José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

martes, octubre 19, 2010

El fastidio de la prensa del poder contra Correa

Huellas de balas de grueso calibre en el capó del auto que rescató al Presidente Correa del secuestro al que estuvo sometido el 30 de septiembre. Para la prensa del poder ni el presidente estuvo secuestrado ni nadie intentó matarlo. El fastidio llega hasta la negación de lo evidente. (Foto tomada con mi celular).


La prensa del poder —ese poder fáctico en el que se vinculan capital financiero, tradicionales oligarquías locales, representaciones corporativas, etc.—, enmascarada tras la libertad de expresión, estuvo acostumbrada a que los diferentes gobiernos le rindieran pleitesía y a carecer de crítica sobre su tipo de periodismo.

Así, el ritual del Presidente y sus ministros desfilando ante los consejos editoriales de determinados medios, con su dueño o dueña a la cabeza, fue un momento indispensable del estreno de un gobierno o una forma de paliar una coyuntura crítica. Algunas figuras de la TV y la radio solían almorzar con políticos en funciones de diversas tendencias y también con ministros y ejercieron, desde esa cercanía a los gobiernos y al poder político, su eterno poder mediático. Cambiaron los gobiernos pero las figuras de la prensa permanecieron, envejecidas sin duda pero, como la efigie de Tebas, inamovibles. Ciertos comentaristas políticos de la prensa del poder se acostumbraron a decir lo que se les ocurría, a tratar las noticias desde su óptica personal, a construir una verdad de acuerdo a sus creencias políticas e ideológicas. Todo ellos parapetados bajo las máscaras de periodistas independientes pero, aunque vergonzantes, activistas políticos a tiempo completo.

Esa prensa del poder es la que está fastidiada con el presidente Rafael Correa. No le perdona que haya incumplido el ritual de sometimiento. Les escandaliza que responda con argumentos y con fuerza mediática también cuando alguno de ellos manipula y tuerce la realidad. Les irrita que no acepte la infalibilidad del periodista, que parecería ser más dogmática que la del Papa. Les sulfura que no se adecue al taimado lenguaje palaciego y, en cambio, le diga al pan, pan y al vino, vino. En definitiva, les perturba que los haya bajado del pedestal de soberbia en que se situaron gracias al rating y las ventas, incapaces de la mínima autocrítica, y, además, que les haya mellado su coraza de intocables.

La prensa del poder difundió, desde el comienzo de la destrucción del Estado y la implementación de un modelo neoliberal a la criolla —es decir, un modelo en el que sus usufructuarios quisieron acumulación pero no competencia—, la idea de un pacto social tácito: todo estaba bien mientras el campo de interés de cada grupo no fuera tocado. El gobierno de Correa los puso al descubierto al modificar de cuajo el paradigma y socavar el poder de los grupos corporativos. Por todo aquello, esa prensa vivirá fastidiada con Correa porque Correa siempre será el que les arrancó la careta a la prensa del poder y al poder corporativo que todavía da manotazos de ahogado.

lunes, octubre 11, 2010

El Nobel para Varguitas

Gabriel García Márquez, Nobel 1982; y Mario Vargas Llosa, Nobel 2010, en los tiempos del Boom.


I

La web oficial del premio Nobelprize.org expone las razones para premiar a Vargas Llosa: “por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo”. Ahí están, entre muchas otras novelas, La ciudad y los perros (1962) para testimoniar la violencia intrínseca de la educación militar de aquellos tiempos en el colegio Leoncio Prado; Conversación en La Catedral (1969), novela monumental cuya historia se desarrolla en tiempo de la dictadura del general Manuel Odría (1948 – 1956), en Perú, es una profunda reflexión sobre los regímenes dictatoriales y las dificultades de asunción de la consciencia democrática; Pantaleón y las visitadoras (1973), revisión hilarante sobre la estructura mental de los militares, frente a una misión desquiciante llevada a cabo por el capitán Pantoja; Lituma en los Andes (1993), desentrañamiento del mundo cultural y la irracionalidad política que envuelve el activismo mesiánico de “Sendero luminoso” y ante los que se enfrenta un individuo cuyos esfuerzos a favor del bien y el orden están destinados al fracaso.

II

Por mi parte, recibí con alegría la noticia del Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 28 de marzo de 1936) porque su obra literaria es un ejemplo paradigmático de lo que es la vocación por la escritura y la vivencia intelectual en el mundo de la literatura. “Para el arte no hay horario”, decía Pedro Camacho, el escribidor de La tía Julia y el escribidor (1977), novela en donde MVLL se transforma en el personaje Varguitas. “Ese empeño me sirvió para comprobar que el género novelesco no ha nacido para contar verdades, que éstas, al pasar a la ficción, se vuelven siempre mentiras (es decir, unas verdades dudosas e inverificables)”, escribió en 1999 como prólogo para una edición de amplio tiraje de dicha novela. Consagrarse al arte, como pedían nuestros modernistas y, al mismo tiempo, saber que la literatura es “la verdad de las mentiras”. Pero esa verdad mentirosa lo es en su relación con la búsqueda mimética de la realidad. La realidad de la literatura es lo único verdadero en el texto y esa verdad es la que nos estremece: los cadetes de La ciudad y los perros, su mundo violento, su machismo y la sorda lucha de clases que se instala entre ellos, son verdaderos porque la palabra literaria los volvió reales. El dictador Trujillo de La fiesta del Chivo (2000), muy a pesar de su existencia real, es el dictador que imagina y construye el escritor: estamos ante Trujillo, según Vargas Llosa, pero, al mismo, estamos ante el horror cierto de una dictadura sanguinaria en la realidad de la palabra. Incluso, ese perverso polimorfo que es el Fonchito de Elogio de la madrastra (1988), nos permite acceder a los vericuetos de la sexualidad reprimida por la hipocresía social.

III

“¿Cómo te alegras del Nobel para Vargas Llosa, que es un intelectual de derecha?”, me cuestionaron amigos queridos. Pues, por la misma razón que me alegró el Nobel para un comunista como José Saramago, o para un izquierdista tropical como García Márquez. Me alegré, sencillamente, porque es el reconocimiento a la estética de la obra de unos escritores que han dedicado su vida a la escritura de literatura y que, en sus textos literarios, nos han conmovido ética y estéticamente. Varguitas, el prolífico escritor, se ha ganado el Nobel a fuerza de la escritura de sus mentiras verdaderas.

martes, octubre 05, 2010

Contrapunto a 4 dichos sobre la intentona golpista del 30 de septiembre


Uno: “La culpa fue del Presidente por ir a meterse al cuartel del Regimiento Quito donde los policías realizaban un reclamo justo.”

Me acuerdo de la película Acusados: en síntesis, los violadores de una chica argumentaban que la violaron porque ella usaba ropa provocativa. Es decir que los victimarios querían hacer recaer la culpa sobre la víctima. En primer lugar, si el reclamo de los policías hubiese sido “justo”, el método utilizado deslegitimó en el acto su reivindicación; y cuando digo en el acto, me refiero al instante mismo en que se tomaron el cuartel del Regimiento Quito No.1. Resulta ilegal e ilegítimo que la policía (o cualquier cuerpo armado del Estado) utilice las armas que el pueblo le ha confiado para buscar su propio beneficio, cualesquiera que este sea. En segundo, ¿puede alguien sensatamente pensar que el reclamo de “un bono” genere tanta irracionalidad y violencia armada? Si nos ponemos a revisar todo lo que el gobierno ha puesto en orden dentro de la policía, entonces vamos a detectar causas más profundas de esta sublevación que se venía fraguando desde mucho antes: ahora son civiles quienes administran el tránsito; el gobierno ha investigado una serie de abusos policiales del pasado (caso Fybeca, para poner un solo ejemplo); la sola idea de la tortura como mecanismo de investigación ha sido desterrada del sistema investigativo de la policía. Finalmente, el Presidente —o cualquier otro funcionario: ministro de Gobierno y/o subsecretario de Policía—, estaba en su legítimo derecho de querer solucionar un problema complejo y los policías no tenían ni un ápice de razón en convertir un reclamo administrativo en un hecho violento: con el nivel de odio e irracionalidad que hubo, ¿hubieran respetado, por ejemplo, al subsecretario de Policía? Me pueden decir: “se pudo solucionar de otra manera” y yo respondo: siempre, después de los hechos, todos tenemos otra manera para solucionar cualquier asunto. Y, no está demás, señalar que el artículo 147, numeral 16, de la Constitución señala que el Presidente de la República tiene como atribución y deber: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional y designar a los integrantes del alto mando militar y policial.”

Dos: “No hubo secuestro ni intento de asesinar al Presidente.”

Esta frase ha sido una argumentación esgrimida, sobre todo, por quienes son desafectos al gobierno. Pero veamos las cosas con cierta lógica. ¿Podía el Presidente movilizarse a su entera voluntad? ¿Podía el Presidente irse tranquilamente a su casa o donde hubiera querido? ¿Acaso podían acercarse al Hospital las miles de personas que acudieron a respaldarlo? ¿Acaso no fueron repelidas con balas y gases lacrimógenos? ¿No fue necesaria la presencia de las Fuerzas Armadas para que el Presidente y sus acompañantes pudieran salir del Hospital de la Policía? Lo que sí no estuvo el Presidente fue incapacitado para seguir gobernando y, dentro del Hospital, fue protegido por un cuerpo policial de élite que no estaba de acuerdo con la sublevación. (No quiero especular sobre lo que hubiese hecho la oposición si el Presidente hubiera estado sin capacidad de gobernar.) Algunos dicen que los policías iban a hacer una calle de honor al Presidente para que abandone el Hospital. ¿Por qué no se formaron desarmados y, en vez de ello, armados como para la guerra, empezaron a disparar contra las fuerzas militares que llegaron a rescatar al Presidente de la República? El carro en el que fue liberado el Presidente recibió algunos impactos de bala de grueso calibre que, inclusive, dejaron su huella en la carrocería blindada. El policía del GOE que participó en el rescate del Presidente y que falleció fue asesinado por un francotirador, según vimos por la televisión. ¿Para qué, sino para disparar contra el Presidente, los policías tenían ubicados francotiradores con la mira puesta en la salida del Hospital de la Policía?

Tres: “No existió un intento de golpe de Estado.”
El golpe de Estado siempre es una posibilidad en estos casos. Pero recordemos algunos sucesos recientes. La semana anterior al jueves 30, la Escolta Legislativa permitió el ingreso de un grupo de militantes del MPD, alguno de ellos dirigentes de la UNE, que irrumpieron, como Pedro por su casa, en el Plenario de la Asamblea, para impedir que se vote en segunda la Ley General de Educación. El jueves 30, la Escolta Legislativa abandonó la protección que debía a la Asamblea Nacional y los sublevados del Regimiento Quito hicieron un llamado para que todas las unidades policiales del país se subleven. Ese mismo día el MPD pretendió organizar marchas populares y la UNE quiso sacar a estudiantes y maestros en respaldo a la policía (cosa que les salió muy mal puesto que han perdido capacidad de movilización) y hasta hoy, uno de sus altos dirigentes, pretende culpar al Presidente de las muertes ocurridas durante su rescate. Hubo efectivos policiales y militares que se tomaron los aeropuertos de Quito y Guayaquil. Otros pretendieron cortar las comunicaciones y atentar contra las antenas de transmisión. Incluso, utilizaron cadenas de sms para llamar a “tumbar a Correa”. Según el registro de la Central de Radiopatrulla, al que tuvo acceso ANDES, los mensajes fueron explícitos: mátenle al Presidente, maten a Correa, el man no sale hoy... Pero hay más: el dirigente de Sociedad Patriótica, Fidel Araujo, se paseaba, celular en mano, dentro del Regimiento Quito y fue el abogado de Lucio Gutiérrez, quien, comandando una turba, irrumpió por la fuerza en el edificio de los medios públicos. Lo que se pretendió ese día fue crear un “vacío de poder” y un caos social (con saqueos, marchas y declaraciones políticas de todo tipo en contra del gobierno), suficientemente largos como para exigir la renuncia del Presidente. La intentona golpista quiso aprovecharse del reclamo policial pero no pudo. Y, por lo que se vio en la noche, los golpistas, agazapados detrás del reclamo policial, barajaron la posibilidad de asesinar al Presidente en medio del fuego cruzado. José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, declaró: “Yo lo llamo un intento de golpe, cuando una institución del Estado como la Policía se insubordina contra la autoridad legalmente constituida, eso es técnicamente una negación de la democracia, un asalto a la democracia.”

Cuatro: “Se atentó contra la libertad de expresión al haber mantenido un enlace nacional ininterrumpido.”

Algunos medios de comunicación no se dieron cuenta de la gravedad de los sucesos o creyeron que se trataba de un partido de fútbol y comenzaron a especular sobre los sucesos; creyeron, con ingenuidad aparente, que se trataba de un “debate” y entrevistaban a “unos y otros”; en definitiva, creyeron que seguíamos viviendo el mismo desgobierno de tiempos pasados en los que el derrocamiento de un presidente se transmitía minuto a minuto: como cuando cayó Mahuad, por ejemplo, en un típico golpe de Estado comandado por el coronel Gutiérrez en asociación con el presidente de la Conaie y dirigente de Pachakútik, Antonio Vargas, igual que ahora están aliados políticamente en la Asamblea Lourdes Tibán y Gilmar Gutiérrez. El Presidente de la República, en uso de sus facultades constitucionales, por la gravedad de los acontecimientos, decretó el Estado de excepción, situación excepcional como su nombre lo indica a la que lo faculta la Constitución, y, según el artículo 165: “Durante el estado de excepción la Presidenta o Presidente de la República únicamente podrá suspender o limitar el ejercicio del derecho a la inviolabilidad de domicilio, inviolabilidad de correspondencia, libertad de tránsito, libertad de asociación y reunión, y libertad de información, en los términos que señala la Constitución.” No hubo ningún atentado contra la libertad de expresión. Desde el día siguiente cada quien opina lo que quiere pero en el momento de los sucesos —entiéndase bien: el Presidente estaba secuestrado y su vida peligraba—, el gobierno se encuadró en el marco legal, tenía el deber político de defender la estabilidad democrática y el derecho ganado en las urnas de proteger su propia existencia.