José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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lunes, febrero 13, 2023

Contra un modelo de ciudad clasista y excluyente

Dibujo de Guamán Poma de Ayala, c. 1615

Que, en Tuiter, gente llena de prejuicios diga que Quito tiene que dividirse en por lo menos dos alcaldías —porque la ciudadanía del norte “es más educada” que la ciudadanía del sur— se puede entender en la medida en que Tuiter le ha dado voz al idiota del barrio, según lo dijera Umberto Eco. Pero que ciertos sectores del periodismo, portavoces de las clases dominantes y el establecimiento, lo planteen como una alternativa de división política-administrativa de la capital es un indicio de que la derecha ideológica y política, a través de sus voceros, pretende imponer un modelo de ciudad clasista y excluyente. Parecería que el espíritu arribista que acompañó aquella transformación del Quito de los 70, que tan brillantemente Abdón Ubidia describiera en su novelina Ciudad de invierno, se hubiera perpetuado hasta hoy: una ciudad súbitamente modernizada que dejaba atrás beatas y callejuelas adoquinadas a cambio de pasos a desnivel y edificios de vidrio: «Porque la ciudad se estiraba entre las montañas hacia el Norte, como huyendo de sí misma, como huyendo de su propio pasado. Al Sur, la mugre, lo viejo, lo pobre, lo que quería olvidarse. Al Norte, en cambio, toda esa modernidad desopilante cuya alegría singular podía verse en las vitrinas de los almacenes adornadas con posters sicodélicos»[1].

            Lo más grave del planteamiento sobre la división de Quito en dos o tres alcaldías, anclado en la organización colonial de la ciudad letrada, es que ni siquiera se origina en una reflexión académica sobre los modelos de gobernanza de una ciudad, sino en la respuesta visceral a una derrota electoral. Es decir, no se lo plantearon mientras Guayaquil fue gobernada, durante treinta años, por una oligarquía que abandonó la ciudad, la dejó enrejada y con serios problemas sociales; tampoco lo pensaron mientras Quito era gobernada por la oligarquía de herencia colonial y sus voceros. Dividir una ciudad, económica y socialmente desigual, en municipios signados por su clase social, su origen étnico y su desarrollo cultural, únicamente la vuelve una ciudad más inequitativa.

            No voy a analizar los distintos modelos administrativos de ciudad, pero los expongo de manera sucinta. Bogotá, con 7 743 955 habitantes según el censo de 2020, elige un alcalde Mayor —desde enero de 2020, Claudia López, de Alianza Verde, de centro, ejerce el cargo de alcaldesa Mayor—, y un Concejo Distrital, que es el principal órgano de gobierno. Bogotá está dividida en veinte localidades y cada una de ellas tiene una Junta Administradora Local, JAL, también elegida por voto popular. Cada JAL, luego de un concurso de mérito, propone una terna a la Alcaldía Mayor y, la alcaldesa nombra al alcalde de cada localidad, que tiene funciones de jefe administrativo. New York, con 8 804 109 habitantes en los cinco distritos y 22 085 649 en la zona metropolitana, elige un solo alcalde y este nombra alcaldes delegados para atender asuntos puntuales de la administración de la ciudad. El actual alcalde, desde el enero de 2022, es Eric Adams, un político afroamericano del ala derecha del Partido Demócrata. Incluso Ciudad de México, con 9 209 944 habitantes según el censo de 2020, que tiene dieciséis alcaldías elegidas por el voto de cada distrito en que se divide una ciudad con severos desniveles sociales, tiene una jefa de Gobierno —desde 2018 es Claudia Sheinbaum, de la agrupación Morena, de centro izquierda— elegida por voto popular de toda la ciudad.

            ¿Cómo se distribuyen los impuestos en el programa de inversiones? ¿De qué manera se cubren los servicios básicos? ¿Cómo se mueven los habitantes de un lugar a otro de la ciudad? ¿De qué manera se determina el uso del suelo? Una ciudad requiere solucionar la movilidad y la seguridad de sus habitantes, dotar de servicios básicos a todos sus habitantes, diseñar su crecimiento urbano, lograr una comunidad cohesionada culturalmente, etc. Pero, pretender que los pasos a desnivel del norte, el túnel Guayasamín y el metro, por ejemplo, los paguen todos los habitantes de la capital pero que el impuesto de los sectores de mayores ingresos no se redistribuya en toda la ciudad es un modelo perverso. Lastimosamente, hoy en día, ese modelo excluyente se promociona sin escrúpulos como si fuera una aspiración legítima de quienes están convencidos de que las comodidades y servicios de los que gozan son productos de sus ganancias e ingresos individuales y no el resultado de la generación de riqueza de la sociedad en su conjunto, particularmente del usufructo de la renta petrolera desde los años 70.

Actualmente, Quito, con una población estimada de 2 800 000 habitantes, tiene ocho administraciones zonales, más la administración especial de La Mariscal, que descentralizan la gestión institucional y sus administradores son nombrados directamente por el alcalde. Se puede, por ejemplo, generar un modelo participativo de selección para las administraciones zonales similar al que el entonces alcalde Jorge Yunda, paradójicamente el más vilipendiado por las élites, organizó en 2019 por primera vez en la ciudad y lograr una mayor participación comunitaria.[2] Proponer la división de la ciudad en dos o tres alcaldías —según la zona geográfica pero, sobre todo, según los sectores sociales— es un planteamiento que olvida los problemas (de uso de suelo y ambientales; de movilidad y seguridad; de servicios y de disfrute de espacios recreacionales, etc.) que el desarrollo urbano de una ciudad ha generado y cuyos mayores perjudicados son los habitantes de los estratos medio y bajos. Estaríamos ante un proyecto político de ciudad, de estirpe colonial y con ribetes de aporofobia, que busca concentrar la renta y excluir a la población que no se somete a su poder, en el que ni siquiera tiene cabida la implementación de una alternativa socialdemócrata que propenda a la construcción de una ciudad más justa, equitativa y solidaria por la vía de la redistribución de la riqueza. 



[1] Abdón Ubidia, «Ciudad de invierno», en Bajo el mismo extraño cielo (Bogotá: Círculo de Lectores, 1978), 64.

[2] «Nueve mujeres dirigirán las administraciones zonales del Distrito Metropolitano de Quito», El Comercio, 04 de julio de 2019, acceso 11 de febrero de 2023, https://www.elcomercio.com/actualidad/quito/mujeres-administraciones-zonales-proceso-seleccion.html


lunes, enero 22, 2024

Las consignas del odio político le abren la puerta de entrada al neofascismo

            Las consignas del odio que esparcen en las redes sociales los mercenarios digitales provienen de una estrategia elaborada por los intelectuales orgánicos del poder económico: hay que criminalizar cualquier tendencia política que afecte los intereses del capital. En nuestro país, los operadores mediáticos y aquellos que se benefician de la puerta giratoria —periodista/empresario, luego funcionario gubernamental, y luego de regreso a fungir de periodista/empresario— han construido una narrativa que pretende culpar al correísmo de todos los males de la República. Para ello, no dudan en repetir sofismas y argumentar desde sus relatos ideológicos como si fueran los datos de la realidad. En vez de contribuir al debate de cómo construir una sociedad más justa, solidaria y democrática, es decir, la manera de implementar la vieja consigna socialdemócrata de justicia social con libertad, se dedican a fabricar mentiras que los-tíos-del-WhatsApp aplauden y distribuyen.

            Una estrategia que se utiliza para la criminalización es culpar a las políticas públicas que bajaron la tasa de homicidios a 5,8 por cada cien mil habitantes por la penetración del narcotráfico en la institucionalidad del Estado. Un Estado que fue debilitado por causa de las políticas neoliberales aplicadas bajo la falacia de que el nuestro es un Estado obeso. Otro asunto que se repite es que la no renovación de la presencia de la base norteamericana en Manta origina la violencia actual. Sin embargo, los datos demuestran que durante la presencia de los soldados norteamericanos en Manta la tasa se mantuvo en un promedio de 17 muertes violentas por cada cien mil habitantes. Luego de la salida de los soldados y, justamente, por la aplicación de las políticas públicas que son cuestionadas, dicha tasa bajó a 5,8. Además, se omite el señalamiento de que, en Colombia, a pesar de las siete bases militares norteamericanas, nuestro vecino se ha convertido en el primer productor de cocaína y de cultivo de coca en el mundo.[1] Pues sí, aunque se enojen los-tíos-del-WhatsApp, los datos son tozudos.

            También se repite la tontería de que por haber eliminado el pedido del pasado judicial a los colombianos los narcos se han instalado aquí. En primer lugar, se oculta el hecho de que entre los países de la Comunidad Andina existe libre tránsito y que las medidas de esta naturaleza pueden ser recíprocas y que, de aplicarse en ambos sentidos, entorpecería notablemente el comercio y la integración entre dos países fronterizos. En segundo lugar, los delincuentes no entran al país por vías regulares mostrando papeles, salvo, claro está, los delincuentes/empresarios que lavan el dinero, pero esos tienen pasado judicial limpio. En tercero, no existe ningún dato de la realidad que sostenga que los colombianos están participando mayoritariamente en los GDO del Ecuador. En cuarto, ¿acaso ignoran que los colombianos entran sin visa al llamado espacio Schengen desde diciembre de 2015? Y, finalmente, si eliminar el pedido del pasado judicial era inadecuado ¿por qué los gobiernos que siguieron al de Correa, ya sea el de Moreno o ya sea el de Lasso, no implementaron nuevamente dicho requisito?

            Lo mismo sucede con la tabla de umbrales que fue elaborada para que fiscales y jueces tuviesen un elemento más que les permitiera diferenciar al consumidor del narcotraficante. Se dice, con mala fe, que la tabla de umbrales le permitió al micro traficante hacerse pasar por consumidor. Un micro traficante es un delincuente sobre quien la fiscalía tiene que hacer su trabajo y reunir una serie de pruebas que, más allá de toda duda (como sucede en los sistemas judiciales de las sociedades democráticas), conduzcan a su condena. La posesión de una determinada cantidad de droga es solo un elemento para acusar a un micro traficante, pero la tabla de umbrales sí evita que los consumidores, que son un tema de salud pública, sean criminalizados. En este caso, también vale la pregunta: ¿si la tabla de umbrales era la causa, por qué los gobiernos de Moreno y Lasso no la eliminaron? ¿Por ineptitud o porque se dieron cuenta de que la tabla de umbrales es referencial para jueces y fiscales? Tanto es así que el gobierno de Daniel Noboa, que la eliminó fácilmente mediante un decreto, ahora está estudiando la manera de regresar a ella por necesidades del sistema judicial. Seguramente le pondrá otro nombre para no decepcionar a su electorado y corregirá lo que considera equivocado y la actualizará a las circunstancias de hoy.

            Otra manera de criminalizar a una tendencia política es hacer de las políticas públicas de corte socialdemócrata que se implementaron durante el gobierno, una sola masa de actos delictivos identificada como correísmo. En este punto, la falta de autocrítica del movimiento de la Revolución ciudadana —al que, aclaro, no he estado ni estoy afiliado— sobre los casos de corrupción durante el gobierno y los errores de gestión gubernamental y política, así como la tendencia autoritaria del propio Correa, dan pie a los argumentos para dicha generalización. Corrupción ha existido en todos los gobiernos (conservadores, liberales, velasquistas, socialcristianos, socialdemócratas, demócratas cristianos y en las dictaduras militares) y no por ello se ha criminalizado al grupo político que gobernó. Esta criminalización sí sucede con el correísmo y el consiguiente intento de descalificar y silenciarnos y, además, cerrarnos toda oportunidad laboral a quienes servimos al país durante el gobierno de la Revolución ciudadana. Lo que pretenden es que, como si se tratase de los juicios del estalinismo, reneguemos de nuestro servicio al país y seamos desleales con el gobierno del que fuimos parte; cuestión que nada tiene que ver con ejercer la crítica y la autocrítica, y, además, estar al margen de la participación política partidista, como es mi caso.

Un último ejemplo de lo dicho hasta aquí: a raíz del triunfo electoral de algunos candidatos del movimiento de la Revolución Ciudadana en las elecciones seccionales de 2023, los intelectuales de la derecha llegaron a proponer un modelo de ciudad excluyente: que se dividiera a Quito y Guayaquil en varios municipios para elegir distintas alcaldías según las zonas barriales o que se eliminen los distritos electorales porque, según ellos, la votación por distritos favorece al correísmo. Es decir, las propuestas no tienen que ver con una racionalidad de organización administrativa del gobierno local sino con una estrategia para impedir en el futuro un triunfo electoral que, como todos sabemos, es coyuntural: con el mismo sistema, si la gestión actual no es buena según el criterio de la ciudadanía, mañana ganará otro partido político.

El debate político es necesario para construir una sociedad democrática, pero la criminalización del otro lo impide. Lo que no quieren entender quienes pretenden proscribir a una tendencia política es que su discurso, construido bajo las consignas del odio, le abre la puerta de entrada al neofascismo.


lunes, abril 21, 2025

Vargas Llosa: el desencuentro entre el intelectual de la derecha y su novelística

Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936 - Lima, 2025), en la recepción del premio Nobel de Literatura 2010.

            En parte, las lecturas adolescentes de Los cachorros (1967) con la que participé en un concurso del Libro Leído de mi colegio, y de La ciudad y los perros (1963) que devoré en un par de mis tantas tardes solitarias, contribuyeron a mi vocación por la escritura. El retrato del machismo y la injusticia social que se derivan de los privilegios de clase, asuntos que me tocaban directamente, así como el de la violencia intrínseca del militarismo me mostraron un mundo que decidí explorar con mi propia palabra. En aquella época, la vocación literaria de Alberto, el poeta, aquel espíritu extraviado en el colegio militar Leoncio Prado, era la mía.

Años después, Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936 - Lima, 2025) se convirtió en un intelectual orgánico de la derecha global, pero yo seguí admirando su literatura. Sin embargo, me causa repulsa la paradoja ideológica y política de quien escribió El sueño del celta, novela en la que disecciona la crueldad del colonialismo, sustento de la acumulación originaria del capitalismo, y, al mismo tiempo, se dedicó a promover la economía de mercado en su versión más conservadora y socialmente excluyente.

La ciudad y los perros es de aquellas novelas cuya permanencia en la historia literaria se asienta no solo en una magistral representación de la sociedad peruana en el espacio institucional de la educación militar, sino en el tratamiento del espíritu de la adolescencia y el aprendizaje del amor y sus primeros placeres y dolores, el liderazgo entre pares, la rebelión contra la autoridad, el sentido del honor, el regionalismo y el clasismo. El tema de los privilegios de clase también subyace en medio del drama de Pichulita Cuéllar en Los cachorros, novelina que se desarrolla en la institucionalidad de una escuela católica, caracterizada por su clasismo y adoctrinamiento.

Ese Perú desgarrado socialmente, preso del autoritarismo de una dictadura militar sostenida por la plutocracia peruana, con una prensa complaciente con el gobierno de turno, atraviesa el espíritu de Zavalita, que vive las contradicciones de un individuo que cuestiona a la clase dominante a la que pertenece. Conversación en La Catedral (1969) es una de las mejores novelas políticas del siglo veinte porque disecciona magistralmente la injusticia estructural del Perú, desnuda la alianza entre el militarismo y las clases dominantes, y desnuda el papel de la prensa como un instrumento ideológico al servicio del poder. Explorando otras latitudes, Vargas Llosa se incorporó a la tendencia de la novela del dictador con La fiesta del Chivo (2000), un texto que desentraña la iniquidad del régimen dictatorial del dominicano Rafael Trujillo y que está estructurado en tres hilos narrativos entrelazados con maestría: la historia de Urania Cabral y su familia; la crónica del asesinado de Trujillo y el retrato de sus asesinos, todos ellos colaboradores del tirano; y la vida y el poder del propio Trujillo. 

La novelística de Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, está caracterizada por un continuo proceso de experimentación formal y el dominio del arte de narrar historias como en La casa verde (1966), en la que los diversos planos de la trama se entrecruzan a través de los personajes como si se tratara de una estructura de vasos comunicantes. Asimismo, el uso del humor y el trabajo de recreación textual caracterizan a novelas como La tía Julia y el escribidor (1977) en la que el lenguaje del folletín radiofónico es transformado en literatura al igual que el lenguaje de la burocracia militar es incorporado al discurso literario en Pantaleón y las visitadoras (1973).


Vargas Llosa en la inauguración del la XLVI Asamblea de Felaban, en Lima, en 2012.
La militancia política del marqués de Vargas Llosa[1] en el proyecto de dominación de las oligarquías del mundo es esencialmente contradictoria con los sentidos semánticos de su universo novelístico. Aquella sensual exploración de la relación de lo erótico en la literatura y el arte que es la novelina Elogio de la madrastra (1988) se ubica en los antípodas de la prosaica propaganda ideológica, al estilo carpool karaoke pero desafinado, que Vargas Llosa hizo con el banquero Guillermo Lasso promoviendo la agenda neoliberal o la publicidad directa en la que pidió el voto por dicho plutócrata, sin considerar sus propias crítica al maridaje del poder económico y el poder político presente en sus mejores novelas.

De igual manera, como si se hubiese olvidado de la injusticia estructural de la sociedad capitalista latinoamericana, diseccionada, para el caso peruano, en Conversación en La Catedral, o como si hubiera simplificado de la peor manera la complejidad de la lucha por el poder, el fanatismo religioso y la violencia política y el papel del Estado en función de una clase social emergente, que desarrolla magistralmente en La guerra del fin del mundo (1981), Vargas Llosa se dedicó a pedir el voto, como un activista más, por cada uno de los candidatos de la derecha ligada al poder plutocrático en América Latina: apoyó, por ejemplo, a neofascistas como Milei, en Argentina; Bolsonaro, en Brasil; o Kast, en Chile.

 

            Encarnado en el boticario Homais de Madame Bovary, terminó siendo un personajillo de la revista Hola que desdice de sus propias reflexiones sobre la civilización del espectáculo porque, como él mismo escribió, «en la civilización del espectáculo el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón». Felizmente, su militancia como intelectual orgánico de la derecha será una nota marginal de la historia literaria en la que pervivirá la maestría de su novelística. Yo, que he hecho de la escritura y la lectura una forma de vida, seguiré conmoviéndome con las mejores novelas de Vargas Llosa, esas mentiras verdaderas que heredamos, porque desentrañan, con maestría literaria y una búsqueda constante de formas nuevas, los abismos del ser humano, las miserias del poder y su violencia estructural, y la sobrevivencia de individuo.


[1] El Marquesado de Vargas Llosa fue creado por Juan Carlos I mediante Real Decreto 134/2011, de 3 de febrero de 2011, por la «extraordinaria contribución de don Jorge Mario Vargas Llosa, apreciada universalmente, a la Literatura y a la Lengua española».


lunes, febrero 26, 2024

Si quieres postre, trabaja duro, muy duro

           

Ecuador está entre los diez países del mundo con las peores condiciones laborales, según la Confederación Sindical Internacional. (Marcha del 1 de Mayo de 2022 en Quito, Agencia Xinhua)

Recientemente, el presidente Daniel Noboa, muy suelto de lengua, dijo que, si los ecuatorianos trabajasen duro como él y su gobierno, no se estarían quejando de que les faltan recursos: podrían comer de todo… hasta postre, dijo. No lo dice alguien a quien, en la lógica del individualismo capitalista, pudiésemos llamar una persona hecha a sí misma, sino el heredero de la mayor fortuna familiar del país. En sociedades inequitativas y con una institucionalidad social frágil, el discurso de que los pobres son pobres porque son vagos y quieren vivir de la caridad estatal desconoce la necesidad de aplicar políticas públicas destinadas a cerrar brechas de acceso a educación y salud de calidad, la urgencia de generar empleo sin precariedad ni explotación laboral, la obligación de aplicar políticas impositivas cuyo peso recaiga sobre los sectores de mayores ingresos y las empresas que tienen ganancias extraordinarias. La gente del campo trabaja duro, los profesionales, obreros y burócratas de la ciudad trabajan duro, el magisterio y la academia trabajan duro. Quienes escribimos trabajamos duro. Y, por supuesto, también existen pequeños y medianos empresarios que trabajan muy duro para que sus negocios crezcan. Lo que no se dice es que hay trabajos que exigen una mayor calificación que otros y que, por tanto, están mejor remunerados. El problema, entonces, no es lo que dice esa falsa y repelente consigna establecida por un capitalismo insaciable acerca de la vagancia de quienes no poseen más que su fuerza de trabajo. El problema reside en un modelo económico inequitativo, excluyente y de acumulación basada en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y en la especulación financiera, frente al que hablar de justicia social se ha convertido en una propuesta subversiva y a la que le cae el sambenito de comunista, como si todavía viviésemos en los años de la Guerra fría. Y ese modelo inequitativo es el que ha ubicado al Ecuador como el tercer país en el mundo con las peores condiciones laborales, según el Índice Global de Derechos, elaborado por la Confederación Sindical Internacional, CSI, con datos de 2023. Con la lógica presidencial, si quieren comer postre, los trabajadores del país tendrán que levantarse más temprano aún de lo que ya se levantan para trabajar duro, muy duro, porque los buses de las seis de la mañana ya están llenos con los funcionarios de este gobierno y los ricos del país y sus herederos yendo a sus trabajos.

lunes, junio 29, 2026

Jorgenrique Adoum: centenario de un poeta

En 1995, la Biblioteca Ayacucho de Venezuela, en coedición con Monte Ávila Editores, publicó el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina, DELAL, en tres tomos. La entrada sobre Jorge Enrique Adoum fue de mi autoría. Hoy, basado en dicho texto y otros escritos que he publicado en este blog, al conmemorarse el centenario del natalicio de Jorgenrique recuerdo su obra.

 

«Árbol de la vida» en el jardín de la casa-museo Guayasamín. Junto a las del pintor, las cenizas de Jorgenrique Adoum, también en una vasija de barro, yacen bajo este pino. (Foto: Raúl Vallejo, 2019)


Jorgenrique Adoum (Ambato, 29 de junio de 1926 – Quito, 3 de julio de 2009) hizo de la escritura literaria una pasión excluyente. Para él, la escritura era en sí misma un acto político y, también, una manera de expresar el desgarramiento ideológico, la angustia que implica el origen de clase de quien escribe, así como la asunción de la primera responsabilidad de un escritor que es escribir con la permanente preocupación por el lenguaje. En una entrevista para la revista Bohemia, realizada por Nora Sosa, Adoum dijo: «El enemigo fundamental de un escritor son las palabras: contra ella y con ellas debe combatir».[1] Para Adoum, en la práctica de la escritura confluyen los conflictos amorosos, políticos y estéticos del autor, es decir, los conflictos de la vida misma y del tiempo que le ha tocado vivir.

Entre 1945 y 1947, Adoum fue secretario de Pablo Neruda, lo que le posibilitó un proceso de aprendizaje singular. Como era de esperarse, la influencia de Neruda en la poesía latinoamericana fue aún más acentuada en Adoum, pero, como el propio poeta lo dijo, tanto Neruda como él fueron los primeros en darse cuenta de la situación. A partir de aquel momento, Adoum ha construido una voz poética muy suya.

Desde Ecuador amargo (1949) hasta su monumental Los cuadernos de la tierra (que se publicó íntegro en 1963), el lenguaje exhibe exuberancia verbal, un aliento telúrico de resonancia mítica, la búsqueda no sólo de una voz poética capaz de convertirse en la voz que exprese al habitante del país y su historia, sino también del lugar de procedencia al que se ama de manera desgarrada, imbuida de lirismo y con el verso doliente de un antiguo yaraví. Así, los primeros versos de «Lamento y madrigal sobre Palmira» evocan el origen y la soledad no solo del desierto, sino del ser humano que lo contempla como parte del territorio que es su patria: «El polvo, el tiempo, áspera / y difícil soledad, desolado / mantel seco: aquí no hubo / nunca el caserío, la planta, / los dedos de la lluvia: / tierra rota / hasta la harina, paisaje ciego / que el viento cambia de lugar».[2]

 ¿Cuándo se da la ruptura con la herencia nerudiana? Hernán Rodríguez Castelo sostiene que esta ruptura se produce con el tercer cuaderno: Dios trajo la sombra (Premio Casa de las Américas, 1960): «para llevar hasta límites estupendos la transmutación lírica y anti lírica, épica y anti épica de la crónica y el mito»[3]. Saúl Yurkievich, en cambio, opina que este tercer cuaderno «es un intento coincidente con el Canto General de Neruda en cuanto a objetivo de representación y estilo adoptado […] Las imágenes provienen del mismo trasfondo mítico y se expresan mediante esa magnificación metafórica, que algunos llaman telurismo, que establece constantes transfusiones entre todos los órdenes de una naturaleza fascinante y avasalladora».[4] (100).

El cuarto cuaderno compuesto por El dorado y Las ocupaciones nocturnas, según Vladimiro Rivas «es el imaginativo mundo poético del deseo, el amor, el trabajo y la soledad y la muerte, que anuncian un mundo poético cada vez más marcado por la ironía... es el libro más maduro, más sabio, más humano de Adoum. Desde ahí solo se puede descender o desarrollar en variaciones»[5]. Así, una leyenda popular como la de la «Dama tapada» se convierte en una variación sobre el amor, la muerte y la soledad: «No vinieron entonces, / hoy tampoco, su pie a mi escalón, a mi día / su olvido, ni puedo preguntar por su sombrero. / ¿Será siempre la cita de modo como fortuito, / en un taxi en que aguardara por otra pasajera, / o por este ideal desprevenido?» (206).

Adoum, por Manuel, Bohemia, 1989
Definitivamente, Curriculum mortis (1968) incluido en Informe personal sobre la situación (1973), inauguró un nuevo lenguaje, mediante una ruptura violenta de la sintaxis. El tono coloquial, anti-lírico, desmitificador, experimental —más tarde, en Prepoemas en postespañol (1979)genera nuevas formas de hablar acerca de la soledad, tanto de la propia, íntima, como de la existencial del ser humano. El tono nerudiano ha sido abandonado; lo telúrico da paso a una visión crítica y desencantada de paisito que se ama, que se sufre; así, en «Ecuador», la voz poética asume la angustia de una patria que expulsa a los suyos y que es entendida como geografía de postal: «Es un país irreal limitado por sí mismo / partido por una línea imaginaria / y no obstante cavada en el cemento al pie de la pirámide. / Si no, cómo podría la extranjera retratarse / perniabierta sobre mi patria como sobre un espejo, / la línea justo bajo el sexo / y al reverso: “Greetings from la mitad del mundo”». (38) El lenguaje, ese enemigo al que hay que confrontar y vencer, según el propio Adoum, es radicalmente vencido en su conocido: «En el principio era el verbo», que transcribo íntegro:

 

te número te teléfono aburrido
te direcciono (callo, caso y escalero)
te habitacionada ya te lámparo te suelo
te vaso te enfósforo te libro
te disco te destoco te desvisto desoído
te camo te almohado enciendo descobijo
te pelo te cadero me cinturas
nos trasvasamos labio a labio
me embotello en tu adentro
nos rehacemos te desformo me conformo
miltuplicada tú yo mildividido (17)

 

En «Tras la pólvora, Manuela» —incluido en El amor desenterrado y otros poemas  (1993)[6]—, poema de largo aliento, el coloquialismo fluye con libertad absoluta y, al mismo tiempo, el buceo en lo profundo del espíritu de dos figuras emblemáticas de la patriecita, Manuela Sáenz y Simón Bolívar, desacralizando y erotizando sus amores, humanizando su tragedia, hurgando en el abismo de sus soledades y pérdidas: «Tal vez triunfamos tanto de los demás que nos faltaba / el insípido heroísmo de vencernos: somos, creo, / los últimos enemigos que quedamos, pues no fuimos / ni el uno junto al otro victoriosos, / ni el uno sobre el otro exterminados».[7]

«El amor desenterrado» —a partir del enterramiento y museo de sitio, en Santa Elena, conocido como «Los amantes de Sumpa»— es una meditación de muy largo aliento sobre el amor y la eternidad, la vivencia del mito en el tiempo, y el vacío de la existencia cotidiana en la contemporaneidad. Es un poema de hermosas resonancias filosóficas atravesadas por el tono conversacional, muy propio de Adoum, que se adentra en lo profundo de la existencia humana, que se pregunta sobre la condición milenaria del amor y su manera de enfrentar a la muerte, sobre el amor de la pareja y la mirada de la comunidad:

 

Cuál de los dos murió primero

callando ante la verdad de los cuerpos que dialogan

en esa antigua tragedia anterior a la tragedia antigua,

porque cómo se hace —avisen, había que decírselo a todos—

para morir juntos sin desclavarse,

interminable hazaña nupcial no repetida

porque desde entonces ya no supimos cómo

 

(En Claudicación…, 80)

 

El experimentalismo como expresión lingüística de la violencia social junto con una mirada crítica a la izquierda del país, una reflexión constante sobre el papel del intelectual y una escritura atravesada por una irreverencia libérrima, así como una visión compleja sobre el mundo, las ideologías y la precariedad del ser humano, le permiten a Adoum hurgar en la desgarradura espiritual de ser humano contemporáneo. La pugna entre los conflictos de la propia individualidad que la persona debe confrontar y las exigencias de la sociedad sobre los problemas colectivos que la persona debe atender marcan las líneas básicas de su novela (texto con personajes, como él la denomina) Entre Marx y una mujer desnuda (1976)[8], Premio Xavier Villaurrutia (México).

La novela (poema con personajes, la llama Abdón Ubidia) es también un homenaje a Joaquín Gallegos Lara transfigurado en el personaje de Galo Gálvez. En el prólogo (páginas 233-237 del libro), Adoum dice: «Lo conocí cuando estaba descuartizando entre su disciplina de militante y su vocación por la verdad» (233). A través del personaje d Gálvez, Adoum desarrolla con lucidez una de las líneas más complejas de su novela que es la relación entre el escritor, la literatura y la militancia política. Una tríada que en el propio Adoum ha estado siempre en conflicto. Asimismo, Adoum trabaja con solvencia el conflicto amor, literatura y política tanto en la novela Ciudad sin ángel (1995) como en su libro de relatos Los amores fugaces (1997), que propuso como unas memorias imaginarias, una suerte de auto-ficción en un tiempo cuando el término no estaba popularizado como ahora.

Finalmente, la poética y la política de Adoum, Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo 1989, se expresa en los tres primeros versos de «Anónimo del siglo XX»: «Ustedes presabían (como todo) camaradas / que iba a ser un espécimen de intelectual podrido / porque escribo en lugar de componer-el-mundo-entre dos tintos»[9]. (22) Hoy, al conmemorar los cien años del natalicio de Jorgenrique Adoum, su obra continúa ofreciéndonos una reflexión tan actual, incisiva y luminosa sobre el ser humano y el mundo demencialmente injusto que habita, así como sobre el amor, la literatura y la ética, asuntos que integran el magisterio estético de Adoum.

 

 

La del estribo

 

Oswaldo Guayasamín, «Jorge Enrique Adoum», 1976, óleo sobre tela, 105 x 70 cm, taller del artista. (Foto: Jorge Medina, 2019).

(Pre)texto para Jorgenrique

 

te palabro te memorio te presente
texto con personaje; los (pre)textos:
tus prepoemas, tu poslenguaje.
mi ecuador amargo, tu yaravioso
corazón exiliado de la patria:
ladrimugidolúgubre tanto,

mi talismán de barro.

escritura indignada de mundo
dolorror de la encuadernada tierra

entonces hubo que sufrir, hubo
que morir para vivir en paz.

bendita bichito desnuda de marx,
de lo efímero e intenso: cómo

iríamos a comprobar que álguienes se amaron.

estremecimiento de la inteligencia,

jorgenrique, feliz tristeza avodkada,
escribo en lugar de componer-el-mundo entre dos tintos
adoum del curriculum mortis, polvo

del verso en una vasija, bajo el árbol

incesante de la vida —poetamente.

 

 

De Poéticas de Guayasamín 

(Quito / Guayaquil: Fondo de Cultura Económica / UArtes Ediciones, 2022), 80-81

(versión definitiva).

 


[1] Jorge Enrique Adoum, «En defensa del amor», entrevistado por Nora Sosa, Bohemia, año 81, No. 11, 17 de marzo de 1989: 6-7. La caricatura en esta entrada es de Manuel e ilustró la entrevista.

[2] Jorge Enrique Adoum, «Lamento y madrigal sobre Palmira», No son todos los que están. Poemas, 1949-1979 (Barcelona: Editorial Seix Barral, 1979), 237. Mientras no se señale lo contrario, las citas de los poemas pertenecen a esta edición.

[3] Hernán Rodríguez Castelo, «Jorge Enrique Adoum», Lírica ecuatoriana contemporánea, Tomo 1 (Bogotá: Círculo de Lectores, 1979), 116.

[4] Saúl Yurkievich, «Premio Casa de las Américas: diez años de poesía», Caravelle. Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien, Année 1971, No. 16, 99-121.

[5] Vladimiro Rivas, «Estudio introductorio» de Jorge Enrique Adoum, El tiempo y las palabras (Quito: Libresa, Colección Antares No. 76, 1992), 22.

[6] Jorge Enrique Adoum, El amor desenterrado y otros poemas (Quito: Editorial El Conejo, 1993).

[7] Jorge Enrique Adoum, «Tras la pólvora, Manuela», Claudicación intermitente. Antología, prólogo de Jaime Labastida (México: Alforja Arte y Literatura / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2008), 75.

[8] Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda (México: Siglo XXI Editores, 1976).

[9] Ver la entrada en este blog del 8 de julio de 2019, cuando se cumplieron diez años de su fallecimiento: «Jorge Enrique Adoum, lenguaje y memoria de la patriecita de las letras».

 

domingo, octubre 10, 2021

"El pinar de Segismundo", de Eliécer Cárdenas: una ucronía del indigenismo

          

Eliécer Cárdenas (Cañar, 10 de diciembre de 1950 - Cuenca, 26 de spetiembre de 2021). Leer su obra es una manera de rendirle homenaje. Publico este texto sobre El pinar de Segismundo (2008), en su memoria.

 
¿Una conspiración política y literaria de tres escritores y un pintor que se dan aire de revolucionarios en contra de un viejo escritor conservador? ¿El robo de una novela para evitar su publicación e impedir que el autor, deprimido por la pérdida de su obra, acepte la candidatura a vicepresidente de la República? ¿La transformación de un personaje literario en una persona que reclama al autor del texto por darle existencia como producto de la violencia sexual de la que eran objeto las indias por parte de sus patrones en las haciendas?

            Eliécer Cárdenas (1950-2021) ha logrado con El Pinar de Segismundo (2008) una extraordinaria novela construida desde un singular diálogo intertextual, protagonizada por escritores y artistas, algunos de ellos convertidos por circunstancias anecdóticas en ladrones aficionados; contada con el espíritu picaresco de una prosa que derrocha humor inteligente; transformada en un artefacto lúdico que se alimenta de personajes e historias del mundillo cultural de una época. Literatura hecha con literatura para la construcción de la ficción literaria.

            Gonzalo Zaldumbide escribió su Égloga trágica entre 1910 y 1911 y la publicó completa, por primera vez, en 1956; Cárdenas detiene el tiempo en ese año y convoca un complot hilarante urdido por artistas. Zaldumbide es un posible candidato a la vicepresidencia en fórmula con Camilo Ponce Enríquez para presidente. Zaldumbide, por consejo de un personaje de ficción llamado Ricardo Arellano, que luego adoptará la identidad de Grijalva, esconde las cuatro partes de su novela en sendos lugares, tan disímiles, como la leprosería de Verde Cruz, la biblioteca jesuita de Cotocollao, un antiguo obraje en la hacienda El Pinar, del propio Zaldumbide, y la casa parroquial de Malacatos.

            Los complotados —por convocatoria de Grijalva para llevar a cabo el hurto de la novela de Zaldumbide, supuestamente a nombre del maestro Benjamín Carrión— son nada menos que Jorge Icaza, G. h. Mata, César Dávila Andrade y Oswaldo Guayasamín. En medio de los hurtos, llegan a Quito José María Pemán, Lola Flores y una caravana de artistas en representación del régimen de Francisco Franco; al mismo tiempo, llega, desde su exilio en México, el poeta León Felipe. Semejante concurrencia de personalidades y sucesos genera una hilarante comedia poblada de referencias intertextuales y metaliterarias. Acerca de los complotados, Zaldumbide tiene su propia opinión y sus palabras no dejan de causar una cierta sonrisa:

 

A ese poeta César tampoco lo he oído mencionar. Guayasamín, sé que es un pintor que pinta grotescos indios en posturas tremendistas. Icaza, claro, el autor de una monstruosidad literaria por desgracia famosa a nivel internacional. A ese Huasipungo no conseguí leerlo, por sus repugnantes y tediosas escenas y su estilo contrahecho. Ah, G. h., un sujeto de buena familia pero de pésimas ideas, suele visitarme a veces. Dice que me admira pero yo sé que escribe opúsculos groseros en mi contra.[1]

           

            El personaje de G. h. Mata se convierte, desde un comienzo, en una figura desopilante. Apenas se topa con Icaza, momentos antes de entrar a la casa de Benjamín Carrión, lo saluda con un «Señor Huasipungo, ¡qué sorpresa!»[2], y cuando, ya adentro de la casa, saluda con Guayasamín, le dice con venenosa intención: «¿Por qué pintas a todo el mundo como si fueran indios borrachos?»[3]. Inmediatamente nos enteramos de las andanzas anti-Montalvo de Mata, a quien Juan Montalvo le parecía «un malparto del diccionario». Dado que a sus diecisiete años lo habían obligado a leer los Siete tratados, y de esa lectura había terminado enfermo, Mata había jurado vengarse del polemista ambateño: «todos los años, de ser posible, iría hasta la Casa Museo de Montalvo, célebre monumento en la ciudad nativa del “Cervantes americano”, para mearse al pie del túmulo severo sobre el cual se exponía a la reverencia pública la mal conservada momia de Don Juan»[4]. En este episodio anti-Montalvo, la irreverencia de un parricida generacional está llevada, juguetonamente, a un extremo escatológico: orinarse encima del padre, hacer aguas menores, dejar algo de sí mismo, un rastro de reconocimiento y rechazo al mismo tiempo como todo parricidio.

            El juego intertextual combina de entrada los paradigmas literarios de dos siglos. La referencia a Montalvo y su prosa castiza y la referencia a la prosa preciosista de Égloga trágica, de Gonzalo Zaldumbide, hijo de Julio, que fue amigo y luego se enemistó con Montalvo, multiplica sus sentidos con la presencia de Icaza y el resto de los complotados. En el acto de planificar la desaparición de Égloga trágica, novela más ligada al romanticismo tardío que al modernismo del tiempo cuando fue escrita y completamente anacrónica para el año en que fue publicada, está la de la confrontación del indianismo del siglo diecinueve contra el indigenismo vanguardista. Égloga trágica es la mirada del latifundista, los indios son parte natural del paisaje y está ubicada, en términos estéticos, en las antípodas de Huasipungo.

            El motivo de la intriga no es, únicamente, un asunto anecdótico. Simbólicamente, es el anhelo de impedir que el pasado feudal continúe existiendo en un presente que se vislumbra como revolucionario en las formas y los conceptos estéticos. Icaza, en aquel 1956, está escribiendo El chulla Romero y Flores, mientras que César Dávila Andrade está haciendo lo propio con su Boletín y elegía de las mitas. Guayasamín ya ha asombrado —y también ha causado la envidia de tantos como le sucedió en cada momento renovador de su vida artística— con su monumental exposición Huacayñán. Las nombradas, en sus respectivos géneros, son obras que superan en todo sentido la pertinencia de publicar, en 1956, Égloga trágica, una novela que, en 1911, cuando fue escrita, ya pertenecía al pasado.

            Las acciones de G. h. Mata, Guayasamín y la de Tíber, que cumple el encargo del poeta Dávila Andrade, para llevar a cabo el hurto que les corresponde son representaciones hilarantes, embebidas de la tradición picaresca. Mata organiza un recital poético para los leprosos; Guayasamín se disfraza de fraile dominico; y Tíber, un personaje cañarejo que disfruta embromando al prójimo, viaja en su camioneta desde Quito hasta Loja para engañar al cura de Malacatos. Icaza, por su lado, se disfraza de campesino para ingresar a la hacienda de Zaldumbide. La narración de estos episodios hace gala de una narrativa lúdica: la imaginación no escatima peripecias para convertir a quienes leen la novela en cómplices de aquellos ladrones aficionados.

            Zaldumbide es el representante de la colonia, de la sociedad señorial y de los modos feudales de la dominación que, aunque agonizantes, aún conservaban poder político en el país de entonces: la recepción que organiza en su hacienda para José María Pemán, que le ha prometido un prólogo para su Égloga, y la compañía de artistas, incluida Lola Flores, que han llegado a Ecuador como parte de la propaganda cultural del franquismo, se contrapone, en términos simbólicos, a la llegada del poeta León Felipe, exiliado en México, que arriba en el mismo avión que Pemán y compañía. Aquí la literatura, afincada en poderosos elementos intertextuales, desarrolla un juego simbólico que permite asumir, desde el humor, la confrontación política e ideológica que plantea la propia novela.

            Cárdenas, en este sentido, hace uso de una libertad sin límites para construir situaciones anecdóticas y desarrollar giros inesperados de la intriga. El paseo por las calles del Quito colonial de Jorge Icaza con Lola Flores —quienes se encuentran por primera vez en El Pinar, la hacienda de Zaldumbide, mientras Icaza lleva a cabo el hurto de la tercera parte del manuscrito de la Égloga—, es una joya de la narrativa picaresca. Asimismo, la invención sobre el porqué el chulla de la novela de Icaza se llama Romero y Flores nos ubica en la especulación libre: Romero, por el poeta Remigio Romero y Cordero que una mañana visita la librería del escritor, y Flores, en recuerdo de su entrañable noche con Lola.

            El poeta Romero y Cordero le pregunta a Icaza si se habían vendido ejemplares de su poemario y este le responde: «Ninguno, don Remigio —Icaza sintió pena al responder aquella simple verdad—. La poesía no se vende, a excepción de las obras de Neruda»[5]. Este espíritu de chanza atraviesa la novela. Cuando se reúnen para recibir las instrucciones de Grijalva y este les dice que nadie debe ingerir alcohol para evitar que César Dávila lo haga, Guayasamín responde: «César es un poeta, y a estos se les debe perdonar todo […] a los que hay que prohibirles la bebida es a los novelistas, porque de borrachos escriben pendejadas»[6]. Y borracho es como termina Icaza la noche de su cita con Lola Flores, quien a la mañana siguiente le dice con espíritu libre: «—¡Josú! Empinaste el codo más de la cuenta y dormiste la mona como un bendito […] No tengas pena, aventurero, que entre nosotros no ha pasado ná de ná. Mejor para mi honor, el de mi hombre y el de mi churumbela»[7].

            La novela reedita una disputa política de nuestro canon literario: el enfrentamiento del indigenismo como denuncia de la situación del indio en una nación mestiza que, en su afán por integrarlo, intentó despojarlo de su cultura, es decir, de su humanidad; contra el indianismo como representación del indio en tanto una figura natural del paisaje, que por su condición arcaica habrá de desaparecer con la llegada del progreso. Lo paradójico es que, en ambos proyectos de nación, aparentemente opuestos, el indio resulta un sujeto manipulado en función de un mestizaje excluyente de la diversidad. Y, no obstante, con ambas propuestas estéticas se edifica la tradición canónica. Como ha señalado la crítica Alicia Ortega: 

 

Esta rica interacción dialógica, en la que varias narraciones se encuentran, nos devuelve, en tanto lectores, a una biblioteca original que no deja de reinventarse: aquella que pervive en nuestra memoria y hace posible el juego intertextual que revitaliza y desempolva los textos canonizados. Los escritores del pasado nos interpelan desde la lúdica, y lúcida, carnalidad de una escritura que los reinventa y actualiza.[8]

 

            La resolución de la intriga novelesca nos plantea una reflexión sobre la verdad de la literatura versus la verdad relativa del mundo real. Los niveles de la realidad se fusionan como en la novela de Cervantes, al final, cuando tenemos a Alonso Quijano hablando, como la persona que es, acerca del personaje del Quijote que aquel ha dejado de representar, puesto que dice haber recobrado la cordura. El diálogo entre Zaldumbide y Arellano es una conversación entre un personaje y su autor, en la que el personaje le reclama que el origen de su existencia sea el resultado de la violación de una indígena por parte de su patrón:

 

            —Arellano (con rudeza): Yo soy el hijo de aquella infeliz india sierva de la hacienda El Pinar.

            —Don Gonzalo (con extrañeza): Continúo sin comprender, señor, Mariucha es el producto de mi imaginación de narrador. Careció de existencia real.

            —Arellano (irónico): ¿Ha leído usted a Freud? Él dice que las acciones que el nivel consciente reprime son olvidadas o convertidas en sueños, en ficción.

            […]

            —Don Gonzalo (con la voz trémula): ¿Eres hijo mío entonces?

            —Arellano (brusco): Soy hijo de Segismundo, el personaje de la novela. (Pausa). En cuanto a la infeliz Mariucha, murió, por lo que sé, hace bastantes años, víctima de alguna de las epidemias causadas por el abandono y la desventura que acaban con los indios.[9]

           

            Zaldumbide se queda intrigado sobre qué es verdad y qué es ficción luego del diálogo con Arellano. En las últimas páginas de la novela, Zaldumbide conversa con un Benjamín Carrión, próximo a su exilio, prolongando los cuestionamientos que le generara su conversación con aquel que aseguraba ser hijo de Segismundo, el personaje de Égloga trágica, convertido por efectos de la novela de Cárdenas en un hijo del personaje literario de Zaldumbide: «—¿Cree usted que un autor pueda engendrar hijos de carne y hueso con su literatura?»[10].

            El Pinar de Segismundo, de Eliécer Cárdenas, logra inventar personajes que actúan como las personas del mundillo literario y artístico que representan, en un escenario teatral signado por el humor. Hay pequeños guiños que muestran a los escritores Raúl Pérez Torres y Carlos Carrión cuando eran adolescentes: el primero, comprando en la librería de Icaza los dos tomos de Los miserables; el segundo, como mensajero para engañar al cura de Malacatos; y hasta el propio autor se cuela en la trama como el niño Huguito, ayudante de ese ejemplar de nuestra picaresca que es el personaje de Tíber. La novela de Zaldumbide se podría entender como un hipotexto de presencia tácita en la novela de Cárdenas, cuya estrategia narrativa consiste en el permanente desarrollo de un juego de contrapunteo intertextual: se trata de una ucronía de amplio espectro lúdico en nuestra novelística.

 

 

PS: Este texto sobre El pinar de Segismundo es un fragmento de mi trabajo de investigación La novela como juego hipertextual, base de mi discurso de incorporación como Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Eliércer Cárdenas se incorporó como miembro correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua el 30 de noviembre de 2016 con el discurso "Escribir es una vida".



[1] Eliécer Cárdenas Espinosa, El Pinar de Segismundo (Quito: Ministerio de Cultura del Ecuador, 2008), 52. Esta novela obtuvo el segundo lugar, en el género novela, del Premio Proyectos Literarios Nacionales, del Ministerio de Cultura, en 2008.

[2] Cárdenas, El Pinar…, 9.

[3] Cárdenas, El Pinar…, 11.

[4] Cárdenas, El Pinar…, 12.

[5] Cárdenas, El Pinar…, 80.

[6] Cárdenas, El Pinar…, 38.

[7] Cárdenas, El Pinar…, 150.

[8] Alicia Ortega Caicedo, «La novela ecuatoriana del siglo XXI. Nuevos proyectos de escritura II: Filiaciones literarias, conexiones, reescrituras», Informe de investigación para el Comité de Investigaciones de la Universidad Andina Simón Bolìvar, sede Ecuador (Quito: Repositorio Institucional UASB-Digital, 2017), 7. 

[9] Cárdenas, El Pinar…, 158.

[10] Cárdenas, El Pinar…, 165.