José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

martes, junio 18, 2019

María Jesús: novelina modernista del amor romántico

1965, Casa de la Cultura, Guayas.

            «Yo, exquisito de un siglo refinado y complicado, que no puede llorar porque odia el gesto que desordena la armonía facial […] pongo en estas páginas […] la más bella piedra preciosa de mi cofres de rajá lírico: ¡la perla de una lágrima!». El narrador es un poeta que regresa a los campos de su tierra, enfermo de melancolía, huyendo de la urbe; lee a Keats en inglés, recuerda al nobel italiano Carducci, interpreta al piano el Nocturno # 9, de Chopin, bajo «la luna, desnuda como una blanca emperatriz».
En esos campos el poeta vuelve a encontrarse con María Jesús, ya quinceañera, «voz musical de fresca resonancia», «ojos negros de mirar hondo y triste», «boca sensual» y «senos duros como frutos verdes». El deseo es una «fiebre maldita que se consume sin tregua, que arde inextinguible», hoguera alimentada por el propio corazón del poeta. La novelina hace gala de una mirada voluptuosa y sensual sobre la mujer amada y desarrolla, a lo largo de sus páginas, los elementos del final trágico.
La novelina dialoga textualmente con su antecedente romántico, que es María, de Isaacs, pues sus personajes la leen y la comentan; al tiempo que cultiva las referencias preciosistas de los émulos de Darío.
María Jesús (breve novela campesina), de Medardo Ángel Silva, fue publicada en El Telégrafo, del 26 al 29 de enero de 2019. El espíritu romántico, la mirada hacia la naturaleza local, y la asunción de la belleza y el deseo desde el cuerpo de la mujer morena de nuestros trópicos, junto al cultivo refinado del arte, están en esta joya de prosa poética, esculpida en esplendente lenguaje modernista.

lunes, junio 10, 2019

Medardo Ángel Silva: tres versiones distintas y una muerte verdadera



            «La trágica muerte del poeta Medardo Ángel Silva.- El inspirado vate, en momentos de ofuscación y de locura, se quita la vida, con un tiro de revólver, en la casa de su propia novia, la señorita Rosa Amada Villegas». Así rezaba el titular a cuatro columnas de El Telégrafo, del miércoles 11 de junio de 1919. El domingo 8, el poeta había cumplido la mayoría de edad. Un manuscrito de «El alma en los labios», que conservaba Abel Romeo Castillo, su biógrafo, está firmado con esa fecha, a las 12 ¾. La dedicatoria: «Para mi Amada».
            José Joaquín Pino de Ycaza, de los primeros en llegar a la casa de los Villegas, jamás aceptó la idea del suicidio. Él acusó al comisario Segundo Savinovich de falsear la investigación. «De nada valió el que sus amigos y discípulos —escribió en 1954— hiciéramos notar la absoluta falta del tatuaje de pólvora en la mano que debió empuñar el revólver, ni la ausencia de soflama en el cabello que cubría la parte del cráneo que recibió el impacto […ni que el orificio de la bala estuviera…] cinco o seis centímetros, tras del lóbulo superior de la oreja». Pino de Ycaza da cuenta de los prejuicios del comisario al citar lo que les respondió: «Hombre, ¿a qué tanto caramillo? Tratándose de un poeta y pobre, por añadidura, es inobjetable el suicidio. ¿Quién iba a querer matarlo?».
            La investigación policial determinó que el «proyectil deformado es el mismo que corresponde a la vainilla descargada y encontrada en la manzana» del revólver Smith & Wesson, calibre 32, hallado junto al cadáver. Según el testimonio judicial de la madre del poeta, doña Mariana Rodas, el revólver lo llevó su hijo, «de la casa de la familia Ampuero, el día 8 de junio pasado por la noche después de regresar de un baile…» y lo «conservaba en el cajón del peinador». La noche del suceso, Silva tomó el revólver de la peinadora, le dio a ella un beso de despedida y salió rumbo a la casa de los Villegas. Según la madre, «la muerte de su hijo, fue a consecuencia de un acto primo, ocasionado por él mismo…».
El domingo 15, fue publicado el informe de los médicos de la policía, A. J. Ampuero y C. C. Cucalón, que concluye: «… aseguramos que el Sr. Silva falleció a consecuencia de la herida por arma de fuego descrita en el cráneo, herida que por ser en el lado derecho, y encontrarse algunos granos de pólvora en el cuero cabelludo, indica que fue disparado el proyectil que le ocasionó la muerte, por el mismo Señor Silva». El juez de la causa, el poeta Francisco Falquez Ampuero, dictó sentencia el 22 de julio de 1919: «… está acreditado que el Sr. Don Medardo Ángel Silva atentó él mismo contra su vida…».

            Abel Romeo Castillo, en cambio, no cree ni en la hipótesis del asesinato ni en la intención suicida de Silva, sino en «una trágica muerte». En una carta del poeta a Rosa Amada, publicada el 15 de junio, escribe: «—“El dar el cuerpo, cuando se ha dado el alma, es la verdadera gracia del amor”—, dice Verhaeren, en un libro que anoche, hubiera querido leer junto a ti; un bello libro de amor y muerte, luminoso y trágico, Amada, parecido a tus ojos…». El poeta habría fingido una escena suicida frente a Rosa Amada, para que corresponda su deseo amoroso, levantando el revólver sin apoyarlo en la sien. Castillo añade las circunstancias de que el poeta le sacara al revólver dos balas, dejando tres, y que no escribiera una carta o un poema de despedida. «Pero como nunca había manejado un arma, involuntariamente apretó levemente el gatillo y entonces descerrajó el tiro sin querer hacerlo…».
En páginas interiores de El Telégrafo, aquel 11 de junio, apareció la última crónica que escribiera el poeta bajo el seudónimo de Jean D’Agreve: «El nuevo mariage de Maurice Maeterlinck». La crónica habla del matrimonio del dramaturgo de cincuenta y ocho años con Renée Dahon, de veinticuatro, en Niza, cinco semanas después de que el escritor se divorciara de la actriz Georgette Leblanc. Al urgir a Rosa Amada para que acceda a sus requerimientos, en la carta ya citada, el poeta le implora: «…y una palabra tuya me haría feliz para siempre y para siempre esclavo tuyo, y cómo destrozaría, otra, mi vida que te pertenece». Jean d’Agreve suspira al final de su última crónica: «Sueños de poeta, inefables, inextintos sueños de poetas...».

Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 07.06.19

domingo, junio 02, 2019

El Padrino: 50 años de la novela donde nada es personal, sino negocios


Marlon Brando como Vito Corleone en El Padrino, de Francis Ford Coppola (1972)
Un capo sin piedad a la hora de ejecutar las acciones violentas de su negocio, pero sincero en sus principios éticos: el amor de la familia, la amistad, el honor. Un mafioso que es acreedor de deudas afectivas: asumía los problemas de la gente sencilla con la sola condición de que el beneficiario proclamara su amistad. ¿La recompensa de don Corleone? «La amistad, el respetuoso título de “Don”, a veces el más íntimo de “Padrino” […] una botella de vino casero o una canasta de taralles [… y, en todo momento,] el derecho de pedir, en pago, cualquier pequeño servicio que precisara». Un don que quiere lavar el nombre de la familia y sueña con un hijo senador. Un abuelo capaz de asesinar sin mancharse de sangre que muere jugando con su nieto en el huerto de su casa.
Es casi imposible leer El Padrino, de Mario Puzo, sin imaginarnos a un Vito Corleone similar a la caracterización de Marlon Brando en la película de Francis Ford Coppola, de 1972, o sin pensar en Michael Corleone según la conmovedora interpretación de Al Pacino. La novela de Puzo ha quedado ligada, en términos culturales, a la versión de su saga cinematográfica que contó con el mismo autor para el guion; pero, antes que la saga, la novela fue un hito de la cultura popular debido al tratamiento literario que dio al mundo de la mafia. Puzo mostró a la cosa nostra como una comunidad de inmigrantes italianos luchando contra la exclusión, desde su llegada en los veinte, y por su sobrevivencia en la sociedad capitalista norteamericana de la guerra y la posguerra.
Tanto la novela como la primera película llevan implícita una crítica a Hollywood, mostrado como una sociedad sin escrúpulos y sin honor. La novela desarrolla mejor este tema a través del personaje del productor Jack Woltz. La negativa de Woltz a que Johnny Fontane, el ahijado del Padrino, actúe en su película no tiene que ver con problemas estéticos sino con el orgullo y el rencor. Johnny, ahijado de Corleone, imagen de humo de Frank Sinatra. El rencor de Woltz está causado por un motivo pueril, según Hagen, hijo adoptivo de Corleone y abogado de la familia. Woltz odia a Fontane porque una actriz ha preferido a Johnny y no a él. Woltz es un tipo sin principios: la novela narra un episodio en el que Woltz usa sexualmente a una aspirante a actriz con la complicidad de la madre de esta. Hagen piensa: «¿Y Johnny deseaba vivir en aquel ambiente? Que les aprovechara, tanto a él como a Woltz».

            En el código de la mafia los hechos violentos no son personales, sino asuntos de los negocios. No obstante, siempre llevan una marca personal. Cuando Michael Corleone asume la condición de Don, luego de la muerte de su padre, aquella condición está retratada en dos sucesos: la ejecución de Carlo Rizzo, marido de Connie, hermana menor de los Corleone, ya que fue el traidor que facilitó la ejecución de Sonny, el hermano mayor. Y la de Tessio, caporegime de la familia Corleone, que traiciona a Michael por favorecer al mafioso Barzini. Cuando Tessio, al salir de la casa, se da cuenta de que Michael ya ha ajusticiado a Barzini y a Tattaglia y ha dado la orden de que lo ejecuten a él, se vuelve hacia Hagen y le dice: «Quiero que Mike sepa que fue por negocios. Nada personal. Siempre sentí una gran simpatía hacia él».
El sentimiento religioso, elemento cultural de la comunidad ítalo-america, está sintetizado en dos mujeres. Mamá Corleone le había dicho a Kay Adams, que se convirtiera al catolicismo, que ella no tenía que ir a misa todos los días: «Voy por mi marido; para que no vaya al infierno». Kay, después de convencerse de que Michael ha ocupado el lugar del Padrino, se hace católica y repite el rito de Mamá Corleone: «Y con profundo deseo de creer, de ser escuchada, hizo lo que venía haciendo todos los días desde la muerte de Carlo Rizzi: orar por el alma de Michael Corleone, que tanto lo necesitaba».
El Padrino, de Mario Puzo, continúa enseñando a sus lectores que la mafia es el negativo fotográfico de la sociedad que dice combatirla. En palabras de Vito Corleone: «¿Por qué debemos obedecer unas leyes dictadas por ellos, para su propio beneficio y perjuicio nuestro? […] Nuestro mundo es cosa nostra, y por eso queremos ser nosotros quienes lo rijan». No es personal, es estrictamente un negocio.


Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 24.05.19