(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, julio 20, 2008

La tradicional sencillez del buen contar

Existen acontecimientos de nuestra historia a los que todavía les hace falta más de una interpretación literaria que dé cuenta del espíritu que los envolvió. A la Costa, de Luis A. Martínez, por ejemplo, recuperó para la literatura las contradicciones espirituales que vivía nuestro país en medio de la Revolución Liberal, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. En Las cruces sobre el agua, Joaquín Gallegos Lara, relata no solo el espíritu social que existía en los años en que tuvo lugar la matanza del 15 de Noviembre de 1922 sino que también hace de Guayaquil un personaje en construcción. Jorge Enrique Adoum, en Entre Marx y una mujer desnuda, disecciona el fracaso de una utopía enarbolada por una izquierda comunista incapaz de leer la realidad nacional que le tocaba transformar.

Si bien ha sido mencionado en varias obras, el trauma nacional del 41 ha esperado por más de sesenta años para que la palabra de la literatura lo ponga como el asunto principal de una novela, como sucede en Cuando tú te hayas ido, de Hugo Larrea Benalcázar. No se trata de una novela histórica, en el sentido estricto del término, sino de una novela embebida en la historia. Se trata de una novela en la que sus personajes viven la historia sin fatalismos ni heroicidades impostadas sino en la profundidad de lo cotidiano y las batallas de los seres comunes ante los acontecimientos que no pueden controlar. «La nación huele a moho», dice uno de los personajes que narra la novela: y en esa frase sintetiza el espíritu de un pueblo deseoso de manifestar su heroísmo y, al mismo tiempo, sometido por un gobernante cobarde y represor que contaba los días de su permanencia en el poder.

Cuando tú te hayas ido es también el retrato de una pequeña sociedad provinciana, de sus costrumbre y de su gente, en la mitad del siglo XX ecuatoriano y de la manera como éstos sufrieron, y lucharon a su modo, la Guerra del 41. En ese microcosmos, unas «melcochas bailables», sarao de jóvenes inocentes, es un acontecimiento en cuyo alrededor se juegan las tensiones sociales y políticas del momento y el asesinato de la prostituta Eudocia pone al descubierto todo el horror de la guerra en medio de lo cotidiano. Asimismo, la novela es el testimonio de esa resistencia heróica y anónima de una guerra que nos cubrió de vergüenza por la actitud antipatriótica del gobierno de Arroyo del Río: desde la literatura nos encontramos con el patriotismo de la gente de todos los días en un momento en que el espíritu de la nación se encontraba carente de liderazgo y de unidad.

La novela está narrada con un lenguaje que no por coloquial cae en lo vulgar y no por cotidiano deja a un lado las grandes reflexiones sobre la realidad histórica que están viviendo los personajes. El tono de la novela de Hugo Larrea tiene la chispa de los narradores orales, de aquellos buenos conversadores, de quienes saben la mejor de manera de contar una historia y atrapar la atención de su audiencia. Un sentido del humor, cotidiano también, atraviesa el texto: las frases en este sentido se multiplican y el lector no puede dejar de sonreír frente a ellas.

Esta novela no se propone ni la experimentación literaria ni la búsqueda de un nuevo lenguaje. Tampoco se ubica en las estéticas posmodernas de este milenio. Prefiere anclarse en la tradicional sencillez del buen contar. Hugo Larrea sabe manejar la intriga: la historia de Eudocia, que atraviesa la novela como historia de amor prostibulario se convierte, a medidad que avanza el relato, en una historia de horror atravesada por la conducta criminal de los fascistas y la complicidad de un gobierno corrupto.

Cuando tú te hayas ido, de Hugo Larrea Benalcázar, es una novela cuya fortaleza reside en la capacidad de las voces narrativas para contar una historia en la tradición de aquellos conversadores célebres. Una apuesta al valor de los jóvenes en los cambios que reclama una sociedad. Una recreación literaria del espíritu de aquellos años en los que la Guerra del 41 había sumido al Ecuador en la desesperanza y, al mismo tiempo, el testimonio de que no todo era oscuridad: de que, en el seno del patriotismo de la gente de todos los días, se fraguaba el germen de la rebeldía. Una novela dolida de Patria.

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