Ulises. A Tom Holland como Telémaco tal vez le falta la angustia vital y contradictoria por la búsqueda del padre ausente y se lo siente más como un adolescente extraviado que como un joven adulto decidido.

El traje de Agamenón (Benny Safdie) ha causado reacciones diversas: en medio de tanto guerrero, una presencia de esta naturaleza de quien representa el poder y la vocación por la guerra, al margen de las vidas humanas y por la búsqueda de rutas comerciales, es un acierto visual: el público del cine requiere identificarlo como una presencia siniestra. Y, finalmente, como un guiño contemporáneo, la presencia del rapero Travis Scott que interpreta al bardo que cuenta las hazañas del guerrero Odiseo en Troya, propone la continuidad de los antiguos aedas en el arte de esos poetas urbanos que son los raperos.

Anne Hathaway es una Penélope impecable.
            Las mujeres tienen un protagonismo relevante, más acorde a la sensibilidad contemporánea que a la misoginia patriarcal del mundo antiguo, a tal punto que Nolan evita mostrarnos la ejecución de las sirvientas a manos de Telémaco.[6] Y, sin embargo, debo anotar que Penélope, Calypso y Circe son personajes cruciales en la Odisea, de Homero, para el avance de la historia-viaje-de-regreso de la Odiseo, por lo que las visiones de Homero y Nolan sobre el papel de las mujeres están más cerca de lo que suponemos. Anne Hathaway es una Penélope que conoce los hilos, no solo del manto que teje, sino de la política, la guerra y el amor, y está impecable; Charlize Theron, una Calipso seductora, pero sobre todo sanadora, bastante romantizada; Samantha Morton, una Circe que exhibe la fuerza de su poder y su sexualidad en el rostro contenido. Lupita Nyong’o (una elección provocadora de Nolan, casi un anzuelo para el alboroto de las redes sociales, que es, al mismo tiempo, una representación de la diversidad del mundo desde siempre) en su doble papel de Helena —con su rostro marcado como una culpa— y su hermana Clitemnestra —que venga el sacrificio de su hija Ifigenia a manos de Agamenón asesinándolo a su regreso— es una presencia de pocos minutos, precisa en la historia, que incomoda a esos mismos transfóbicos que odian a Elliot Page, solo por existir, y que, además, son racistas.

No es la Odisea, de Homero; es La Odisea, según Christopher Nolan, con las preocupaciones de Nolan en su cinematografía, desarrollada para un auditorio que no es el griego de hace tres mil años, sino el ser humano del siglo veintiuno, que vive con una sensibilidad diferente y nuevos sufrimientos a causa de las guerras. Y, contrariamente a lo que se supone le dijeron las Sirenas en su canto, Odiseo sí quería volver a casa y cumplió su promesa de regresar a Ítaca. Yo leo la Odisea, de Homero, como si fuera la primera vez, con el placer que provoca la relectura de los clásicos y, asimismo, disfruto de la espectacularidad del filme de Nolan, maravillado por esa conjunción de las artes en el cine.

 

 

La del estribo

 

Polifemo, según Nolan.   
            Este es uno de los diálogos que más extrañé en La Odisea según Nolan. El diálogo es reemplazado por el flechazo de Odiseo en el ojo del ciclope Polifemo al momento de retirarse —lo que causa la ira de Poseidón— y que los compañeros de Odiseo perciben innecesario:

 

Tal le dije; cogiólo y bebió con deleite salvaje

todo el dulce licor y pidióme sin pausa otro cuenco:

 

‘Dame más, no escatimes, y sepa yo al punto tu nombre;   [355]

te he de hacer un regalo de huésped que habrá de alegrarte;

nuestro fértil terruño también a nosotros da un mosto

de racimos egregios que nutre la lluvia de Zeus;

pero esto es efluvio de néctar y flor de ambrosía.’

 

Tal habló; yo brindéle de nuevo del vino tostado                [360]

y hasta dos veces más; y las tres lo apuró en su locura.

Mas después que el licor empezaba a rondar las entrañas

del ciclope, volvíme yo a él con melosas palabras:

‘Preguntaste, ciclope, cuál era mi nombre glorioso

y a decírtelo voy, tú dame el regalo ofrecido:                           [365]

ese nombre es Ninguno. Ninguno mi padre y mi madre

me llamaron de siempre y también mis amigos.’ Tal dije

y con alma cruel al momento me dio la respuesta:

‘A Ninguno me lo he de comer el postrero de todos,

a los otros primero; hete ahí mi regalo de huésped.’[7]             [370]



[1] Homero, Odisea, traducción de José Manuel Pabón, Biblioteca Clásica Gredos, 48 (Madrid: Gredos, 1982), 286, Canto XII, vv. 39-54.

[3] Italo Calvino, Por qué leer los clásicos, traducción de Aurora Bernárdez (México D.F.: Tusquets Editores, 1992), 8.

[4] «El lujo de lo analógico»: «Christopher Nolan rodó La Odisea con cámaras IMAX, algo que ningún largometraje no documental había hecho antes. La cámara pesa más de 140 kilos, y va encerrada en una carcasa insonorizada, porque sin ella suena, según contó el propio Matt Damon, “como una batidora pegada a la cara”. Esa carcasa permitió a Nolan filmar diálogo íntimo con la máquina a pocos centímetros de los actores. El rollo revelado pesa aún más: cada copia en 70mm supera los 360 kilos y mide 2,1 millones de pies. Fabricar la cámara cuesta entre 40.000 y 50.000 dólares, y moverla requiere una carretilla elevadora». El rechazo a la IA y el CGI (Computer Generated Imagery o imágenes generadas por computadora) se convierte en la mejor herramienta de marketing de La Odisea de Nolan. (El uso de la tecnología digita es un último recurso, como en el caso de Polifemo)

En este enlace una amplia explicación sobre ¿qué formato elegir para ver La Odisea de Nolan?

[5] Odisea, Canto XVII, vv. 290-325, pp. 374-375. Argo y no Argos, según la traducción de José Manuel Pabón que estoy utilizando.

[6] Odisea, Canto XXII, vv. 457-473, pp. 462-463.

[7] Odisea, Canto IX, 237.

 

lunes, julio 20, 2026

«Entre Marx y una mujer desnuda»: cincuenta años después, continúa siendo una gozosa lectura intelectual

(Fotografía: Raúl Vallejo, 2026)

            La novela Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorgenrique Adoum —de quien estamos celebrando, en este 2026, el centenario de su natalicio— fue publicada en 1976, en México, y ganó el prestigioso premio Xavier Villaurrutia de ese año[1]. Adoum la llama «texto con personajes» y, desde el comienzo, nos plantea una discusión teórica: su novela-texto-con-personajes se presenta como un trabajo en desarrollo que va develando el proceso de creación novelesca durante su propia escritura y, también, evidencia los artificios de la ficción literaria en su afán de hablar acerca de la realidad referencial de la historia novelesca. Esta estrategia metatextual le permite a Adoum desarrollar, además, los conflictos estético y ético de la relación de Galo Gálvez, el personaje, con Joaquín Gallegos Lara, el modelo declarado para dicho personaje; estos conflictos están enmarcados en una crítica política, desde el discurso literario, a las clases dominantes del país y su vocación por el ridículo y la represión, a la izquierda comunista y su sectarismo, y a la dominación imperialista de los Estados Unidos.

            Entre Marx y una mujer desnuda retoma, en 1976, la tradición vanguardista en su escritura metatextual y la pone al servicio de una estrategia narrativa que indaga con profundidad en el conflicto político y amoroso de Galvez-Gallegos Lara, resumido en el título de la novela: es decir, el conflicto entre la militancia política y el disfrute individual de la vida. La tradición vanguardista de la que se nutre Adoum se remonta a Débora (1927), de Pablo Palacio, y En la ciudad he perdido una novela (1930), de Humberto Salvador. En ambos textos, la mecánica del artificio literario es expuesto por un narrador empeñado en mostrarnos el proceso de escritura. Un artificio similar lo utilizó también Lupe Rumazo en su antológico cuento «La marcha de los batracios» (1969).

El comienzo de la novela de Adoum ya nos plantea lo que será la estrategia de escritura: «o sea que las cosas no han sido todavía sino que van a ser, no pasaron así sino que a suceder ahora, en estas páginas, nadie sabe cómo, no tienen un principio ni un orden otro que el que tú les des, e incluso la sucesión de renglones, de párrafos, de páginas puede ser alterada porque, aunque inflexible en su estructura, es deliciosamente arbitraria».[2] Y, más adelante, anota de qué manera están planteados los narradores y cuáles son los mundos que habitan, y explicita cuál es la estructura de la novela: «El libro te va saliendo un poco a la manera de esas muñecas de madera rusas o las canastillas de paja de Otavalo: tú escribes un libro sobre un escritor que piensa escribir un libro sobre un escritor —por fortuna, este último escribe algo sobre sí mismo y no sobre otro colega— […]». (26)

El «Prólogo» de la novela, que Adoum ubica de la página 233 a la 237, es una bella y emocionante semblanza política y vivencial de Joaquín Gallegos Lara y, al mismo tiempo, un texto que teoriza el proceso escriturario para que Gallegos Lara se convierta en Galo Gálvez. El autor relata su relación personal con Gallegos Lara; así, en sus primeros encuentros, «él era ya lo que fue y yo apenas comenzaba a ser lo que no he sido» (233). Adoum, entonces, expone un juicio político que atraviesa la novela: «Lo conocí cuando estaba descuartizado entre su disciplina de militante y su vocación por la verdad» (233). Después, nos cuenta del ejemplar de Las cruces sobre el agua, con una dedicatoria generosa de parte de su autor, que recibió durante su estancia en Chile, y de cuánto lo quería. Treinta años después de la muerte de Gallegos Lara, Adoum reflexiona de qué manera, aquel se convirtió en el personaje de su novela y en esa reflexión nos descubre a un hombre íntegro y apasionado, y se lamenta que, ni siquiera en la ficción, pudo darle un sillón de ruedas ni hacerlo viajar, sabiendo que él amaba ciudades en donde nunca estuvo. Al final del prólogo, Adoum resume el sentido central de su novela:

 

Seguramente en un libro sobre el fracaso de nuestro país como república, el fracaso de su partido como guía de un pueblo que no tiene patria, el fracaso de la literatura como arma y como literatura, es decir, el lento y largo fracaso de uno mismo, me es indispensable ese personaje de tragedia griega que consiguió en medio del trópico lo insólito: ser héroe cada día en una sociedad que no tiene nada de heroico. Acaso la única manera de definirlo cabalmente sea lograr que el personaje por el cual estoy vivo todavía no se me muera en la última página, no se me muera nunca, exactamente como Joaquín. (237)

 

            Entre Marx y una mujer desnuda, cincuenta años después, se mantiene como un texto fundamental de nuestra literatura. La metatextualidad vanguardista continúa enseñándonos el arte de la novela porque Adoum planteó numerosas preguntas que son las preguntas de quien escribe y porque su estrategia de escritura es una poética de la narración. El discurso crítico-político, con las limitaciones de las referencias coyunturales, sigue vigente, entre otras cosas porque las estructuras sociales de dominación permanecen, a pesar de los avances y los logros puntuales de una agenda socialmente reivindicativa desde el campo popular. La construcción de un personaje literario basado en una persona pública es diáfana y, aunque a veces roce la mitificación, la heroicidad y los conflictos interiores, amorosos y políticos, de Gálvez-Gallegos Lara son literaria y humanamente verosímiles por la complejidad de su tratamiento. Esta novela de Adoum es un texto de gozosa lectura intelectual y en el que existe un laboratorio de escritura en el que aprendemos de manera permanente.

 

La del estribo

 


            «Cuando, obligado por Gálvez, el Fakir [César Dávila Andrade] se resignó a ir al hospital por una inflamación de la pleura que venía tratándose desde hacía algunas semanas con quemados de aguardiente, uno de los empleados, al inscribirlo, le preguntó su profesión. Poeta, dijo naturalmente orgullosamente porque esa fue su única ocupación en la tierra. No es eso lo que le pregunto, dijo el empleado, sino en qué trabaja. En la poesía, dijo el Fakir. Otro empleado, el inteligente, digo a su colega: Pon periodista nomás. Lo peor hermano, contaba el Fakir, fue cuando el domingo de mañana pregunté si podían darme comprando el periódico. Por qué no lee más bien el de ayer que tenemos, me dijo el interno. Porque hoy me iban a publicar un poema, le dije, por lo menos el Llerenita me ofreció. Cuando pasó el médico, porque de veras pasaba de largo por las camas de los enfermos sin mirarlos siquiera, el interno le dijo señalándome por sobre el hombro, como si le indicara Accidente de tránsito o 39 de temperatura: Delirio de grandeza». (Entre Marx y una mujer desnuda, pp. 11-12)

 

Instituto Nacional de Patrimonio Cualtural, Fondo de Fotografía Patrimonial, «Retrato del poeta César Dávila Andradre (1918-1967). Colección Felipe Díaz Heredia. Cuenca, 1938-1948.


[1] El premio Xavier Villaurrutia es un galardón que se otorga en México, desde 1955, a uno o más libros, de diverso género, publicados en el país y el jurado está conformado por escritores que han ganado el premio. Se dice que es un premio de escritores para escritores.

[2] Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda (México D.F.: Siglo XXI Editores, 1976), 9.

 

lunes, julio 13, 2026

Cincuentenarios de nuestra narrativa corta: «La Linares», «Historia de un intruso» y «Micaela y otros cuentos»


            1976 fue un año que nos entregó tres libros indispensables de nuestra narrativa corta. En 1975, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador convocó por primera vez el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit que ganó La Linares, de Iván Egüez. Asimismo, en 1976, con motivo del sesquicentenario de la Universidad Central del Ecuador, se convocó un concurso literario que, en la categoría de cuento, ganó Micaela y otros cuentos, de Raúl Pérez Torres. Historia de un intruso, de Marco Antonio Rodríguez ganó, en 1977, el premio al Mejor Libro en Castellano, en la Feria Internacional del Libro, en Leipzig.

            Desde su memorable comienzo: «Usted pasará a inmortal al menos entre los cuatro gatos que hemos terminado merodeando y memorando su vida, María Linares, fácil platico de lecha a vista y paciencia de las malas lenguas…» (11) La Linares, de Iván Egüez,[1] se nos presenta como un texto pródigo de humor, con una tendencia al neo-barroquismo basado en lo exótico y la acumulación de objetos, una crítica corrosiva a la sociedad quiteña del siglo veinte y sus hipocresías que se sostiene, justamente, por la caricatura en la que tanto María Linares como el narrador convierten a esa oligarquía gobernante. La novelina La Linares, además, logra reconstruir una conocida leyenda quiteña en un asunto literario original sin caer en el costumbrismo y haciendo gala de una narración cuidada, fresca y cargada de magia. La novelina tiene escenas hilarantes, como la teatralización radial de la Guerra de los mundos, de H.G. Wells, (19-36) o el intento del canónigo Moscoso de entrar al dormitorio de la Linares (126-129), u otros de maestría narrativa como el del terremoto de las Flores (70-73). La Linares se sigue conservando fresca en su tono narrativo, mágica en su lenguaje neobarroco y su humor pervive como una crítica mordaz a la hipocresía social de un Quito oligárquico y conventual.

A continuación, no hablaré del cuentario, sino del relato extenso que le da nombre al libro Historia de un intruso, de Marco Antonio Rodríguez.[2] El cuento es una diatriba feroz y dolorida contra el mundo. Un relato estremecedor en el que rondan los demonios de Dostoievski enraizados en una ciudad andina y la soledad del Meursault sin mucha contemplación y con bastante rabia. Rodríguez utilizada una curiosa estrategia narrativa cuya intriga se resuelve al final: Antero se nos presenta como una suerte de alter ego del narrador que lo acompaña en su periplo vital, solo que, para sorpresa nuestra, durante el desarrollo de la historia existe una escisión del yo que se transforma en rebeldía contra sí mismo, como una forma de liberación. El narrador dispara todo su furor contra un mundo en el que triunfan el dinero y el poder, y en donde la publicidad convierte a los individuos en receptáculos de la estulticia social. Apenas existe un remanso en el amor de Gabriela, pero hasta eso el narrador-protagonista se lo niega a sí mismo: «Te amé, Gabriela. Te amé mucho. Acaso porque jamás exististe»; pero Gabriela existe en el deseo, en la palabra y en la imaginación. El narrador quiere salvarse a través de la escritura, que resulta un espacio terapéutico; sin embargo, no hay tregua posible y para él es imposible deshacerse de Antero, expulsarlo de su vida: «De nada me servirá. Antero —lo he descubierto— soy yo mismo». (68) «Historia de un intruso» es un relato desgarrador, que no da respiro desde su fuerza narrativa y una descarga sin cortapisas contra un mundo desquiciadamente cruel.

De Micaela y otros cuentos, de Raúl Pérez Torres[3], quiero destacar tres cuentos. «Cuando me gustaba el fútbol» es un texto nostálgico, contado con cierto lirismo y que se alimenta de la vida barrial. Tres elementos confluyen en el cuento: La pobreza como situación social, la dignidad como recurso de sobrevivencia de los personajes, el fútbol como un momento de celebración. «La expatriada» es también una visión nostálgica, pero sin concesiones, sobre el exilio: el lirismo del lenguaje aminora la dureza de la historia como sucede en la narrativa de Pérez Torres. Toda la crueldad política del exilio y el machismo de una generación progresista se concentran en los conflictos vitales de la expatriada. La fusión de los motivos de ambos cuentos, el fútbol y la soledad de una mujer que no pertenece al lugar en donde vive, parecerían la semilla de un cuento antológico con el que Pérez Torres ganó el premio Juan Rulfo, de Radio Francia Internacional en 1994: «Solo cenizas hallarás». Finalmente, «Micaela» es un relato extenso, narrado desde la perspectiva de un criminal de barrio que está en la cárcel: un borracho, maltratador y violento. El narrador no tiene ninguna posibilidad de redención: en el amor no es posible porque a pesar de recordar todo el tiempo a Micaela, su pareja, siempre habla del maltrato al que la sometió; en la amistad, tampoco, porque su amigo el Muro lo alienta hacia el crimen. Como en los cuentos de Rubem Fonseca, el mal se ha entronizado dentro de los personajes marginales, populares, y su única posibilidad de sobrevivencia es triunfar en la confrontación violenta. Pérez Torres es descarnado: no hay salida cuando se vive en el espacio violento de la pobreza. Un cuento cuya dureza, nuevamente, se suaviza solo con cierta evocación lírica y el tono nostálgico, que son parte del tono narrativo de sus cuentos.

La novelina La Linares, de Iván Egüez, y los dos cuentarios: Historia de un intruso, de Marco Antonio Rodríguez, y Micaela y otros cuentos, de Raúl Pérez Torres, más allá de sus reconocimientos, se han constituido en referentes obligados de la narrativa corta de los setenta y, para mí, ha sido un placer releerlos y comentarlos.



[1] Iván Egüez, La Linares (Quito: Centro de Publicaciones PUCE, 1976).

[2] Marco Antonio Rodríguez, Historia de un intruso (Quito: Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1976)

[3] Raúl Pérez Torres, Micaela y otros cuentos (Quito: Editorial Universitaria de la Universidad Central del Ecuador, 1976)