(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

miércoles, diciembre 24, 2014

La noche mala del mall

Cuento de Navidad

para Marisol y Alberto


            No los dejaron entrar. Nuestros guardias están bien entrenados. Aquellos intrusos argumentaron que ocuparían su sitio en la plazoleta, pero no se les permitió el paso. Seguridad ante todo. ¡También a quién se le ocurre llegar en un burro cargado de ollas, un baulito con quién sabe qué cachivaches y dos impúdicos petates! Ese par de campesinos desarrapados era una mancha antiestética en la alegre elegancia del mall. Y, además, quién sabe... en estos tiempos no se puede confiar. La Navidad requiere de tanto esfuerzo para que todo salga bien, que uno termina agotado. Por lo mismo es importante organizar la caridad de la misma manera cómo se organiza la exhibición de regalos. El estacionamiento está abarrotado y los carros son toros bufando, listos para la embestida ciega; la gente en los pasillos es un rebaño de ovejas balando excitado por un sendero angosto. Hay que cuidarse de todos y a todos hay que cuidar. Si ese hombre y su mujer querían sus pascuas, por Dios, que regresaran el día 26 e hicieran cola en la puerta de descarga igual que todos los pobres; pero no ahora, no la noche del 24 cuando todo tiene que salir a la perfección.
            Pasado el incómodo suceso, comprobado que los guardias cumplían las consignas sin titubeos, satisfecho porque la clientela no se enteró de la escena, el administrador continuó su ronda. El mall era un edificio luminoso y feliz. Las vitrinas lucían perfectas guirnaldas verdes y rojas, lucecitas de perfecta intermitencia, letreros con perfectas letras hechas de escarcha dorada en los que se leía Merry Christmas. Desperdigados por varios rincones del mall, los Papa Noel, tocaban una campana que sostenían en la mano derecha, reían y saludaban deseando a todos feliz navidad y merry christmas; después se sentaban a escuchar las peticiones de los niños. A su alrededor, esparcida en el piso, la nieve simulada por bolitas de plumafón convencía a todos de que, al fin, la ciudad empezaba a parecerse a las ciudades del primer mundo, donde en diciembre, bendito sea, nieva. Gracias al administrador del mall, que tenía una alta estimación por el folclor, junto a We wish you a Merry Christmas..., se escuchaba como música ambiental Dulce Jesús mío, mi niño adorado...
            Este año, en la plazoleta del mall, el administrador había mandado a construir un nacimiento autóctono. Se trataba de una casita como las que existen en las fincas de la zona cafetalera; la casita, que no tenía pared frontal, estaba rodeada de muñecos de cera, de tamaño natural, que representaban a campesinos luciendo sombreros de paja toquilla; reproducciones de vacas y toretes que pacían despreocupados, como si no existiesen las plazas de toros, de chanchos que almacenaban medidas infartantes de colesterol, chivos que ignoraban el destino de su carne remojada en cerveza la noche anterior a ser servida como seco, y hasta perros de la raza preferida por la sanidad. En las afueras del mall, el brillo eléctrico de una estrella coronaba la copa de un gigantesco árbol de Navidad. Afortunadamente, ese trío de mojinos, burro incluido, había desaparecido. El administrador sonrió por su ocurrencia. Todo estaba perfecto; igual que en Nueva York.
            Nada podía fallar pero, para el asombro del perfecto administrador y los perfectos clientes en sus bolsas repletas de regalos perfectamente empacados, falló lo principal. Lo inesperado sucedió en un parpadeo. Nadie pudo explicarse de qué manera los muñecos de cera que representaban a la autóctona Sagrada Familia se desvanecieron. La gente se indignó y se imaginó ladrones desalmados. El administrador se acordó de aquellos intrusos, aparentemente inocentes, y despidió de inmediato al ingenuo Jefe de Seguridad.
            Al mismo tiempo, en una finca de la zona cafetalera, una pareja de campesinos se regocijaba con el nacimiento de su hijo que dormía acurrucado sobre un pesebre con el rostro todavía arrugado debido al esfuerzo del parto. Un burro y una vaca los rodeaba apacibles. El azul intenso de una estrella crupcrullaba en el firmamento.

De Vastas soledades breves, 2004.


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