José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

martes, agosto 13, 2013

Política del sintagma “linchamiento mediático”



La SIP colocó en su portal la "respuesta" de la Comisión de Lexicografía de la Academia Ecuatoriana de la Lengua para utilizarla como argumento "científico" en contra de la Ley de Comunición.
          
     En su portal electrónico, la Sociedad Interamericana de propietarios de la Prensa, SIP, reprodujo bajo el título: La Academia Ecuatoriana de la Lengua y su definición sobre “el linchamiento mediático”, la respuesta de la Comisión de Lexicografía sobre supuestas consultas al respecto. ¿Quiénes preguntaron? ¿Cuántos lo hicieron? Según información que recibí de la secretaría, no existió ninguna consulta escrita dirigida a la AEL y, sin embargo, la comisión comienza su respuesta diciendo: “sensible a perplejidades, inquietudes y preguntas que han llegado a la Academia Ecuatoriana de la Lengua…”. Admitamos, como dijo Hernán Rodríguez Castelo, según me informó la secretaría vía correo electrónico, que algunas personas hicieron la consulta en forma oral: los miembros de la Comisión son intelectuales de prestigio —ideológicamente ubicados desde la socialdemocracia a la centroderecha—, que sabían de antemano la repercusión política que tendría un pronunciamiento institucional y, por tanto, debieron exigir las consultas de forma oficial para no responder de manera oficiosa y tomar partido en un debate ideológico bajo la máscara de una opinión “netamente lingüística”.
Ni la ciencia ni la técnica ni lo diccionarios son neutrales. Recordemos, por ejemplo, que hasta la edición de 1884, el DRAE definía médica, con la sola acepción de “la mujer del médico”. Y eso que, para esa fecha, ya existían mujeres médicas en Norteamérica y en casi todos los países de Europa. En España, por ejemplo, Martina Castells y Dolores Aleu se había doctorado en medicina en octubre de 1882. Recién en la edición de 1889, manteniendo como segunda la definición ya citada, el DRAE incorpora como primera acepción: “La que se halla legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina.” Me dirán que el diccionario incorpora la realidad de la lengua en el habla de la comunidad a la norma lexicográfica, mas no inventa una norma para crear la realidad. Pues resulta que, algo parecido, sucede con el término “linchamiento mediático”. Una próxima edición del DRAE podría incorporar, si así lo sugiere la Academia ecuatoriana, en la definición de linchamiento, como usado en Ecuador, precedido de virgulilla, el adjetivo mediático de la siguiente manera:

linchamiento.

1. m. Acción de linchar.

~ mediático.

1. m. U. en Ecuador. Información que, de manera directa o a través de terceros, es producida de forma concertada y publicada reiterativamente a través de uno o más medios de comunicación con el propósito de desprestigiar a una persona natural o jurídica o reducir su credibilidad pública.

La respuesta de la Comisión de Lexicografía de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, a consultas que no existieron oficialmente, sobre el sintagma “linchamiento mediático” permitió la manipulación política de su pronunciamiento puesto que carece de análisis del conjunto sintagmático, olvida la dinámica creativa de la lengua y le falta contextualización.


Ecuavisa y otros medios mercantiles, muy poco interesados por las tareas de la AEL, también utilizaron la respuesta de la Comisión de Lexicografía para atacar a la Ley de Comunicación.
         
      La Comisión cometió un error de procedimiento en su análisis pues únicamente transcribe la acepción de “linchar”, que es solo una parte del sintagma “linchamiento mediático”. Es decir, se olvida en su análisis del término “mediático”, que es la adjetivación del sintagma nominal de marras, y, por tanto, no lo analiza en su conjunto. Dicha omisión lleva a la Comisión a una conclusión equivocada. Ubicada en la noción más tradicional, dice que al utilizar una metáfora el nivel semántico del lexema se convierte en inexacto dado la polisemia propia de aquella. En otras palabras, más amables que las de la jerga lingüística, la Comisión, que omite analizar la expresión en su conjunto, concluye erróneamente que el significado de “linchamiento” conduciría a equívocos al juez en aplicación de la Ley, debido a la carga emotiva e interpretación diversa que una metáfora tiene.
       Lo que no reflexiona la Comisión es que el sintagma en su conjunto y, más aún con la definición establecida en la Ley de Comunicación, reelabora el significado original de una palabra para, con la adjetivación adecuada y la definición que consta en el cuerpo legal, dejar establecido el significado claro de la expresión. El sintagma “linchamiento mediático”, en sí mismo, al delimitar el sentido metafórico del sustantivo “linchamiento” con el adjetivo “mediático” —perteneciente o relativo a los medios de comunicación, según el DRAE—, prescribe con certeza aquello que está regulando, tal como lo requiere la formulación de una norma jurídica.
       Además, en la posición más anquilosada de la preceptiva literaria, la Comisión no reflexiona sobre la dinámica de la lengua a partir del habla desarrollada por una comunidad. Está claro qué es lo que quiere ser definido con el sintagma “linchamiento mediático”, pero la Comisión se pone una venda ideológica que la ciega ante lo evidente. Si digo que la Comisión de Lexicografía camaronea en el análisis, el sentido figurativo de una expresión ecuatoriana no registrada en el DRAE —según la refiere el Diccionario del uso correcto del español en el Ecuador, DUCE, de Susana Cordero de Espinosa, directora de la AEL—, es muy claro y no se presta a interpretaciones. En el marco de lo dicho, el sintagma “linchamiento mediático” puede ser incorporado también a la próxima edición del DUCE.
            Pero lo que da grima es que intelectuales duchos en las lides políticas se hayan dejado llevar por el entusiasmo de redactar criterios en abstracto como si la lengua se desarrollara fuera de la historia. Eugenio Coseriu ya señaló en su antológico artículo “Lenguaje y política”, que lo político del lenguaje es la lengua y dado que el lenguaje es siempre lengua, es también siempre político. Por lo tanto, pretender emitir una respuesta apolítica en medio de un debate político no solo que es un imposible sino que, de suyo, ya está estableciendo desde el comienzo una posición política, reaccionaria por lo demás.
La utilización de la respuesta de la Academia para fines propagandísticos en contra de la Ley de Comunicación por parte de la Sociedad Interamericana de Propietarios de la prensa, SIP, a nivel regional, y de Ecuavisa y otros medios a nivel local, devela que el juego político en el que cayó la Comisión de Lexicografía tiene fines perversos: utilizar la imagen institucional de la Academia para pretender, por la vía de una policía lingüística, deslegitimar un cuerpo legal, que es respuesta a un mandato popular, destinado a frenar los abusos del poder mediático, vehículo de expresión política y penetración ideológica del poder del capital.
Durante esa larga noche neoliberal que empobreció a nuestros pueblos, aupada por el Consenso de Washington y promovida por la SIP y casi todos los medios mercantiles de Nuestra América, nadie le consultó a la Academia si el sustantivo tercerización era adecuado para denominar un tipo de contratación laboral. Hay que señalar que ni aquél ni el verbo tercerizar están registrados en el DRAE. Orgullosos del neologismo, muchos empresarios, ebrios de codicia, utilizaron la tercerización en detrimento de los trabajadores para eludir el cumplimiento de la seguridad social, pensiones jubilares y utilidades, entre otros derechos.
El pronunciamiento de la Comisión de Lexicografía es, por un lado, decepcionante, pues revela una ingenuidad política que desdice de la trayectoria de sus miembros e indignante, por otro, toda vez que, al pronunciarse tan sesgadamente en medio de un debate político, sin analizar el texto y el contexto, y disfrazarse de neutralidad lingüística, parecería responder a los sintagmas verbales: “lanzar la piedra” y “esconder la mano”.

martes, julio 02, 2013

Padre, ¿extraviaste nuestros nombres acaso?


1

Padre, no sé dónde estás.
Te fuiste antes de que yo naciera y me quedé sin tu nombre y sin tu abrazo.
Fui un perro extraviado en una playa sin fin.

Después te vi en tardes evaporadas.
Pero no me acuerdo de tus ojos, ni de tus manos, ni del sonido de tu risa.
Eres el silencio permanente de mi extravío.

Solo recuerdo tu rostro dormido en el ataúd
rodeado de tus otros hijos, de tu otra casa.
Estabas hermoso y frío como esas estatuas esculpidas en mármol.

Me acompaña la desesperación de esa mosca que besaba tus párpados,
ofuscada y sin salida ella también dentro del féretro.
Fui esa mosca extraviada en tu muerte.

Y sin embargo, padre, somos el pálpito de la vida y yo tu progenie.

2

Padre, yo no pude matarte si no a través a de mi propia muerte. Todo lo que tuve de ti en mi niñez fue esa volqueta fabricada en hierro que arrastré por las calles polvorientas del vecindario junto a mi tristeza infantil. Yo era un nómada sin pasado, paseante de barrio sin historia. Un día regalé la volqueta a un niño con el rostro aún más desolado que el mío, niño de pobreza de postal amarga. Al desprenderme de aquel juguete maté mi infancia y me quedé nuevamente sin ti. Me convertí, padre, en un adolescente de huesos de ceniza. Sobre mi huérfana delgadez llevé nuestros cadáveres a cuestas.

3

Padre, he vivido en orfandad sin que te hubieras enterado de tu muerte.
Ausencia a la que nos sometiste durmiendo en la cama matrimonial de tu otro 
     hogar.
¿Alguna vez sentiste remordimiento por el rito de hombre que repetiste
igual que aquellos otros hombres que también carecían de futuro?

Mi orfandad tiene el rostro de un niño solitario que juega en tardes calurosas
con amigos que solo él ve, amables fantasmas vespertinos.
Mi condición de adolescente sin padre es tan dura como la roca del acantilado
que recibe el golpe furioso del mar e imperceptible se va desgastando.

Tu abandono, padre, me acarició desde siempre como la lluvia que besa la playa,
que deja huellas de gotas sobre la arena que el mar borra enseguida.
Mis recuerdos de ti son como los peces muertos que los pescadores dejan
en el vientre de las canoas para que los devoren las gaviotas.

¡Padre, devuélveme esa condición de hijo tuyo que nunca tuve!
 
4

Padre, me debes la mirada dolorida de mi madre, sus ojos de un azul grisáceo que nos miraban con la somnolencia de Penélope. Me debes también la madurez apresurada de mi hermano, sus largos días de trabajo para que nuestra mesa siempre oliera a pan fresco. Me debes los suspiros de mi hermana que siempre te buscó como si ella fuera la que se hubiese marchado de casa. Me debes la vergüenza pueril de andar por la vida sin padre.

5

Padre, no tengo una sola fotografía tuya.
Tu rostro se ha desvanecido en mi memoria
desteñido daguerrotipo del fracaso.

Eres una sonrisa difusa como neblina
una mirada opaca como cristal de mala calidad
una palabra muda como cementerio.
Eres tinta que se escurre de una acuarela humedecida en lágrimas.

¿Cómo acariciabas a un niño cuando yo era niño?
¿Dónde andabas cuando mi adolescente buscaba a quién parecerse en espejos de
fantasmas?

Padre, eres polvo tras una lápida que no conozco,
eres desilusión del buscador de tesoros en la tumba en la que habré de 
     encontrarte.

y 6

Padre, nunca tu voz me leyó un cuento para proteger mi sueño. Descubrí por mí mismo a un pequeño príncipe venido a la tierra desde un asteroide lejano, a una niña que tras perseguir a un conejo blanco apurado llega a un mundo de maravillas, a un burrillo que descansa entre las rosas eternas del cielo de Moguer, a una viuda del tamarindo que espantaba el espanto del día alrededor de una fogata nocturna. Las palabras que jamás obtuve de ti me las dijeron los libros en los que fundí mis ojos cargados de abandono. Ahora, Padre, yo mismo escribo los cuentos para mi desvelo y no es en vano. Escribo con las palabras que sostienen mi agonía de ser, el verbo que me ha liberado para siempre de tu ausencia.