José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

domingo, febrero 03, 2013

“Consumación” confronta nuestra fragilidad




Sin diálogos, narrado en primeros planos y planos insertos. Consumación, dirigido por X.B. Ruiz, (2012), está anunciado como la historia de un crimen pasional “contado desde la perspectiva de un periodista de crónica roja, como material ideal para primera plana, en un mundo donde la violencia y la superficialidad de la información es un paradigma.” Y es que detrás de cada noticia de crónica roja existe un drama de seres de carne y hueso que el negocio de la prensa amarillista ha convertido en un espectáculo morboso que apela al temor a la muerte inherente al ser humano.
Se trata de un cortometraje de producción independiente (9m. 41s.), de carácter experimental en el que aquello que no ve el espectador en la pantalla, aquello que intuye más allá del primer plano, aquello que construye desde los silencios, es lo que va llenando, in crescendo, de mayor densidad la historia que se cuenta. Como en un iceberg, aquello que está oculto del campo visual es la parte más compleja y dura de la historia narrada con fluidez.
La música, en ausencia de los diálogos, tiene una función semántica en el corto y, por tanto, rellena de significados intensos el drama de aquellos personajes que nos hablan aunque carezcan de voz. La música, abstracción por excelencia, se convierte en texto que nos hace olvidar la ausencia de diálogos del cortometraje, gracias a la edición que conjuga la intensidad de cada exergo musical con la secuencia fílmica. Lastimosamente, no se trata de música compuesta de manera especial para el corto sino de música clásica, acertadamente escogida eso sí, pero que da cuenta de una carencia artística en la composición del cortometraje.
Los primeros planos y los planos insertos son, por lo general, planos cortos que nos van describiendo los elementos complementarios de la historia. Los planos secuencias que corresponden, casi siempre, a la narración hecha por las cámaras de seguridad nos permiten prescindir de los diálogos. En ese sentido, el director se excede un poco en el plano del marido que llora desconsoladamente asido a la mano de su esposa muerta. Si bien se trata de un momento intenso del corto, su extensión contrasta con la del resto de las escenas; es, justamente, por el dolor condensado de aquel instante que su extensión se vuelve aún más notoria.
Sin embargo, esta última apreciación mía tenga que ver con el hecho de ser, en la vida real, el padre de la actriz que interpreta a la esposa que yace muerta sobre la cama. Mientras el público contempla la mano y la muñeca de una mujer muerta, acariciada por su marido desconsolado, yo contemplo el lunar de nacimiento de mi hija. Pero esta reflexión es absolutamente personal y la introduzco en este comentario nada más porque mientras contemplaba el corto, que de por sí es doloroso, sentí una angustia profunda que se manifestaba en la sequedad de mi boca y la humedad de mis ojos.  
Somos, al igual que el periodista de crónica roja, mirones de un drama que no por repetido en los diarios de crónica roja deja de conmovernos. Y es que el corto termina construyendo una historia paralela al drama que narra: la perversidad del mirón cuyo trabajo se alimenta del drama de las personas que son arrebatadas de la vida por la muerte que se cuela de manera violenta en su cotidianidad. Pero todos nosotros somos también ese mirón que asiste a la muerte como espectáculo, tal como circula en las primeras planas de los periódicos de crónica roja.
El cortometraje Consumación, dirigido por X.B. Ruiz, es un filme cuyo sentido de la experimentación obliga al espectador, desde un tipo de historia ya cotidiana en la crónica sangrienta de la prensa amarillista, a enfrentarse con la fragilidad humana, que, en definitiva, es su propia fragilidad.

 

El cortometraje Consumación, fue subido por su director X.B. Ruiz en You Tube,de donde lo he copiado

lunes, enero 21, 2013

Los poemas del coronel Aureliano Buendía

La literatura es también un espacio lúdico de la palabra. Y que todo sea posible en la escritura resulta una condición de la poesía contemporánea. En Los poemas del coronel Aureliano Buendía tenemos un muestrario de esa juguetería que es la literatura contemporánea. Ramiro Oviedo (Chambo, Ecuador, 1952) conjuga en esta propuesta poética la estrategia del manuscrito encontrado, la asunción del personaje literario que se define desde una escritura, la construcción del diálogo de los textos literarios y, al mismo tiempo, nos ofrece una palabra poética que fluye desde lo conversacional.
El poeta se convierte en un alquimista que reinventa textos y les da nuevas significaciones a partir de otros textos ya conocidos. Oviedo ha imbricado su escritura en las páginas de Cien años de soledad para descubrir, desde la invención, los poemas que se salvaron del fuego bilioso del coronel. El poeta nos descubre un palimpsesto en el que la escritura del coronel Aureliano Buendía va siendo revelada a través de sucesos ficticios que se han ido superponiendo a la no menos ficticia palabra poética. Y, sin embargo, como decía Flaubert, “todo lo que inventamos es cierto”. Así lo señala el propio Oviedo sobre este poemario: “Haberlos hallado es en sí un milagro. Y si todo milagro es una mentira, como la novela, estos treinta y tres poemas son los hijos legítimos de una mentira ejemplar, donde se oculta más de una verdad escandalosamente invisible.”
Los poemas del coronel Aureliano Buendía es un libro que dialoga literariamente con un texto emblemático de la literatura latinoamericana e introduce una dimensión nueva en un personaje ya clásico como es el coronel: nos presenta al miliciano rebelde, consumido por sus derrotas, recluido en su taller donde fabrica pescaditos de oro, recreado ahora en su faceta de poeta. Al mismo tiempo, es un poemario que encierra el desasosiego causado en el espíritu del ser humano por causa de la violencia y el desamor.
Estos poemas —homenaje de un poeta ecuatoriano a García Márquez, el maestro colombiano de nuestra América— son fieles al mundo novelesco y sacan partido de esa referencialidad textual pero los poemas están también, por sí mismos, cargados de un hálito poético propio con el que toca directamente a sus lectores. En “Balance” está toda la carga de la soledad que lleva encima el coronel: “Al filo de mis cincuenta años sólo soy una chatarra de coronel. / Mi botín, un flechazo en cámara lenta, / una gota de melancolía que se muere de sed, / la embriaguez que colmó el vaso, / un goce diminuto torturado a tiempo completo.”
La segunda parte de este libro, Cóctel molotov, es una antología personal de los poemas que Ramiro Oviedo considera más significativos en el desarrollo de su obra poética. Este muestrario nos permite acercarnos a la obra de un poeta conversacional de primer orden, a una poesía cargada de vitalidad y desparpajo, a una estética dolida de la cotidianidad del ser humano.
Los ingredientes de este cóctel nos dan una bebida explosiva en la multiplicidad de sus sentidos. La “cédula de identidad” con la que abre la muestra nos indica el derrotero para una lectura desenfadada tanto como el propio poemario: “soy lo que soy / poeta sin corbata / ni más ni menos que el panadero de la esquina / un poeta gratis / no un poeta barato / alérgico al Parnaso Cía. Ltda.” La voz poética de estos textos es provocadora, desacralizadora y, en estos tiempos espantosos en la que los escritores parecen haberse convertido en entelequias descomprometidas del mundo, no le teme para nada a la toma de partido. Por ello Ramiro Oviedo, al igual que Gabriel Celaya, parecería decir también: “maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales […] maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.”
El poema “Mama Marilyn” viene muy a propósito del cincuentenario de la muerte —¿asesinato?—, conmemorado por el mundo el año pasado, de quien se convertiría en un mito contemporáneo. Con un tono de crónica, la voz poética pasa revista por la vida de Norma Jeane Baker, que se transformaría en Marilyn Monroe, “la actriz del séptimo arte / que murió convencida de haber asesinado su sombra,” debido a la construcción iconográfica de Hollywood. Un poema que testimonia esa idolatría que ha generado M.M. y también esa rabia contradictoria frente a la cultura del espectáculo que, habiéndola creado, también la destruyó: “Quedó como una escultura de cera / en un candelabro del altar de los sacrificios de la Twenty Century Fox”.
Una suerte de “memorial de agravios” evocado por una voz poética desterrada por voluntad propia; una retahíla de fracasos políticos, humanos, artísticos en una sociedad caracterizada por la desesperanza; un cántico furibundo, anárquico, doloroso dada la imposibilidad de triunfar en una lucha social; todo lo dicho se concentra en ese monólogo poético que es “pedrada en ojo tuerto”, un poema marcado por la huida del sujeto de palabras —que se siente inútiles pero no lo son, no lo serán jamás— confrontado al sujeto de la acción, a ese que va cayendo en una lucha desigual y sin futuro, marcado por la búsqueda de otra vida en otra parte no sin cargar con el peso de la culpa del que se va: “es que a veces —sin querer— / se me cae la cara de la pura vergüenza / de estar vivo / al pie de la memoria / y con mis cicatrices enteritas”. Poema escrito con mucha dureza, con imágenes desagarradas, con una tremenda fuerza política —aunque quien lo lea no concuerde con los postulados ideológicos que sostienen al texto.
El conjunto de poemas de esta segunda parte del libro también recoge la experiencia migrante del propio poeta. “París ha muerto” es un ejemplo del desarraigo y la mimetización. Imágenes atrevidas que buscan una visión alejada de las postales: “una manera decente de vivir en París / tal vez la más conveniente para mí, sería en calidad de perro / pero un perro fucsia, con granos de café en los ojos / para ver más allá de allá de allá. / un perro rodeado de amigos perros.” Una muestra de humor —otra de las características que atraviesa el poemario—, y de recuperación estética de la sencillez de la vida popular, es “Pancho Villa, embajador en Francia”, poema-viñeta, muy de atmósfera rulfiana, en la que la voz poética se refiere al mexicano Eraclio Zepeda, embajador de México ante Unesco, y su parecido físico con el mítico revolucionario. Debido a ese parecido, Zepeda hizo de Villa en México insurgente, la película de Paul Leduc basada en el libro homónimo de John Reed, estrenada en 1970, y el poema de Oviedo se encarga de contar una preciosa anécdota de cómo en el imaginario popular la figura de Villa continúa luchando por las libertades.
Este libro de Ramiro Oviedo —que es un cóctel de varios poemarios de su autoría y que ratifica de manera fresca para los lectores la confianza “en la poesía de uso diario / como los fósforos”— inaugura la serie Escritores ecuatorianos que la Embajada de Ecuador en Colombia y la editorial Con las Uñas ofrece, particularmente, a la ciudadanía lectora de Colombia, este país de Historia compartida, de frontera sobre cuya línea de esperanza habremos de construir la paz día a día.

martes, diciembre 18, 2012

Mis hermanos en la madre patria


La Virgen Churona frente a Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid. Foto de María Fernanda Ampuero.

En los domingos veraniegos del parque del Retiro
más amontonados que botellines de cruzcampo
con canastas repletas de tamales y cochinillo, mote y chicharrón,
una dicción que mezcla la cerrazón andina y el desparpajo costeño
con el acento madrileño de todos los sudacas que creen mimetizarse,
cantan mis hermanos que no conozco las tonadas tristes
con las que alegramos nuestra vida en la mitad del mundo.
Deslucen la modernidad de los españoles de sentimientos discretos,
elegantes, poco afectos al melodrama pese a las pelis de Almodóvar.
A los niños pijos de la Castellana les disgusta esa impertinencia migrante
que no olvida el viento melancólico de los páramos de las serranías
que recuerda con su caminar desinhibido el bochinche húmedo de un puerto.
Ah, estos pobres sudacas, que se vayan a los campos de Murcia
que manos se necesitan para esta vendimia, que se queden en Madrid
arreglando las habitaciones de los hoteles que llegan los turistas alemanes.
Pero, joder, que no salgan a las calles con esas cabezas de cerdas
y esas barrigas que sobresalen por la pretina de los jeans MNG.
Mis hermanos ecuatorianos, sudacas de pequeña estatura y talla L,
mujeres bellas y dulces como un durazno de Ambato, que cuidan ancianos,
varones decididos a colocar mil bloques de cemento para el edificio del día.
Trabajan en todo lo que esos niños pijos jamás harían aunque les cayera
el ajuste del PP, la severidad de la Merkel y la abolición de la siesta.
Viven amontonados, ahorrando euros, con la sonrisa digna del honrado,
Hablan con faltas de ortografía al pronunciar las ces y las zetas
putean con arrogancia cuando exigen sus derechos en los consulados
tocan guitarra y cantan en los condominios para escándalo de sus vecinos
se visten de Zara y han aprendido el arte del cachondeo y la caña de mediodía.
Los domingos se multiplican en el Retiro y mis hermanos persisten
celebrando la vida, mezclando a Sharon con Julio Jaramillo,
llevando en procesiones a la virgen Churona,
maldiciendo y extrañando y llorando al paisito, imaginario y real; ¡ah!
y una foto de Barcelona Sporting Club, de Guayaquil, en la sala del piso en Lavapiés.
A veces, alguno de ellos, contempla desde el mínimo balcón de su piso
el atractivo vacío que besa el asfalto húmedo de Otoño
por si llegaran los alguaciles con el apremio de la orden de desahucio.

Bogotá, 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante.

El ecuatoriano Jorge Cordero, acompañado por miembros de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Oviedo, cuando resistía la orden de desahucio, en Oviedo. Cordero finalmente fue desalojado junto a su mujer y su hijs de 5 meses a fines del pasado junio.