
Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ganó la primera edición del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado de un millón de dólares, con su libro de cuentos El buen mal.
Según
su portal corporativo, la empresa estatal Aeropuertos Españoles y Navegación
Aérea, AENA, gestiona 46 aeropuertos y 2 helipuertos en España, 18 en Reino
Unido y Brasil, a través de su filial, y participa en la gestión de 14
aeropuertos en América. En 2023, movió 314,1 millones de pasajeros, por lo que
es la operadora número uno del mundo; la sigue Aéroports de Paris, que movió
99,7 millones. Este año, la empresa estatal española decidió instituir el Premio
AENA de Narrativa Hispanoamericana, que reconoce al mejor libro de los
publicados en el ámbito hispanohablante o en lenguas cooficiales y traducidos
al español en 2025. Este premio entrega un millón de dólares al libro ganador y
30.000 a cada uno de los finalistas.
El solo anuncio del premio generó un intenso debate debido al monto, su origen y las condiciones de precariedad en la que viven la mayor parte de quienes se dedican a la escritura de literatura. En una nota de Infobae, Carmen Domingo, escritora y filóloga española, que critica el uso de dinero público de «forma tan… obscena», expresó que «por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración». El cuestionamiento de Domingo es válido: después de todo, uno se pregunta cómo se puede seleccionar cinco libros finalistas de entre todo lo que se publica en el ámbito hispanoamericano para un premio equiparable, en términos económicos, al Nobel o al Planeta, en el ámbito privado.
Las preguntas surgen de inmediato: ¿Llegará a ser finalista el libro publicado por una editorial independiente de una pequeña localidad de Hispanoamérica? ¿Cuánto gestionarán las editoriales y agentes literarios para la selección de las obras finalistas? ¿Cuán cerrado es el círculo de jurados y finalistas? ¿Es posible mantener un premio así desde una empresa estatal cuya administración cambia periódicamente y con ella las políticas de promoción de la empresa? ¿Cuál es el objetivo de una inversión de dinero público de esta naturaleza en un sistema cultural que demanda salir de la precariedad de autoras y autores? Por otro lado, nadie pone en cuestión que los torneos de tenis —solo para poner el ejemplo de los Gran Slam— entreguen premios de 3,5 millones de dólares al ganador, 1,1 millón a los semifinalistas (Australian Open) y así por el estilo. ¿Por qué hace tanto ruido el millón de dólares para un premio literario anual?
En lo personal, es muy bueno que exista un mecenas estatal que se haya decidido a otorgar un premio de esta naturaleza que hará que un escritor o escritora de Hispanoamérica, cada año, deje de preocuparse por la hipoteca de su casa y, si invierte bien, pueda tener un sueldo mensual para ocuparse completamente de su oficio: la escritura. Sin embargo, es lamentable que el premio responda más a una ocurrencia publicitaria de una empresa estatal que no tiene nada que ver con la literatura, antes que a la institucionalización de una política pública a nivel hispanoamericano en beneficio de quienes escribimos literatura. Juan Casamayor, responsable de la editorial Páginas de Espuma, consultado por Deutsche Welle, que ha promovido y publicado a Samanta Schweblin, sintetiza así el ruido por el premio: «No se puede culpar a las iniciativas que premian buenos libros, pero en un ecosistema donde muchos escritores viven en la precariedad, se genera un desequilibrio evidente».
No conozco los libros finalistas[1], pero he leído El buen mal, de Samanta Schweblin, cuentario ganador de la primera edición del premio, al igual que he leído casi toda su obra. Por lo mismo, me alegra que una escritora como Schweblin —cuya narrativa he disfrutado por su maestría para lograr un intenso y sugerente entretejido entre lo real y lo fantástico— haya ganado el premio, aunque este libro sea la reiteración de una escritura que tiene grandes momentos como Pájaros en la boca (2009), que es una versión extendida de La furia de las pestes (Premio Casa de las América, 2008) y su novela corta Distancia de rescate (2014). Además, es una excelente noticia, para un género percibido como menor, que una colección de seis cuentos sea considerada como el mejor libro de narrativa que se publicó en 2025, en Hispanoamérica.
El buen mal, oxímoron que, de entrada, nos introduce a esa zona de lo extraño, en la que se ha movido siempre la narrativa de Schweblin, cuando habla de las relaciones interpersonales y de cómo algunos sucesos escondidos en el tiempo son la base de un presente a ratos inexplicable, a ratos absurdo, a ratos siniestro; angustiante siempre. Como en toda su narrativa, la sensación de lo trágico ronda cada cuento y, en una atmósfera cargada de sugerencias, nos acercamos a los personajes con la sensación de la inevitable liberación o condena. En «Bienvenida a la comunidad»[2], narrado en primera persona, una madre se intenta suicidar sin éxito, y se ve envuelta nuevamente en una rutina depresiva y una sorprendente cercanía con un vecino que la confrontan nuevamente con la muerte. «Un animal fabuloso» nos interroga sobre los límites del perdón y la culpa en una relación de amistad atravesada por un terrible secreto ante la contundencia de la muerte de un hijo pequeño. «William en la ventana», inmerso en el mundo de la literatura, es un cuento fantástico que juega con la imaginación de dos escritoras que se encuentran en una residencia literaria en China: ambas, de mundos distintos, se hermanan a través de la cercanía de la muerte. «El ojo en la garganta» mezcla lo trágico inevitable con lo extraño y la persistencia de la culpa sin atenuantes: el hijo, ya mayor, que mantiene a los padres en el fango de la culpa sin atenuantes frente a su propia desgracia. «La mujer de la Antártida» recupera la memoria de la niñez de dos hermanas, lo que significa la invasión, entre perversa e inocente, de una casa y la transformación de una persona en una suerte de juguete de las dos niñas. La invasión del hogar, pero en tono siniestro, se repite en «El Superior hace una visita»: la violencia sobre una mujer que, de pronto, vive el terror de que su casa ha sido «tomada». El buen mal es un libro que no aporta sorpresas ni a los temas ni a su tratamiento literario en la narrativa de Schweblin, pero, al mismo tiempo, tiene una escritura depurada, exquisita y de profunda resonancia en la conflictiva intimidad de los seres humanos, signados, casi siempre, por la culpa secreta, los absurdos de la vida y la muerte, en escenarios donde lo extraño resulta de la escritura en los bordes de la difusa línea que separa lo real y lo fantástico.
Estos son los cuentos del millón de dólares: los del premio, los del libro; los del íntimo deseo que el premio sea imitado en todas partes por todas instituciones públicas que puedan hacerlo; los cuentos sobre la existencia una política pública que trabaje en la remediación de la precariedad laboral del mundo de la literatura y la escritura como un oficio.
[1] Los cinco finalistas fueron anunciados el 18 de marzo: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince, (Alfaguara); Marciano (Literatura Random House), de Nona Fernández; Los ilusionistas (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente; Canon de cámara oscura (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas; y El buen mal (Seix Barral), de Samanta Schweblin, que resultó el libro triunfador, anunciado el 23 de abril.
[2] El 30 de abril apareció la noticia de que la versión en inglés de «Bienvenida a la comunidad», «Welcome to the Club», traducción de Megan McDowell y publicado en The Yale Review, fue uno de los veinte relatos seleccionados para la edición 2026 del prestigioso premio norteamericano de cuento O. Henry. The Best Short Stories 2026: The O. Henry Prize Stories, edited by Tomy Orange (USA: Vintage Books, 2026).
