José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).

lunes, abril 29, 2024

Pena de muerte por robar aguacates

Jhonatan M, adolescente de 17 años, fue quemado vivo por robar aguacates en la provincia de Carchi.

En ciertos vecindarios del país hay un letrero que, pese a su amenaza de muerte, permanece colgado en algún poste del barrio sin que ninguna autoridad intervenga: Ladrón agarrado, ladrón quemado. La noche del 24 del abril, un grupo de cuatro personas ingresó a una hacienda de San Francisco de Caldera para robar aguacates. Los ladrones, al ser descubiertos, escaparon, pero Jhonatan M., un adolescente de 17 años que pertenecía a la banda, fue capturado, linchado y quemado vivo por los iracundos perjudicados. Sucedió en la parroquia San Rafael del cantón Bolívar, en el límite entre las provincias de Carchi e Imbabura: un adolescente de 17 años fue asesinado por una turba de pobladores que le prendieron fuego por robar aguacates. Las víctimas del robo de aguacates se convirtieron, en cuestión de minutos, en los victimarios de un adolescente, asesinado con sevicia. Y todo esto sucede, en parte, porque la debilidad del Estado para garantizar la seguridad del país ha desembocado en un espíritu vengativo de la ciudadanía que justifica la crueldad del castigo de los delitos sin que importe su nivel de gravedad. El resultado de la Consulta Popular del 21 de abril evidencia que la gente cree que la militarización del país y el populismo penal son soluciones, casi mágicas, a la violenta descomposición de una sociedad inequitativa y excluyente. Esa militarización de la conciencia ciudadana aprueba con felicidad los tratos denigrantes a las PPL (¡Que se pudran en la cárcel!) y, sin detenerse a pensar en el quebrantamiento de la ley, justifica que cada uno se tome la justicia por su propia mano (¡A todos esos malandrines hay que pegarles un tiro!). Parecería que la ciudadanía ya no exige políticas públicas destinadas a la justicia social ni el fortalecimiento de las instituciones del Estado que garantizan la seguridad ciudadana, sino el endurecimiento de la represión y el castigo. Quienes nos detenemos a meditar en estos asuntos y, aún más, los activistas defensores de los derechos humanos, somos señalados, por efectos de un discurso violento y neofascista, como defensores de los delincuentes. Hay que perseguir a los delincuentes, por supuesto; hay que castigar el cometimiento de los delitos, por supuesto; hay que desplegar todo el poder del Estado para enfrentar al narcotráfico, por supuesto. Nadie defiende a los delincuentes, sino el cumplimiento de la ley, que es lo que diferencia al criminal del agente del orden. Pero nuestra sociedad se ha enfermado de miedo y sed de venganza, lo que se traduce en un ansia de castigo inmediato, sumarísimo, bajo una pena aún más severa que la ley del talión. El ojo por ojo, diente por diente del Éxodo (21:24) nos ha quedado corto. Me dirán, no sin razón: ese adolescente que el pueblo linchó era capaz de matarte, al igual que ese otro que asesinó a un conductor de bus en Guayaquil en la tarde del martes 16 de abril. Si esto se esgrime como razonamiento para ejercer justicia por mano propia es porque la institucionalidad estatal ya no sirve, porque vivimos en un sistema de justicia fallido. Nos hemos convertido en una sociedad en la que un adolescente es capaz de robar y asesinar a sangre fría y un grupo de pobladores es capaz de asesinar a un ladronzuelo con crueldad. ¿Presunción de inocencia? ¿Debido proceso? ¿Castigo proporcional? ¿Tratos digno de las PPL? La despiadada lógica del miedo cultiva la semilla del neofascismo que se traduce en la idea de que si alguien atenta con los derechos humanos de la sociedad pierde su propio derecho humano. El miedo nos lleva a animalizar a ese lumpen que es resultado de la intrínseca desigualdad social y económica del capitalismo y no a cuestionar las políticas económicas que son el caldo de cultivo del crimen. Al despojar a cualquier presunto delincuente de su condición humana, la sentencia del populacho se sintetiza en una aplicación bizarra del derecho consuetudinario: pena de muerte por robar aguacates.


lunes, abril 22, 2024

Día del Libro: la alegría de compartir mi biblioteca

           

            Cuando alguien, que no es del oficio literario, conoce mi biblioteca me pregunta, con curiosidad y cierta compasión, si he leído todos los libros que tengo. Años atrás, habría repetido la anécdota que cita Walter Benjamin, en Desembalo mi biblioteca, sobre la respuesta que dio Anatole France: «No, ni la décima parte. ¿O es que tal vez usted cenaría todos los días con su vajilla de Sèvres?». Desde que doné la mitad de mis libros a la Biblioteca de la Artes, en 2022, estoy en un momento de mi vida en el que creo que, siguiendo la metáfora de France, es mucho mejor almorzar todos los días en la vajilla que consideramos más bonita —no la de Sèvres, que nunca tendré; pero sí la de Carmen del Viboral, que compré en Colombia—, antes que mantenerla guardada para contemplación de nadie. Puedo decir, sin ninguna pretensión, que he compartido mis libros con alegría; en parte, porque sé que ya no tendré tiempo ni siquiera para hojearlos; en parte, también, porque soy consciente de que muchos de ellos están mejor en un estante al servicio de otros y, además, porque considero que ya es tiempo de andar con un equipaje algo más ligero.

            Una biblioteca que se va formando a lo largo de la vida es la acumulación de memorias de situaciones personales, de gente que uno conoce, de nuestra condición de transeúntes. Como todos aquellos que vivimos entre libros, tengo ejemplares que me han obsequiados autores, que son amigos queridos, o colegas que uno conoce en los encuentros del gremio. Tengo otros, la mayoría, que he comprado en las gangas de las ferias, en puestos de libros usados y, por supuesto, en librerías en donde he pasado muchas horas de mi vida hojeando libros que, finalmente, no voy a leer. ¿Qué voy a leer en el futuro? ¿Qué releeré? No lo sé todavía con exactitud, pero sí sé que El Quijote y García Márquez me acompañarán por motivos afectivos y académicos. Sé también que quiero revisitar la tradición de la literatura ecuatoriana y, al mismo tiempo, estar atento a nuestras nuevas palabras y también a las de la patria de la lengua castellana. Tal vez, tendré menos tiempo y ganas de abrirme a literaturas en otras lenguas, salvo lo indispensable, pero ¿qué es lo indispensable? Si alguna certeza tengo es que escogeré mis libros más por el placer de su lectura antes que por obligaciones de la profesión.

            Seleccionar los libros que donaría fue un continuo preguntarme sobre la necesidad de tenerlos conmigo. Los bellos libros de arte de gran formato, esos que uno disfruta con solo contemplar la portada y pasar sus páginas sin más motivo que el placer de mirar: son libros que dan elegancia a la biblioteca, pero que sirven más y mejor a quienes estudian arte. Enciclopedias en pasta dura, diccionarios en varios tomos, libros en gran formato; en definitiva, fetiches para nuestro regocijo intelectual, pero, también, objetos culturales para quienes investigan y estudian el espíritu del mundo. Escoger qué libros se irían fue, al comienzo, un proceso desgarrador; igual que arrancarse partes de uno e ir guardándolas en cajas que viajarán con pedazos de nosotros a otros lugares. Yo recordaba cómo llegó el libro al estante, qué sentido tuvo su adquisición, qué memoria lo mantenía hasta el momento en que mi mano lo sacaba de su sitio y lo depositaba en una caja de cartón. Ahora que escribo ya no duele, pero queda el vacío que se instala en un costado con toda pérdida. Este duelo, como todo duelo, también pasa y saber que el libro que una vez fue parte de mí está disponible, con una vida multiplicada en otras, en una biblioteca pública a la que yo también puedo acudir es un consuelo real.

            No puedo cargar a mis hijos y nietos con el peso de mis libros. En mis viajes, suelo visitar librerías y he encontrado libros que nunca llegarán a nuestro paisito. Antes, me enorgullecía de regresar con la maleta llena de libros como si imaginase que un apocalipsis estuviera por venir y que solo mi biblioteca quedaría en pie. Contra la noción optimista del progreso, estamos condenados a vivir en este mundo que se está destruyendo a sí mismo y va camino a una sociedad distópica esencialmente autoritaria, sin la ética espartana y con el fanatismo nazi, pero los libros no van a desaparecer, al menos, en el tiempo que aún espero ser parte de la vida. Por eso, la levedad, en una sociedad de exigencias cada vez más pesadas, y la lentitud, en una cultura que ha glorificado la comida rápida, se convierten en formas de resistencia; así, compartir los libros en el espacio de una biblioteca pública es también compartir la gravedad del peso y del tiempo con un prójimo que se hace preguntas y aún busca respuestas en los libros.

            Termino este texto celebratorio del Día del Libro con una reflexión sobre la duda entre donar o vender mi modesta biblioteca. Me parece indispensable que las bibliotecas, públicas o privadas, tengan un presupuesto, establecido anualmente, para adquirir fondos bibliográficos particulares, pero son muy pocas la que disponen de ese dinero para invertir, paradójicamente, en la razón por la que existen: es decir, en libros. No obstante, he preferido donar mis libros, no porque crea que carecen de valor, sino porque, justamente, los considero una posesión invaluable, un bien que no tiene precio. Benjamin, en el escrito ya citado, dijo: «[…] el fenómeno de la colección, al perder al sujeto que es su artífice, pierdo su sentido». Para cuando muera, y espero que aquello no suceda mañana, los libros que aún conserve gozarán de la alegría de ser donados a la misma Biblioteca de las Artes, como lo hemos decidido con mi familia, y albergarán el desafío feliz de que sus lectores futuros descifren la memoria de tanta vida en las vidas diversas que uno vive en el mundo de la lectura.


lunes, abril 15, 2024

«Carrie», de Stephen King: el terror de la sangre cumple cincuenta años


            La sangre menstrual inunda el primer encuentro con Carietta White, la muchacha acosada por sus compañeras de colegio, de quien lee las primeras páginas de la novela. La lluvia de tampones que cae sobre el cuerpo desnudo de Carrie, cuya madre, Margaret White, es una fanática religiosa que considera que el sexo es pecado, se combina con la humillación, el llanto y la sangre que chorrea por sus piernas. La sangre menstrual de aquella escena en las duchas del colegio es premonitoria de la sangre de cerdo que bañará a Carrie durante su coronación, junto a Tommy Ross, en el baile de promoción. La sangre que desatará el reguero de sangre en el tranquilo pueblo de Chamberlain, la noche del 27 al 28 de mayo de 1979. Carrie, la primera novela de Stephen King, ha cumplido cincuenta años desde su aparición el 5 de abril de 1974, y continúa conmocionando a sus lectores por la caracterización de su protagonista, su tratamiento de la marginalidad y la multiplicidad de voces narrativas que cuentan, como en un acto de expiación colectiva, el horror bañado en sangre. Carrie tiene poderes telequinéticos y la relación con su madre está marcada por la violencia materna y el rencor. Carrie quiere liberarse del mundo opresivo en el que la madre la tiene prisionera y busca integrarse, a pesar de las burlas, al mundo de sus compañeros de colegio; pero ella es rara, es la extraña, es el objeto de las burlas y el acoso. El ejercicio poético que su profesor de Literatura conserva es un testimonio de su desesperación: «Cristo mira desde el muro / con su rostro impenetrable / y si me ama en su bondad / como ella me asegura, / ¿por qué estoy tan sola?». Carrie es una chica sencilla y siente, aunque con la sospecha de que todo sea una burla más, que la felicidad la ha tocado cuando acude con Tommy Ross al baile de promoción. Pero Carrie es también un símbolo de la pobreza y la ignorancia de esa clase media norteamericana que vive anodinamente, aunque, en su caso, el fanatismo religioso es enfermizo y muy singular de Margaret White, la madre con quien Carrie saldará cuentas: «Vine a matarte, mamá. Y tú estaban aquí esperándome para matarme a mí, mamá, yo… no está bien, mamá. No está…». Carrie es un personaje marginal de quien todos se burlan hasta que, finalmente, ella estalla y su venganza causa 440 víctimas y la destrucción de Chamberlain: «La impresión general hace pensar en un pueblo que espera la muerte». Su encuentro final con Susan es dramático y estremece por el dolor que encierra más allá del terror: «Y Carrie, con un lejano y mudo reproche: (se burlaron de mí todos se burlaron de mí) […] Sangre. Tristeza. Temor. La última de las bromas de una larga serie […] (mira las sucias bromas mira toda mi vida una larga sucia broma)». La historia de la novela se cuenta desde diversas voces narrativas: noticias de periódicos, el informe de la Comisión White con las entrevistas a testigos, textos de libros y artículos académicos que investigan los sucesos trágicos de Chamberlain y buscan una interpretación científica de la conducta y los poderes de Carrie, el libro testimonial que escribe Susan Snell, la compañera compasiva y arrepentida del matrato al que, con sus compañeras, sometían a Carrie. Esa multiplicidad de voces, sumada a las frases-monólogos interiores que irrumpen como contrapunto en cada suceso climático, hacen de la novela una narración cuya intriga y problemática está enriquecida con los matices que generan los diversos puntos de vista y el sentido social del terror. Como dice Margaret Atwood en la introducción a la edición por el cincuentario de Carrie, que fue lanzada a finales del mes pasado: «Pero debajo del “terror”, en King, siempre está el verdadero horror: la pobreza, la negligencia, el hambre y el abuso que existen en América hoy». La sangre encima de Carrie, la sangre que se mezcla con la sangre de un Cristo esperpéntico, el cuerpo de una mujer, empapado de sangre, convertido en el portador de un instrumento mortal. Y, al final, la nueva semilla del terror que, en las novelas de King, nunca termina en la última página del libro porque todo terror tiene su continuidad en nuestros propios miedos.

lunes, abril 08, 2024

Apuntes sobre el asilo político en la historia reciente del Ecuador

Instalación de la X Conferencia Panamericana en Caracas, 1954 (Wikipedia)

            En su Enciclopedia de la política, Rodrigo Borja hace una historia sucinta sobre el asilo político y señala que es una institución jurídica latinoamericana cuyos instrumentos jurídicos son la Convención sobre Asilo Diplomático y la Convención sobre Asilo Territorial, de la X Conferencia Panamericana, celebrada en Caracas, en marzo de 1954. Además, cita lo que para él es el documento más importante, sino el único, que ha sido formulado al respecto en el ámbito internacional: la resolución 2312 de la Asamblea General de la ONU, del 14 de diciembre de 1967, que enuncia, en primer lugar: «que la concesión de asilo es un acto humanitario y pacífico, que de ninguna manera puede ser considerado por otro Estado como inamistoso»[1]. En la historia reciente de Ecuador, antes del asalto policial a la sede de la Embajada de México, el asilo político ha sido concedido por países amigos a pesar de la acusación de delitos contra la administración pública que tenían quienes lo solicitaron, sin que aquello haya motivado agresión alguna al país que concedió el asilo por parte del Estado ecuatoriano.

            En la madrugada del 12 de octubre de 1995, el exvicepresidente Alberto Dahik llegó a Costa Rica, en una avioneta particular, luego de renunciar a la vicepresidencia con una nota manuscrita y huir del país. El día anterior, Carlos Solórzano, presidente de la Corte Nacional de Justicia, CNJ, había ordenado la prisión preventiva de Dahik por disposición arbitraria de fondos públicos, cohecho y otros delitos en el manejo de los gastos reservados de la Vicepresidencia. El juicio penal lo inició Miguel Macías Hurtado, que era el presidente de la CNJ al 16 de agosto; el 23, Macías ordenó la prisión de Gladys Merchán y Juan Crespo, secretarios de Dahik. El juicio siguió su curso y el 29 de enero de 1996, Solórzano reveló 242 nombres de personas jurídicas y naturales que se habían beneficiado de la disposición arbitraria de los gastos reservados. El gobierno de Costa Rica concedió el asilo político a Dahik el 1 de abril de 1996.

            Casi un año después, el 11 de febrero de 1997, Abdalá Bucaram escapó del Ecuador, luego de que fuera destituido por el Congreso por “incapacidad mental”, y pidió asilo político en Panamá. El 27 de marzo, Carlos Solórzano, todavía presidente de la CNJ, inició el juicio penal por peculado, en el caso de la irregular adquisición de mochilas escolares por un monto de 40 millones de dólares. El gobierno de Panamá concedió el asilo político a Bucaram el 28 de abril de 1997. Bucaram ya había vivido como asilado en Panamá de 1985 a 1987 y de 1988 a 1990 acusado de corrupción durante su administración como alcalde de Guayaquil. El 6 de mayo de 2005, el gobierno de Panamá, por cuarta vez, volvió a concederle asilo político a Bucaram.

            El 20 de mayo de 2003, León Febres Cordero acusó al expresidente Gustavo Noboa Bejarano de peculado en la negociación de la deuda externa durante su mandato y denunció que dicha negociación habría causado una pérdida de 9.000 millones de dólares al Estado ecuatoriano. Ante la negativa del entonces presidente de la CNJ, Armando Bermeo, de ordenar prisión preventiva, Mariana Yépez, la ministra fiscal, insistió y el pedido radicó en la Primera Sala de la CNJ, conformada por jueces afines al Partido Social Cristiano, según los analistas de la época. La Sala ordenó el arresto domiciliario del expresidente Noboa. La fiscal Yépez acusó a Noboa de peculado por haber utilizado 126 millones de dólares de deuda externa para recapitalizar al Filanbanco y al Banco del Pacífico. El 28 de julio, Noboa ingresó a la residencia del consejero de la Embajada de la República Dominicana, Juan Belén, y solicitó asilo diplomático. El gobierno de República Dominicana concedió el asilo político a Noboa el 11 de agosto de 2003. El 25 de agosto, luego de que el gobierno de Lucio Gutiérrez le otorgara el salvoconducto, Noboa llegó a República Dominicana. El 4 de julio de 2008, seis meses después del pedido del entonces presidente de la República, Rafael Correa, la Asamblea Constituyente concedió la amnistía para Gustavo Noboa y tres ex gerentes de la AGD.

            La Convención sobre asilo diplomático (Caracas, 1954), en su artículo III dice que no es lícito conceder asilo por delitos comunes. No obstante, en su artículo IV especifica: «Corresponde al Estado asilante la calificación de la naturaleza del delito o de los motivos de la persecución». Esto obedece a la lógica jurídica que implica la presunción de inocencia y el respeto al debido proceso porque ningún Estado reconocerá que persigue a una persona por delitos políticos y, por lo general, exhibirá un proceso penal por delitos penales comunes, como hemos visto en los casos reseñados. Además, el Estado que otorga el asilo no juzga la inocencia o culpabilidad de quien lo solicita, sino que, por lo general, evalúa si existen condiciones jurídicas y políticas para que dicha persona tenga un juicio justo en su país.

Adicionalmente, habría que señalar, en primer lugar, que la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas (1961), que el Ecuador ratificó en 1964, habla de la inviolabilidad de una embajada en su artículo 22: “1. Los locales de la misión son inviolables. Los agentes del Estado receptor no podrán penetrar en ellos sin consentimiento del jefe de la misión”. Al respecto, Rodrigo Borja precisa: «La institución del asilo, cuya sustancia es el salvoconducto para que el asilado pueda salir del país, no tiene ninguna relación con esta cláusula salvo la que puede nacer de la inviolabilidad de la sede diplomática y, por tanto, de la imposibilidad legal de realizar la detención del refugiado en la casa de la misión»[2]. Y, en segundo lugar, que la ya mencionada Convención de Caracas de 1954, en su artículo XIX, prescribe: «Si por causa de ruptura de relaciones el representante diplomático que ha otorgado el asilo debe abandonar el Estado territorial, saldrá aquel con los asilados». Finalmente, hay que tener en cuenta la opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, OC-15/18, sobre el asilo entendido como derecho humano en el Sistema Interamericano de Protección: «Por otra parte, la Corte considera que la sospecha de un mal uso de la inviolabilidad de dichos locales, ya sea por violaciones de las leyes locales o por el abrigo continuo de un solicitante de asilo, claramente no constituye una justificación para que el Estado receptor ingrese forzosamente a los locales de la misión diplomática, en contravención del principio de inviolabilidad. Ello toda vez que el propio artículo 22 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas no establece ninguna excepción al principio de inviolabilidad»[3].

            En síntesis, la concesión del asilo político no puede considerarse un acto inamistoso de un Estado contra otro, sino un acto humanitario. Además, bajo la lógica del principio general in dubio pro reo (en caso de duda, a favor del reo), es el Estado asilante quien determina la naturaleza del delito. Asimismo, habría que entender que el Estado que otorga el asilo no juzga la inocencia o la culpabilidad de quien lo solicita, sino que, por lo general, evalúa si existen condiciones jurídicas y políticas para que dicha persona tenga un juicio justo en su país. Y nada justifica el allanamiento de una sede diplomática por el principio de inviolabilidad de las misiones diplomáticas. Por lo demás, las opiniones desinformadas y desinformadoras de activistas políticos que fungen de periodistas o las invocaciones testiculares de gente despistada o lo que chillen las barras bravas en X-Twitter son puras bravatas ajenas al derecho internacional, que es la base de la convivencia pacífica de las naciones.



[1] Rodrigo Borja, «Asilo político», en Enciclopedia de la política [1997], 3ra. ed. (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2002), 65-68.

[2] Borja, «Diplomacia», en Enciclopedia…, 428. (Énfasis añadido).

[3] Corte Interamericana de Derechos Humanos, «Opinión consultiva OC-15, de 30 de mayo de 2018, solicitada por la República del Ecuador: la institución del asilo y su reconocimiento como derecho humano en el Sistema Interamericano de Protección (interpretación y alcance de los artículos 5, 22.7 y 22.8, en relación con el artículo 1.1 de la convención americana sobre derechos humanos», párrafo 106.

lunes, abril 01, 2024

¿Le entregaremos el placer de la lectura a la inteligencia artificial?


            El usuario Miguel | El Maestro de la IA (@MigueMaestroIA) publicó el 25 de marzo en 𝕏-Twitter, un hilo de dieciséis tuits: «¿No tienes tiempo para leer libros? Utiliza estos prompts de ChatGPT para hacer un resumen de cualquier libro». Las instrucciones que el hilo sugiere son el pedido de resumen general y detallado por capítulos, de contexto, de análisis de personajes y temas, de críticas y recomendación de libros similares a la aplicación de IA. Más allá de la propaganda sobre una aparentemente inocua y servil IA, se trata de un hilo distópico que presagia la pérdida del lenguaje humano. Si usamos la inteligencia artificial para reemplazar la lectura de libros con resúmenes y generalidades sobre aquellos, estamos renunciando al enriquecimiento del lenguaje, al desarrollo del pensamiento crítico y al placer de la lectura. Sabemos que las aplicaciones de IA se alimentan del lenguaje de la humanidad, pues procesan todo lo que se ha escrito y lo reelaboran, por tanto, lo que hacen con una novela, por ejemplo, es un compendio de ideas generalmente aceptadas sobre ella. Para la escritura de este texto, le pedí a ChatGPT que hiciera un resumen de Cien años de soledad y, en entre otras cosas, escribió: «La historia se desarrolla en Macondo, un pueblo ficticio en Colombia, y sigue la saga de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones. La novela comienza con la llegada de José Arcadio Buendía y su esposa, Úrsula, a un lugar desolado donde deciden fundar Macondo. A medida que la ciudad crece, la familia Buendía enfrenta una serie de eventos extraordinarios y misteriosos que afectan profundamente sus vidas y el destino de Macondo». Si después de leer este texto, similar a la entrada de un diccionario enciclopédico, yo creo que he leído la novela, estoy rechazando no solo la placentera inmersión en ella sino también el aprendizaje cultural que todo texto genera. El resumen no está equivocado, pero tiene una redacción elemental; el problema es creer que dicho texto reemplaza la lectura de la novela de García Márquez y que así hemos ahorrado tiempo. Es similar a leer resúmenes de libros en las antiguas enciclopedias, con la diferencia de que ahora la IA es una aplicación que podemos llevarla en el teléfono móvil y nos invita a creer en ella sin que nadie se haga responsable, académicamente, de su contenido y fabrique, al mismo tiempo, la ilusión de conocimiento en quien resumirá el resumen de los resúmenes existentes en la cultura virtual. En una entrada de este blog sobre el uso de la IA y sus riesgos en la enseñanza de la escritura académica ya cité el artículo publicado el año pasado en The New York Times, del filósofo e historiador israelí Yuval Noah Harari, en cooperación con otros académicos, en el que señaló que: «El lenguaje es el sistema operativo de la cultura humana» y advirtió sobre los peligros que entraña la entrega de nuestro sistema operativo a las aplicaciones de inteligencia artificial. El pensamiento crítico, que se alimenta de lecturas, es una elaboración del lenguaje y un lenguaje empobrecido solo genera criterios pobres. Si no somos capaces de leer y, con ello, descifrar por nosotros mismos los códigos culturales de lo que leemos, y le pedimos a una aplicación que lea por nosotros y nos simplifique el sentido de lo leído, pues tendremos un pensamiento limitado en su perspectiva interpretativa, lleno de lugares comunes y perezoso en todo momento. Además, el encargo de la lectura de libros a la IA para ahorrar tiempo es el renunciamiento del gozo intelectual que genera el lenguaje, es la pérdida del placer estético y del estremecimiento ético que producen en nosotros las palabras de los libros. Si le pedimos a la IA que nos dé masticados y digeridos los libros con los que debemos nutrir el cerebro, pronto nos convertiremos en personajes de una distopía en la que el sistema operativo del ser humano pasará a ser propiedad de robots alimentados con el conocimiento de la humanidad. Siempre hay que encontrar tiempo para leer, pues las horas de la lectura son el mejor de los tiempos.

PS: la ilustración fue ordenada por mí a Craiyon, generador de imágenes de IA.