José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

martes, julio 02, 2013

Padre, ¿extraviaste nuestros nombres acaso?


1

Padre, no sé dónde estás.
Te fuiste antes de que yo naciera y me quedé sin tu nombre y sin tu abrazo.
Fui un perro extraviado en una playa sin fin.

Después te vi en tardes evaporadas.
Pero no me acuerdo de tus ojos, ni de tus manos, ni del sonido de tu risa.
Eres el silencio permanente de mi extravío.

Solo recuerdo tu rostro dormido en el ataúd
rodeado de tus otros hijos, de tu otra casa.
Estabas hermoso y frío como esas estatuas esculpidas en mármol.

Me acompaña la desesperación de esa mosca que besaba tus párpados,
ofuscada y sin salida ella también dentro del féretro.
Fui esa mosca extraviada en tu muerte.

Y sin embargo, padre, somos el pálpito de la vida y yo tu progenie.

2

Padre, yo no pude matarte si no a través a de mi propia muerte. Todo lo que tuve de ti en mi niñez fue esa volqueta fabricada en hierro que arrastré por las calles polvorientas del vecindario junto a mi tristeza infantil. Yo era un nómada sin pasado, paseante de barrio sin historia. Un día regalé la volqueta a un niño con el rostro aún más desolado que el mío, niño de pobreza de postal amarga. Al desprenderme de aquel juguete maté mi infancia y me quedé nuevamente sin ti. Me convertí, padre, en un adolescente de huesos de ceniza. Sobre mi huérfana delgadez llevé nuestros cadáveres a cuestas.

3

Padre, he vivido en orfandad sin que te hubieras enterado de tu muerte.
Ausencia a la que nos sometiste durmiendo en la cama matrimonial de tu otro 
     hogar.
¿Alguna vez sentiste remordimiento por el rito de hombre que repetiste
igual que aquellos otros hombres que también carecían de futuro?

Mi orfandad tiene el rostro de un niño solitario que juega en tardes calurosas
con amigos que solo él ve, amables fantasmas vespertinos.
Mi condición de adolescente sin padre es tan dura como la roca del acantilado
que recibe el golpe furioso del mar e imperceptible se va desgastando.

Tu abandono, padre, me acarició desde siempre como la lluvia que besa la playa,
que deja huellas de gotas sobre la arena que el mar borra enseguida.
Mis recuerdos de ti son como los peces muertos que los pescadores dejan
en el vientre de las canoas para que los devoren las gaviotas.

¡Padre, devuélveme esa condición de hijo tuyo que nunca tuve!
 
4

Padre, me debes la mirada dolorida de mi madre, sus ojos de un azul grisáceo que nos miraban con la somnolencia de Penélope. Me debes también la madurez apresurada de mi hermano, sus largos días de trabajo para que nuestra mesa siempre oliera a pan fresco. Me debes los suspiros de mi hermana que siempre te buscó como si ella fuera la que se hubiese marchado de casa. Me debes la vergüenza pueril de andar por la vida sin padre.

5

Padre, no tengo una sola fotografía tuya.
Tu rostro se ha desvanecido en mi memoria
desteñido daguerrotipo del fracaso.

Eres una sonrisa difusa como neblina
una mirada opaca como cristal de mala calidad
una palabra muda como cementerio.
Eres tinta que se escurre de una acuarela humedecida en lágrimas.

¿Cómo acariciabas a un niño cuando yo era niño?
¿Dónde andabas cuando mi adolescente buscaba a quién parecerse en espejos de
fantasmas?

Padre, eres polvo tras una lápida que no conozco,
eres desilusión del buscador de tesoros en la tumba en la que habré de 
     encontrarte.

y 6

Padre, nunca tu voz me leyó un cuento para proteger mi sueño. Descubrí por mí mismo a un pequeño príncipe venido a la tierra desde un asteroide lejano, a una niña que tras perseguir a un conejo blanco apurado llega a un mundo de maravillas, a un burrillo que descansa entre las rosas eternas del cielo de Moguer, a una viuda del tamarindo que espantaba el espanto del día alrededor de una fogata nocturna. Las palabras que jamás obtuve de ti me las dijeron los libros en los que fundí mis ojos cargados de abandono. Ahora, Padre, yo mismo escribo los cuentos para mi desvelo y no es en vano. Escribo con las palabras que sostienen mi agonía de ser, el verbo que me ha liberado para siempre de tu ausencia.

miércoles, abril 10, 2013

Pubis equinoccial: erótica vs pornografía

El artículo apareció ayer en cartóNPiedra, suplemento cultural de El Telégrafo. Esta es la última de una serie de tres reflexiones sobre literatura y erotismo, a propósito de la presentación de mi libro de cuentos Pubis equinoccial.

"The room", de Jesse Therrien

He venido trabajando, desde hace diez años, en un proyecto de escritura que, finalmente, está convertido en un libro de cuentos cuyo título es Pubis equinoccial. El proyecto comenzó con la reflexión que demandó un curso de literatura erótica en la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador: creo que explorar el erotismo, desde la literatura, implica confrontar la expresión artística con la publicidad hedonista. Desde un principio, me planteé esa exploración literaria de lo erótico como un intento de adentrarme en lo más profundo, sagrado e inconfesable de la condición humana.
            La dificultad inicial fue la necesidad de ubicar en mi escritura el trazo de esa línea tenue que divide lo erótico de lo pornográfico. Es sabido que esa línea la dibuja la cultura y la sociedad al marcar el grado de permisividad ante lo sexual. Esa línea es sinuosa y también difusa, pues en los cánones culturales interviene la ideología dominante que es conservadora pero, al mismo tiempo, esa contradicción liberal que es parte de la misma ideología, y que la confronta formalmente. Su liberalidad en materia sexual está ligada a la permisividad dada por los poderes fácticos de los mass media y la globalización del espectáculo, el mercado de bienes artísticos, la religión y las instituciones eclesiales, las curadurías de museos estatales y galerías de arte, etc., no siempre de acuerdo entre sí y en muchas ocasiones en una confrontación moral, que desaparece al momento de definir un enemigo político común.
No es casual que novelas de lenguaje elemental, de un hedonismo clisé e ideológicamente conservadoras, estén siendo ampliamente promocionadas en los estantes de novedades libreras como si fueran literatura erótica, cuando es, en realidad, para-literatura de porno blando que se acopla bien a la moral dominante. Son novelas que se ajustan a lo admitido desde Playboy. La saga y epígonos de Cincuenta sombras de Grey, son ejemplo de lo dicho. Basta la siguiente frase, que la narradora de la novela dice en serio, sin un mínimo dejo de ironía —frase que está repleta de lugares comunes—, para entender de qué estoy hablando: “El sexo es alucinante, y él es rico, y guapo, pero todo eso no vale nada sin su amor, y lo más desesperante es que no sé si es capaz de amar.” ¡En el género “Corín Tellado en Vanidades” esta frase es antológica!
Existe mucha reflexión teórica al respecto, así que no estoy diciendo nada nuevo en esta materia, al menos para quienes han estudiando el asunto. Lo que hago en esta reflexión es indicar que, en el proceso de escritura de mis cuentos, sistematicé ciertas lecturas mías de la literatura erótica, sobre todo Occidental. Así pues, estoy convencido de que en lo erótico existe siempre una problemática que supera la mera descripción de las pericias sexuales, aún cuando dicha gimnasia esté descrita de manera explícita. Lo erótico, desde esta perspectiva, implica siempre una problematización de la esfera sexual en la vida, ya que lo sexual es realización del deseo, expresión de la frustración, búsqueda de la transgresión, anhelo de las fantasías, etc. Esa problematización se da porque las prácticas sexuales del ser humano tienen consecuencias vitales en su espíritu, ya sea por la herencia judía-cristina de la culpa, ya por la conjunción de vida y muerte en el orgasmo, ya por el carácter efímero del goce.
En lo pornográfico, por el contrario, no existe mayor problemática y tanto la gimnasia sexual como la genitalidad ocupan siempre el primer plano. Ni la historia que se cuenta, ni la escenografía que la ambienta, ni el lenguaje que se utiliza importan demasiado. El punto de vista narrativo, de la palabra o de la imagen, está centrado en la proeza sexual de la genitalidad. La pornografía, en términos generales, termina siendo conservadora porque es incapaz de transgredir la línea de permisividad sexual de la cultura dominante. Y el porno blando lo es aún más: de ahí que los grandes monopolios de la información y el espectáculo promocionen tanto a Hugh Hefner y sus conejitas; y, claro, a los imitadores locales como Soho. A fin de cuentas, se trata del negocio más sexista del mundo; un hedonismo conservador con fachada liberal. 

Pubis equinoccial será presentado en la FILBO 2013, el sábado 20 de abril, en el salón Porfirio Barba Jacob, a las 6 pm. Participarán en el conversatorio Guido Tamayo, Alicia Ortega y el autor. Quedan cordialmente invitados.
La idea básica al escribir Pubis equinoccial fue que los personajes y sus situaciones tenían que permanecer en un espacio de transgresión, desde su propio conflicto vital. Esa transgresión implica un choque contra la cultura dominante, sobre todo con aquella que confunde el erotismo con el porno blando, con aquella que es permisiva con los desnudos publicitarios, tipo portada de Vistazo, pero no con el cuerpo desnudo en conflicto vital. El tratamiento de lo erótico, a partir del drama de los personajes, pretende, deliberadamente, confrontar al lector con sus propios temores y, al mismo tiempo, transgredir la moralidad conservadora de la cultura dominante, sobre todo aquella travestida de liberalismo. Haber conseguido lo dicho en los cuentos, o no haberlo conseguido, es algo que ya no me toca decirlo a mí.