Suelo decir que soy manteño-huancavilca porque nací en Manta y, desde que cumplí un año de edad, viví en Guayaquil. Mi madre y yo pasábamos, al menos un mes de las vacaciones escolares, en la casa de mi abuelo, don César Corral Villafuerte, que quedaba sobre la avenida 24 de Mayo, en Manta.
Mi abuelo don César Corral Villafuerte, cuando fue gobernador de Manabí (1953-1954), y mi mamá Aída, de treinta años (1955). (Foto: R. Vallejo, 2022) |
La avenida 24 de Mayo era para mí la calle por donde andaban todos los carros del puerto: los tanqueros que repartían agua potable, los buses de estructura de madera, con el cobrador colgado de una puerta, los yips abiertos de motor estruendoso, las camionetas que, la mayoría de las veces, llevaban sacos de café o arroz en el balde, el auto negro y terrorífico del doctor Largacha, el dentista. Yo jugaba a contarlos desde una ventana de la casa de mi abuelo. Cuando aparecía una chiva rumbo a Portoviejo, con el oficial, equilibrista de circo sobre el techo que acomodaba la carga, y los pasajeros, en los extremos de las filas de un solo asiento, saludando a los transeúntes, yo anotaba su paso como un signo de buen augurio. Esa avenida, además, era el camino de la aventura que me llevaba al puente sobre el río Burro. El puente tenía una estructura vieja, con baches en los que se veía el hierro entretejido de la estructura, y una parte de su barandilla sin construir; yo, con vértigo desde niño, temía cruzar ese puente porque imaginaba que caía y que, en esa caída, violenta y sin remedio, era arrastrado hacia el mar de olas impetuosas de la playa de Tarqui. Las diversiones de un niño asomado a la ventana de su casa son frescas y sencillas como la brisa que llega del mar.
La avenida 24 de Mayo también es la calle en donde estuvo la primera biblioteca que he frecuentado. La biblioteca tenía dos espacios: uno privado y otro público; el privado, quedaba arriba, en la sala de la casa de mi abuelo y el público, abajo, sobre la acera, hacia un lado de la puerta principal, donde estaba instalado un puesto de alquiler de libros y revistas.
En las tardes de febrero, me sentaba en un butacón apacible de la sala y me dedicaba a hojear unas viejas revistas Selecciones, llenas de historias sobre la heroicidad de la gente común, resúmenes de libros y chistes blancos, que no tenían nada que ver con los chistes colorados que contaba mi tío Lucho, ese tío lleno de historias prohibidas que todos tenemos. En la estantería, con repisas que iban desde el suelo hasta un poco más arriba de la mitad de la pared, había una enciclopedia sobre países y ciudades en la que descubrí historias y fotos de lugares que me parecían inalcanzables y cuyas calles, de adulto, he tenido la dicha de recorrer con los mismos ojos maravillados de mi niñez. Era una estantería de libros de todo tipo y sobre diversas materias. Al leerlos, con más o menos diez años encima, fui el protagonista de las aventuras que sucedían en sus páginas. Mi imaginación era la tierra sin alambradas poblada de ceibas florecidas.
Así, anduve preocupado por cargar
con la misma suerte de David Copperfield si mi madre, ya que mi padre se había
marchado de casa desde que nací, un día decidía volver a casarse, pues
seguramente mi padrastro me enviaría interno a Huigra; al final, al igual que
Copperfield, decidí ser escritor, no tan bueno como él, pero sí con la misma
vocación. Puedo recordar ahora que yo también visité Ganímedes y aún escucho,
en los viajes siderales de la ficción, las trompetas del Apocalipsis en medio
de los ciclos de la luna de Júpiter y contemplo, en ciertas noches de marzo,
esas luces que fueron confundidas con una estrella sobre Belén. Aún rememoro la
turbación que tuve al descubrir al final de la novela de Agatha Christie quién
había asesinado a Roger Ackroyd al clavarle una daga tunecina en su espalda y,
recién ahora de adulto, disfruto los calabacines que cultivaba Hércules Poirot,
sobre todo, al horno, rellenos de una mezcla de huevo duro, tomates fritos,
aceitunas rellenas y atún, espolvoreados con quesos mozarella y parmesano. ¡Ah,
el atún de Manta! La mejor carne roja que he comido desde siempre: como relleno
del corviche o de empandas de verde; como elemento principal de una ensalada; en
filete a la plancha, marinado con ajo, perejil, pimienta negra y limón. ¡Ah, el
atún de Manta! Una delicia gastronómica cuya textura en boca, como a Proust una
magdalena, me lleva siempre a las playas del Murciélago, en busca de un mar recobrado
en mi memoria.
Canoa de pescador en Playita Mía, de Manta. (Foto de Verónica Arévalo. Imagen para celebrar los 100 años de cantonización de Manta, el pasado 4 de noviembre de 2022) |
En 1972, alumbrado por una pequeña linterna de mano, escuchando los pocos carros perdidos de la noche y el rumor de las olas que llegaba hasta la casa de mi abuelo en medio de la silenciosa nocturnidad, leí El exorcista, de William P. Blatty. La madera del piso crujía y en toda la casa retumbaban los pasos de espectros malignos. Durante aquella lectura en noches clandestinas, la biblioteca de la calle 24 de Mayo, en Manta, me exorcizó de mis miedos infantiles para arrojarme, sin piedad, al terror de la realidad de adolescente solitario a la que sobreviví con mis propios dolores; heridas que hasta hoy sanan y sangran en los muchos libros que leo y en las pocas páginas que, torpemente, escribo.
P.S.: Este texto fue escrito para el libro Manta 1922-2022. Cien años, cien relatos.
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