José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, enero 19, 2026

Alrededor de la memoria, la sobrevivencia y la perspectiva de una guerra nuclear

«Me llamo Claudia Cardinale», de María Paulina Briones: la vida de papel entre lo onírico y la realidad

 

            Escritura de retazos, fragmentos envueltos en la niebla del sueño y la realidad despejada. La narración de estas historias, cuyo lenguaje está cargado de lirismo, configura un lugar en donde confluyen lo onírico y la vivencia cotidiana. Me llamo Claudia Cardinale, de María Paulina Briones, es un texto narrativo que desarrolla pequeñas historias, enlazadas por la idea de un mundo en donde vivir es sobrevivir y que está signado por la violencia, la crueldad y el absurdo. El hilo narrativo salta de un lugar a otro, se detiene, da paso a nuevas historias, inserta dos monólogos de Claudia Cardinale, continúa. Hay pandemia, hay violencia, hay desazón, hay caídas. Cuando se trata de la realidad, la narración asume el lenguaje de la crónica; siempre hay una voz que, desde el interior profundo, se va desgranando, nos va desgarrando el alma, en un tiempo de horror cotidiano. El motivo de la caída atraviesa el libro y está expuesto desde el exergo tomado de Altazor. «Precipitación», el primer texto, se abre con una imagen de cine documental: los cuerpos que caen del tren de aterrizaje de un avión. En el texto «Los que se van», crónica de la violencia que inunda Guayaquil desde la voz de un yo azorado por su causa, nos da más información al respecto: «Los jóvenes que cayeron en el asfalto había nacido en una comunidad indígena de Cañar y el avió que quisieron tomar llegó de Perú, y descansó una noche en el aeropuerto. Ese vuelo luego iría a Nueva York»[1]. Más adelante, «Caída», con un lenguaje directo, periodístico, nos habla de un hecho brutal: los hinchas de un equipo de fútbol arrojaron un perro desde lo alto del estadio. Después, en «Despeñarse», parte de la caída de un cosmonauta al reingresar a la Tierra. Luego, en «La casa», otro motivo simbólico del libro, hay una reflexión en primera persona de lo que significa la caída mental, el estrellarse contra el mundo durante el desgaste afectivo que supone todo proceso de escritura: «Me pasa que cuando intento darle forma a mi propia historia se me aparecen estos retazos, de todos estos tiempos […]  Me escudo en la terapia como si fuera un paracaídas que me hace descender lentamente» (55). Como en «Carmilla», también hay caídas estrepitosas sobre la realidad que suceden al despertar del sueño, para terminar con una visión de la caída de la casa, la que será demolida para dar paso a «un parque con césped sintético y árboles artificiales. Un nuevo patio de comida. Una piscina con olas. Tal vez una rueda moscovita tropical con luces de neones o una estación de policías que estará siempre vacía» (77). Como en Rayuela, hay que saltar casillas, armar un rompecabezas de piezas narrativas revueltas, desordenadas como la realidad que relata, igual que sucede con la historia de la relación de Carmilla y Morelia y el desarrollo de los motivos de la casa y la caída; aunque a veces no se logra que los elementos de las piezas encajen y, por lo tanto, algunas historias se quedan desperdigadas como retazos sueltos. El libro en su conjunto puede ser leído como la narración de una caída en ciernes, avizorada desde la terraza de la casa que será derrumbada: «El universo se rompe en olas a mis pies y viene el abismo a recordarme que el salto se hace sin paracaídas […] el hervidero que es el centro de esta ciudad por la tarde se vuelve mudo, y no hay más que mi voz diciéndome: salta ya, cierra los ojos y salta» (14 y 15). La caída envuelve el recuerdo del hijo muerto y un conjunto de evocaciones de momentos históricos contribuye a una narración construida con fragmentos de sueños y una realidad que se resume en uno de los monólogos de Claudia Cardinale: «En esta casa de mujeres nadie tiene respuestas. Papel y lápiz. El camino se hace transitable; la caída menos estruendosa. Papel y lápiz, papel y lápiz, papel y lápiz. Papel, vida de papel» (66).

 

 

«Cuando el hombre se despierta», de Khédija Gadhoum: sobrevivir en los detalles cotidianos

 

Este poemario es un diálogo permanente con una variedad de textos y autores que parte de Un hombre que duerme (1974), dirigida por Bernard Queysanne y George Perec, autor de la novela homónima (1967). El aislamiento del personaje, su opción por la soledad, su ensimismamiento es el punto de partida del poemario. Así, Cuando el hombre se despierta, de Khédija Gadhoum (1959) —poeta tunecina-estadounidense que el año pasado volvió al Festival Internacional de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño—, está construido como una respuesta de la palabra poética frente al hombre solitario que necesita ser sacudido para salir de su letargo. La poeta bucea en la condición humana y confronta al hombre dormido: «¡despiértate, hombre! mira a tu alrededor / lo que ves no existe en ningún mapa / es tu selfie desdoblado entre cielos / arrasando con efímeros likes / y besos al aire»[2]. A pesar del llamado de la voz poética, el hombre se despierta para seguir en la misma soledad, rodeado de impostura. Pero ese despertar es contradictorio; por eso, el mundo también se manifiesta en toda su magnitud y este hombre despierto es capaz de vivir en medio de su propio jardín, ahí donde crecen los enanos, sabiendo que el presente cabe en una hora, decidido a ser más allá de la contemplación: «el hombre sin horas crece y deja / de lado la magia de visualizar el mundo. / resuelve descargar el columpio de sus aventuras / y caminar su propio camino» (47). Se ha sacudido de su ensimismamiento. El poema 40, en diálogo con la canción «Vincent», de Don McLean, tiene unos versos sobrecogedores que nos sugieren que la sobrevivencia en el mundo es posible gracias al arte: «la única estrella que el hombre anhelaba / al nacer después de haber nacido muerto / parpadeaba y parpadeaba en amarillo y no se resignaba a ningún otro color...» (54). En el poemario, el hombre también es un peregrino que «se extravía / llega y se va volando / tal un canto de golondrina […] con miedo a la ceguera / y a su propia condena» (29). El poema precede al hombre, es una palabra que le permite despertar y confrontar la existencia como el acto permanente de sobrevivir en medio del abusurdo cotidiano; el hombre vive resistiendo contra la violencia y la crueldad, consciente de las cenizas del mundo, deseando derrotar a la muerte convertido en luz. Están la contemplación, los placeres de los libros y una taza de té; la plenitude del silencio, la concentración del tiempo en la intensidad de la vida y, de pronto, la necesidad de la acción, ese despertar de la vida: «el hombre sin horas crece y deja / de lado la magia de visualizar el mundo. / resuelve descargar el columpio de sus aventuras / y caminar su propio camino…» (47). En ese camino del despertar del hombre, la poesía de Kédhija Gadhoum es el territorio del espíritu que se purifica en la sensualidad del agua ritual de Hamman Al-Andalus y que prefiere la piedra del jardín de la casa de la niñez a la piedra traída de la luna.

 

Mathew Broderick y Ally Sheedy en WarGames (1983)

«Juegos de guerra»: es mejor no empezar a jugar

 

Juegos de guerra (WarGames), 114 min, 1983. Director John Badham. Reparto: Mathew Broderick, Ally Sheedy, Dabney Coleman, John Wood. En Amazon Prime.

 

Mientras intenta piratear un nuevo juego para su computadora, un hacker adolescente se introduce por casualidad en una máquina del Departamento de Defensa de los EE.UU. que está programada para planificar y activar una respuesta inmediata en caso de un ataque nuclear, o para iniciarlo. Hace unos días, volví a ver Juegos de guerra, un thriller que mezcla ciencia ficción y comedia juvenil y que plantea un dilema actual: ¿quién ganaría una guerra nuclear? El juego de la guerra nuclear, en los ochenta, ocurre entre EE.UU. y la extinta URSS; hoy se desarrollaría entre el bloque de la OTAN y EE.UU. contra Rusia y China y sus respectivos aliados. El planteamiento de esta película, que mezcla la ciencia ficción y la guerra fría, no es de filosofía profunda, sino que se sostiene en la lógica de un juego simple: ¿quién gana un partida de “tres en raya”? Una vez que los contrincantes conocen la estrategia, no hay manera de que alguien gane. Así, en el juego de la guerra nuclear sucede algo parecido, pero más dramático: no solo que no hay quien gane, sino que todos pierden. Luego de barajar las mútiples posibilidades y calcular las pérdidas en cada jugada, la máquina que está diseñada para ganar cualquier juego, llega a la conclusión de que es mejor no empezar a jugar. Vale la pena ver Juegos de guerra —del mismo director de Saturday Night Fever (1977)—, una película entretenida e inteligente, que nos recuerda, nuevamente, el peligro que vive la humanidad con las políticas guerristas de los actuales líderes del mundo.

 

La del estribo

 

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.

 

Dicho por Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, de Umberto Eco.



[1] María Paulina Briones Layana, Me llamo Claudia Cardinale (Guayaquil: Cadáver Exquisito Ediciones, 2025), 57.

[2] Khédija Gadhoum, cuando el hombre se despierta (Guayaquil: El Quirófano Ediciones, 2025), 79.

 

lunes, enero 12, 2026

Dos poemarios: «Ánimas» y «Selección natural»; y un cortometraje: «Garúa»

 

«Ánimas», de María Leonor Baquerizo

            Según la doctrina católica, las ánimas son las almas del purgatorio; el ánima es también sinónimo de alma, entendida como un espíritu vital; y, en términos de Jung, que trabaja con la dicotomía ánima-ánimus, el ánima alude a las imágenes arquetípicas de lo femenino en el inconsciente de un hombre. En el poemario Ánimas, de María Leonor Baquerizo (Guayaquil, 1960), el título sugiere, sobre todo, el espíritu vital que habita en los motivos de las nubes y los sueños, de la madre y la casa, de la boca que rompe su mudez en la escritura. La voz poética conversa con las nubes de formas indefinidas, cambiantes, hasta fundirse en ellas: «soy una torcida nube de palabras / que grano a grano se alimenta de escondrijos»[1]. La imagen de la nube utilizada como interlocutora puede entenderse, en términos gráficos, como la representación de Dios: un ser presente y distante a la vez, una entidad de forma indefinida que, en la medida en que no se nombra, equivaldría a conversar con la nada desde la imposibilidad de hablar: «En mi mudez / recorro las nubes / y charlo con ellas» (13). Los sueños, a veces pesadillas en las que se multiplican hormigas o nace «una niña fea y con la piel arrugada», están concebidos como el lugar en donde cabe el mundo: «todo se encuentra / todo se signa / en la nauseabunda vida / de los sueños» (29), pero ese lugar tiene una existencia que apesta, que provoca náuseas: los sueños son una amenaza porque carecen de control. La casa, metáfora de la vida, es el motivo central de «Poética del espacio», un texto de resonancias inquietantes, en el que la casa-vida deviene “la casa de mis pesadillas” y la escritura es el lugar para que el hablar sea posible: así, a esa casa ¿inexistente? «la escribo yo / desde la sombra / de un diccionario». Las hormigas de la pesadilla son «letras que amontonan / en silencio / lo que yo / no supe escuchar», un orden en el trabajo, una repetición en la vida, letras que exponen la anulación del yo. El poemario está atravesado por el temor a hablar y la boca es un leitmotiv sobre la dificultad de decir. En este libro, la madre tiene una presencia sanadora: el vientre materno, la madre en el hogar, las lecciones de vida, la agonía en un hospital. La madre —ante la ausencia del padre, que apenas si es una sombra que se angustia— parece asumir todo el cuidado de la hija: es a la madre a quien la hija invoca cuando está sumida en el fango de un atormentado mundo interior (32). La condición de harapienta encuentra la piedad solo en la madre: ella es la única capaz de entender la estancia de la hija en un agujero indescifrable del que no se sabe si es el lugar en donde todo comienza o todo termina (21). La madre es el motivo inicial de «Papayas», una balada de emotiva factura que concluye así: «pasó la vida y mi color cambió / desde un verde amarillento / miro al hombre que está junto a mí / veo con claridad esa danza / no heredé la delicadeza de mi madre» (47). Este poema multiplica los sentidos de «Él toma su café», poema narrativo también, en el que un cuchillo tiene una presencia escalofriante y que concluye: «él acomoda su pantalón / sigue mirando / y se levanta en el preciso momento / en que la mujer se queda quieta / con su cara salpicada» (44). Al cierre del libro, nuevamente, las nubes y la escritura como una sobrevivencia del ser que va desapareciendo, igual que las nubes: «los abrazos de las nubes / empiezan a las 5:49 a.m. […] y escribo / y escribo / sin borrar las mentiras / escribo y escribo / porque me estoy quedando sin ojos / sin hijas / sin cejas / sin boca» (73). Y todo esto como una necesidad de liberación del alma: «no digas nada / solo rompe ese reloj / que marca la vida» (74.) Ánimas, de María Leonor Baquerizo, es un poemario que revela la búsqueda de la escritura, desde un silencio opresivo, como una instancia que posibilita el decir, el hablar, la palabra de una voz que ha permanecido callada en medio de sus pesadillas, pero sin lograr la plenitud: «Tengo miedo de que la palabra me muerda / sé que conoce el sabor de mi piel». El ánima sigue penando en la pesadilla de la duda sin remedio.

 

 

«Selección natural», de Rafael Méndez Meneses

 

Semanas atrás, en La Cueva Jazz Bar, en Las Peñas, durante el XVIII Festival de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel, presenté la cuarta edición de Selección natural, de Rafael Méndez Meneses (Guayaquil, 1976). Esta antología personal es el muestrario de un poeta irreverente, capaz de ironizar acerca de mundo, empezando por sí mismo: «Esto ni siquiera rima / dice la musa / y se va decepcionada / patea las piedras y maldice / la hora en que me dio por escribir» (65).[2] Su escritura poética, que se maneja bien en el epigrama satírico, tiene una enorme carga de humor, lo que le permite desacralizarlo todo; así nos entrega una visión descreída y con cierta dosis de amargura sobre el amor, la vida, el mundillo literario y la propia poesía. Para Méndez, la cotidianidad en su expresión mínima es el albacea de lo poético, una revelación que subyace irrelevante, según definición del propio poeta: «Vaga entre las zarzas / los edificios ruinosos / y las calles hediondas / pende en la punta de la lengua / de algún mozalbete / un bandolero / se torna lágrima / sarcasmo / y se oculta finalmente / detrás de un árbol / debajo de una piedra / a acechar / con paciencia» (80). Hay remanso al hablar de la hija, al contemplar a la amada, a la distancia: «Avizoro de tu pecho / los temblores / a fuego de rueda amanezco / y te escribo a hielo lento / desde las tierras bajas / donde las luces muertes no se ven» (93). Rafael Méndez Meneses es un poeta irreverente, transeúnte de lo cotidiano, con una palabra muy propia que, como una piedra, rompe la vitrina de las vanidades del mundo y expone sus miserias. En esta antología de poemas, detrás del sarcasmo y el desparpajo, hay una iracundia contenida contra el mundo.

 

 

«Garúa»: un emotivo cortometraje sobre el duelo

 

Garúa, 19 min, 2025. Director: Javier Andrade. Guion: Javier Andrade y Catalina Kulczar. Reparto: Lydia Navas. En cartelera de Mz 14, Guayaquil: viernes 16 y 23 de enero de 2026. El cortometraje se proyecta junto con la película del mismo director Lo invisible (2021)

 

            El cortometraje Garúa, de Javier Andrade, es una bella y emotiva meditación sobre el duelo en la que se conjugan el aislamiento de la doliente en una comuna turística y la presencia del mar como metáfora de la eternidad. El lenguaje del corto nos ofrece una conmovedora experiencia visual sobre la pérdida que está viviendo la protagonista: la intensidad de su dolor se siente en la manera cómo la cámara nos comparte su mirada, su aislamiento en medio de la gente y sus caminatas. Tal vez, hay algo de exotismo en la presentación de la comuna de Puerto Rico, en Manabí, pero es difícil juzgar la vivencia del duelo. En el corto, no hay palabras ni son necesarias: la narrativa no verbal está construida con imágenes de una lograda poética de la contemplación. El mar y el islote, las cenizas desperdigadas por el viento marino que se funden con la arena, el agua y la piel de la protagonista y ella que entra al mar, en el plano final, bañándose de eternidad. Garúa, de Javier Andrade, es un corto de estremecedora poesía visual.    

 

 

La del estribo

 


La palabra del año 2025 en español, según la Fundéau/RAE, es arancel.
La puso de moda Donald Trump con su guerra de aranceles contra todo el mundo. Un día establece aranceles del 10%, otro día del 30%, no, mejor del 50%, o amenaza con aranceles del 100% a los productos de los países cuyos gobiernos son reticentes a cumplir sus mandatos imperiales. Mediante los aranceles aplicados e impuestos de forma arbitraria, Trump pretende controlar la economía del mundo y solucionar los problemas endémicos de la economía estadounidense.  



[1] María Leonor Baquerizo, Ánimas (Barcelona: Paso de Barca, 2025), 53.

[2] Rafael Méndez Meneses, Selección natural, 4ta ed. (Guayaquil: TibuEdiciones, 2025).

 

lunes, enero 05, 2026

El ataque de Trump a Venezuela: otra muestra de la política imperial y una nueva lápida para el derecho internacional

Imagen de Caracas durante el ataque norteamericano en la madrugada del 3 de enero de 2026 para capturar a Nicolás Maduro. Esta imagen ha circulado ampliamente en las redes sociales.
 
El País
, de España, en su editorial del 3 de enero de 2026 «La fuerza bruta en Venezuela» señaló que «Trump no actúa aquí como garante de la democracia, sino que sitúa la fuerza por encima del derecho. Otras potencias tomarán nota de las nuevas reglas cuando miran a Taiwán o a Ucrania. Señalarlo no es una defensa del régimen venezolano, sino una advertencia: la democracia no se exporta a golpe de misil ni se impone desde el aire». El ataque de Trump a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, mandatario carente de legitimidad, es una ratificación de la política imperial de los Estados Unidos, que tiene su antecedente en la Doctrina Monroe y una nueva lápida para la convivencia de las naciones bajo el derecho internacional.

Hasta donde existe información verificable, el gobierno de Maduro no dio muestras de la existencia de varios anillos de seguridad alrededor de su líder, ni ofreció un mínimo y coherente combate militar contra los invasores, ni ha demostrado capacidad de convocatoria para organizar la resistencia popular en caso de una nueva agresión. Al parecer, la descomposición del régimen de Maduro habría llegado al “sálvese quien pueda”, y la fácil captura de su líder solo se explicaría por negociaciones de la cúpula política y militar del propio régimen venezolano con el gobierno de Trump. Una vez capturado Maduro, en una operación militar más parecida al secuestro de guerra que a una captura legal, el presidente norteamericano declaró: «Administraremos el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa». También celebró la futura apropiación del petróleo venezolano por parte de las compañías norteamericanas y ha dicho que la vicepresidenta, Delcy Rodríguez —que, al parecer, es una ficha de transición para evitar el caos—, tiene que acatar las disposiciones de Marco Rubio. En síntesis, que la operación de Trump, con la cabeza de Maduro como trofeo, no tiene que ver con la libertad, sino con la geopolítica del petróleo. Habrá que estar atentos al desarrollo de esta especie de guerra de baja intensidad.

«El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente». Así tituló el Comité Editorial de The New York Times su reflexión del 3 de enero de 2026. El pretexto de la lucha contra el narcotráfico es endeble: «Mientras Trump ha estado atacando a las embarcaciones venezolanas, también indultó a Juan Orlando Hernández, quien dirigió una extensa operación de narcotráfico cuando fue presidente de Honduras de 2014 a 2022». Los líderes demócratas Bernie Sanders y Kamala Harris han manifestado lo ilegítimo e ilegal del ataque ordenado por Trump, desde la perspectiva de los intereses de los propios EE. UU. y hasta ellos señalan que se trata de una agresión por petróleo que debe ser condenada por el mundo democrático. Para nuestra América, esta agresión militar a un país que no ha realizado ningún acto de guerra contra EE. UU. es un capítulo más de la política imperialista de los EE. UU. ejecutada ya por los Demócratas, ya por los Republicanos. En América Latina, estas invasiones tienen un largo historial: Nicaragua (1912), Guatemala (1954), República Dominicana (1965), Granada (1983); no se diga en otras latitudes: Vietnam, Irak o Afganistán, para citar poquísimos ejemplos.

Sin ningún poder para evitar o sancionar una agresión militar de un país poderoso sobre otro, el secretario general de la ONU, António Guterres, señaló que el ataque militar estadounidense a Venezuela sienta un precedente peligroso e instó al diálogo. El 4 de enero, un comunicado conjunto de las Cancillerías de Brasil, Colombia, Mexico, Uruguay, España y Chile (el presidente saliente) condenó la agresión y expresó su preocupación «ante cualquier intento de control gubernamental, de administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos, lo que resulta incompatible con el derecho internacional y amenaza la estabilidad política, económica y social de la región». Pero Trump no solo que se pavonea por lo hecho, sino que no tuvo escrúpulos para amenazar al presidente de Colombia y a la presidenta de México. Esto, junto a la tibieza de las declaraciones de la OEA y de la Unión Europea sella una nueva lápida al derecho internacional y refrenda a EE. UU. como juez y policía del mundo. Después de todo, Trump invadió Venezuela para capturar a Maduro luego de celebrar, en Mar-a-Lago, el Año Nuevo con Netanyahu, quien sí tiene una orden de arresto expedida por la Corte Penal Internacional.

En síntesis, se confirma que lo que prevalece en la relación de las naciones es la ley del más fuerte que las potencias hegemónicas pueden aplicar en sus diferentes espacios de dominación. Así, Donald Trump, que es un megalómano, no tuvo reparos morales para jactarse de su poder imperial durante una entrevista telefónica para Fox News al día siguiente del ataque: «Lo increíble de anoche […] Tenemos que hacerlo de nuevo. Podemos hacerlo de nuevo. Nadie puede detenernos». Y, un día después de la incursión en Venezuela, Trump declaró: «Nosotros necesitamos Groenlandia, absolutamente, por seguridad nacional».