(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

viernes, abril 10, 2015

Labio de liebre: ¿cómo sanar las heridas?


Fabio Rubiano y Ana María Cuéllar en Labio de liebre.

El 5 de marzo pasado, en el Teatro Colón, vi Labio de liebre, de Fabio Rubiano. No me voy a referir a la magnífica puesta en escena de la obra porque no soy crítico teatral pero como espectador puedo decir que salí conmovido después del espectáculo. No solo las actuaciones, cargadas de verdad actoral, sino el ritmo mismo que se mantuvo, durante casi toda la obra, con un humor sarcástico a punto del drama, me permitieron asumir una historia dolorosa sobre la memoria, el perdón y la reparación. El desarrollo de la anécdota de la historia utilizó el contrapunto entre la pesadilla de la realidad y la realidad de la pesadilla. Tal vez ese es el sentido ético y estético que, finalmente, tiene el teatro: representar de manera oportuna lo que la sociedad, en ocasiones, necesita que sea representado para contemplarse a sí misma y pensarse desde un escenario para cambiarse en lo profundo del adentro.
            Pero quiero referirme, sobre todo, al tema profundo de la memoria, que encierra la verdad, el perdón y la reparación y que, en la obra, está planteado de manera estremecedora. Muy oportuno es el asunto teatral para este momento que está viviendo Colombia porque la obra, desde un caso en particular, amplifica la complejidad del drama que han vivido las víctimas de la violencia y de la guerra. Labio de liebre logra un tratamiento ético impecable que reivindica al teatro ya como representación de lo político, ya como disección estética de la conducta humana en situaciones de violencia.
            ¿Cómo sanar las heridas después de tantos años de guerra? ¿Cómo perdonar después de tanta violencia? ¿Cómo lograr la reparación del daño si la inequidad permanece y con ella todo el andamiaje de un sistema que en su estructuración social carece de justicia porque privilegia al capital por sobre el ser humano? Las preguntas están presentes en la puesta en escena de Labio de liebre y las respuestas no están dichas en el escenario porque no existe, como en el catecismo, una respuesta única para cada pregunta. Existe, eso sí, el cuestionamiento para el espectador que está en la silla de la realidad, esa que es confrontada desde la orilla del escenario para convertirla en conciencia de ese espectador.
            Labio de liebre también nos conduce a la realidad del territorio: ese campo lejano de la capital y de las grandes ciudades; ese campo sembrado de violencia cotidiana inimaginable en los escritorios de los hacedores de opinión o en las oficinas de las representaciones diplomáticas; ese campo que es campo minado por el conflicto. Y tal vez por eso, para muchos habitantes de la ciudad, se hace difícil entender la necesidad de poner fin al conflicto armado: ¿cuál es el valor de una gallina, de una vaca, de un perro para el afecto del campesino? ¿cuánto sufren sus dueños cuando aquellos animales son objeto de violencia mortal y gratuita? ¿cuánto terror existe en quienes no saben si ellos o sus hijos verán el sol del día siguiente? Esa realidad de lo local es la que intensifica el drama de los personajes en la obra teatral de Rubiano. Esa presencia del territorio es la que destruye la ilusión del Derecho e inserta el requerimiento de una Justicia en transición, en movimiento permanente frente al horror de lo humano, capaz de poner en equilibrio lo que se requiera en cada momento.
            La complejidad de la verdad, el perdón y la reparación y la necesidad de honrar la memoria es lo que se puso de manifiesto en Labio de liebre. Pero la realidad del conflicto, la urgencia de que la paz sea una cotidianidad en los territorios, y la necesidad de que las causas de la injusticia social —inequidad que termina por generar la violencia y la guerra—, sean abordadas por la sociedad colombiana en su conjunto es un desafío que ya no pertenece a la esfera de la representación teatral sino al imperativo ético que obliga a la ciudadanía a ser parte de la memoria y de la sanación de la heridas.

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