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| Eliécer Cárdenas
(Cañar, 10 de diciembre de 1950 - Cuenca, 26 de spetiembre de 2021). Leer su obra es
una manera de rendirle homenaje. Publico este texto sobre El pinar de Segismundo (2008), en su memoria. |
¿Una conspiración política y literaria de tres escritores
y un pintor que se dan aire de revolucionarios en contra de un viejo escritor
conservador? ¿El robo de una novela para evitar su publicación e impedir que el
autor, deprimido por la pérdida de su obra, acepte la candidatura a
vicepresidente de la República? ¿La transformación de un personaje literario en
una persona que reclama al autor del texto por darle existencia como producto
de la violencia sexual de la que eran objeto las indias por parte de sus
patrones en las haciendas?
Eliécer Cárdenas (1950-2021) ha logrado con El Pinar
de Segismundo (2008) una extraordinaria novela construida desde un singular
diálogo intertextual, protagonizada por escritores y artistas, algunos de ellos
convertidos por circunstancias anecdóticas en ladrones aficionados; contada con
el espíritu picaresco de una prosa que derrocha humor inteligente; transformada
en un artefacto lúdico que se alimenta de personajes e historias del mundillo
cultural de una época. Literatura hecha con literatura para la construcción de
la ficción literaria.
Gonzalo Zaldumbide escribió su Égloga trágica
entre 1910 y 1911 y la publicó completa, por primera vez, en 1956; Cárdenas
detiene el tiempo en ese año y convoca un complot hilarante urdido por
artistas. Zaldumbide es un posible candidato a la vicepresidencia en fórmula
con Camilo Ponce Enríquez para presidente. Zaldumbide, por consejo de un
personaje de ficción llamado Ricardo Arellano, que luego adoptará la identidad
de Grijalva, esconde las cuatro partes de su novela en sendos lugares, tan
disímiles, como la leprosería de Verde Cruz, la biblioteca jesuita de
Cotocollao, un antiguo obraje en la hacienda El Pinar, del propio Zaldumbide, y
la casa parroquial de Malacatos.
Los complotados —por convocatoria de Grijalva para llevar
a cabo el hurto de la novela de Zaldumbide, supuestamente a nombre del maestro
Benjamín Carrión— son nada menos que Jorge Icaza, G. h. Mata, César Dávila
Andrade y Oswaldo Guayasamín. En medio de los hurtos, llegan a Quito José María
Pemán, Lola Flores y una caravana de artistas en representación del régimen de
Francisco Franco; al mismo tiempo, llega, desde su exilio en México, el poeta
León Felipe. Semejante concurrencia de personalidades y sucesos genera una
hilarante comedia poblada de referencias intertextuales y metaliterarias.
Acerca de los complotados, Zaldumbide tiene su propia opinión y sus palabras no
dejan de causar una cierta sonrisa:
A ese poeta César tampoco lo he oído mencionar.
Guayasamín, sé que es un pintor que pinta grotescos indios en posturas
tremendistas. Icaza, claro, el autor de una monstruosidad literaria por
desgracia famosa a nivel internacional. A ese Huasipungo no conseguí
leerlo, por sus repugnantes y tediosas escenas y su estilo contrahecho. Ah, G.
h., un sujeto de buena familia pero de pésimas ideas, suele visitarme a veces.
Dice que me admira pero yo sé que escribe opúsculos groseros en mi contra.
El personaje de G. h. Mata se convierte, desde un
comienzo, en una figura desopilante. Apenas se topa con Icaza, momentos antes
de entrar a la casa de Benjamín Carrión, lo saluda con un «Señor Huasipungo,
¡qué sorpresa!»,
y cuando, ya adentro de la casa, saluda con Guayasamín, le dice con venenosa
intención: «¿Por qué pintas a todo el mundo como si fueran indios borrachos?». Inmediatamente nos
enteramos de las andanzas anti-Montalvo de Mata, a quien Juan Montalvo le
parecía «un malparto del diccionario». Dado que a sus diecisiete años lo habían
obligado a leer los Siete tratados, y de esa lectura había terminado enfermo,
Mata había jurado vengarse del polemista ambateño: «todos los años, de ser
posible, iría hasta la Casa Museo de Montalvo, célebre monumento en la ciudad
nativa del “Cervantes americano”, para mearse al pie del túmulo severo sobre el
cual se exponía a la reverencia pública la mal conservada momia de Don Juan». En este episodio
anti-Montalvo, la irreverencia de un parricida generacional está llevada,
juguetonamente, a un extremo escatológico: orinarse encima del padre, hacer
aguas menores, dejar algo de sí mismo, un rastro de reconocimiento y rechazo al
mismo tiempo como todo parricidio.
El juego intertextual combina de entrada los paradigmas
literarios de dos siglos. La referencia a Montalvo y su prosa castiza y la
referencia a la prosa preciosista de Égloga trágica, de Gonzalo
Zaldumbide, hijo de Julio, que fue amigo y luego se enemistó con Montalvo,
multiplica sus sentidos con la presencia de Icaza y el resto de los
complotados. En el acto de planificar la desaparición de Égloga trágica,
novela más ligada al romanticismo tardío que al modernismo del tiempo cuando
fue escrita y completamente anacrónica para el año en que fue publicada, está
la de la confrontación del indianismo del siglo diecinueve contra el
indigenismo vanguardista. Égloga trágica es la mirada del latifundista,
los indios son parte natural del paisaje y está ubicada, en términos
estéticos, en las antípodas de Huasipungo.
El motivo de la intriga no es, únicamente, un asunto
anecdótico. Simbólicamente, es el anhelo de impedir que el pasado feudal
continúe existiendo en un presente que se vislumbra como revolucionario en las
formas y los conceptos estéticos. Icaza, en aquel 1956, está escribiendo El
chulla Romero y Flores, mientras que César Dávila Andrade está haciendo lo
propio con su Boletín y elegía de las mitas. Guayasamín ya ha asombrado
—y también ha causado la envidia de tantos como le sucedió en cada momento
renovador de su vida artística— con su monumental exposición Huacayñán.
Las nombradas, en sus respectivos géneros, son obras que superan en todo
sentido la pertinencia de publicar, en 1956, Égloga trágica, una novela
que, en 1911, cuando fue escrita, ya pertenecía al pasado.
Las acciones de G. h. Mata, Guayasamín y la de Tíber, que
cumple el encargo del poeta Dávila Andrade, para llevar a cabo el hurto que les
corresponde son representaciones hilarantes, embebidas de la tradición
picaresca. Mata organiza un recital poético para los leprosos; Guayasamín se
disfraza de fraile dominico; y Tíber, un personaje cañarejo que disfruta
embromando al prójimo, viaja en su camioneta desde Quito hasta Loja para
engañar al cura de Malacatos. Icaza, por su lado, se disfraza de campesino para
ingresar a la hacienda de Zaldumbide. La narración de estos episodios hace gala
de una narrativa lúdica: la imaginación no escatima peripecias para convertir a
quienes leen la novela en cómplices de aquellos ladrones aficionados.
Zaldumbide es el representante de la colonia, de la
sociedad señorial y de los modos feudales de la dominación que, aunque agonizantes,
aún conservaban poder político en el país de entonces: la recepción que
organiza en su hacienda para José María Pemán, que le ha prometido un prólogo
para su Égloga, y la compañía de artistas, incluida Lola Flores, que han
llegado a Ecuador como parte de la propaganda cultural del franquismo, se
contrapone, en términos simbólicos, a la llegada del poeta León Felipe,
exiliado en México, que arriba en el mismo avión que Pemán y compañía. Aquí la
literatura, afincada en poderosos elementos intertextuales, desarrolla un juego
simbólico que permite asumir, desde el humor, la confrontación política e
ideológica que plantea la propia novela.
Cárdenas, en este sentido, hace uso de una libertad sin
límites para construir situaciones anecdóticas y desarrollar giros inesperados
de la intriga. El paseo por las calles del Quito colonial de Jorge Icaza con
Lola Flores —quienes se encuentran por primera vez en El Pinar, la hacienda de
Zaldumbide, mientras Icaza lleva a cabo el hurto de la tercera parte del manuscrito
de la Égloga—, es una joya de la narrativa picaresca. Asimismo, la
invención sobre el porqué el chulla de la novela de Icaza se llama Romero y
Flores nos ubica en la especulación libre: Romero, por el poeta Remigio Romero
y Cordero que una mañana visita la librería del escritor, y Flores, en recuerdo
de su entrañable noche con Lola.
El poeta Romero y Cordero le pregunta a Icaza si se
habían vendido ejemplares de su poemario y este le responde: «Ninguno, don
Remigio —Icaza sintió pena al responder aquella simple verdad—. La poesía no se
vende, a excepción de las obras de Neruda». Este espíritu de chanza
atraviesa la novela. Cuando se reúnen para recibir las instrucciones de
Grijalva y este les dice que nadie debe ingerir alcohol para evitar que César
Dávila lo haga, Guayasamín responde: «César es un poeta, y a estos se les debe
perdonar todo […] a los que hay que prohibirles la bebida es a los novelistas,
porque de borrachos escriben pendejadas». Y borracho es como
termina Icaza la noche de su cita con Lola Flores, quien a la mañana siguiente
le dice con espíritu libre: «—¡Josú! Empinaste el codo más de la cuenta y
dormiste la mona como un bendito […] No tengas pena, aventurero, que entre
nosotros no ha pasado ná de ná. Mejor para mi honor, el de mi hombre y el de mi
churumbela».
La novela reedita una disputa política de nuestro canon
literario: el enfrentamiento del indigenismo como denuncia de la situación del
indio en una nación mestiza que, en su afán por integrarlo, intentó despojarlo
de su cultura, es decir, de su humanidad; contra el indianismo como
representación del indio en tanto una figura natural del paisaje, que
por su condición arcaica habrá de desaparecer con la llegada del progreso. Lo
paradójico es que, en ambos proyectos de nación, aparentemente opuestos, el
indio resulta un sujeto manipulado en función de un mestizaje excluyente de la
diversidad. Y, no obstante, con ambas propuestas estéticas se edifica la
tradición canónica. Como ha señalado la crítica Alicia Ortega:
Esta rica interacción dialógica, en la que varias narraciones se
encuentran, nos devuelve, en tanto lectores, a una biblioteca original que no
deja de reinventarse: aquella que pervive en nuestra memoria y hace posible el
juego intertextual que revitaliza y desempolva los textos canonizados. Los
escritores del pasado nos interpelan desde la lúdica, y lúcida, carnalidad de
una escritura que los reinventa y actualiza.
La resolución de la intriga novelesca nos plantea una
reflexión sobre la verdad de la literatura versus la verdad relativa del mundo
real. Los niveles de la realidad se fusionan como en la novela de Cervantes, al
final, cuando tenemos a Alonso Quijano hablando, como la persona que es, acerca
del personaje del Quijote que aquel ha dejado de representar, puesto que dice
haber recobrado la cordura. El diálogo entre Zaldumbide y Arellano es una
conversación entre un personaje y su autor, en la que el personaje le reclama
que el origen de su existencia sea el resultado de la violación de una indígena
por parte de su patrón:
—Arellano
(con rudeza): Yo soy el hijo de aquella infeliz india sierva de la hacienda El
Pinar.
—Don
Gonzalo (con extrañeza): Continúo sin comprender, señor, Mariucha es el
producto de mi imaginación de narrador. Careció de existencia real.
—Arellano
(irónico): ¿Ha leído usted a Freud? Él dice que las acciones que el nivel
consciente reprime son olvidadas o convertidas en sueños, en ficción.
[…]
—Don
Gonzalo (con la voz trémula): ¿Eres hijo mío entonces?
—Arellano
(brusco): Soy hijo de Segismundo, el personaje de la novela. (Pausa). En cuanto
a la infeliz Mariucha, murió, por lo que sé, hace bastantes años, víctima de
alguna de las epidemias causadas por el abandono y la desventura que acaban con
los indios.
Zaldumbide se queda intrigado sobre qué es verdad y qué
es ficción luego del diálogo con Arellano. En las últimas páginas de la novela,
Zaldumbide conversa con un Benjamín Carrión, próximo a su exilio, prolongando
los cuestionamientos que le generara su conversación con aquel que aseguraba
ser hijo de Segismundo, el personaje de Égloga trágica, convertido por
efectos de la novela de Cárdenas en un hijo del personaje literario de
Zaldumbide: «—¿Cree usted que un autor pueda engendrar hijos de carne y hueso
con su literatura?».
El Pinar de Segismundo, de Eliécer Cárdenas, logra
inventar personajes que actúan como las personas del mundillo literario y
artístico que representan, en un escenario teatral signado por el humor. Hay
pequeños guiños que muestran a los escritores Raúl Pérez Torres y Carlos
Carrión cuando eran adolescentes: el primero, comprando en la librería de Icaza
los dos tomos de Los miserables; el segundo, como mensajero para engañar
al cura de Malacatos; y hasta el propio autor se cuela en la trama como el niño
Huguito, ayudante de ese ejemplar de nuestra picaresca que es el personaje de
Tíber. La novela de Zaldumbide se podría entender como un hipotexto de
presencia tácita en la novela de Cárdenas, cuya estrategia narrativa consiste
en el permanente desarrollo de un juego de contrapunteo intertextual: se trata
de una ucronía de amplio espectro lúdico en nuestra novelística.
PS: Este texto sobre El pinar de Segismundo es un fragmento
de mi trabajo de investigación La novela como juego hipertextual, base
de mi discurso de incorporación como Miembro de Número de la Academia
Ecuatoriana de la Lengua. Eliércer Cárdenas se incorporó como miembro correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua el 30 de noviembre de 2016 con el discurso "Escribir es una vida".
Alicia
Ortega Caicedo, «La
novela ecuatoriana del siglo XXI. Nuevos proyectos de escritura II: Filiaciones
literarias, conexiones, reescrituras», Informe de investigación para el Comité
de Investigaciones de la Universidad Andina Simón Bolìvar, sede Ecuador (Quito:
Repositorio Institucional UASB-Digital, 2017), 7.